Hospital de sangre

Frank G. Slaughter · Capítulo 40 de 51

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Hospital de sangre

Capítulo XL

Respuestas aplazadas

 

Las últimas notas del clarín se fundieron en el azul del crepúsculo. Rick, en posición de saludo, se esforzaba por no cerrar los ojos mientras daba gracias a Dios por la fatiga y el sueño que le penetraban como una lenta corriente ininterrumpida. Por lo menos, aquella noche lograría dormir. Con este anhelo había trabajado hasta el agotamiento toda la tarde, bajo un calor tremendo. El campamento y su personal estaban ya preparados para cualquier requerimiento. Ninguna urgencia les cogería desprevenidos.

Durante tres días habían vivido sin quitarse las botas, recorriendo caminos de cabras, demasiado abruptos incluso para los jeeps, azotados por tempestades de arena de las que salían con los ojos y los pulmones secos, abrasados. Los pueblos, calcinados por el sol, parecían disolverse en impalpables halos. Bougie, Philippeville, Bône, no eran más que nombres garrapateados sobre flechas de madera junto a los caminos y en los cruces. Sus blancas casas parecían penosos espejismos lejanos…

La columna de carros de combate que esperaba en la encrucijada fue mucho más real. Como lo fueron el acento de Oxford del oficial británico que transmitió las instrucciones a Amos y las entusiastas y reconfortantes aclamaciones de los tommies al orientarse los jeeps hacia la carretera del sur…

Después marcharon sin cesar, masticando a duras penas el rancho frío que procuraban tragar con ayuda de sorbos de agua impregnada de sabor a cloro. La falta de tiempo les había impedido detenerse para encender las cocinas de campaña, porque las columnas volantes que les precedían tiraban de ellos hacia delante, sobre la frontera de Túnez. Las desiertas dunas habían cedido el paso a vastas extensiones alcalinas, resecas por un sol implacable. Más tarde, gradualmente, el desierto de álcali se fue mezclando con lenguas de tierra verdeantes, las cuales, al fin, se adueñaron de todo el horizonte. Colinas redondas y valles donde brillaban los ríos y arroyos; pequeñas granjas y tortuosas carreteras de asfalto; tras su extenuante periplo, aquella tierra fértil y apacible parecía también un espejismo; sin embargo, estaba destinada a soportar de un momento a otro las más trágicas realidades de las batallas.

Habían acampado en un abrigado valle, en medio de un bosquecillo desde el que se divisaban, en una loma cercana, las paredes ennegrecidas de una casa de campo quemada. Hacia el este, el valle se extendía en una llanura sin límites visibles, tan vacía a simple vista como la propia luna. No obstante, desde las ruinas de la granja de la loma, aquella misma tarde había visto Amos Blaine una columna de tanques británicos avanzando a través del campo de sus prismáticos.

Ahora que el factor sorpresa había desaparecido, era casi inevitable que las columnas volantes encontraran tropiezos. Los rumores ya decían que la jabalina angloamericana lanzada contra Túnez había rebotado en las defensas del adversario. La verdad sobre este punto la sabrían antes de la mañana, cuando llegase el primer verdadero convoy de heridos.

El coronel Granby había elegido en el mapa el lugar donde se encontraban para establecer el hospital de campaña, y la elección de Granby fue acertada. Las elevaciones montañosas circundantes protegerían en gran medida de los cañones si los alemanes lograsen atacar las columnas aliadas por los flancos, y el emplazamiento estaba próximo a la carretera del valle, evidentemente la principal arteria de evacuación.

En el curso de las últimas horas se habían montado las tiendas y se había distribuido el material. Cuando la bandera hubo descendido lentamente a lo largo del mástil hasta caer en brazos del oficial de servicio, Rick dejó de saludar y derramó la mirada por la geométrica instalación del campamento. Delante de él se hallaban las tiendas de la oficialidad; a su izquierda, el personal médico administrativo; a su derecha, las tiendas de las enfermeras.

Winter sabía que, a aquella hora, Terry Adams estaría trabajando en la tienda destinada para almacén, junto al mástil de la bandera. Estaría preparando las fichas y los estadillos, con vistas a la llegada de los primeros heridos, porque era esencial que el traslado desde el campo de batalla hasta el hospital se efectuase sin cambios de camilla. Cada etapa de la línea sanitaria (y el hospital de campaña era la más importante) debía entregar a la anterior tantas camillas y mantas limpias como hubiera recibido con las remesas de heridos, manteniendo así un vaivén de elementos que exigía el mayor orden, una rigurosa contabilidad en cuyo centro estaba Terry.

Al otro lado del estrecho sendero que contorneaba el pequeño mundo de lona, se alzaban quince tiendas más. Había dos salas de hospitalización de veinte camas cada una; una de admisión, donde los heridos serían distribuidos según la naturaleza de sus lesiones y donde se procedería al relleno de las fichas correspondientes; otra de higiene, con baños, duchas y ropero; otra para la cura de las heridas de poca importancia, y, en general, para todas las intervenciones de cirugía menor; desde la tienda de admisión se pasaba a las del antequirófano, laboratorio, farmacia y secciones de especialidades. Completaban el conjunto la tienda de rayos X, la de operaciones, con dos mesas, dos tiendas de aislamientos para los efectos de shock y una para las fracturas.

Los soldados sanitarios ocupaban varias grandes tiendas en torno a una cocina de campaña.

El todo constituía una ciudad en miniatura, completa hasta el más insignificante detalle, perfectamente ordenada y práctica.

Para empezar a vivir tan sólo esperaba la llegada de las víctimas de la batalla.

También se había aislado una amplia zona de terreno con vistas al establecimiento inmediato, si hubiese necesidad, de ampliar la capacidad actual del hospital.

Más lejos, apoyados en la falda de una loma, se almacenaban las reservas de víveres y de material, cubiertas de hule caqui, al igual que los jeeps y camiones.

Los hombres formaban en fila ante la cocina, platos en mano. Rick sonrió cuando el olor del guisado de carne le llegó hasta las narices. Después de tres días de raciones frías, los soldados estarían contentos de poder comer algo caliente, aunque sólo fuese el contenido de latas depositadas en un inmenso perol. También él se alegraba de antemano.

 

El oficial de guardia había acabado de doblar cuidadosamente la bandera. Luego se la puso bajo el brazo y saludó con precisión. Rick le devolvió el saludo y la guardia dio media vuelta, camino del cuartel general. La ceremonia que daba al campamento su personalidad había concluido. Ahora ya el hambriento capitán podía ir en busca de su escudilla y colocarse en la fila de la cocina…

Bill Coffin y Carolyn le hicieron con la mano un signo amistoso al verle acercarse para ocupar su puesto en la cola. Carolyn vestía pantalón y suéter, y se cubría con un abrigo verde oliva. Durante toda la tarde la temperatura había sido abrasadora literalmente, pero con el crepúsculo llegaba un fresco que muy pronto sería frío, el intenso frío de la noche africana. Rick se preguntó qué tal pasaría la noche Carolyn, al cobijo de la frágil tienda que compartía con tres enfermeras más, pero había llegado ya ante el furriel y tendió su plato para que se lo llenara, dejando la contestación para momento más oportuno.

Le sirvieron una generosa ración de guisado y le llenaron de café el vaso de aluminio. Rick se lo bebió de un trago y volvió a presentar el recipiente vacío. El caliente líquido le había procurado el estimulante que necesitaba. Sentíase capaz de ver cara a cara a Carolyn, con la sola condición de apartar los sentimientos a una prudente distancia, por lo menos la distancia del brazo extendido.

Estaba sentada en un montón de leña, en el centro de un jovial grupo. Varios oficiales, abrumados de fatiga, se habían tendido en la hierba. Toda apariencia de decoro formal se había desvanecido, empujado por el cansancio del penoso viaje realizado desde Argel.

—¿Cansada?

Los ojos de Carolyn brillaban, con un punto de fiebre, en su rostro apagado.

—¡Cuando pienso que esta noche dormiré en una cama!…

—Encontrarás una sorpresa encima de tu cama —dijo él—. Te hará falta cuando llegue la madrugada.

Ella se sonrojó ligeramente y fingió dedicar toda su atención al guisado que llenaba su plato.

—Ya lo he visto —respondió—. Pero lo necesitas también tú.

Rick se obligó a sonreír.

—Lo malo es que mi nombre está inscrito en todo lo que me pertenece, incluso mi saco-colchoneta. ¿Crees que dará motivo a habladurías?

Carolyn se ruborizó intensamente.

—Ya las ha habido. Si hubieras oído lo que ha dicho Bárbara…

—Bárbara es una mujer perversa. No hay que hacerle caso. En definitiva, lo único que realmente me importa es que estés abrigada.

En la penumbra, la mano de Carolyn buscó la suya. Sin demasiada convicción, él le devolvió la dulce presión.

—Gracias, Rick. Lo utilizaré esta noche sin preocuparme de lo que digan.

Hacia los confines del valle retumbó el trueno. Un trueno fabricado por la mano del hombre, cuyo eco había llegado incesantemente hasta ellos durante toda la tarde. Las baterías alemanas contestaban en la llanura. La discusión se mantenía lejos de donde ellos se hallaban. La unidad estaba preparada para cualquier contingencia, incluso para evacuar la posición si los disparos se acercaban demasiado. Fuese como fuese, Rick se dijo que lo mejor sería dejar de darle vuelta a la cabeza y esperar a que Amos regresase de su excursión hacia las líneas de combate.

De pronto cayó en la cuenta de que la experiencia era nueva para Carolyn y pasó un brazo por sus hombros.

—¡Tranquilízate! No son más que patrullas que se han puesto nerviosas.

«Puede tratarse del principio de un contraataque —continuó diciéndose interiormente—. De todas maneras, lo más probable es que mañana tengas trabajo».

Se incorporó animosamente.

—¡A la cama, jovencita! Acuérdate de que pertenecemos al servicio de urgencia. Hay que hacer acopio de sueño.

El retumbar de los cañones se intensificó y ella se estrechó contra él. Hacia el este se divisaban los estallidos como fugaces luminarias en la cresta de las montañas.

—Buenas noches, querido —murmuró Carolyn.

Su proximidad constituía una invitación a la que no podía dejar de hacer caso: la besó. Después de todo era su novia…

La contempló mientras se alejaba hacia las tiendas de las enfermeras. Literalmente deshecho por el cansancio, no esperaba que su beso de despedida hubiera sido convincente. Carolyn se había refugiado en sus brazos con total confianza. ¿Por qué no había experimentado más emoción que una vaga piedad?

Era una pregunta cuya respuesta debía aplazar hasta el día siguiente, siempre que la batalla le dejase tiempo suficiente para la introspección.