Hospital de sangre

Frank G. Slaughter · Capítulo 8 de 51

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Hospital de sangre

Capítulo VIII

 

Despertar solitario

 

Un puño golpeó furiosamente la puerta. Rick se incorporó en el colchón y maldijo violentamente cuando su cabeza encontró el techo de madera formado por la mesa. Con los párpados pesados de sueño se incorporó y anduvo titubeando a través de los bultos colocados en el improvisado refugio. Cuando pudo encontrar el camino de la puerta a través de los mil obstáculos intercalados ante ella, preguntó:

—¿Quién es?

—Soy yo, jefe.

Reconoció a su ordenanza, Manny Ebstein.

—¡Imbécil! Es que no tienes cabeza para…

—No es culpa mía, capitán. Me mandan.

Rick había abierto la puerta y, ocultando la habitación a los ojos de Manny, le miró con aire interrogador.

El cabo Ebstein, en rígida posición de firme, presentaba la más concienzuda imitación de un saludo. Estaba con Rick Winter desde una memorable jornada en que los hábiles dedos del capitán pudieron suturar la arteria que una granada enemiga había cortado en el cuerpo de Manny. Inmediatamente, el capitán lo llevó con sus propios brazos al lugar donde podía encontrarse una ambulancia. Manny le debía la vida.

El año anterior, en Estados Unidos, aquel mismo Manny Ebstein había firmado, como lo más natural del mundo, su alistamiento voluntario en el Hospital de Campaña. Rick no ignoraba que, de vez en cuando, Manny suspiraba por la lejanía de Brooklyn y por su ignorancia sobre el resultado de los partidos de béisbol y los éxitos de sus jugadores favoritos. El aspecto de Manny no era precisamente marcial, tenía la mandíbula caída y un aire típicamente raquítico. Según la proximidad del día de paga y el nivel de su barómetro alcohólico, Manny parecía ora un enterrador, ora un cómico de la legua después de una representación triunfal. De todas maneras, en aquel momento Manny Ebstein era el espejo de la más sincera preocupación.

—¿Seguro de que todo va bien por aquí, capitán?

—Deberías saber ya que ésta no es una pregunta que se me pueda hacer antes del mediodía.

Con una mano en el brazo de su asistente, Rick fue en su compañía hasta la calle. Una lívida claridad que quería imitar el alba diluía los techos de las casas. Sin embargo, había la suficiente luz para distinguir los campos vecinos. En un bosque de alerces, al otro lado del río, troncos medio calcinados se alzaban al cielo en torno a un cráter negruzco. A lo largo de la calle, en el lugar donde la misma hacía una esquina antes de atravesar la vía férrea en dirección al campo de acuartelamiento, un jeep estaba detenido, cargado hasta los topes con diversos efectos militares.

Antes incluso de formular la pregunta ya sabía él cuál era la respuesta:

—¡No me digas que nos vamos!

—El C. O.[10] no me ha hecho confidencias —aseguró Manny ensayando su más bella sonrisa—, pero si me pregunta usted lo que pienso, le diré que es asquerosamente probable.

—¿Y ese jeep?

—Parece necesario que le lleve a usted inmediatamente al P. G. [11]. Inmediatamente después debo recoger las máscaras antigás en el puerto. ¿Le aclara a usted las ideas todo esto?

—Espérame aquí mismo. Vuelvo dentro de cinco minutos.

Se metió en la habitación y de un golpe cerró la puerta tras él. Tendió la mano hacia el conmutador de la luz. La guerra no concedía tiempo para despedidas gentiles ni para adioses románticos. La pequeña habitación le pareció, a la luz de la lámpara del techo, un barco medio desmantelado. Rick parpadeó ante los desconchados, el polvo y los pedazos de mampostería que, junto con cristales rotos, cubrían el suelo: no cabía duda de que la mesa les había salvado la vida, a él y a su compañera.

Pero se dio cuenta de que estaba solo. De la visitante no quedaba el menor rastro. Comprendió que le había abandonado cuando él, ganado por el sueño, había perdido la conciencia de todo lo que sucedía en torno.

Se lanzó al interior del improvisado refugio y al no encontrar nada allí dio un enfurecido puntapié a la mesa, lanzándola contra la pared. Como un poseso empezó a dar golpes a cuanto le rodeaba, tratando de encontrarla como si fuese un objeto perdido entre la maraña de objetos que cubrían la habitación. Abrió la boca para llamarla y recordó que ni siquiera sabía el nombre de la ausente. Ni conocía su cara. Sólo podía recordar vagamente el color de sus cabellos.

El timbre del teléfono le devolvió la serenidad. Hizo un esfuerzo para que su voz sonase con claridad:

—El capitán Winter al aparato.

—Hola, Rick.

Era Bill, su compañero de habitación; el comandante Bill Coffin, especialista en cirugía cerebral.

—¡No intentarás decirme que has estado durmiendo durante la visita de los alemanes!…

—¡Como una marmota!

Rick esperaba que su voz pareciese completamente natural. Bill había estado de guardia y no había tenido ningún medio de saber si su camarada había dormido solo o acompañado.

—¿Está Manny en el coche?

—Está esperando a que me vista.

—Así me gusta. Dile que cargue mi equipaje junto con el tuyo. Yo no podré volver a casa.

Rick echó un vistazo a la habitación en desorden. A pesar suyo, tuvo que sonreír.

—Salvaremos lo que podamos, compañero. ¿Puedes decirme lo que pasa?

—Utiliza tu inteligencia, capitán —dijo Bill Coffin.

Una vez que hubo colgado el teléfono, Rick se puso a pensar que en su calidad de cirujano jefe de sección, es decir, el cargo siguiente al de cirujano jefe, le esperaba una dura jornada. Le incumbía la responsabilidad de todo el equipo quirúrgico de su unidad. Pero en cuanto su espíritu se hubiese ajustado a la realidad, ese trabajo sería bien acogido. Por el momento, se dedicó a revolver entre los trastos que ocupaban el suelo de la habitación, más que por necesidad de arreglarlo, por afán de encontrar alguna traza de la desaparecida.

Por fin tuvo que rendirse a la evidencia: no quedaba más testimonio de la presencia de la desconocida que la capa de piel que con sorpresa halló debajo de la cama. Todavía guardaba un fantasma de su presencia, el fantasma de su perfume. La llevó hasta la ventana para examinarla como lo hubiese hecho un detective: era una elegante capa nueva, con una orgullosa marca de una tienda de la Quinta Avenida y un pañuelo cuidadosamente doblado en el bolsillo. Examinó el forro detenidamente hasta que descubrió un imperceptible monograma bordado en oro en la parte interior del cuello: eran tres letras marcadas en un jeroglífico que ningún criptógrafo hubiera sido capaz de desentrañar.

Manny llamó a la puerta, menos ruidosamente esta vez:

—¿Está usted solo ahí dentro, jefe?

—Absolutamente solo —murmuró Rick, y le abrió.

—Parece que se prepara un gran día, capitán. Por lo tanto, yo he pensado…

Rick echó la capa en una maleta y colocó encima unos cuantos trajes suyos.

—¡Dímelo aquí, Manny! Dime lo que hayas pensado mientras me ayudas a hacer el equipaje. Será más cómodo.

Dispuesto ya para irse, Rick se dio cuenta de que le faltaba la trinchera. ¿Dónde estaría? Hubiera jurado que la había visto por la tarde… De pronto se le ocurrió cuál podía ser su paradero. La desconocida había tenido que dejar la capa para no llamar la atención, llevándose, en cambio, la trinchera, bajo la cual podía ocultar perfectamente el traje de noche.

Un recuerdo a cambio de otro…