Hospital de sangre

Frank G. Slaughter · Capítulo 3 de 51

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Hospital de sangre

Capítulo III

No hay dos sin tres

 

En un dormitorio del Railway Arms, Terry Adams apagó la luz, corrió las cortinas y contempló el puerto, que se extendía bajo la ventana. La niebla se disolvía. Más allá del tumulto de las locomotoras, más allá de los cobertizos, los tinglados y los muelles distinguía la pesada mole de los mercantes y el casco de un destructor fondeado. El conjunto tenía la apariencia de algo irreal, de una imagen de pesadilla. Y su espíritu sentía, sabía, se lo decía, que al día siguiente él podría formar parte, probablemente así sería, del convoy que rápidamente se formaba. Sin embargo, ese mismo espíritu se negaba a admitir el hecho, la certidumbre, como una posibilidad.

Una voz femenina le llamó desde el cuarto de baño: esa voz le extrajo de un mar de amarga angustia; corrió las cortinas y encendió la luz. La voz de su hermana había ejercido el efecto habitual, el de un bálsamo aplicado a una herida. Tal vez más exactamente en aquella ocasión, el de una capa de aceite en unas aguas agitadas.

—¿Has encargado las bebidas, Terry? Ya estoy casi lista.

—Un minuto de paciencia, Linda —respondió con una jovialidad que no sentía.

Terry ya sabía que ella había adivinado la confusión que le alteraba, aunque él no supiera todavía si lo que le trastornaba era el deseo, la necesidad de sus consejos o el simple temor a la conversación que debía desarrollarse.

Linda salió del cuarto de baño con el traje de noche puesto, un traje que la envolvía como un estuche de espuma. Era de crespón de China y tul blancos. Su hermano retrocedió un poco para admirarla, invadido, como siempre, por una mezcla de ternura y de respeto. Linda era una de esas mujeres altas y esbeltas que quien no quisiera forzar demasiado su imaginación podría comparar con un robusto sauce. Un francés la hubiera calificado de fausse maigre, y esta expresión intraducible, pero significativa, la definía exactamente. Su silueta, casi perfecta, no tenía nada de provocativo, nada equívoco que pudiera suscitar voluptuosidad. Linda era demasiado recta para eso.

Aquella noche, Linda, con su amplio escote en forma de «V» y el vago resplandor de su cabellera cobriza, era un Tiziano del siglo XX. Pero bastaba advertir su firme mirada azul para darse cuenta de que no sólo era bella.

—No es raro que te hagas con todas las informaciones que quieras, Lin — dijo Terry—. Con un equipo así puedes obtener las confidencias de cualquier dictador, sin exceptuar ninguno.

Linda le dio una palmadita en la mejilla.

—Ahórrate los cumplidos. Probablemente ésta será mi última noche de esplendor. No es fácil que una pueda vestirse así a bordo de un buque de transporte.

Inmediatamente, Terry recuperó su gravedad:

—¿Así, pues, es verdad que embarcamos? ¿Lo sabes de buena tinta?

—No se me hubiera enviado aquí a toda prisa si no se tratase de una cuestión de horas. Basándome en esta intuición, o en esta deducción, como quieras, he escrito mi primera crónica. —Al decir esto acarició, al pasar, la máquina de escribir portátil—. Claro está, desde luego, que esa crónica será de publicación diferida; saldrá cuando estemos en el mar… si es que llegamos a estar.

—¿Sabes cuál es nuestro destino?

—Ni tu propio coronel podría contestar en estos momentos a tu pregunta. Tal como debe ser, se trata del secreto mejor guardado de la Historia. Coge un mapa y un lápiz y señala donde te parezca; a lo mejor tienes la suerte de acertar: Noruega, África, la India.

Tomó el polissoir de la mesita tocador y se puso a pulirse las uñas mientras sonreía.

—También podría ser una playa del otro lado del Canal —agregó.

Terry Adams respiró profundamente.

—Habla claro, sin rodeos, Linda: ¿me crees capaz de aguantar el concierto?

El polissoir continuó su tranquilo vaivén.

—Desde luego que eres capaz. Empezarás por tener un pánico atroz. Y yo también. Ya empiezo a sentirlo. Pero estoy segura de que ni tú ni yo lo dejaremos ver.

—Suponte que no pueda evitarlo.

—¿En el caso, por ejemplo, de que nos bombardeen? ¿Es eso lo que quieres decir?

—Quiero decir durante la batalla.

—Tú formas parte de la organización administrativa, Terry. Seguramente que no estarás cerca del frente.

—Ya lo creo que estaré. Mi unidad es una unidad móvil. Constituimos un hospital de campaña. Tendremos que cargar con todo lo que se nos eche encima.

El polissoir interrumpió su movimiento. Linda miró a su hermano con ojos inquietos.

—¿Y tú crees que te corresponderá un trabajo de esa índole?

—En España nos enseñaron la técnica de las unidades médicas móviles. Demostraron que la mortalidad entre los heridos se reduce mucho si pueden prestarse los primeros auxilios sobre el terreno. Probablemente tendremos que ir por delante de nuestra propia artillería.

Terry, con los dedos entrelazados tan fuertemente que le blanqueaban la piel de las articulaciones, tenía los ojos perdidos en el vacío.

—Todo eso me lo ha dicho el comandante Strang, nuestro cirujano-jefe.

—¿Y tú crees que no estarás a la altura?

—Anoche hubo un pequeño bombardeo. Total, nada: unos cuantos Heinkel que echaron sus bombas y salieron pitando. No eran más de media docena —Terry tragó saliva con esfuerzo y luego continuó—: Me escondí en la cama igual que un conejo. Esta mañana aún me duraba… Y lo más gracioso es que no puede decirse que tenga miedo. Es un simple problema de nervios. No tienes idea de lo desquiciados que los tengo desde hace algún tiempo. Si pudiese huir de mí mismo… aunque sólo fuese por unas horas.

Linda dejó el polissoir y pasó la mano por la cabeza del muchacho. Terry había sido siempre para ella su hermanito. Y nunca dejaría de serlo. De hecho, era un crío. Le había sacado de infinidad de apuros y desde los tiempos de su infancia le había disipado todos los temores. Pero el problema que ahora le planteaba, sólo él mismo podía resolverlo. Como un hombre. Linda le interrogó dulcemente:

—¿Has hablado del asunto con alguien?

—No soy médico; pero, no obstante, puedo diagnosticar mi mal. Llamémosle postración nerviosa…

—¿No podría esa postración nerviosa ser consecuencia de alguna impresión física fuerte, como las explosiones cerca o algo así?

—Ésa es una teoría abandonada. El otro día nos dieron una conferencia. Los trastornos que resultan de una explosión cercana y que son debidos, en su mayor parte, a la onda explosiva, se clasifican con el nombre de «estados de shock». La postración nerviosa es apenas una neurosis causada por la vida militar durante la guerra, por sus fatigas, sus angustias, sus diversas privaciones. De vez en cuando esa neurosis se desencadena, en crisis de nervios, por ejemplo… Y yo estoy al borde de una de ellas, a menos que… tenga ocasión de liberarme de alguna manera…

Sonaron unos golpecitos en la puerta, entró un camarero con una bandeja y dos vasos, los dejó sobre la mesa y recogió el importe y la propina con un alegre guiño.

Terry llevaba pintada la preocupación en la cara y su mano temblaba cuando le ofreció a Linda su whisky.

—Temo haberme descubierto, Lin. Si no fuésemos tan buenos amigos…

—¡No seas idiota y dímelo todo! ¿Qué entiendes exactamente por «liberarte de alguna manera»?

De un largo trago se bebió el vaso de whisky entero.

—¿Qué es lo que tú supones?

Antes de contestar, Linda estudió la idea con calma. Después:

—¿Qué me dices de Mary?

—Entiendes a media palabra.

—Hace siete años que soy periodista y estoy bastante bien adiestrada para la taquigrafía mental.

—Entonces, ¿cuál es tu veredicto?

Linda eludió una respuesta directa.

—Estoy segura de que ya has discutido el problema con alguien, Terry. ¿Verdad que sí?

—El capitán Winter me ha dado su opinión esta tarde.

—¿El capitán Richard Winter?

—¿Le conoces?

—De nombre.

—Le verás en el club esta noche.

—¿Y si yo no tuviese ganas de verle? Mira por donde ya he adivinado cuáles son los consejos que te ha dado.

—De acuerdo, Lin. Rick me ha aconsejado que no espere a consumir mis fuerzas de resistencia y que haga la corte a la primera damisela que esté dispuesta a escucharme.

Durante un momento de inquietud, Linda analizó y valoró aquella estrategia masculina. Era precisamente la que cabría esperar del capitán Winter. Había oído hablar de él en más de una capital europea. Había dado un escándalo con la hija de un alcalde… Otro en París con una estudiante de la Sorbona… Veía a Rick con la imaginación, y sus labios se fruncieron con un rictus de desagrado. Era uno de esos lobos que la guerra alimenta…

—¿Tienes intención de seguir sus consejos, Terry?

Con los ojos fijos en la alfombra, el muchacho respondió titubeante:

—No, si tú dices que no. No, a menos que digas que sí.

—¿Desde cuándo me consideras una autoridad en la materia? ¿Acaso crees que yo entiendo todos los idiomas, incluso los dialectos escandinavos?

Linda sintió contento al oír la risa de Terry.

—¡Linda, por favor, no me hagas parecer todavía más párvulo de lo que soy!

—La verdad es, por el contrario, que encuentro encantador que seas tan franco. Espero, sin embargo, que no te «liberará» y que continuarás siendo fiel a ti mismo y también a Mary.

—Rick me ha dicho que incluso para Mary sería una ventaja si…

—Tu amigo Rick tiene todo el aire de un solista insoportable.

—No lo comprendo bien a veces.

—Ya lo entenderás cuando envejezcas, querido. Su sistema será sin duda excelente para él. Pero sabes bien que tú, tú, jamás podrías mirar a Mary a la cara si tú…

Terry tampoco la miró a ella. Y ella no sabría nunca si le había ayudado o si le había cargado la conciencia con un peso más. ¿Le habría parecido pedante o fatua, con su moralidad de baratillo? Linda Adams encogió los hombros, como si quisiera deslizar por las espaldas su preocupación, y cogió su capa de pieles.

—No nos retrasemos, Terry. Recuerda que mi sino es bailar hasta el agotamiento con tus superiores para activar tu ascenso.

Terry dio un traspié al bajar detrás de ella la oscura escalera: la Railway Arms cumplía escrupulosamente las normas de oscurecimiento de la defensa pasiva.

—Óyeme, Lin, y no me azores más. Ahora me doy cuenta de que he estado hablando sin ton ni son. Pero tenía necesidad de confiarme a alguien…

—¿No te bastaba el capitán Winter?

Un silencio desacostumbrado se estableció entre ambos mientras la pregunta vibró en el vacío. El silencio persistió durante su marcha a través de una calzada de maderos, que atravesaba un enlodado campo de instrucción, y, luego, hasta que llegaron a una luz semicubierta, cerca de la garita del centinela, a la entrada de los cuarteles del 95.º Hospital de Campaña del Ejército de los Estados Unidos.

Terry encontró cierto alivio al cambiar unas palabras con el sargento encargado de la guardia.

El segundo whisky del día cantaba en su cerebro su turbia canción cuando cogió del brazo a su hermana y la ayudó a pasar el doble juego de puertas que aseguraba el oscurecimiento exterior del club.

En cuanto Linda hubo sido presentada al coronel, en cuanto se aseguró de que no le iban a faltar acompañantes, se propuso comenzar su cacería. Se había decidido. Y la verdad es que, una vez decidida, la cosa parecía sencillísima.

Ninguna dificultad en absoluto.

En absoluto.

Un recuerdo cruzó su mente. Mary, con el traje de bodas, le sonreía al pasar junto a los jazmines del jardín de su madre. Y otro recuerdo. Mary bailaba en sus brazos un vals, en el puente del vapor que los llevaba a las Bermudas, en viaje de luna de miel. Pero esas imágenes eran insoportables en la situación en que se encontraba. Aquella noche iba a encerrarlas con siete llaves. De un modo que ninguna hermana era capaz de comprender.

Acompañó a Linda hasta el tocador de señoras, la dejó en él y se fue al bar en busca de un tercer whisky antes de que empezara el baile.

El tocador estaba poblado de mujeres con trajes de noche, pero entre los encajes, las sedas y los tules aparecían algunos uniformes: los azules de la Cruz Roja, el caqui de los servicios auxiliares…

Por un instante, Linda permaneció en el umbral mientras le rodeaba el torbellino cacofónico de sus voces. Después se sentó a una de las mesitas, dejó negligentemente su capa sobre el respaldo de una silla y abrió el bolso. No sacó, empero, ni la barrita de labios, ni polvos, sino un cuaderno y un lápiz, el instrumento de los periodistas de todo el mundo, desde Nueva York a Moscú…

Se trataba de los apuntes de una crónica para Nueva York una crónica que ya tenía esbozada en la mente. Sus ideas fluían con agilidad. Había descartado a Terry y sus problemas, y podía ejercer una atención sin mengua en sus ocupaciones profesionales. En realidad, era un hábito, una disciplina mental de la que muchas veces se había felicitado.

Poco antes había pisado un terreno prohibido. Las actitudes y la moral de un hombre, como sus gustos en materia de corbatas, son cosas donde una mujer no tiene nada que hacer.

Dos mujeres, ambas vestidas de blanco como ella misma, se acercaron al espejo de la mesa contigua para un examen final, y al parecer satisfactorio, de su aspecto. Una rubia fina y atractiva y una opulenta morena con curvas de sirena. Antes de que ninguna de ellas hubiese despegado los labios, Linda intuyó que eran dos enfermeras invitadas a la fiesta.

La sirena dijo:

—Te repito, Carolyn, que le he visto al entrar. Era un cazador al acecho, escogiendo su presa. Era, en otras palabras, el mismísimo Rick Winter.

—¿Y a qué viene todo eso?

La voz de la rubia sonó con fría reserva, casi desafiante.

—Perdona, querida, por mis excesos en la lectura del pensamiento. No hablemos más y dejemos que las cosas pasen como tengan que pasar.

Se fueron envueltas en una onda de risas de la sirena. Linda guardó el cuaderno y las siguió.

El baile estaba animadísimo —¿cómo decirlo de otra manera?— y, a pesar de la fría desnudez de la gran sala, él se encargaba de crear calor y alegría. Una orquesta improvisada con músicos de las distintas unidades se veía y se deseaba para propagar los sones de una rumba a través del ruido de los humanos congregados.

Linda Adams contempló a las dos enfermeras con sus respectivos acompañantes, un par de tenientes parecidísimos entre sí como parecidísimos eran a los rostros que aparecían en los carteles exhortando a la juventud a alistarse. La rubia fue atraída en seguida a la vorágine de los bailarines, pero la morena agitó audazmente la mano dirigiéndose a un capitán de elevada talla que se hallaba al otro lado del salón, apoyado en una columna. De fina silueta y rostro enérgico y atezado, era Richard Winter en persona. Su mirada escrutaba los rostros de las bailarinas como un halcón avizorante.

Linda le estudió unos largos minutos. La sangre le subía a las mejillas en un rápido flujo que no podía ni detener ni comprender. Le vio fijar los ojos ante sí, en algún punto de la masa de bailarines, y luego acercarse a la enfermera rubia y reclamársela a su acompañante. Luego le vio evolucionar con su pareja al ritmo y con los complicados pasos de la rumba.

Alzando mucho la frente, Linda cruzó pausadamente la sala en dirección al bar, en busca de su hermano.