Hospital de sangre

Frank G. Slaughter · Capítulo 6 de 51

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Hospital de sangre

Capítulo VI

 

Don Juan y dos damas

 

Linda Adams era ligera como una pluma y resultaba agradable tenerla entre los brazos.

Rick empezó a bailar con una serie de evoluciones artísticas, rápidas, complicadas, sin que ella perdiera el paso ni una sola vez: estaba encantado de descubrir que un miembro del «cuarto poder» era capaz de un virtuosismo digno del suyo, que él cotizaba alto. Y le encantó aún más la línea de los miembros enlazados a los suyos, el íntimo contacto de la mejilla apoyada en la suya.

—Contésteme a una pregunta —dijo Linda al cabo de poco—. ¿En qué cree usted?

—Ya se lo he dicho. El odio canalizado, un ejército numeroso y fuerte, carencia de ilusiones.

—Sin embargo, usted no es más militarista que yo. Y no sería tan buen cirujano si no creyese en sus semejantes.

—¿Quién le ha dicho que soy buen cirujano?

—¿Se olvida de que en mil novecientos treinta y siete entrevisté a Trueta? Desgraciadamente —añadió ella mirándole con el rabillo del ojo—, usted estaba de permiso en aquella ocasión. Pero todo el equipo quirúrgico tuvo tiempo de explicarme cuánto, cómo y por qué se le quería a usted. Sus declaraciones fueron muy elocuentes.

Ella le dedicó una nueva y suave sonrisa:

—¿O tal vez quiere que le cite nuestros amigos comunes de Londres y de París?

—Ahora le toca a usted contestar, señorita Adams. ¿Cómo se las ha arreglado para correr tanto, profesionalmente hablando, en tan pocos años?

—Yo misma me he preguntado eso muchas veces.

Fue una respuesta simple, sencilla, sin ninguna jactancia. Agregó:

—Es posible que yo sea el resultado lógico del aeroplano y de la radio: ¿qué opina?

—Yo creo que una mujer como usted ha sido puesta en el mundo para una frivolidad mejor.

—¿Por ejemplo?

—Por ejemplo para esto…

Y la arrastró en una nueva serie de giros que dejaron a los dos un poco jadeantes.

—¿Por qué no aprovechar las delicias de este mundo mientras se pueda? ¿Por qué no ser sinceros y reconocer que este mundo se va al agua, a pesar de todas sus plegarias?

—¿Incluso si ganásemos?

—Incluso.

Y como ella le mirase un poco desconcertada, añadió:

—Ganemos, perdamos o empatemos.

—¿Incluso si logramos el siglo de paz de que hablé antes?

—Eso sería fatal para nosotros dos. ¡Reflexione en lo que ambos seríamos si el mundo abriese los ojos y se curase solo! Usted sería una redactora de artículos sin cruzada que predicar. Yo sería un cirujano con el bisturí oxidado. ¡Qué horror! Evidentemente —agregó riéndose de buena gana—, podría hacerme veterinario y usted escribir sobre los perros aplastados. Sería una manera como otra cualquiera de coincidir.

—De todos modos podría escribir reportajes. Y ahora en seguida me voy a poner a hacerlo. Usted me ha dado materia para mi primera interview.

Ella sintió que él se alteraba, tan notoriamente que ambos tropezaron.

—¿No la he descorazonado bastante?

—Desde mis principios me distinguí por una tenacidad de bulldog para descubrir historias y hacerme con ellas. ¡Y en usted hay una historia! El hombre que ha vuelto de Dunkerque sin ningún objetivo en la vida y que, no obstante, ama la vida. El filósofo que aconseja a los maridos jóvenes que olviden a sus esposas y se rindan al amor donde, cuando y como se encuentre.

Él la miró un momento en silencio. Después:

—Había olvidado que era la hermana de Terry. ¡No le ha faltado tiempo para hacerle confidencias!

—Espero que atienda mi consejo en vez de seguir el de usted.

—¿Cuál ha sido?

—Hace poco ha mencionado usted los Diez Mandamientos, capitán. Le he recomendado a mi hermano que no olvide el sexto, por lo menos.

—¿De manera que es usted tan optimista en el terreno de la moral como en el de la política? Atiéndame, por favor.

—Atiendo, capitán.

—Usted ha visto de todo un poco desde hace bastante tiempo, señorita Adams, llevada por su profesión. Pero usted no se habrá pasado todo el tiempo en grandes hoteles. Habrá podido descubrir que la política es donde los lobos se devoran entre sí y que así será mientras el mundo exista. Habrá comprendido que la guerra, esto es, el infierno, nunca desaparecerá, que engendrará otras guerras y éstas otras a su vez, y que ninguna engendrará la utopía. En cuanto a los hombres en campaña, sean solteros o casados… supongo que conocerá usted a Kipling.

Había calculado la duración de su discurso mientras hacía dar vueltas a Linda en dirección al porche. Cuando ambos cruzaron los pesados cortinajes que ocultaban la luz al exterior, los pies de ella aún seguían fielmente el compás de los suyos. Antes que la oscuridad ocultara su rostro, él tuvo tiempo de ver que los ojos de Linda flameaban de furor.

—Gracias, capitán, por haber completado mi educación.

—Todavía no es completa —contestó Rick.

Su beso no tuvo nada de tierno ni de gracioso. Se apoderó de sus labios y los sujetó, de la misma forma que las manos se apoderaron de los hombros asiéndolos con fuerza. Ella se zafó del abrazo, la cara encendida.

—¿Es la primera lección?

—Basta por hoy. La clase ha terminado.

Inmediatamente, alta la cabeza y desafiante el mentón, ella le dejó. Su marcha del porche fue demasiado altanera para poder calificarla de fuga. Pero el fin era el mismo. Linda cruzó el salón, entró en el tocador de señoras, abrió el bolso y cogió el cuaderno y el lápiz.

Había prometido, en Nueva York, que enviaría crónicas diarias mientras pudiera, y le correspondía escribir la que habría de publicarse el domingo. El momento era oportuno para hacer una titulada «Mi primera jornada en un campamento militar». El director daría por descontado un original cuajado de anécdotas y certeras observaciones, en las que Linda Adams sobresalía.

Pero, a pesar de sus propósitos, las palabras no acudían. Linda cerró los ojos e invocó a la musa de los periodistas. La musa se hizo sorda a su llamada, pero, en cambio, se ofreció inmediatamente a su memoria la imagen de Rick Winter y su sonrisa burlona, con la insistente sensación de su boca posada en los labios de ella.

Se preguntó si habría desechado el beso por mojigatería, y también se dijo si no habría sido más inteligente ceder un poco para saber hasta dónde era capaz de llegar un lobo vestido de capitán.

Con brusco movimiento cerró el cuaderno para meterlo de nuevo en el bolso. Sin motivo justificado tiró el lápiz al otro extremo de la estancia. La orquesta tocaba una conga cuando Linda Adams volvió a la sala. Antes de que llegara a su mesa, un teniente coronel de otra unidad médica la invitó a bailar: era uno de los mejores clínicos de América y su danza estaba a la altura de su prestigio profesional. Su nueva pareja la llevó rítmicamente a todo lo largo del salón, ante una larga galería de hombres en busca de su compañera. Ella los iba mirando pasar, en espera de la ocasión de desafiar la mirada de cierto capitán al acecho. Pero no vio a Rick por ningún lado. Fue un comandante de ingenieros quien la separó de los brazos del teniente coronel y se puso a ilustrar el baile con amplias explicaciones sobre la técnica de las máscaras antigás en las mulas de carga.

«¡En fin! —pensó la joven—, la suerte empieza a sonreírme. Por lo menos podré hacer una descripción ambiental, aunque carezca de la calma necesaria para hacerla sobre el terreno».

Sentado en la baranda del porche, el capitán Winter balanceaba maquinalmente los pies en el vacío mientras reflexionaba sobre cuál sería el próximo movimiento en la partida donde sus diversas y seductoras parejas desempeñaban el papel de peones.

Para un apasionado del ajedrez era cosa de poca monta.

No era hombre que lamentase ceder a sus impulsos, y, ahora que había hecho la jugada, se sentía más divertido que vejado por la seca marcha de Linda. También le resultaba grata la convicción de no haberse equivocado en su juicio. Porque estaba seguro de que no se había equivocado: bajo su aire mundano y su experiencia profesional, la señorita Adams era una candorosa doncella, ignorante como una colegiala, pese a todos sus contratos en la Prensa y en la Radio.

Sin embargo, había un cerebro tras aquel bello rostro, y las mujeres dotadas de cerebro habían ocupado, hasta el momento, una insignificante parcela en la vida del capitán Winter. Aunque se sintiese un poco contrariado ante la evidencia, debía admitir que, por absurdamente optimistas que fuesen las opiniones políticas de la joven, eran opiniones bien suyas y no un recitado de frases oídas a entendimientos ajenos. Este descubrimiento requería un antídoto urgente.

Anduvo por el porche, ajeno a las parejas abrazadas, las cuales, a su vez, ni se enteraron de su presencia. Cuando llegó al bar se encontró rodeado de oficiales que conversaban en distintos idiomas: el sonido nasal del francés se mezclaba al extraño sonido del holandés e incluso a la cosquilleante pronunciación del chino… Tal como él había supuesto, Gina Cole, flor deslumbrante y deseable en medio de una pradera caqui, expandía sobre todos y cada uno la luz y el calor de una sonrisa de gran número de bujías. Ella se dio cuenta de su presencia. Él lo advirtió y se dispuso a sacar de la ocasión el máximo partido.

Navegando entre la masa de oficiales, llegó hasta la joven y le asió la mano. Carolyn había sido el prólogo del drama: para el último acto todo estaba dispuesto satisfactoriamente. Hacía semanas que se entretenía preparándolo, con un «continuará mañana» después de cada caída de telón. Había llegado la hora del desenlace.

—Señorita Cole, me había prometido este baile.

Ella dejó sobre la barra su vaso vacío y se excusó con una palabra y una sonrisa dirigidas al amplio coro de sus admiradores. Sus ojos eran inescrutables cuando Rick la tomó entre sus brazos y la condujo al saltarín ritmo de la conga. Todo parecía completamente convencional, pero él ya pisaba sobre seguro. Tan seguro que incluso se dispuso a ir despacio, como buen jugador de ajedrez.

—Hace tiempo que no le veía, capitán —dijo Gina.

—Cinco días, para ser exactos.

Comprendió que la exactitud de su recuerdo la había complacido. Su último encuentro había sido en Londres, donde se vieron por casualidad. Habían cenado juntos, habían bebido champaña y luego habían bailado en un club de Regent Street rodeado de sacos terreros. Terminado el baile la había acompañado a la estación Victoria, aunque no le cupo la menor duda de que, si se lo hubiese pedido, ella hubiera alargado el permiso para pasar en su compañía el fin de semana. Se limitó únicamente a darle un beso en la puerta del compartimiento.

—Estoy encantado de ver que sobrevivió del viaje —murmuró Rick.

Gina no contestó, pero acentuó el contacto de su cara contra la de él.

—¿Quiere que salgamos un momento?

—¿Para qué?

—Para fumar un cigarrillo, por ejemplo. O tal vez para una sorpresa…

—De acuerdo. Me gustan las sorpresas, a condición de que sean de buena calidad. Voy al guardarropa por el abrigo.

Durante unos minutos siguieron el camino de tablas que se alejaba del salón, bajo el cielo estrellado, en un silencio cargado de sentido. Gina se detuvo. Su largo escalofrío fue una obra de arte en el género. Rick no supo nunca si había sido auténtico o fingido.

—¿Hace demasiado frío a la intemperie para las jovencitas?

—Sí, demasiado. Sería preferible volver al vestíbulo del club. Allí podrá fumar si lo desea.

—Vamos allá.

Él se dejó guiar: la partida la jugaban los dos y Rick tenía en Gina una contrincante tan experta como él. La puerta del vestíbulo estaba abierta. En la amplia estancia el aire era negro como la pez; pero, a lo largo de los muros donde estaban los divanes, los puntos luminosos de los cigarrillos perforaban la oscuridad.

—¿No le parece esto algo así como una plaza pública?

—Hay una galería al otro lado. Continúe a mi lado, conozco el camino.

La habilidad con que ella sorteaba los invisibles obstáculos era testimonio de su experiencia: no cabía duda de que con frecuencia había arribado a aquel remanso de paz sin necesidad de luz.

La galería estaba vacía, abierta a la noche.

Sin preámbulos, Rick cogió a la joven por un codo, le hizo dar media vuelta y, atrayéndola hacia sí, la besó suavemente al principio. Era la mejor táctica.

—¿Quién le ha dado permiso para hacer eso?

—Continúe —cuchicheó él—. Ríñame un poco si le parece. Me gustan las reprimendas a dosis moderadas.

Ella fingió un asombro irónico.

—Parece estar muy seguro de sí mismo.

—Seguro de leer en su espíritu, nada más. ¿Puedo hacerle una demostración?

—Si es usted tan valiente como para eso…

—Usted va a procurar mantenerme a distancia algún tiempo. Pongamos cinco minutos. Como máximo. Después de lo cual usted me permitirá… digamos, que le haga la corte. ¿Hace falta explicar el porqué?

—Jamás he visto insolencia mayor.

Él hizo caso omiso de la interrupción.

—Los dos nos parecemos. Sabemos lo que queremos. Y no perdemos el tiempo para obtenerlo. Hace cinco noches, desde que la dejé en el tren, anhelo tenerla en mis brazos. Deseo que me quiera.

Él intentó unir la acción a la palabra, pero Gina opuso:

—¿Y si yo no deseara lo que usted desea?

—Pero es que, justamente, también lo desea usted.

Ella rió quedamente.

—Un poco no diré que no.

La besó apasionadamente. Gina le esquivó como si se burlara de él, para decir:

—Aquí no, es muy arriesgado.

—¿Dónde, pues, puedo verla?

—No sé.

—Bien, tal vez en el pueblo.

Ambos echaron a andar en silencio. Ella, como queriéndose congraciar con él, deslizó una mano en la suya. A la entrada del vestíbulo, Gina se detuvo.

—Necesito ir un momento al tocador. Debo retocarme antes de volver al baile. Las apariencias ante todo.

—¿Puedo esperarla?

—De ninguna manera. No olvide que ahí, en alguna parte —hizo una vaga indicación hacia la sala de baile—, tengo un caballero de escolta… Si nos viese juntos…

Rick retrocedió dos pasos y saludó irónicamente:

—Así, pues, hasta que nos encontremos en el pueblo debo considerarme abandonado a mí mismo.

—Procure no aburrirse en compañía —contestó Gina imitando a las mil maravillas las inflexiones de él.

—¿Cómo puedo tener la seguridad de que nos veremos luego?

—¿Necesita tener la seguridad absoluta?

Ella se encaminó hacia la puerta del tocador sin que Rick hiciera nada por detenerla. Con la mano en el tirador, fue ella quien volvió la cabeza, y Rick pudo ver sorprendido que en sus ojos había una húmeda mirada de emoción. Era la primera emoción que descubría en ella, la primera emoción auténtica.

Gina se le acercó de nuevo.

—Contésteme a una cosa, Rick. ¿Cómo puede vivir tan solitariamente un hombre como usted? ¿Tan solitario que no hace más que perseguir todo lo que lleva faldas?

El tono de Rick no cambió aun cuando pensó que aquello era ir demasiado lejos, demasiado lejos para un juego.

—¿Quién ha dicho que vivo solitario?

—¿Acaso no es ésa la única razón de que me pida una cita?

—¿Puede usted imaginar otra mejor?

La luz de emoción se extinguió en ella y fue sustituida por un malicioso gesto de coquetería.

—Suya es la última palabra, compañero. Hasta luego, si no cambia de opinión.

Esta vez no se volvió y la puerta del tocador se cerró tras ella.