Hospital de sangre

Frank G. Slaughter · Capítulo 15 de 51

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Hospital de sangre

Capítulo XV

Navegar sobre un volcán

 

Terry Adams se detuvo ante la puerta de su camarote y se esforzó por normalizar su respiración antes de abrir. Iluminado por la difusa luz que derramaban las azules lámparas, el pasillo se extendía, tras él, completamente desierto. Por un instante tuvo la pueril impresión de que, desde el fondo de la penumbra, algo o alguien iba a caer sobre él. Se trataba, evidentemente, de una impresión absurda, como lo son buena parte de las impresiones de raíz infantil. El peligro, si había alguno, estaba en el interior de su camarote.

Al entrar, no se atrevió a volver la mirada hacia la litera, ni siquiera cuando la voz de Gina sonó quedamente en la oscuridad:

—Ya sé que es éste su camarote; pero, aun así, debiera usted haber llamado antes de entrar.

La punta roja de su cigarrillo brillaba entre los dos. Ella hizo una honda aspiración y la brasa, al avivarse, dio vida a su rostro.

Terry buscó el conmutador con mano ligeramente temblorosa, como le ocurrió con la voz cuando preguntó:

—¿Nadie la ha visto…?

—… ¿Entrar en su camarote? No, teniente. —Tras una breve pausa, continuó—: ¿Quiere que me vaya, Terry?

Él respondió con un suspiro:

—No. ¡Si supiese qué desgraciado he sido…, en qué soledad vivo!…

—Lo sé —contestó ella—. Llega a ser curioso apreciar hasta qué extremo puede uno sentirse solo en medio de todo un ejército.

Gina se incorporó perezosamente, tiró al lavabo su cigarrillo, a medio fumar, apagó la luz, sin abandonar la lentitud de sus movimientos, y preguntó:

—¿No estamos mejor así?

Terry buscó sus labios. Ella puso las manos sobre las de él y lo separó dulcemente.

—No se precipite, Terry. Las cosas no son tan sencillas, ¿sabe? Lo más probable era que yo no estuviera aquí si no hubiera sentido piedad por ambos.

Mucho más tarde, cuando su cerebro recuperó la normalidad y el equilibrio, Terry se acordó de la grave vibración que estremeció el suelo del camarote bajo sus pies cuando la primera carga submarina estalló en la profundidad. Fue un lejano sonido, como el trémolo de unos órganos monstruosos, lleno de significado. En alguna parte del convoy, un crucero había descubierto el ruido del motor de un submarino, y las cargas se sucedían unas a otras intentando destruir al peligroso intruso. Se diría que aquella noche Neptuno se entretenía golpeando con su tridente el casco del barco.

Pero Terry sonrió con Gina Cole entre sus brazos. Una fuerza más vieja que el tiempo le llevaba por encima del miedo y del amor.

 

A treinta metros de donde se encontraba la pareja, una máquina de escribir sonaba vigorosamente. Linda Adams extrajo del rodillo la última cuartilla de su crónica, añadió una corrección al margen, dobló las hojas y las metió en un sobre para entregarlo en la central telegráfica de la primera escala. En tiempo normal hubiera ido al departamento del radiotelegrafista para que se transmitiera inmediatamente el original a Londres o a Nueva York. Pero navegaba en un buque mudo, en el seno de un enorme convoy silencioso incluso en la telegrafía.

Las cargas submarinas estallaban cada vez más insistentes y cada vez más próximas. En su artículo había un breve párrafo dedicado al terror, pero apenas pudo desarrollarlo. ¿Por qué no tenía miedo? Era fácil imaginarse la actividad reinante afuera. Veía con la imaginación el puente de mando y hasta oía el murmullo de la voz del oficial que informaba al almirante, cuya identidad permanecía en el anónimo. Debía de ser un viejo marino de Nueva Inglaterra, con el rostro atormentado por las arrugas. Seguramente que olfateaba el aire y rogaba al cielo que los envolviese la niebla. También debía de ansiar que, después de la explosión de una de las granadas, se extendiera por la superficie del mar una gran mancha de aceite…

En algún lugar de las profundidades oscuras y frías, un submarino merodeaba, confiando en su casco de doble blindaje para resistir sin daño cualquier ataque, excepto un impacto directo. Sin duda se habría sumergido a toda prisa al percibir la importancia del convoy, y, en cuanto éste hubiera pasado, informaría por radio a Lorient. Inmediatamente se daría la alarma a todos los aeródromos de la costa y podía asegurarse que, por poco claro que estuviese el cielo al día siguiente, no faltarían los Stukas al ataque.

No había tiempo para cambiar de ruta. Las órdenes del almirante indicaban bien claramente: «Debe arriesgarse todo antes que modificar el horario previsto». Otros centenares de navíos también debían de estar forzando la marcha, confluyendo, desde el norte, el este y el oeste, hacia el mismo punto de reunión para efectuar el mayor ataque naval de la historia.

Linda regresó de su imaginario peregrinaje y se dio cuenta de que la quilla del buque gemía nuevamente bajo sus pies. Se sentó en la litera y buscó un cigarrillo. ¿No debería subir a cubierta y tomar nota de lo que viese? No. Se dijo a sí misma que la flota encontraría de mal gusto su presencia en el puente la primera noche de navegación.

De pronto, pensó en Terry.

Le vio durante la cena y le estuvo mirando mientras bailaba con las enfermeras, tal como convenía a un teniente modelo. ¿Habría conseguido dominar sus nervios? Le inquietaba su hermano y no dejaba de recordar su extraña confesión de la noche precedente. Se preguntó si, en funciones de hermana afectuosa, no sería conveniente ir a su camarote. Pero ¿y si le encontraba acurrucado, temblando en un rincón, escondido como cuando los bombardeos en Inglaterra? Sería mejor, verdaderamente, dejarle que luchara contra el miedo a su manera, y rogar para que el tratamiento adoptado no dejara cicatrices.

Si Mary supiese… Pero con seguridad que Mary nunca sabría nada.

Destruida su tranquilidad anterior, Linda iba y venía por el estrecho recinto del camarote. ¿Qué podía hacer un hombre arrastrado por el torrente de la guerra? ¿Cómo podía una mujer aplacar un deseo de intensidad demasiado cruel ya para ser soportado por más tiempo? ¿Habría varias soluciones para el problema?

¿O habría una sola?

Sin saber cómo ni por qué, Linda se encontró echada en la litera, la cara hundida en la almohada, sacudida por convulsivos sollozos. De pronto, cuando una nueva carga de profundidad estalló más cerca que las otras, se incorporó como enloquecida y golpeó con los puños la férrea pared del camarote con tal violencia que sintió correr la sangre por sus dedos al dejar caer los brazos, abatida, como si sobre ella hubiera caído un gran peso…