Hospital de sangre
Capítulo IV
Los ocios de Marte
Una peonza lanzada por la mano de un maestro no giraría con más vivacidad y regularidad que el capitán Richard Winter con Carolyn Rycroft en sus brazos. El ritmo de las maracas, agitadas por los músicos de la orquesta, le daba la sensación de que formaba parte de los latidos de su corazón. Por lo demás, después de que hubo apoyado la cara en los rubios y tibios cabellos, un tam-tam que le resultaba muy familiar precipitaba las pulsaciones de la sangre en sus venas, y su ritmo no era menos apremiante que el de las maracas. Desde luego, no hacía esfuerzo alguno por cambiarlo.
—¿No sabe usted que ha cometido una falta al bailar con un alférez?
Carolyn no levantó los ojos, pero dejó oír una risa dulce y medio contenida que delataba su contento.
—¿Por qué, capitán?
—En primer término, porque usted tiene grado superior, y después porque él está en la obligación de obedecerla, lo cual es desagradable para cualquier hombre, incluso para un alférez.
—¿Y usted?
Él se dio cuenta inmediatamente de que ella ceñía su humor al suyo, de la misma forma que su cuerpo se adaptaba perfectamente a los movimientos y a la cadencia que él le imprimía.
—La respuesta es evidente.
—¿Significa eso que ahora todo está bien porque usted es de graduación superior a la mía?
—Usted lo ha dicho, teniente.
Ella rió, con risa feliz.
—¿Y qué manda mi capitán?
—Por el momento, que continúe; estamos muy bien así. Cuando la orquesta ataque un vals, saldrá usted conmigo a fumar un cigarrillo y a tomar el aire.
A partir de este punto, él le hizo dar vueltas como un derviche. Desde luego, no pretendió ocultarse a sí mismo que disfrutaba plenamente del momento presente, que hubiera sido sabroso incluso sin el perceptible asentimiento de su compañera. Se apretó aún más al cuerpo de ella mientras acariciaba con suave mano la amable curva de la cintura.
—¿Ha comprendido y registrado la orden, señorita Rycroft?
—Perfectamente, capitán. Y me alegro de que se haya acordado usted de mi nombre.
Más que una frase, las palabras de Carolyn constituían una confesión suspirada. Winter estaba ya seguro del terreno que pisaba.
—¿Cuánto tiempo hace que está en Europa?
—Una semana. Confío en que no se me note.
—¿Y se parece a lo que había imaginado?
—Por completo. Incluso mejor.
—¿A pesar de su trabajo?
—El trabajo sobre todo. Siempre me ha gustado mi trabajo. Me refiero a la cirugía, claro.
Ella dejó que desbordase su tono de voz más profundo y vivo:
—¿Podría ir con su equipo como enfermera de quirófano? ¿Podría arreglarlo usted?
—Ya lo he arreglado —respondió Rick con satisfacción espontánea y natural—. Esta tarde he resuelto la cuestión con Strang. Inmediatamente después de nuestra esplenectomía.
Ahogó contra su pecho el incontenible grito de alegría de ella y la arrastró en un último torbellino frenético al compás de las frenéticas maracas.
—Podría agregar que este arreglo ha tenido un carácter pura y estrictamente práctico. No ha sido un regalo. Yo no mezclo jamás la obligación con la devoción.
—Me complace doblemente —murmuró ella.
Sin dejar de bailar se dirigieron a las cortinas que los envolvieron un instante antes de salir del calor y la luz a la fresca sombra del porche. Silueteada sobre el fondo del cielo estrellado, otra pareja terminaba con ellos la rumba. Winter la arrastró hacia la escalera.
Después de las construcciones del acantonamiento, más allá de las empalizadas alambradas, se extendía una silvestre superficie de landa. Y más lejos todavía, al final de una acentuada pendiente, el silencio del mar… No sería la primera vez que un telón de fondo así —y muchos otros parecidos— le había servido de decoración para el primer acto del eterno drama.
Carolyn no se opuso a que él retrasara progresivamente el ritmo de sus pasos, y tan gradualmente lo hizo que le hubiera sido muy difícil precisar cuándo los brazos del hombre se deslizaron a lo largo de su cuerpo para transformar la rumba en un apretado abrazo. Sin embargo, todavía se balanceaban a los ahogados sones de la orquesta cuando ella sintió que una boca se posaba sobre la suya.
Carolyn Rycroft abrió los ojos. Incluso en la penumbra, Richard pudo ver que aquellos ojos brillaban y que el sometimiento de la joven era total. Con un cálido murmurar, a medias risa feliz, a medias acariciante queja, él volvió a besarla…
La orquesta había callado. Desde luego, no hubieran podido decir que habían acabado la rumba con un beso por seguir la moda sudamericana. Los labios de Carolyn se habían rendido. Él la retuvo junto a sí durante una larga eternidad perfumada, sin atreverse a romper el encantamiento, el encantamiento que había tejido el uno para el otro. Cuando, finalmente, él le devolvió la libertad, vio que sus ojos brillaban como dos estrellas húmedas de rocío…
Et dans l’ombre je devinais tes prunelles [4]…
Los versos de Baudelaire acudían a su memoria.
Et je buvais ton souffle [5]…
No los dijo en voz alta. A veces la poesía era útil en momentos así, pero entonces no había necesidad de su ayuda: Carolyn era, por sí misma, poesía. En aquellos instantes al menos. Richard sonrió cuando ella retrocedió ligeramente.
—¿Ya quiere recuperar su dignidad?
—Si no le importa…
No le importaba. Absolutamente nada: tomó sus labios de nuevo, desafiándola a que resistiera la caricia. Fue un fantasma de beso, tras el cual, ella dijo:
—Así está bien, por favor. Un besito nada más y luego volvamos bailando.
El beso fue como un suspiro. La orquesta tocaba «Sangre vienesa». Carolyn enlazó a su pareja para bailar, intentando valientemente no descubrir su emoción.
—Me gusta valsar, Rick.
Era la primera vez que empleaba este apreciativo, lo cual no dejaba de ser curioso teniendo en cuenta lo sucedido.
—Pues bailemos, si realmente quiere que volvamos a entrar…
—No lo quiero del todo. Por eso precisamente me parece lo más aconsejable.
Sin una palabra más, el capitán Winter prosiguió el comenzado vals. Después de todo, sólo había sido el primer acto. Más tarde dispondría de cuanto tiempo quisiera hasta llegar al nudo de la intriga.
Un comandante de la Air Force se filtró entre ellos antes de que hubiesen podido dar la primera vuelta en el salón. Rick aplaudió en silencio la natural serenidad de Carolyn cuando la vio que se alejaba danzando en brazos de su nuevo compañero con una calma y una gracia perfectas, sin el menor asomo de modestia. Tan sólo los ojos la traicionaban. Acaso el comandante creyera que había sido él quien había encendido aquellas estrellas.
La atmósfera del baile se había caldeado, desde luego. En otros muchos ojos lucían las mismas luminarias que en los de Carolyn. Elocuentes huellas de pintura de labios decoraban más de una curtida mejilla. Bajo la superficie de su rigidez, aquella noche el ejército burbujeaba de alegría y su pulso marcaba una viva cadencia. Era el mudo reconocimiento de que, al día siguiente, todos aquellos bailarines estarían desparramados por una docena de frentes de batalla…
Terry Adams danzaba con una mujer vestida de blanco que hubiera podido ser una modelo para Rubens. Rick la conocía bien, casi demasiado bien. Gina Cole, la enfermera especializada en Rayos X. Desde luego, sus incitantes y sabrosos encantos sentarían bien a Terry, pero…
Dio un paso con la intención de filtrarse entre ambos y quitarle la pareja a Terry, pero se detuvo a tiempo al recordar los consejos que le había dado por la tarde. Tal vez fuera Gina Cole el remedio que el doctor había prescrito a su paciente. Winter pudo ver a la plena luz el rostro de su joven amigo en el instante en que hacía girar a Gina en sentido inverso: Terry estaba un poco congestionado, pero no parecía respirar ansiosamente ni haber perdido la calma.
«No intentes ayudar a quien no necesita ayuda», pensó Winter para sus adentros, volviendo la espalda a los bailarines.