Hospital de sangre
Capítulo XXXI
Donde Rick salva a su hombre sin el permiso del jefe
Rick regresó a su tienda, dispuesto para ejercer la profesión que de todo corazón había elegido.
Se quitó la camisa, hundió los brazos en una palangana de caucho y comenzó el ritual cepillado de las manos. Con el rabillo del ojo vio cómo Carolyn daba fin a la misma maniobra en otro recipiente. Era una ayudante de la que cualquier cirujano se hubiera mostrado orgulloso. Sus movimientos eran seguros, tranquilos y exactos; era evidente que se había aislado absolutamente del mundo exterior, concentrando todas sus facultades en el trabajo, tal vez el único antídoto contra el veneno de los recuerdos y de los sueños… Rick sonrió tenuemente mientras ella se alejaba de la cubeta llena de antiséptico en busca de una toalla esterilizada. Un enfermero se le acercó y procedió a ponerle la blusa y atarle las cintas de la máscara.
Ya estaba junto a la mesa, vestido y enmascarado, su ayudante Hal Davis, que venía siéndolo desde los días de la formación del equipo quirúrgico, en los Estados Unidos. También se hallaba presente Bárbara Beattie, hermosa mujer que parecía carecer de nervios. Y Dean, el anestesista, quien, a la cabecera de la mesa, ponía a punto maquinalmente el tubo de oxígeno. Winter los saludó gravemente. Sabía que bajo las blancas máscaras habían correspondido a su saludo con sendas sonrisas. Era bueno y reconfortante disponer de un grupo coherente, formado y preparado precisamente para lanzarse con todo su entusiasmo y su fe a la lucha contra el eterno enemigo de la vida.
Desnudado por los enfermeros, el paciente fue examinado minuciosamente por Dean: no había más lesión que la abdominal. La bala había penetrado por el lado izquierdo del vientre y había salido por el derecho, a la altura de la cadera. Desde el punto de vista clínico no parecía tener complicaciones. Sin embargo, las perforaciones serían múltiples. Probablemente habría que resecar mesenterio. Por fortuna, no se trataba de desgarros de tipo explosivo, como los que algunas veces había operado, en que el proyectil destroza cuanto halla a su paso, dejando con frecuencia esquirlas óseas.
Bajo los efectos del éter, el soldado respiraba con regularidad. Rick penetró en el círculo luminoso de la lámpara y comprobó la antisepsia de la zona operatoria, efectuada por Davis con mercurocromo y una solución anestésica. Carolyn y Bárbara dispusieron sobre la piel los paños esterilizados, fijando con pinzas la abertura que limitaba el campo de acción del bisturí.
A una señal de Dean, Rick efectuó la incisión, en línea recta, a través del abdomen, desde el orificio de la entrada del proyectil hasta la salida. El acero del escalpelo separó limpiamente, implacablemente, las capas sucesivas correspondientes a piel, aponeurosis, músculos, fascia y peritoneo, hasta que la cavidad abdominal quedó abierta posibilitando la inspección minuciosa de su contenido.
Los hallazgos respondían a las previsiones. Bajo el peritoneo había sangre mezclada con residuos intestinales, mezcla que Rick absorbió pacientemente con una esponja. Era una labor enojosa, pero indispensable desde todos los puntos de vista. Una vez realizada podría procederse al examen de los órganos para fijar el plan de intervención.
Los hábiles y sensibles dedos del cirujano palparon el hígado, el estómago y el bazo, y los encontraron intactos, así como, gracias a Dios, el ciego y el colon. Luego siguieron el trayecto del intestino delgado que también estaba indemne en una longitud de dos metros aproximadamente. La primera herida, claramente recortada, se hallaba en el segmento siguiente.
Un cirujano menos experimentado probablemente se hubiera detenido en ese punto para proceder a la sutura. Pero la experiencia le había enseñado a Rick que, en tales casos, se da generalmente una serie más o menos numerosa de orificios análogos en diversas porciones del tubo digestivo. Por lo común son casi imposibles las suturas sucesivas. La única forma lógica de proceder no es otra que extirpar el segmento afectado.
Descubrió, en efecto, cuatro heridas más en las ocho circunvalaciones siguientes. La última perforación era un largo desgarro en zigzag.
Carolyn preguntó, desde el otro lado de la mesa, con el instrumental a punto:
—¿Resección?
Con la mirada, Winter interrogó a Dean sobre el estado del paciente.
—Puede quitarle lo que quiera —respondió imperturbable el anestesista —. Lleva tres ampollas de plasma y el corazón le marcha como un reloj.
De vez en cuando silbaba una bala de cañón rumbo al campo de batalla, al otro lado del acantilado. Uno de los proyectiles, mal calculado el tiro, cayó en la parte alta de la playa y lanzó sobre la lona de las tiendas una lluvia de arena. En el quirófano, la operación se desarrollaba con el ritmo seguro y exacto propio de la habilidad quirúrgica aliada a un trabajo de equipo perfecto. Los instrumentos llegaban a las manos del cirujano sin necesidad de pedirlos. Cada cual hacía exactamente lo que debía.
Como siempre, Rick sentía a su lado la eficaz y silenciosa presencia de Carolyn. La pinza deseada llegaba a él como por arte de magia, las agujas le esperaban enhebradas. Ni un movimiento inútil ni un instante perdido…
Cuando, al fin, quedó restablecida la continuidad del tubo digestivo mediante la anastomosis de los extremos de la resección, Rick se volvió unos segundos para cambiarse de guantes. Al reincorporarse a su sitio, dirigió una sonriente mirada al semicírculo de rostros.
—Esto ha ido muy bien, teniente Rycroft.
La aludida se sonrojó, y, por vez primera, le temblaron las manos al disponer una sutura.
—Sí doctor, ha ido muy bien.
—Gracias a usted.
—¡Por favor! —protestó ella.
Mientras le preparaban una gasa con las sutiles agujas de sutura, Rick le dedicó una larga sonrisa emboscada tras la máscara. Se sentía extrañamente alegre, como transportado, ridiculamente joven. Era como si hubiese vuelto a sus años de Facultad y a su primer idilio con la enfermera de servicio en la sección de dietética. La evocación duró unos fugaces segundos, hasta que sintió nuevamente bajo sus pies el crujido de la arena de África.
Volvió a explorar los tejidos y no encontró anormalidad alguna. La bala había atravesado la parte anterior del abdomen, sin perforar más que la sección de intestino extirpada.
—Sulfamida, por favor.
Espolvoreó el medicamento por la cavidad abdominal. Había efectuado las suturas con la seguridad proporcionada por una larga práctica. Obraba casi mecánicamente y tenía que esforzarse para contener el alegre silbido que pugnaba por salir de sus labios para acompañarle en el trabajo.
Cuando se apartó de la mesa definitivamente, su reloj marcaba las siete. A través de la lona de la parte este de la tienda se deslizaba un vivo resplandor rojizo. Se preguntó si no se habría incendiado algún nuevo gran depósito de petróleo, pero pronto halló la contestación al acordarse de la célebre salida del sol argelino.
Un ramillete de palmeras, medio destrozado por el bombardeo, en equilibrio inestable sobre el acantilado, se recortaba contra el cielo matinal. Hasta las apolilladas casitas que orillaban el camino de la playa parecían recobrar la vida. A la luz simultáneamente violenta y tierna del alborear, hasta la escandalosa pintura encarnada del establecimiento de baños adquiría un matiz nuevo. A la derecha, allí donde una quebrada de acantilados permitía una visión parcial del puerto, el sol naciente brillaba sobre los metales de un acorazado. Comprendió el motivo de que en la playa resonasen gritos de alegría cuando vio ondear en la popa del navío el mismo pabellón que había ondeado en la misma rada casi un siglo atrás, cuando los marinos norteamericanos llegaron a ella. La bandera tenía ahora más estrellas que entonces, pero no había dejado de ser la de la patria.
Hundido hasta las rodillas en el Mediterráneo, Winter se unió a las aclamaciones. Hal Davis salió de la tienda llevando del brazo a Bárbara.
También había salido Carolyn. Rick quiso informarse sobre el curso de la instalación del conjunto de las tiendas pero, obedeciendo a un inexplicable impulso interior, decidió enterarse por sus propios ojos y se dirigió hacia el puesto de admisión.
Una fila ininterrumpida de jeeps circulaba desde la playa hasta la carretera. Pero la importancia de la victoria se la reveló claramente a Rick cuando retrocedió para dejar paso libre a un visitante ilustre, el mismísimo Randall Strang, recién afeitado, brillante y lustroso a la luz del sol, evidentemente descansado por un buen sueño.
Los cuatro oficiales de Estado Mayor que le acompañaban dieron sendos taconazos en respuesta al saludo efectuado por Rick.
—¿Hace mucho que está en tierra, señor?
—Desde que se dio la orden de alto el fuego. —Sin ironía aparente alguna, prosiguió—: Acabo de terminar la inspección, Winter. Ha realizado una excelente labor.
—No me lo debe agradecer a mí, señor. Ha sido Walters quien lo ha hecho. Yo me he pasado la mayor parte del tiempo en la tienda del quirófano con una urgencia.
—¿Una urgencia? ¿Urgencia? No he oído hablar de ninguna urgencia. Nuestros hombres apenas han encontrado resistencia en este sector.
—Pues uno de ellos ha encontrado una bala.
—¿Herida abdominal?
«¡Dios me ampare! —pensó Winter al ver que el jefe fruncía el entrecejo —. ¡Sabe lo que le voy a decir antes de que se lo diga!».
Strang habló concisamente:
—Esperemos que pueda resolverse bien. Espero órdenes de un momento a otro. Sin duda podremos hospitalizarlo en Argel.
Rick contestó después de tomar aliento:
—No hay prisa, señor. Acabo de operarle.
—Pudo haberme informado si se trataba de un caso desesperado.
—La intervención fue sencilla, señor. Cuatro perforaciones en la misma zona. El herido resistió perfectamente. He hecho una resección.
El rostro de Strang se contrajo anunciando tormenta. Los oficiales se apartaron discretamente.
—Verdaderamente, Winter, se diría que me obliga, una vez más, a dudar de su buen juicio quirúrgico. Hacer una resección en esas condiciones es algo poco menos que criminal.
—Entonces debiera estar en la cárcel desde hace mucho tiempo, señor, porque he realizado la misma intervención más de una docena de veces.
—¡Pero aquí, señor, está usted… usted está en Marruecos!… ¡Y está usted a mis órdenes!…
Strang contuvo con dificultad la explosión. Muy interesado, Rick contemplaba la garganta del jefe, que se hinchaba alarmantemente, fuera del cuello de la guerrera, a impulsos de la cólera contenida. Se le antojó una paloma buchona que hubiera perdido el plumaje, aunque no la convicción de su importancia, y no le sorprendió nada verle dejar en suspenso la frase y la amenaza a la par que se unía a los oficiales de Estado Mayor.
Antes de alejarse, empero, Strang se volvió para disparar el último dardo:
—Volveremos a hablar de esto en el hospital de la ciudad, Winter. Entretanto, ocúpese en organizar los transportes. Todos los heridos deben ser trasladados allí.
Y desapareció, rutilante de correajes e insignias.
Rick le miró desaparecer en la tienda de urgencia, sintiendo que su propia garganta se le hinchaba de furor. Llevado por la ira, echó a andar tras él, pero al punto se acordó de que Carolyn aún debía de estar en la tienda, limpiando el instrumental.
No quería proporcionar a Strang la satisfacción de continuar la querella en presencia de la joven. Se reprimió, dio media vuelta y se metió en el puesto de admisión.
Cuando entró, Linda Adams alzó los ojos de la mesa en que estaba trabajando.