Hospital de sangre
Capítulo XXII
Donde se ve a Rick Winter pasar
por emociones contradictorias
Llegado al final de la larga hilera de literas, Rick Winter devolvió a la enfermera la hoja con las relaciones individuales. Por una portilla abierta veía los reflejos del sol en el Atlántico, liso como un espejo azul. Rick Winter había acabado el monótono examen de los pacientes y salió a cubierta para gozar de unos instantes de aire vivo y salobre. ¿Cómo era posible que el mar tuviese tan sosegada apariencia por la mañana, después de los horrores que había soportado la víspera?
Los heridos se encontraban en un estado sorprendentemente bueno, aunque podía tratarse de algo pasajero: habían superado el período inicial del shock, gracias a una feliz combinación de morfina, calor y plasma. Pero en los casos más críticos había que prevenir una segunda fase, causada por la debilitación debida a la considerable pérdida de proteínas en las zonas afectadas. No ignoraba que debía dispensar su atención más minuciosa a tales casos, porque el éxito o el fracaso en ellos, serviría de piedra de toque al tratamiento aplicado por él.
Las inyecciones de plasma debían continuarse con la duración y frecuencia que exigiese el estado de los pacientes, a quienes debía administrárseles la mayor cantidad posible de líquidos nutritivos. La prueba final la daría la posible infección. Si sus teorías no eran equivocadas, el porcentaje de infecciones sería, de cualquier manera, mucho más reducido que entre los pacientes de Strang, tratados según la terapéutica clásica de desbridamiento e irrigación. El tiempo era el encargado de pesar en su balanza ambos métodos. Si a fines de semana no se había declarado infección alguna, el período de curación propiamente dicho comenzaría. Y Winter tenía la mayor confianza en que, gracias a su sistema, tal curación se desarrollaría con la mayor rapidez.
Volvió a la sala refrescado por la brisa matinal, con los ojos deslumbrados por el resplandor marino. Tenía motivos para sentirse cansado porque había estado trabajando desde mucho antes del desayuno, deseoso de abstraerse de sus problemas personales más acuciantes. Por ejemplo, lo que diría a Carolyn Rycroft si la viera durante el servicio.
El oficial de la sala le saludó con su habitual sonrisa:
—Parece que todo marcha bien, capitán.
—¿Qué opina usted del estado de los pacientes?
—Puesto que me lo pregunta, le diré que estoy asombradísimo de ver cómo han resistido el golpe. Tal vez los casos de evolución más sorprendente sean los más graves.
—¿Ha comprobado las proteínas en sangre?
—Dos veces diarias se hace recuento de hematíes y verificación de la tasa de hemoglobina.
—¿Están preparadas las transfusiones por si hicieran falta?
—Lo están, señor, pero no creo que hagan falta tal como va todo.
Rick le dio las gracias y se trasladó a la sala de estribor, donde se hallaban hospitalizados casi todos los pacientes de Strang. También ellos recibían plasma y sulfadiazina. «Ahora —se dijo con un pequeño escalofrío íntimo—, ahora podré vislumbrar el sí o el no… Cualquier diferencia que pueda apreciarse entre ambos lotes, deberá atribuirse al tratamiento inicial, porque los cuidados posteriores han sido exactamente iguales».
Tal vez fuera fruto de la imaginación, pero le pareció percibir una sutil diferencia entre ambas salas. En la de babor, los heridos estaban tranquilos, casi alegres en algunos casos. En la otra ofrecían un aspecto menos favorable, de verdaderos enfermos. En más de una cara podía leerse la desesperación y en muchas muñecas el pulso latía con demasiada rapidez.
Lo cierto es que salió de la sala de Strang con un renovado sentimiento de confianza en su actuación.
Cuando subía la escalera, un asistente se cuadró ante él: el coronel esperaba al capitán en su oficina.
El breve escalofrío de minutos antes se convirtió en un estremecimiento de alarma. ¿Sería posible que Strang le hubiera denunciado al coronel? El jefe era un cirujano capaz y demasiado prudente para condenar a nadie sin el rito apropiado. Sin duda que en esta ocasión se comportaría políticamente, esperando los resultados antes de manifestarse.
Winter dio un correcto taconazo y saludó de la manera más impecable al llegar al umbral de la puerta del despacho de Amos Blaine. Se sintió más tranquilo cuando vio al coronel dedicado a hojear viejos ejemplares del Yank mientras se reía como una gallina clueca contemplando los dibujos de
Breger[23].
—Quítese ese casco, Rick. Bien, creo que ahora estamos ya a cubierto de nuevos ataques. No obstante, no puedo cerrar los ojos sin ponerme a contar Stukas. ¿Y usted?
—Pues la verdad es que no he tenido ni tiempo de contar.
—Sí, ya lo supongo. El trabajo es la salud de los individuos como usted. Mi deber, en cambio, es permanecer en mi puesto esperando que ustedes cumplan el suyo.
Amos levantó una ceja. Desde hacía tiempo, Rick conocía aquel gesto como indicador de tempestad. Por consiguiente, se preparó.
—Repito que yo me limito a esperar que ustedes cumplan con su deber, pero que lo cumplan de una manera conveniente. Me refiero, por ejemplo, al experimento que usted realizó ayer.
No cabía duda de que Strang había hablado. Sin embargo, sus informes debían de haber sido bastante prudentes, cosa que, pensándolo bien, era completamente lógica porque le permitía no quedar en posición violenta si la prueba salía bien, y, en cambio, le dejaba en libertad de fulminarle si fracasaba.
Rick respondió sosegadamente:
—La responsabilidad es mía, señor. Completamente mía. El comandante Strang no ha tenido nada que ver. Yo traté a la mitad de los pacientes mientras él hacía lo propio con la otra mitad en la sala de operaciones.
—¿Dice usted que trató?
—Sí, señor, con sulfamida en polvo, gasa vaselinada y algodón para asegurar la presión debida. Los heridos del comandante recibieron el tratamiento corriente, mediante desbridación, lavado y ácido tánico para la formación de costras.
—No querrá usted decirme que se ha servido de nuestros soldados como si fuesen cobayos…
—Nada de eso, señor. De ninguna manera. Hace tiempo que ese tratamiento se emplea en Inglaterra con los resultados más satisfactorios. Si es así, ¿por qué privar a nuestros soldados de los beneficios de un ejemplo y de una experiencia que se han mostrado acertados?
—Espero que pueda usted vender esa idea a Strang.
—Hablando con franqueza, coronel, he abandonado la esperanza de vender nada al jefe.
Había sido una observación que excedía de los límites del respeto, y Amos tuvo razón cuando frunció el entrecejo, pero se trató de un gesto fugaz y como aureolado de malicia.
—¿Puedo decirle que comprendo su… su dilema, Rick?
—Evidentemente, puse en práctica la idea sin advertir de antemano al jefe. Y, con menos evidencia, tiene perfecto derecho a sentirse un poco contrariado. Sobre todo… —Aquí la sonrisa de Rick tuvo el mismo tono que el gesto del coronel—… si el nuevo tratamiento tiene éxito.
—¡Váyase de aquí! —bramó Blaine—. ¡Váyase de aquí antes que lo mande al calabozo!
Amos Blaine continuó sonriendo tenuemente cuando Rick hubo salido del despacho después de hacer un correctísimo saludo.
El capitán regresaba a sus cuarteles con el ánimo considerablemente aliviado. Todavía gozaba de su alivio cuando, al volver una esquina del pasillo, tropezó con una joven rubia en uniforme de trabajo: Carolyn Rycroft y su sonrisa, serena como la mañana.
—¿Acaso no se ha ganado usted un descanso?
—Sí, capitán. Pero esta mañana hacía falta gente y me he prestado voluntaria.
Le tomó la barbilla como si fuera una copa.
—Míreme, por favor. Estamos solos y la crisis pasó.
Ella encontró su mirada sin hacer esfuerzo alguno para apartarla.
—¿Está usted completamente seguro?
—Completamente, en lo que se refiere a los enfermos de la sala. ¿Y en lo que se refiere a nosotros?
—No sé nada de eso, Rick.
—Entonces, ¿qué debo hacer? ¿Llamar a otro submarino para que usted se asuste…?
Una oleada de rubor la traicionó. Lo suficiente para que Rick retirara la mano de la barbilla y abriera los brazos. Después de haber mirado prudentemente por el pasillo, Carolyn se echó en ellos. Todas las dudas de otra noche de insomnio desaparecieron.
—¿Por qué fue usted a verme al camarote?
—Ya se lo dije. Tenía miedo.
Rick oyó su propia voz al contestar como si fuera la voz de un extraño:
—Yo la quería entonces, Carolyn, y la quiero ahora. Debe usted saber que no se trata de un simple deseo, sino de algo más. La amo, Carolyn.
La besó como si quisiera evocar el secreto de la noche del bombardeo en el pueblecito de Inglaterra. Casi estaba seguro de que ella había comprendido que su identidad ya no era un misterio para él. Sabía también que la capa que dejó después de aquella noche estaba guardada en su camarote. De no haber sido así, ¿por qué había ido a dejarle su trinchera?
Rick aflojó un poco la dulce presión de sus brazos para preguntar:
—¿Por qué no hemos de ser sinceros, Carolyn?
Ella apoyó su rostro en el hombro de Rick, quien comprobó con triunfante alegría que no se apartaba, pese a que había dejado caer los brazos.
—Ya sabe usted lo que quiero, Rick.
Durante unos segundos le asaltó la tentación de hacerse el desentendido, aunque sólo fuera para obligarla a explicarse más claramente. ¿Acaso esperaba que le ofreciese casarse mientras la unidad navegaba hacia el bautismo de fuego? ¡Dios mío! No tendría más remedio que ir a ver a Blaine y pedirle la bendición. Pero el instinto le detuvo; algo le advirtió que debía dejar a Carolyn que llegara hasta el fin. Cuando ella hubiera dejado caer la máscara, cuando descubriera la verdad de sus sentimientos, él estaría dispuesto a hacer cuanto ella quisiera.
Carolyn quebró el tenso silencio. Su voz había vuelto a adquirir el más exquisito acento de decoro.
—¿Tiene la bondad de acercarse a la cama doce, doctor? El enfermo tiene fiebre.
La siguió a la sala, preguntándose si no habría sido un juego de palabras; pero, desgraciadamente, el enfermo y la fiebre eran demasiado reales. Se trataba de un mocetón de cabellera pajiza empaquetado desde el mentón a las axilas en un firme vendaje. Rick se acordó de él en cuanto le vio. Las quemaduras eran extensas, pero no graves. La elevación de la temperatura podía no tener relación alguna con ellas. Probablemente se debía a una reacción frente a la sulfadiazina, reacción relativamente común y que podía ocasionar perjuicios si no se diagnosticaba debidamente. Por ejemplo, podía atribuirse a un principio de infección, con la consiguiente medida de aumentar la dosis de droga.
La gráfica de la temperatura, tomada cada dos horas desde el momento en que el paciente salió de la mesa de curas, mostraba una subida brusca, en vez de una elevación regular. Las heridas no presentaban nada de particular.
Carolyn murmuró:
—¿Suspendo la sulfadiazina?
—¿Es usted adivinadora del pensamiento?
—Procuro ayudar lo mejor que puedo, doctor Winter.
Sus ojos miraban modestamente al suelo. Agregó:
—Muchas veces, la interrupción del medicamento va bien en estos casos.
Rick deslizó su mirada por la historia clínica, diciéndose que Carolyn había ganado limpiamente aquel round. Escribió en la casilla correspondiente la orden de supresión de la sulfamida y devolvió la hoja a Carolyn.
—En efecto, debe suspenderse la medicación. ¿No tiene más observaciones que hacer, teniente Rycroft?
—No, doctor.
—¿Quiere ello decir que está usted… enteramente satisfecha… de la evolución del caso?
Ella alzó los ojos y miró profundamente a los del capitán, quien se sintió trastornado por la intensa llama de pasión que vio arder en ellos.
—Por el momento, completamente satisfecha.
—Querría estar en condiciones de decir lo mismo.
Dio un taconazo y saludó fríamente. Después, sin que Carolyn dejase de mirarle con expresión inquisitiva, dio media vuelta y salió de la sala.