Hospital de sangre

Frank G. Slaughter · Capítulo 51 de 51

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Hospital de sangre

Capítulo LI

 

La desconocida del bombardeo

 

Entre los olivares, el camino serpenteaba hasta el mar, cuyas aguas brillaban como turquesas. El largo y cálido atardecer se deshilachaba soñadoramente en el crepúsculo. Rick se recostó en el asiento del viejo Packard y dijo al conductor que aminorase la velocidad al llegar a la próxima curva. ¡Qué bueno era sentir de nuevo en la cara el viento y el sol, sentir bajo el uniforme limpio y planchado la renovada energía del cuerpo curado! El coche redujo la marcha al llegar al lugar indicado para detenerse poco después, por indicación de Rick, quien se asomó para deslizar la mirada por el mar de palmeras de un valle tan hermoso como un poema, un oasis hecho por la mano del hombre, con los blancos muros del hotel brillando vagamente en el crepúsculo.

—Les palmiers de l’Hôtel de la Plage, monsieur le capitaine —dijo el

chófer—. [37] C’est belle, n’est-ce pas?

Rick hizo un signo de aquiescencia y, sin abrir la boca, indicó al chófer que reanudara el camino. Aquella tarde era su mente más que su corazón la que gozaba de la belleza. El valle que veía era recuerdo que hubiera querido compartir con la mujer amada. Ahora, y a petición propia, iba a compartirlo con Carolyn Rycroft. Había que procurar que cada uno de sus anhelos fuesen satisfechos. En todos los aspectos. A toda costa era preciso no decepcionarla, y no la desilusionaría. Ya lo había previsto todo detenidamente, y con la ayuda del comandante Coffin.

Habría champaña en la cámara nupcial para brindar y confortarse antes de ir al encuentro del capellán de la División, que los aguardaría en el pequeño santuario cercano al mar. Bill, que ya se habría cuidado del equipaje, los esperaría con un coche para llevarlos hasta la capilla. Cuando la ceremonia hubiera concluido, Bill regresaría a Argel y los dejaría solos. Cenarían en la galería descubierta de su habitación, sobre los jardines, en los que sonaría música para enamorados. Este detalle se había encargado de prepararlo Bill, de acuerdo con Bautista, el maître del hotel.

Y Bautista fue quien los recibió, con enfáticas salutaciones bajo los jazmines que embalsamaban la avenida de acceso al hotel. Rick entró tras sus maletas, envuelto en obsequiosos torrentes de francés. Bautista deseaba hacer inolvidable su estancia, deseaba satisfacer la menor necesidad, el más insignificante deseo.

—Mademoiselle? —preguntó Rick.

— [38] Mais montez juste, monsieur le capitaine. Elle vous attend là-bas .

El regordete maître pulsó el timbre del decrépito ascensor.

No parecía propio de Carolyn esperarle en la habitación. Rick siguió al guía a lo largo del pasillo enjalbegado del primer piso. Bautista abrió con rebuscada solemnidad la puerta de la cámara nupcial. La habitación estaba casi a oscuras, tan sólo iluminada veladamente por una lámpara situada en la mesilla, junto a la cama de estilo Imperio.

Por el balcón se divisaba un fragmento de paisaje empurpurado por el sol poniente, que acabó de desaparecer entre fulgores escarlatas mientras Winter miraba en derredor.

Rick avanzó unos pasos, esforzándose por ver en la creciente oscuridad. Bautista, esencia de la discreción, había cerrado silenciosamente la puerta.

Un poco desconcertado, Rick paseó la mirada por la desierta habitación. Con tres largas zancadas se acercó a la lámpara, apoyado en la cual había un sobre. Sobre el lecho, resaltaba la blancura de una capa de noche. El sobre estaba dirigido a él, de puño y letra de Carolyn. Lo abrió y leyó:

Rick, querido mío:

¿Me dejas que te siga llamando así, aunque permita que pases sin mi tu noche de bodas?

Se volvió a mirar la habitación, profundamente transformado e intrigado. Estuvo a punto de llamar a Bautista, quien, con seguridad, había participado en la conspiración, pero se contuvo y siguió leyendo:

No tienes idea de las cosas que dijiste mientras luchabas contra la fiebre. Ni siquiera te acordarás de haberme llamado «tu querida desconocida de la noche del bombardeo». Perdóname que haya sido tan estúpida, Rick, pero necesité cierto tiempo para comprender lo que esa frase significaba para ti. Y necesité más tiempo todavía para darme cuenta de que ésa era la verdadera y única razón por la cual me habías pedido en matrimonio.

Rick sintió que la cabeza le vacilaba, intentando descubrir la intención de aquellas palabras. Pensó fugazmente que siempre habría medios de explicar a Bill y al capellán que su puritana prometida había ido a esconderse a algún sitio. Y siempre habría medio de buscarla y de recuperarla.

¿Te doy la impresión de estar dando vueltas sin llegar a ninguna parte, querido? ¿Me podrás perdonar el que me mostrara tan buena actriz durante mi última visita a tu habitación, en el hospital? Quería saber si habías sido capaz de ir tan lejos sin retroceder. Y, en efecto, estabas resuelto a ser conmigo un quijote, dispuesto a cumplir un contrato en el que yo no tenía ni parte ni derecho.

Pero yo no podía limitarme a salir del cuadro que tú me habías preparado. ¡Ah, hubiera hecho lo imposible para lograr mi deseo de ser la señora de Winter… si ese deseo hubiera sido tan grande como mi amor por Richard Winter!

Por eso me remonté hasta el principio de todo, hasta aquella noche de Inglaterra, aquella terrible noche en que temblé, junto a Gina Cole, en el hogar de las enfermeras, viviendo el terror de mi primer bombardeo aéreo.

Rick miró el papel, esperando a que las letras, regularmente trazadas, recobraran su forma ante sus ojos. Después siguió la lectura:

Debo de ser mejor detective que tú, querido mío. Una vez alerta, no necesité más de treinta segundos para intuir quién podía ser «tu querida desconocida de la noche del bombardeo». Treinta segundos más me bastaron para llegar a la certidumbre, y dos días para persuadirla de que su deber era acudir a tu encuentro.

Como verás, he dejado aquí su capa y he recuperado la mía. La cogí de tu maleta, con permiso de Bill Coffin. Te lo digo por si luego la buscas. Ella tomó mi capa por equivocación en el tocador del club… Yo no podía hacer otra cosa que esperar que se me reclamara, porque entonces no supe descifrar el anagrama ni identificar a su propietaria. Fue su familia la que hizo difícil el trabajo de bautizarla Belinda.

Rick cogió la capa. Durante una pequeña eternidad, examinó las dos iniciales entrelazadas. Las estuvo mirando como fascinado hasta que fuera, en la galería ya en tinieblas, oyó el ruido de unos pasos. A fin de cuentas, Bautista había dicho la verdad: había una mujer en la habitación, aunque no fuera la que él esperaba.

No se movió cuando la sintió a sus espaldas, en la oscuridad. No se movió cuando sintió su mano deslizarse por su cabello, acariciarle la mejilla, posarse en el hombro. Sin respirar, aguardaba la señal de la revelación.

Unos labios se acercaron a su oído para murmurar como en un suspiro:

—Adivina quién te sostiene…

Desde el fondo de su larga espera, de su inmenso deseo, brotó el siguiente verso de la estrofa:

 

La muerte, dije. Pero entonces sonó la respuesta deslumbrante.

 

La voz de Linda se mezcló con la suya. La voz que, en el frío terror de una noche de bombardeo en Inglaterra, había acompañado el éxtasis. La voz de Linda, temblorosa y dulce.

 

¡Pero entonces sonó la respuesta deslumbrante…! La muerte, no; el amor.

Terminaste Hospital de sangre

Frank G. Slaughter

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