Hospital de sangre
Capítulo XLVII
Una tumba solitaria al borde de un bosquecillo
En la linde del llano y del bosquecillo, escogió un lugar entre dos palmitos y se puso a cavar. El esfuerzo físico devolvió ánimos a su decaído espíritu. La tierra estaba blanda y no necesitó mucho tiempo.
Cuando regresó a la tienda, Linda seguía inmóvil, junto al cadáver de su hermano. Levantó la cabeza y le miró como si fuese un extraño al que viese por vez primera. Comprendió la hondura de su ensimismamiento cuando Linda se deshizo bruscamente de la mano que Rick le puso en el hombro, como si, inconscientemente, se rebelara contra aquella intrusión en su pena.
—Todavía tenemos alguna probabilidad —habló él—. ¿Estás dispuesta a marchar?
—¿Marchar?
Pronunció las sílabas mecánicamente, en un murmullo más que en una palabra.
—Aún no es medianoche. Hay marea baja. Si vamos de prisa podemos cruzar, por la playa, hasta la Crevette. Tal vez los nuestros posean todavía el ferrocarril.
Los labios de Linda se contrajeron dolorosamente, sin articular palabra. La joven estaba más allá del consuelo de las lágrimas.
Al cabo de unos instantes, respondió:
—Debo quedarme con Terry.
Rick respiró profundamente. Tenía que actuar por la fuerza. No podía permitir que la desesperación la anulara. Se decidió:
—Ya he hecho… ya he hecho lo necesario. He cavado su tumba cerca del bosque.
Se le encogió el corazón, pero hizo caso omiso de su grito de dolor cuando se inclinó para tomar en brazos el cuerpo del desgraciado muchacho. El momento obligaba a prescindir de las crisis de nervios y hasta de los sollozos. Ahora que Terry estaba fuera de toda posibilidad de ayuda, Winter veía claramente cuál era su deber. Maquinalmente, Linda cogió la linterna y le siguió cuando salió de la tienda.
Fue el suyo un extraño cortejo. Atravesaron lentamente el llano donde se había alzado el campamento. Rick, llevando el cuerpo en brazos; Linda, con la linterna colgando de un brazo desmayado, con el capote de pieles flotando al frío viento de la noche. Al llegar junto a la fosa, ella permaneció en pie y continuó extrañamente tranquila mientras la tierra caía sobre el cuerpo de su hermano. Tan sólo dejó escapar un sollozo cuando Rick clavó sobre la tumba una cruz improvisada con dos ramas.
—He atado su placa de identidad en la cruz —explicó él—. Eso permitirá localizarle. Además, ya he señalado el sitio en el mapa.
Echó a un lado la pala y tomó la mano de Linda como para pedirle perdón por su dureza. Cuando se dio cuenta de que ni siquiera le había oído, se encaminó hacia la tienda para recoger lo más imprescindible para el largo recorrido que les esperaba. Hizo un rollo con dos mantas, tomó otra para echarla por la espalda de Linda, metió en un macuto cuantas raciones de campaña le cupieron y llenó dos cantimploras grandes con agua destilada.
Volvió a salir. Linda estaba arrodillada junto a la tumba de su hermano.
Esperó hasta que se incorporó y entonces se le acercó para echarle la manta y sujetarle a la cintura la gruesa cantimplora. Ya no podían retrasarse más. Era imprescindible salir de allí si querían escapar de las patrullas enemigas, que con toda seguridad no tardarían mucho en hacer acto de presencia. De todos modos, si eran capturados, lo serían como miembros del cuerpo médico. Para más seguridad había escogido dos brazales con la cruz
blanca y las iniciales «M. C.»[35]. Uno de ellos lo prendió en la manga de Linda y luego intentó sujetar el otro en la suya, pero la carga que llevaba le entorpecía los movimientos. La joven se acercó a él y se lo colocó. Sus manos estaban heladas.
—Bebe un poco de esto, por favor.
Ella se retiró ante la botella de whisky que se le ofrecía, pero él la cogió por los hombros y la sujetó firmemente mientras le colocaba el gollete entre los labios.
—Debes beber. Lo necesitas, y yo también. Iremos hacia la playa. Hay marea baja. Con un poco de suerte podemos cubrir antes de que amanezca los treinta kilómetros que nos separan de ella.
—Tengo que quedarme aquí, con él, Rick, con él.
—¿Crees que es eso lo que Terry hubiera querido que hicieras?
Linda, deshecha en lágrimas, cayó de rodillas sobre la tumba; Rick permaneció en pie a su lado, dejándole tiempo para que se le aplacaran los nervios. Luego la ayudó suavemente a incorporarse. Esta vez no protestó. Echaron a andar hacia el sendero de las dunas. Al llegar al punto donde el camino daba la vuelta en dirección al mar, Linda se detuvo y contempló la cruz de madera de la tumba de su hermano.
Rick vio cómo, después del último y silencioso adiós, Linda levantaba la barbilla valientemente, poniéndose a andar con decisión tras él. Pronto llegaron a la playa. La arena puesta al descubierto por el reflujo estaba endurecida. Su superficie, extendiéndose hacia el oeste, era como una vía luminosa en la noche.
En el mismo instante, en una base avanzada norteamericana, mucho más allá de la Crevette, el personal del 95.º Hospital de Campaña bajaba de los camiones que les habían conducido hasta allí sanos y salvos. Pasaron un mal rato cuando una escuadrilla voló sobre el convoy antes que las baterías móviles que protegían la retirada ahuyentasen a los aparatos. Otro disgusto fue el que se llevaron cuando, al llegar a la Crevette, vieron que la vía férrea había sido volada para evitar que el enemigo la utilizase. Camiones y ambulancias continuaron, pues, su camino en la noche, dejando tras de sí el estruendo de la batalla, cada vez más lejano, hasta que al fin quedó ensordecido totalmente por la cortina de las montañas.
En las marmitas esperaba comida caliente, y había tiendas para las enfermeras. La mayor parte de los oficiales llevaban saco de dormir y se instalaron en los rincones que les parecieron más tranquilos. Al otro lado de un riachuelo próximo se estaba instalando otra unidad médica, en previsión de la llegada de heridos. Pero los heridos no llegaron, prueba evidente, a los ojos de Bill Coffin, de que el frente de batalla se debía de estar trasladando hacia el norte, y prueba también de que las carreteras estarían cortadas.
Después de devorar una segunda ración de guisado y el correspondiente café, Bill fue a la tienda de admisión para ver cómo se encontraba Amos. Le habían inyectado morfina, y dormía apaciblemente; Bill aceptó el cigarrillo que le ofreció el capitán de servicio y se sentó. Fue entonces cuando se dio cuenta de lo fatigado que estaba.
Dudando un poco, como si no quisiera dar la sensación de que pretendía entablar una charla convencional, el capitán dijo:
—¿Le parecería a usted un chiquillo si le dijera que le tengo envidia?
Bill sonrió desde el fondo de su agotamiento. El cigarrillo era lo único en el mundo que le separaba de su anulación total.
—No sé por qué. ¿Acaso por mi trabajo?
—Exactamente, por su trabajo y por la habilidad con que manda usted la unidad.
—A propósito de la unidad, ¿se han llevado a Randall Strang?
—Hace dos horas. Estaba hecho polvo. Lo he mandado al aeródromo de Rivière Sec. Si ha tenido suerte, debe de estar volando hacia Argel… ¿Han tenido ustedes alguna baja más?
Bill contempló fijamente la brasa del cigarrillo.
—Tres.
—¿Alguien importante entre ellos?
—¿Ha oído usted hablar de Linda Adams?
El capitán comentó con cierto aire ofendido:
—¡Pues claro que sí! También leo periódicos… —Luego añadió, tras una pausa—: ¡No me diga que ha sido herida!
—¡Ojalá lo hubiera sido! Estaría con nosotros ahora… Su hermano estaba gravísimo y quiso permanecer a su lado. Rick Winter se quedó también. Terry Adams era paciente suyo.
—¿Cree usted que los habrán cogido los alemanes?
Bill permaneció largo rato con los ojos perdidos en la noche. Después de todo, puesto que aquel joven y robusto capitán no tenía interés personal en la aventura, podía hablar con indiferencia.
—¿Cuál es su opinión, capitán? ¿Qué cree usted?
—No sé qué decirle. Sólo sé que vi una vez a Rick Winter y me causó la impresión de ser verdaderamente alguien.
Hubo una pausa. Una vez más la cólera y la rabia inundaron el espíritu de Bill Coffin: en esta guerra más que en ninguna otra era tan fácil morir como caer prisionero. ¿Respetarían los alemanes los acuerdos internacionales de respeto a los oficiales médicos? Bill movió la cabeza con desaliento. Aun en el caso de que fuese así, Rick no era de la especie de hombres que se conforman con ser prisioneros; no se lo imaginaba sometido al régimen de un campo de concentración. Era demasiado arrogante para la servidumbre, demasiado franco para el mundo furtivo de la reclusión… Probablemente, intentaría escaparse… Bill se imaginó el cuerpo de su amigo colgando de las alambradas, cosido a balazos…
Bruscamente, se levantó, mordió el cigarrillo y escupió el tabaco.
—Creo que voy a acostarme. Si hay novedades, ¿tendrá la bondad de avisarme?
—Es lo menos que podemos hacer por usted —contestó el capitán, pulido, brillante y fresco.
Cuatro kilómetros al oeste la luna iluminaba una planicie limitada por dos altas aristas. La claridad reverberaba sobre el metal de una placa de identificación colgada de una cruz. Un hombre apareció tras una loma. Era un soldado, calzado con gruesas botas y el casco puesto. Semioculto en la sombra, su rostro, cubierto de polvo, tenía la expresión de un perro temeroso del recibimiento que le espera.
Durante un largo rato miró la solitaria tienda, a la que se fue acercando, paso a paso, cautelosamente, escondiéndose de árbol en árbol. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, disparó tres veces a través de la lona. Le respondió el silencio. Entonces bajó el cañón del fusil ametrallador y levantó de un tirón la lona de la entrada.
Levantó una mano. A esta señal, otras siluetas salieron a la luz de la luna. Se detuvieron para leer la placa de identidad, pero ni la tocaron.
Después, con la misma rapidez que habían llegado, se agruparon y desaparecieron en la sombra de las colinas, hacia el oeste.
La tumba de Terry Adams se quedó sola junto al bosquecillo.