Hospital de sangre
Capítulo XXXVII
Una mantilla a cambio de una capa
Carolyn estaba rodeada de una verdadera marea de fichas y de papeles. Estaba preparando las indicaciones para el boletín nocturno. Cuando llegase Bárbara Beattie para relevarla, se encargaría de hacer las anotaciones correspondientes en el registro de enfermos. En realidad, el trabajo que estaba haciendo no le correspondía, pero sabía que estar ocupada le permitiría esperar con más calma la llegada de Rick.
Por la puerta abierta, que daba al vestíbulo central, Carolyn oía sin darse cuenta un mundo de sonidos franceses, de fragmentos de conversación, de palabras sueltas. Algunas de estas palabras fueron de Rick, que estaba preguntando a la encargada de la información dónde se hallaba la oficina de Carolyn. Ésta las oyó, pero no se dio cuenta de la identidad de quien las pronunciaba hasta que hubieron pasado unos instantes… Fueron entonces los oídos del amor quienes escucharon…
—¿Por qué no estás ya lista para nuestra cita?
Rick estaba frente a ella con una luz de reproche muy bien imitada en el fondo de los ojos. Con su uniforme de paseo, le pareció a Carolyn más alto que la última vez. Bajo el brazo izquierdo llevaba un paquete envuelto en papel oscuro, que constituía una nota incongruente en el elegante conjunto militar.
Ella se incorporó y voló más que corrió a los brazos de su amado.
—¡Cuánto tiempo sin vernos, querido!
—Treinta horas exactas desde que me deseaste buena suerte a la entrada del pabellón de cirugía número tres.
La asió por los hombros y la mantuvo a la distancia que le permitían sus brazos para contemplarla. Luego la abrazó y la besó largamente. Carolyn apartó la cara para señalar con una mueca mimosa la puerta abierta.
—Tanto peor para la señorita de la información —dijo Rick—. Que piense de nosotros lo que quiera, aunque, siendo francesa, está claro que pensará lo peor. ¿Por qué hemos de decirle que somos novios?
Carolyn logró desasirse de su abrazo y fue a cerrar la puerta. Luego volvió a él como una niña obediente para dejarse abrazar y besar de nuevo.
—Quiero saberlo todo, querido. ¿Por qué ha sido la detención? ¿Cómo y por qué se ha arreglado?
—La respuesta a la primera pregunta la sabes tan bien como yo. En cuanto a la segunda, ni el mismo Amos podría contestarme. Parece que Strang ha roto en el último instante el expediente que había preparado contra mí. ¿Por qué? Nadie lo sabe… A menos, tal vez, que esta madrugada haya ido a echar un vistazo al brazo de Manny…
—Entonces ¿has visto al coronel?
Rick sonrió.
—Me ha hablado como un padre. Me ha explicado que he estado a un pelo del tribunal militar, todo ello con unas cuantas indicaciones sobre la manera más adecuada de comportarse con los superiores. Amos puede equivocarse como todo el mundo, pero en este caso tenía el ciento por ciento de razón. Sin embargo, de cien veces que me viera en la misma situación, cien veces obraría igual, sobre todo para conservar entero un tipo como Manny. Los dos sabemos que los dos tenemos razón. Y en ese punto estamos.
Winter cruzó la pequeña oficina y abrió la puerta.
—Concluidas las efusiones, querida, debo recordarte que tú y yo tenemos una cita: África espera para envolverte en un manto bordado de estrellas…
Bárbara tosió discretamente en el umbral y ambos se volvieron a la vez. La recién llegada entró e inmediatamente se puso a ordenar los papeles de la mesa.
—Tiene mucha razón, capitán. Es la única actitud aceptable. Esta noche debe dedicarse a la alegría. Será la última ocasión de hacerlo.
Rick cambió de expresión.
—No me diga que también usted ha recibido la orden de partida.
—Desde las tres de esta tarde. Todas las enfermeras deberán estar preparadas a las cuatro de la madrugada, con uniforme de trabajo. ¡A lo mejor nos vamos de excursión turística al desierto!…
Rick meditó brevemente. No quería darle la mala noticia a Carolyn hasta más tarde, en el momento oportuno. Amos ya le había comunicado durante su entrevista que el 95.º destacamento había recibido orden de unirse a las columnas dirigidas sobre Túnez aún antes de la toma de Argel. Según los rumores circulantes, un grupo de tanques ya había franqueado la frontera, y se llegaba a asegurar que una columna avanzada estaba abriéndose paso hacia el corazón de Bizerta, bajo la protección de los paracaidistas… Se decía… se decía… Así era la guerra vista por los paisanos, y, en este aspecto, Rick se sentía paisano y militar a la vez, hasta que se acordó de que Carolyn tendría que entrar en acción a su lado. Era algo que también hubiera querido olvidar hasta el último instante. Pero la miró, y la expresión de su cara le dio a comprender que ella acogía la perspectiva con el mismo júbilo que él.
Rick habló de prisa para alejar de su mente cualquier cosa que no tuviese relación con sus proyectos inmediatos:
—Mire las cosas como quiera, teniente Beattie: Carolyn se ha ganado la salida de esta noche.
—Ave atque vale, Caesar!, y todo…
Bárbara Beattie había arrumbado varios diplomas antes de decidirse por la carrera de enfermera, y su erudición tuvo la virtud de irritar ligeramente a Rick. Se dijo que las mujeres escogían siempre el momento más inoportuno para hacer ostentación de su cultura.
—Si os place —suspiró llevando a Carolyn hacia la puerta.
—Me gustaría que nos acompañaras, Bárbara —dijo Carolyn.
—¡Pero si pienso ir! Iré a medianoche con el capitán Davis. La concentración general se efectuará en el Café Anglais. Acaso no esté usted enterado, capitán Winter, pero será usted el invitado de honor.
—¿Le molestaría repetir lo que ha dicho?
—El comandante Coffin ha hecho sonar el clarín y ha tocado a rebato para celebrar su liberación —expuso plácidamente la enfermera—. Antes y después de las doce, haga lo que le plazca, pero a esa hora no falte. Si no va, el comandante se llevará un disgusto.
Pasada la oficina de recepción, reinaba en el corredor una grata penumbra. Rick hizo girar a Carolyn hasta que su cabeza reposó en el hueco del hombro. Luego acarició con los labios la suave y rubia cabellera.
—Algo me dice —murmuró él— que esta noche voy a darle un disgusto a Bill.
—No sé por qué. Me gustaría mucho ir al Café Anglais.
—¿Ha sido Bárbara quien te ha pasado el encargo? —preguntó él, incómodo—. Ese sistema no es el tuyo, cariño, no te sienta bien.
—Ya lo sé. Tal vez sea que me parece peligroso salir sola contigo. Sobre todo, en África.
Rick cedió terreno:
—Quizá tengas razón en eso. ¿Puedo ahora pedirte que vayas a cambiarte y que lo hagas de prisa?
—¿Dónde nos encontraremos?
—Junto a la cama de Manny. Ya ves que yo también puedo ser práctico.
Un enfermero le condujo hasta la sala donde se hallaba Manny. Rick silbó de alegría al verle porque el cabo de Brooklyn estaba incorporado sobre unas almohadas con un ejemplar de la revista Rire apoyado en la pierna útil.
—¡Hola, jefe! —saludó jovialmente el herido—. Como resurrección me parece que no está mal, ¿eh?
—¿Es que el jefe de la sala quiere que te suba la tensión por medio de la literatura inmoral?
Manny tiró la revista a un rincón. Con un gesto, señaló el yeso que le aprisionaba el brazo:
—Aunque entendiera el idioma, ¿cómo iba a descarriarme estando como estoy?
Rick se acercó y examinó el enyesado. Ordenó a Manny que moviera los dedos y éste lo hizo sin dificultad.
—Dentro de dos semanas te lo quitarán. ¡Y si no te las arreglas para que te den un largo permiso de convalecencia, te quito los galones!
Manny volvió la cabeza, y su voz, cargada de una emoción que pretendía ocultar, se sofocó contra la almohada:
—Querría saber cómo darle las gracias, jefe. Ya sé que ha sido usted quien me ha salvado el brazo, pero ya me conoce y sabe que mi vocabulario es corto…
Al ver el esfuerzo que estaba haciendo para que no le temblara la voz, Rick le cortó la palabra humorísticamente.
—¿De qué me hubieras servido con un brazo solo?
La apenada expresión de Manny dio paso a una ilusión.
—¿Entonces embarcaremos juntos?
—Esta vez, no. El viejo nos pone en marcha al amanecer.
—¿Hacia el este? ¿Hacia los alemanes?
—Exactamente, Manny, pero en esta ocasión tú no estarás en el baile. Por lo menos en la primera parte. Y ahora quítate de encima esa ropa, que quiero ver el color de la pierna.
Winter se convenció de que no había motivo para temor alguno. La piel presentaba infinidad de lesiones, pero la articulación funcionaba perfectamente y el hueso estaba íntegro… El tratamiento medicinal, junto con una hábil relajación del vendaje compresor, había asegurado el éxito. Rick subió el embozo hasta la barbilla del herido y le dio una sonora palmada en la mejilla.
—¿Por qué serán tan duros de pelar los hombres de Flatbush?
Pero Manny no quería ser consolado.
—Dice que no estaré en la primera parte. ¿Y si tampoco puedo estar en la segunda?
—¡Pues claro que estarás! No tengas miedo, que las cosas no se acabarán tan pronto. O mucho me equivoco, o Hitler se va a agarrar a Túnez con todas las fuerzas que le quedan. Y todavía son muy abundantes, pese a los editoriales que publican los periódicos.
—¡Ah! ¿Ve usted? Eso es peor aún. ¡Suponga que le toca un pepinazo y yo no estoy allí! Me comeré los puños de rabia sentadito junto al aparato de radio…
La voz de Carolyn sonó a la puerta:
—Manny, concédame su confianza. Le prometo que velaré por él.
Manny arrugó la cara en algo que quería ser una sonrisa cortés, y que tuvo más de cortesía que de convencimiento.
—No será como si estuviera yo, ¿sabe, teniente? Pero puesto que usted va con él, para usted es la plaza.
La joven penetró en la sala, graciosa, verdaderamente bella con un traje blanco y la dorada cabellera recogida en un moño. En su mirada brillaba una luz de feliz posesión, luz de posesión que Rick había aprendido a distinguir desde hacía tiempo, y que antaño hubiera constituido una preciosa señal de alarma. Hubiera sido el preludio del adiós, un adiós sin lágrimas a ser posible. Pero acogió con júbilo la mirada y la sencilla sonrisa que la acompañaba. Estaba convencido de que en el revuelto mundo en que se encontraba aquello era la única cosa a la que se podía asir, la única realidad estable sobre la cual cabía proyectar un futuro.
Mas no era el momento de pensar en lo por venir. Por el contrario, se ciñó a lo inmediato y procedió a deshacer el paquete envuelto en papel oscuro que había llevado debajo del brazo.
—Las noches suelen ser frías, incluso en África —dijo—. Creo que esto te irá bien…
«Esto» era un chal español, una preciosa mantilla bordada con hilos de oro que formaban diminutas rosas. La colocó sobre los desnudos hombros de Carolyn al mismo tiempo que le hacía dar una vuelta sobre sí misma.
—Volveré a verte antes de que amanezca, Manny. La teniente y yo tenemos mucho de que hablar y disponemos de poco tiempo.
Ambos salieron de la sala. Al llegar al vestíbulo, Carolyn pirueteó como una niña al salir de la escuela.
—¡Oh, Rick, nunca he tenido nada tan maravilloso!
Rick no quiso revelarle su estrategia. No quiso decirle que le regalaba el chal para compensarla de la pérdida de su capa. Había pensado muchas veces si no hubiera sido más efectivo ofrecerle aquella misma capa, y obligar a Carolyn a descubrirse. El corazón le latía violentamente mientras la acompañaba en la oscuridad. Tal vez admitiera Carolyn aquella noche los hechos. ¿Y si no fuese así? Para poner a prueba la esperanza, la tomó entre sus brazos bajo la cúpula de buganvillas. Fue un beso singularmente honesto, al que siguió otro más largo y más apasionado. Rick se preguntó si acaso se limitaba a agradecerle el regalo como una novia buena.
—Rick…, por favor… El Café Anglais…, es muy tarde ya…
—¿Y si yo… te quisiese para mí solo, aunque fuese un instante?
—¿Y si yo tuviese miedo de ser… querida así?
—¿Todavía estamos en el todo o nada?
De nuevo la estrechó contra sí, buscando la respuesta en sus dulces y húmedos labios.
—Yo creía que habíamos llegado a un acuerdo, querido.
—También lo creía yo —susurró a su oído—. Pero las noches de Argel no están hechas para acuerdos y tratos.
—Me temo que sea verdad, Rick —respondió ella, respirando agitadamente entre sus brazos. Luego, de pronto, con esa maestría cuyo secreto sólo las mujeres saben, se deslizó, cruzó tranquilamente el portal y abrió la portezuela del taxi parado junto a la acera.
—Café Anglais, s’il vous plait —dijo al chófer utilizando el mejor francés Berlitz.
—Mais oui, monsieur et madame.
Rick se sentó a su lado sin decir palabra. Después, cuando el coche descendía velozmente por la cuesta que conducía a la ciudad, buscó su mano en la sombra y le besó las puntas de los dedos.
—Has ganado, querida. Pero todavía estoy en posición de ataque. La lucha continúa.