Loba
Capítulo 9
Justo entrando a Nuevo León, recostada sobre el pecho blanco de Rosso, recordé esa primera noche y ese primer sueño con él: Rosso caminaba sobre el mar, quizá estábamos en Mikonos. No me conoces, decía, porque soy tu hermano. Entonces me quitaba la blusa y decía que no importaba que mi piel fuera oscura y la suya fuera clara. Éramos hermanos.
La primera vez que nos besamos fue en sueños.
Desperté en la camioneta. Apenas íbamos a pasar por Saltillo. Pensé que estar con Rosso siempre me provocaba una sensación de irrealidad. Traté de explicarle cuán onírico se volvía el ambiente cuando estaba junto a él.
Entre nubes, pero no es por mí, es tu vida. Nunca has vivido en otro lugar que no sea El Cielo, me dijo.
¿Dormiste?, le pregunté.
Nada, ¿cómo voy a dormir si nada más está sonando tu celular?
Así que ahí estaba, debajo del asiento. Ocho llamadas perdidas de Adán, mensajes en los que preguntaba cómo estaba, luego con quién estaba, y después si el hijo de puta de Rosso estaba conmigo.
¿Quién te está llame y llame? ¿Adán? ¿Ese pendejo no tiene nada que hacer en la vida?
¿Falta mucho para que amanezca?
Un rato, mija, duérmase.
Busqué en el asiento las cosas que habían recogido los muchachos del suelo. Faltaban mi placa de Rich Bitch y la medallita de la Virgen, una para cada cuata. Se lo comenté a Rosso.
¿Quién se quedaría con cuál?
Quién sabe.
¿Y la Glock?, preguntó Treviño.
Más por rito que por cualquier cosa, en cuanto toco suelo mexicano Treviño me entrega la Glock que papá me regaló cuando era niña. Cuando la sujeto pone sus manos alrededor de las mías, las acerca a sus labios, repite Bendición a mi finísima diestra, protección de mis enemigos, corazón de Jesús late junto al mío. Entonces sobre las manos me deja un beso y yo sé que no moriré, al menos no en esa visita a casa.
La Glock aquí está.
Rosso puso cara de «qué horror estar entre gente tan ranchera y ordinaria».
Le voy a mandar a un muchacho para que recoja la medalla.
No hace falta, ni me gustaba, ni soy católica.
Surgió un silencio incómodo. Temí haber ofendido a Treviño. No supe qué decir para componer el asunto, y la primera cosa cómica que se me ocurrió era un comentario que jamás había enunciado en voz alta.
Qué chistoso que le dijiste al narco ese que yo era tu hija. Cuando era niña yo creía que Treviño era mi papá, volteé hacia Rosso.
Quise reírme, explotar lo ridículo del asunto, pero no había forma. Por lo general, el silencio me agrada, pero ese no era el caso.
Ni vaya a decir eso enfrente de su papá, que me va mal.
Fue cuando vivías con Romina. ¿Ya no has visto a Romina?
Le aventé el turno de hablar a Treviño, a pesar de que nunca hablábamos de cosas personales.
Evidentemente, cada vez que abriera la boca iba a decir algo peor a lo anterior. Romina había sido la primera mujer de Treviño. Yo la quería como a la madre que no tuve, hasta que oí que mi abuela dijo algo como: Estas criadas que nomás están llenándose de huercos, y entendí que adentro le crecía algo que pronto ocuparía un espacio de su casa y de su mente.
Romina estaba embarazada, ¿no que era yo la niña más bonita? ¿Para qué quería un hijo? ¿No era suficiente con que me cuidara a mí? Fue la primera vez que me rompieron el corazón. A Treviño se lo rompieron pocas semanas después, cuando Romina le confesó que el hijo no era suyo y se fue de la casa.
No, mija, esa señora hizo su vida, yo no sé nada de ella, contestó Treviño y no supe si debía ya quedarme callada o disculparme por haber
preguntado por Romina.
En cierta manera, ahora lo sabía, me reconfortó que nunca llegué a conocer a su hijo intruso.
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