Loba

Orfa Alarcon · Capítulo 60 de 114

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Loba

Capítulo 62

Antes de las nueve iba llegando al ciber. Puntual como cada día. Justo iba a entrar cuando en la esquina vi a Bruno que cruzaba hacia la otra calle y el corazón me iba a reventar en cascadas de agua mineral agitada.

Caminé detrás de él, respetando la misma distancia entre nosotros. Se iba buscando algo en los bolsillos. Sacó una tarjeta bancaria y se metió al cajero automático.

Chingado.

Si lo abordaba a la salida creería que iba a asaltarlo. No me quedó más que seguir caminando, voltear al pasar frente al cajero para solo mirarlo de espaldas y continuar mi camino. Ni siquiera tenía ánimo de entrar al ciber a ver si Ferrán había contestado. No podía creer mi mala suerte. Podía volver a mi casa a dormir sola o podía irme con el gordete pseudofamoso a mirar MTV.

Esa noche no lloré. Después de tocar la puerta de la habitación 517 me besuqueé con el escritor. Cuando sintió algo extraño sobre mis costillas me quitó la blusa y se asustó al verme armada. Bromeando, jugueteando, trató de quitarme la Glock. Pero yo no jugaba ni bromeaba: lo supo cuando en fracciones de segundo le apunté. Eso, supongo, lo encendió más.

Me hubieras dicho que ibas a volver, para pasar por unas pastillitas.

Se conformó con abrazarme por la espalda, restregarse contra mí en la cama. Ni siquiera se le paró. De rato se quedó dormido, sujetándome.

Me puse a ver el canal del iSat. Empezó Les amours imaginaires de Xavier Dolan, una de mis películas favoritas, pero no pude poner atención.

No dejaba de pensar en Kawabata y sus bellas durmientes, en Sueño profundo de Banana Yoshimoto, donde aparece un personaje que se alquila para dormir con distintos hombres. Era esa una extraña forma de

prostitución y me pregunté si me estaba prostituyendo para poder ver televisión y bañarme con agua caliente. Esa chica de Sueño profundo que dormía con hombres después murió, ¿sería la suerte que me correspondería?

¿La que merecía?

Esto ya estaría totalmente fuera de los planes de mi padre. Eleazar no me estaba cuidando, él no habría permitido que su hijita mendigara para ver la tele, que se acostara con un vejete para que le invitara el desayuno, para poder dormir en una cama y no en el suelo. No lloré porque ni siquiera a eso tenía derecho.

La siguiente película fue Good dick, acerca de una chica que vive en un departamento sucio, solo ve películas porno, y no quiere tomar el dinero de su padre. Sentí que me ahogaba.

Al calor de la televisión poco a poco me fui quedando dormida.

No merecía vivir en esa puta ciudad que me hacía sentir más vulnerable y desvalida que nunca.

O tal vez sí porque estaba pagando por mis pecados.

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