Loba
Capítulo 54
Pasé tres días dentro del departamento. Había otras cobijas viejas, encima puse la que me había prestado la mujer. Alguien había dejado una barra de pan y eso fue lo que comí. Cada que oía pasos cercanos me estremecía, podría venir alguien a sacarme en cualquier momento, o a agredirme. Tal vez el dueño de las cobijas iría a reclamar su espacio.
Podía quedarme horas frente a la ventana pero a donde quiera que mirara todo era suciedad y miseria. Se veían las calles, los autos atorados en el tráfico y otros edificios igual de tristes que el que habitaba. Cualquiera con un rifle podría pegarme un tiro.
Los niños tirados en la calle como si fueran un bulto más de basura ensombrecían el nulo ánimo que me quedaba. No podía más que asociar la fealdad con la tristeza y la desgracia. Una ciudad que yo no conocía me mostraba sus sucios genitales.
Me daba miedo dormir con la pistola al alcance de la mano. ¿Qué tal si, de tan triste, decidía volarme la frente? ¿Quién le diría a mi papá? La soledad es morir y que nadie se entere. Podría morirme y nadie se daría cuenta en semanas.
Extrañaba a papá. Si pasaba las noches llorando era por papá. A él, que toda la vida me había dado todo, se le hubiera partido el alma de ver a su hijita durmiendo en una cobija vieja, en un cuartucho sin una pinche silla, sin la luz de un foco.
Sentía que me trataba a mí misma con desprecio, que más que traicionarme a mí, traicionaba a mi papá. Y es que todo era tan sin Dios en esa ciudad.
Por eso lo único que me quedaba era rezarle a Rosso.
Enséñame a olvidar, enséñame a vivir sin ti.
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