Loba

Orfa Alarcon · Capítulo 8 de 114

Páginas del PDF

Loba

Capítulo 7

La belleza es esa quieta armonía que nos hace latir a la par de la sintonía del mundo. Rosso es tan bello que podría ser mi hermano. Lo vi temblar, sudar a pesar de que estábamos casi a cero grados. Nunca lo había visto tan frágil.

Sentí pena por él. No existe una temperatura más fría que la del metal en la piel. Rosso solo estaba acostumbrado al calor de los besos, todo mundo quería llevárselo a la boca. Rosso sentía por primera vez ese frío, tal como yo lo había sentido años antes. Había al menos seis pistolas apuntándole.

Me enfurecí y grité que lo dejaran en paz.

Entonces apunté mi arma contra Treviño.

Pa qué me mata, mija, dígame la clave de que todo está bien, y nos vamos tan felices.

No.

Mija.

No, Treviño, pinche clave ridícula, no la hemos actualizado desde hace años.

Pues…

Cuando iba a poner el arma contra mi mentón, Treviño me golpeó en el brazo y al instante me inmovilizó. Se veía viejillo, pero seguía tan hábil como siempre.

Le dije que Rosso no representaba ningún peligro, que al final de cuentas era yo la que le había dicho que nos fuéramos.

Serás mamón, Treviño, ¡déjame ya!, grité empujando a mi chofer.

La contraseña, pendeja.

La contraseña. La estúpida contraseña. Me sentí tonta repitiendo: Chaparrita tú serás mi consentida ándale ándale. ¿Por qué nunca habíamos cambiado esa contraseña tan ridícula? Por lo pronto era la única forma de

que Treviño estuviera seguro de que yo estaba a salvo y de que Rosso no me había secuestrado. Hasta el nombre de mi pistola, «Chaparrita Consentida», me pareció nefasto en ese momento.

Me envolvió en una sábana y me arrojó hacia fuera de la habitación.

Mis cosas.

Rápidamente uno de los muchachos recogió lo que pudo del suelo.

A Rosso ya lo habían subido a la camioneta, Treviño me aventó junto a él.

¡No puedes andar en estos rumbos, cabrona! ¡Ya sabes que no puedes, pendeja!

Que Treviño me hablara sin ningún respeto era su indicación involuntaria de que estábamos en un peligro real.

Rosso sudaba. Estiré el brazo para secarlo con esa sábana sucia que me envolvía pero Treviño giró muy rápido en una vuelta y fui dar contra una ventanilla.

¡Treviño, con una chingada!

¡Te dije, pendeja!

Una camioneta roja desconocida ya venía detrás de nosotros. No hizo falta que Treviño bajara la velocidad, la camioneta roja ya nos había cerrado el paso.

Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas lo librará Jehová. Tía Tina me había hecho repetirlo muchas veces, hasta que se convenció de que lo había memorizado. Yo, a los seis, no sabía ni qué era una aflicción y papá era mi concepto de la palabra «justo». Tenía claro que siempre él me protegería y que cuando no estuviera, Treviño tomaría su lugar. En la camioneta, el Salmo que me había enseñado tía Tina volvía a mi recuerdo de una manera vacía: ¿qué justicia podíamos ondear para merecer la salvación de Jehová? Treviño era mi pastor, nada me debería faltar.

Aparte de la camioneta roja, un par de Hummers había salido de quién sabe dónde. Nosotros éramos más trocas, pero estábamos en su territorio.

Ni hablan, ni se bajan, ni se asoman. Nada, nos dijo Treviño a Rosso y a mí.

Varios tipos con AK-47 se acercaron. Treviño bajó la ventanilla.

Qué pasó, jefe.

Es lo que yo quiero saber, cabrón, qué paso, gritó el que parecía el líder de los de las Hummers.

Nada, que mija se apendejó y se fue con el novio. Nomás vine por ella.

Ya nos vamos.

A ver, dile que se asome.

No, patrón, está panzona, no quiero que se lleve un susto.

El del bando contrario dudó. No sé qué extraña ternura provocan las embarazadas. A mí me desconcierta que alguien crea que por parir a otro ya aportó algo a la humanidad, ya cumplió, ya tiene derecho a caminar sobre el mundo.

¿Pero seguro que es tu hija?, dijo y varias AK-47 se voltearon hacia nosotros.

Se lo juro por mi madre, patrón. Por la Virgen. Ya nos vamos, así como vinimos ya nos vamos.

Pues lárguense a la chingada, no quiero volver a verlos por aquí.

Al arrancar, Treviño me dijo:

No puedes andar suelta por el país. Sabes que tu patria empieza y termina en Nuevo León.

Bajó la ventanilla. Escupía a cada rato. Lo había hecho enojar.

Si lo que quería era peyote, mija, nomás me lo hubiera pedido.

Cuando después de avanzar varios kilómetros Treviño volvió a hablarme de usted, supe que estábamos fuera de peligro.

Rosso estaba más pálido que nunca, pero también entendió que estábamos bien.

Pinches sustos.

En la nuca sentí un escalofrío, como si fuera el gélido fantasma de la bala que no me había atravesado.

Bajé la ventanilla de mi camioneta, miré la noche del desierto, dejé que el aire volara la sábana percudida que me había envuelto. Que se la llevara.

Rosso me sentó en su regazo. Se quitó la sudadera y me vistió con ella.

Me apretó contra sí. Al oído me dijo:

Yo voy a morirme contigo.

¿Conmigo?, pregunté para que lo repitiera.

No. Por tu culpa.

Me apretó más. Metió la mano entre mis piernas. Me tocó suave y lentamente.

Me vine sin hacer un solo ruido.

Treviño no se dio cuenta.

O hizo como que no se dio cuenta.

OceanofPDF.com