Loba
Capítulo 43
Yo no cuestiono lo que tú haces como no se cuestiona la voluntad de Dios.
No pido cuentas. No espero explicaciones. Tú mataste a mi hombre. El único que yo quería. Habiendo tantos tomaste a ese, al que me hacía desear continuar con vida. Tomaste lo más vivo que tenía.
Es como si hubieras tomado mi propia vida, y no te lo reprocho.
Pero me has tratado como a una niña todo este tiempo, cuando no se puede conservar ninguna inocencia viviendo cerca de ti. Cuando no hay pureza teniendo tu sangre dentro. Tampoco esto te reprocho. Me culpo a mí por haberte amado y obedecido como se obedece a Dios. Así te obedecí.
Cerré mi boca para no protestar y mis ojos para no ver que Dios no miente.
Ni es injusto. Dios no usa sangre para cubrir la verdad. Tú la usaste. Y
todos estos años en que me sumiste en soledad, diciéndome que no tenía familia, ni madre, ni hermanos. Haciéndome ir por la vida como una huérfana. Una desvalida. Una desarraigada.
Así me hiciste ir. Creyendo que tú me bastabas. Como si para la vida bastara la noche.
Me llenaste la boca de palabras pero no me diste voz. Y así voy por el mundo, confundida, aturdida. Porque todo era falso: mi madre existe y tiene nombre. Y yo no soy una: somos tres tus hijos. Yo que me creía la dueña de tu nombre, la heredera. Somos tres. Dos que desconoces como si fueran una vergüenza, y yo. Que soy tu luz. Tu orgullo. Tu fuerza. Yo que vivo tu farsa.
No podría hablar con mi padre con la verdad de mi dolor. Acaso podría escribirle un par de preguntas que no harían que él revelara nada. Así es mi padre. Hermético. Así soy yo. Hermética. Puedo llevarme cualquier secreto a ese lugar donde van los mentirosos. A ese lugar que seguramente no es el
cielo. Ya no habrá un cielo sin Rosso. No tendría manera de explicarle a mi padre que había deshabitado el único mundo que yo tenía.
O quizá quien lo había deshabitado era yo, al enviarle esas imágenes a mi padre. Al avisarle de la información que estaba en manos de Rosso. Me había dejado llevar por la rabia. Rosso no tenía por qué escribir de mí. Yo solo había sido líneas de luces en su vida. Lo había transportado a momentos y lugares que sin mí jamás hubiera conocido. Le había enseñado a decir que sí y que no. Le había enseñado a decir «Quiero» y a merecer.
Había abierto el cielo ante sus ojos y lo había puesto por estrado bajo sus pies.
Rosso no había querido habitar ese cielo.
Mi Cielo le había parecido poca cosa.
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