Loba

Orfa Alarcon · Capítulo 17 de 114

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Loba

Capítulo 16

Era octubre y era verano, otoño e invierno. Todas las estaciones en una misma semana. Cuando llegué a la Facultad encontré a Rosso sentado en los escalones a pesar del frío. Lo besé en la mejilla ignorando a las gordas que lo rodeaban, y me senté a su lado.

¿Tienes frío?, temblaba y Rosso se dio cuenta.

Poquito.

Tomó mis manos para calentarlas, pero sus manos estaban más frías que las mías. Sus amigas las gordas me miraron como si les estuviera robando algo. Simplemente no las soportaba. Cuando se juntaban hablaban de trabajos comunitarios, de sus perfectas vacaciones imaginarias sembrando papas en Cuba. Rosso se exaltaba oyéndolas, y hablaba de luchas sociales, de la necesidad de despertar las conciencias para hacer avanzar este país, de la esperanza, de la educación… y a mí me daba envidia que sus playerillas relavadas y sus tenis de imitación le gustaran a Rosso. Me daba envidia pensar que pudieran irse todos juntos, sin mí, a sembrar papas. Lo que yo pudiera decir a las chicas que creían en volantes y manifestaciones no les importaba; lo que ellas pudieran decir, para mí equivalía a creer en unicornios y tesoros al final del arcoíris. Por eso me puse los audífonos y seguí esperando mientras llegaba el profe Cecilio, quien había entendido que yo jamás tendría talento para conversar con nadie, mucho menos para cubrir una nota, y la única tarea que me asignaba era la de transcribir entrevistas. Era una labor mecánica muy entretenida, no tenía que pensar, no tenía que hablar con los compañeros, solo me mandaban sus audios por correo y yo les regresaba los textos.

Pero no me libraba de la sensación de incomodidad. Me irritaba que Rosso considerara que con esas gordas ordinarias pobres podía tener una

conversación interesante, y conmigo no.

Ahora hablaban de otro destino hípster, Oaxaca, y Rosso, tratando de integrarme a la conversación, me preguntó si me gustaba.

No conozco Oaxaca.

Ante su mirada interrogante, contesté:

No hago turismo nacional. Por seguridad.

Al unísono, las gordas se rieron de mí.

Me sentí herida. Había sido honesta y solo había conseguido que se burlaran. Me repegué más contra Rosso. Él me abrazó y al oído me dijo:

¿Y qué dicen las cosas en El Cielo?

Me lo preguntó en un tono tan distinto al día en que habíamos platicado la primera vez. Ese mi tercer día de clases me sentía tan abrumada, tan asfixiada por haberle dicho a mi padre que tomaría un taller intensivo de periodismo, tan castigada porque me mandara a una escuela pública, y tan acorralada por esas gordas que no hacían más que mirarme y estar al pendiente de cualquiera de mis errores. Tan a punto de renunciar y decirle a mi papá que eso de estudiar periodismo era un asco, que lo había dicho solo por estar chingando, que en realidad no quería ni me importaba estudiar nada en la vida, que estudiaría dos meses, seis meses si quería, en la carrera y la escuela que él dijera, y que me dejara continuar con mi vida. Tan necesitada de volver. Tan consciente de que al subir las escaleras estarían las tres gordas juzgando mi estancia en un lugar que les pertenecía a ellas, no a mí.

Pero al subir las gordas no tenían ninguna intención de voltear a mirarme, no podían despegar la vista del nuevo integrante del grupo, del guapo, el alto, el delgado, el pálido, el exquisitamente hermoso. Como parecía ángel, bien podría ser producto de un parpadeo. Ni siquiera lo pensé cuando me senté junto a él en el escalón. Me dijo «hola» con un aparentemente tímido movimiento de labios. Ni siquiera sabía que tenía nombre, ¿cómo iba a saber que se llamaba Rosso? Quise llevármelo a la boca. Como no tenía nada que decirle le tomé la mano helada, y él, como si estuviera acostumbrado a que cualquiera llegara y lo tocara, me preguntó con naturalidad qué decían las cosas en El Cielo.

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