Loba
Capítulo 68
Los nervios de colegiala y las mariposas en la panza. Como la primera conversación con Ferrán. Él estaba haciendo un documental sobre música norteña mexicana y yo estaba en los camerinos esperando a un novio. No era como todos los italianos, tenía un acento más neutro, además hablaba poco, exageradamente poco, excepto a la hora de hacer sus entrevistas. Me gustó. Me fascinó. Mientras entrevistaba al cantante con quien yo salía, me cerró el ojo. El otro ni cuenta se dio porque estaba con sus mamonerías: que si el agua mineral a no sé qué temperatura, que no quería dañarse la garganta, que el cabello, que estaba cansado y que la grabación continuara otro día.
Esa espera de veinticuatro horas para volver a ver a Ferrán era como esta. Con ganas de vomitar por los nervios, dolor de estómago, una total y absoluta inseguridad respecto a cualquier cosa que vistiera o calzara.
Y él, que llegó al siguiente día, como si nada, tranquilo, como si el mundo girara a su alrededor.
Nos quedamos en que la niña rica me iba a invitar un café, me diría Bruno.
No. Era al revés. Tú me ibas a invitar una cerveza. Y no sé de dónde sacas lo de niña rica.
Extendería la mano para tocar la manga de mi blusa, bajaría su mano por mi brazo rozándolo con el dedo índice, hasta tocarme el dorso de la mano. Entonces diría:
Por la piel. Y vienes toda vestida de muñeca.
Yo callaría que en ese momento solo tenía tres cambios de ropa en una maleta y cincuenta y un pesos en el bolsillo.
Me gustaría que sin hablar mucho pronto comenzáramos a besarnos.
Diría que fuéramos a otro lado. Que subiéramos a su carrillo barato. Me enternecería verlo quitando el bastón de seguridad a ese Chevy que nadie querría robarse. Verlo manejando como aquella vez que lo miré irse. A pesar de su acento, no podría más que adorarlo.
En cuanto entráramos a su departamento de pocos muebles y piso de madera, no habría en su mente otras más que yo. Sería exigente, dominante y fuerte. Al final, bufaría como no lo había hecho con nadie.
Cuando comenzara a quedarse dormido, yo querría lamerlo como a un cachorro, acurrucarlo contra mi pecho, darle toda esa protección que yo no tenía. Querría cobijarlo con mi cabello. Sentiría que lo necesitaba para no pegarme un tiro. Callarme que lo quería, suplicarle que él nunca se abriera las venas. Curarme de la muerte. Creer que había pagado por mis culpas, dejar de castigarme con el gordo. Saber que había llegado a casa.
Eres un animal. Y por eso yo te amo.
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