Loba
Capítulo 61
Levantarme temprano, comprar unas donitas en el expendio de pan frío, cambiar de línea un par de veces en el metro. Sería mi décimo quinto día consecutivo siguiendo esa rutina. El día que me tomara un día libre perdería el trabajo y no podía darme ese lujo. Estaba exhausta. Sentía que las ojeras me cubrían la cara completa. No dormía bien por las noches, tampoco comía bien durante el día. Estaba hinchada, las costuras de la ropa se me clavaban en la piel, me ardían. Al salir iría al ciber a sentarme a esperar la respuesta de Ferrán y a mirar por la ventana por si pasaba Bruno.
Al entrar esa mañana al edificio del trabajo, en el primer piso estaba el viejillo acompañado de otro anciano gordo. Pasé de largo sin saludar, como hacía a diario. Enfrascarme en una actividad mecánica, en silencio, me venía bien. Era raro el dinero así, amontonado de manera física. Para mí antes el dinero era más bien un concepto etéreo totalmente distinto.
Cualquier cosa que quisiera podría adquirirla porque tenía el derecho a acceder a ella y mis decenas de tarjetas de crédito así lo dejaban claro.
Antes de que terminara el primer paquete me mandaron llamar de abajo.
Era el amigo del viejillo que quería invitarme a comer.
No tengo hora de comida, me di la vuelta.
Volvieron a llamarme del primer piso. Esa segunda ocasión, pensar en un trozo de pastel me hizo aceptar la invitación.
Tómate la tarde libre, me dijo el viejillo.
En la entrada me devolvieron mi pistola, el hombre se presentó como un gran escritor, uno que había revolucionado la literatura mexicana pero que no había recibido el reconocimiento merecido.
Tomamos un taxi y me puso la mano en la pierna.
Me siento tranquilo viajando contigo porque vienes armada, me dijo al oído.
Retiré su mano y retrocedí para no oler su aliento.
No tardamos en llegar a un hotel de tercera. Quiso avanzar a su cuarto pero yo me dirigí al restaurante.
Dijiste comida, le aclaré.
Se disculpó, dijo que solo quería cambiarse la camisa, que no lo malinterpretara. Aparte de comer, pedí café y tres rebanadas distintas de pastel. Él solamente se reía.
Traías el hambre atrasada, ¿dónde te cabe tanto si estás tan flaca?
Siguió con ese cuento de que era escritor, que quería que lo acompañara a su cuarto para que me regalara sus libros autografiados. Yo estuve a punto de derramar una lágrima al probar el pastel de chocolate y recordar a Rosso en mi jacuzzi. Rosso en mi cama. Rosso en mi cumpleaños llorando por la gorda. Rosso comportándose tan pinche nena. El alma de Rosso que no podría perdonarme, como tampoco me perdonaba mi papá.
Cuéntame de ti, ¿de dónde sacas ese acento tan bonito y tan enérgico?
¿Quién era para sentirse con derecho de preguntar sobre mi vida?
No, bueno. Yo decía, como tema de conversación. Cuéntame algo de ti.
Lo que quieras, dijo ante mi silencio.
Tomé otro trozo de pastel de chocolate y lo saboreé despacio.
Qué rayos me pasa a mí, que quiero llorar gritando. Maldito sea tu amor, cómo te estoy adorando, sentí esas palabras en mi pecho atoradas junto con el pedazo de pastel, un montón de betún y no sé cuántas lágrimas.
Mi pequeño iPod ya ni tenía batería, lo había dejado muy escondido en el fondo de mi maleta.
Que dice Augusto que eres hija de un político y que no sabe más de ti.
Así que el viejillo se llamaba Augusto.
O si no me quieres contar de ti, cuéntame qué te gusta leer.
No leo. Soy perezosa e ignorante.
No te digas así. Ya que tengas la oportunidad de leer te va a gustar. Yo te voy a comprar unos libros y te puedo asesorar para que te conviertas en lectora. En mi biblioteca tengo como diez mil libros.
No pude contener la risa al pensar en el millón de libros que seguramente habría en la biblioteca de mi papá.
Se me escurrieron las lágrimas por el trozo de pastel y los nombres de mis hombres que yo tenía ahí, atravesados, y porque me di cuenta de que era mi primera cita en esa ciudad de mierda. La peor cita de mi vida. La peor cita del mundo.
Hacía días que no hablaba con nadie y ese hombre ahí, que no era nadie, que no importaba, bien podría ser depositario de mis historias.
Hay un chico, dije en presente, que se llama Rosso y yo lo amo. Es muy alto y delgado. Tiene la piel muy clara. Los ojos también los tiene claros, como castaño claro. Dice mi abuela que es amarillo y flaco como una vela.
Cuando me duermo con él el tiempo se detiene y sueño todo como con filtros de Instagram.
El hombre puso cara de sorprendido.
¿Es tu novio?
No. Mi novio es otro. Tiene el pelo así chino y muy negro, como de borrego. Por eso le digo que Gretel, nuestra borrega, es nuestra hija. Hace cosas de fotos y tiene una película y yo lo amo.
Tienes un corazón muy grande, reina.
Y me quedé callada pensando en Bruno. En su manera de vibrar en medio de esta ciudad aplastada por la suciedad de tanta gente amontonada.
En su felicidad porque era libre y él, a diferencia de mí, sí podía hacer lo que le diera la gana.
¿Y qué te parece ahora vivir en la ciudad?, me interrumpió el viejo gordo.
Siempre he vivido en ciudad, aunque nunca en una tan sucia.
¿Ah, sí? ¿En cuál?
En muchas, sonreí.
El hombre seguía preguntando qué hacía en la ciudad. Tal vez si lo enunciaba no sonaría tan tonto.
Creo que tengo una hermana. No sé bien. Sé que está en esta ciudad, quería conocerla.
Seguí comiendo pastel. No podría terminarme las tres rebanadas pero las picoteé todas.
El hombre seguía hablando de sus grandes logros como escritor, como que una vez se había ganado una estancia para que escribiera en Italia durante un par de meses. Yo vivía en Roma cuando quería y cuanto quería, y no estaba haciendo alarde de eso.
Desconfío de toda la gente que dice estar escribiendo. Desconfío de los que alardean, de los que dicen «aquí, pariendo historias», de los que aún no concluyen una novela y ya saben de qué tratarán las siguientes tres. Será que para mí la escritura y el amor son lo mismo: han de gozarse con el pudor de lo secreto. Han de ser cosas íntimas, pertenecer a lo más profundo del corazón. Escribir es como tener un amante que se disfruta a escondidas.
Es gozar con el poder de esconder la mentira más grande del mundo. Es sonreír sin razón al caminar por la banqueta.
Alardear lo que se está escribiendo era como tomar la mano de Rosso frente a todos: es presumir algo que no existe.
Será que para mí el amor y la escritura son lo mismo. Por eso una vez intenté escribir una novela y no pude. Porque no sé amar en secreto. Porque una vez intenté amar y el único resultado fue que Rosso muriera.
Dieron las ocho de la noche y dije que tenía que irme porque había quedado de ver a alguien. Tenía días visitando el ciber a esa hora, y en algún momento tenía que encontrarme a Bruno, que debía vivir por ahí, porque el Chevy sí lo veía con frecuencia.
Pero antes vamos a mi cuarto para que te dé los libros.
Tengo prisa.
¿Entonces vuelves más tarde? Estoy en la habitación 517. Puedes tocarme a la hora que quieras.
Me exasperó su doble sentido, sus maneras patéticas de querer hacerse el gracioso, sus manos inquietas.
Me das asco, fue mi forma de agradecer la comida.
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