Loba

Orfa Alarcon · Capítulo 61 de 114

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Loba

Capítulo 63

Rosso tampoco había sido un ángel. Había habido malicia en sus palabras, y un brillo de odio que de recordarlo aún me causaba escalofríos.

Pues a Lucy la conocí cuando salió en esa revista donde publicaron sus fotos con Al Pacino. Todos los de la secu nos rolábamos la revista esa. Ya estaba bien buena esta wey.

Alcancé a oír esa última parte de la conversación porque había sentido algo distinto en Rosso. Eran sus ojos mirándome de reojo para ver cómo reaccionaba ante sus palabras. Sus putas palabras. Y veía con empatía a las otras, las gordas, haciendo como que contaba algo al vuelo, no planeado, lo primero que le vino a la mente, una feliz ocurrencia.

Las gordas sí me miraban sin disimular.

Me quité los audífonos.

¿Decías?

Yo tenía como catorce. La verdad, sí me erizó esta wey.

¿Te callas?

¿Y desde los catorce ya te los tirabas así famosos?, ¿nunca tuviste novios normales?, ¿los niños de tu escuela o así?

Lo de esa revista nunca había quedado claro. Por más que papá compró todo lo que quedaba del tiraje, no pudo evitar que en la escuela todos los compañeros me embarraran la publicación en la cara. Luego papá mandó que todas las revistas desaparecieran de la ciudad, pero no había forma.

Hasta Rosso había visto eso. Al Pacino era un hombre a quien me hubiera encantado conocer, pero no era así.

A ese señor no lo conozco.

Entre más me aferrara a decirlo más le iban a creer las gordas a Rosso.

No era que me importara lo que pensaran de mí, lo que me molestaba era la

ligereza con la que Rosso se ponía a hablar de mí, sabiendo cuánto me alteraba.

Me tenía sin cuidado todo lo que ellas dijeran: que si tenía el busto operado, que si había vuelto con mi exnovio el grupero, que estaba de espía de mi papá y por eso hacía el servicio social en la universidad pública, que si me gustaban viejos y que salieran en la tele. Incluso que enfrente de mí me dijeran «la muda», «la autista», «la mustia», que se refirieran a mi papá como «el Lobo», me venía importando un chicle.

Pero que Rosso hablara de mí, con ellas, era una traición.

No digas mamadas, como yo no vi esas fotos, fue mi último intento por callarlo.

Pero la imagen estaba muy clara en mi mente: nunca había podido olvidarla. Yo sonreía y miraba fijamente al actor, tenía un bikini blanco, el cabello largo mojado, estaba sentada sobre él. Mi mirada decía que lo amaba sobre todas las cosas.

En la entrepierna no aparecía mi cicatriz.

Hasta yo vi las originales, ahí estaban en tu vestidor de verano, dijo Rosso.

Quise preguntarle si era verdad, porque yo solo había visto la revista, pero eso iba a sonar como si admitiera que había sido fotografiada.

Era en los días en que ya estaba sentenciada por mi padre para que acabara el taller, así que no podía retirarme. Tampoco quería mostrarle a las gordas cuánto me dañaban sus comentarios. Me puse los audífonos, pero entonces Amalia fingió que tropezaba y me echó encima el café, arruinando de pasada mi iPhone.

Rápido me quité la blusa, y Rosso me puso su chamarra para cubrirme del frío y de las miradas de los compañeros.

Qué vergüenza que vean que traes pistola. Eso es de rancheros.

El iPhone lo arrojé desde el tercer piso y preferí quedarme sola ahí, en la orilla del barandal. Treviño llegó a ver qué pasaba.

Nada, le dije. Solo tráeme un iPhone que sea dorado. Y ya no soporto a esa pinche gorda, la amiga de Rosso. Haz algo.

Rosso no había sido ningún ángel. O tal vez sí, pero un ángel traidor.

Cuando como por error Amalia comenzó a enviarme los audios de Rosso,

cuando supe que Rosso conversaba con mi abuela para grabarla, decidí no darle importancia.

Decidí seguir amando a Rosso porque a veces al mal también se le ama.

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