Loba
Capítulo 24
Y a los quince, después de más de un año sin hablar, lo primero que dije fue:
Papá, lo mataste.
Mija, no es pecado matar de un tiro.
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25
De nada nunca me ha servido hablar, aunque ahora quería hacerlo al menos con Rosso no tenía palabras para decirle que la había visto. A ella. Y ella también me había visto.
La había visto. Como sacada de uno de esos audios de mi abuela que Amalia me enviaba constantemente, como por accidente. Parecía tomada de esas imágenes producto del ensueño, de mi abuela, en las que aparecían mujeres de pelo negro y lacio a la cintura, de pequeñas cinturas, rasgos finos, les decía hija, hermana, la niña, Ástrid, Estrellita, Estela, piruja, malnacida, desgraciada, hija de puta, pobrecita mija, pobrecita mi amor le tocó sufrir tanto, yo por mija hubiera dado todo, ella estaba ahí, mirándome con sus ojos negros vacíos, era una lechuza, se transformaba en la noche y lloraba sobre las casas.
La había visto. Tal como la describía la abuela. Y no tenía forma de contárselo a Rosso.
Era imposible explicarle que yo no era tan simple como él creía, ni tenía la vida tan resuelta. Que mi cabeza no estaba tan vacía como él daba por hecho. Pero al abrir la boca solo podía decir «ah», «ta», al tratar de decir su nombre solo decía «or» y quedaba como una tonta.
Entonces no lo intenté más. Tal vez porque renuncié a validarme, esa semana fue tan nítida. Me vestía, me ponía unos lentes oscuros y una gorra, y subía a la camioneta de Treviño. Él me llevaba por calles bonitas. Un día me llevó a la Cola de Caballo. Un día le señalé un Starbucks y me senté ahí toda la tarde.
Tal vez eso había sido siempre: una chica que no tiene nada qué decir.
Inmersa en el silencio volvía a tener paz mi alma. De madrugada no le tomaba las llamadas a Ferrán, pero me quedaba sentada en un sillón para
mirar dormir a Rosso y Nadja. Mi gata se quedaba dormida en su abrazo, y solo eran un par de animales blancos, puros, hermosos. ¿Qué puede haber más luminoso que un chico y un cachorro? Nadja solo junto a Rosso era tranquila, dulce. Le buscaba el rostro para lamerlo cerca de la boca. Si estaban acostados ponía sus garras en su cabeza y lo atraía hacia sí, o se acurrucaba en su pecho. Era como si, a la par, ronronearan hasta quedarse dormidos. Cachorros de panzas blancas.
En mis días de silencio habitaban mis historias que no tenían que ser ya de nadie más.
La falsa historia de que mi madre había fallecido al momento de parirme, y mi certeza de que yo era portadora de la muerte.
Mi abuela que ante la noticia del secuestro de mi papá había gritado que todo era culpa de Estrellita, y se había abalanzado contra mí con un cuchillo gritando que yo era igual, que tenía esos pelos negros de cuervo.
El día que había tenido un ataque de ansiedad por la obligación de ir en vestido rosa a la boda cristiana de mi prima; mi venganza fue acostarme con su esposo.
La revista que sacó una serie de fotografías mías, en bikini, sentada en las piernas de Al Pacino; las horas que pasé mirando mi rostro y mis piernas, mi cabello, mis manos… y no pude entender cómo era posible, si a ese actor jamás lo había conocido.
Las noches de filmación esperando que Ferrán volviera.
El quirófano a los catorce años.
El hermosísimo chef negro gringo tartamudo que hubiera dado la vida por mí, ese que yo creía que era mi alma gemela, ese a quien no pude amar porque mi lengua materna no lo habitaba de manera natural.
Las amenazas de muerte hacia mi padre.
Las horribles navidades llenas de familia y niños en casa de los amigos de Ferrán; todas las estruendosas bodas italianas a las que me arrastró porque quería pertenecer a gente que no era la suya.
El intento de suicidio a los dieciséis.
Y luego a los diecinueve.
Y un año antes de conocer a Rosso y a Adán.
Y en esos, los días de mi pureza, me avisaron que Rosso se había suicidado.
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