Loba

Orfa Alarcon · Capítulo 69 de 114

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Loba

Capítulo 71

Dicen que son contadas las mujeres que se suicidan por un balazo en la sien. Que nuestras preocupaciones estéticas nos impiden arruinarnos el rostro, por eso es más fácil que recurramos a las pastillas. Yo lo único que tenía a la mano era mi Chaparrita Consentida, pero ella no podría hacerme daño. Rosso había recurrido a cortarse las venas. Era tan nena que no podía arruinarse la cara. La bella cara. La sonrisa escasa. Esa frente blanca.

Desde el instante en que había visto las fotos de Gretel, no podía sacarme el olor de Rosso de la nariz, ese molesto olor que tenía cuando regresaba de haber fumado tabaco o mota, ambos me asqueaban por igual.

La imagen de la cabeza de Rosso flotando en un lavabo me perseguía de manera enfermiza, por más que volteara a las calles, a los árboles, no podía pensar en otra cosa. Todo olía a sangre. Los puestos de tacos me hacían vomitar de nuevo y ya no me quedaba nada en el estómago. Una baba amarga me tenía invadida la garganta y la lengua.

Me puse a llorar incontrolablemente. Me ahogaba entre lágrimas y vómito y solo quería llegar a ese cuartucho que era lo único a lo que podía llamar «casa».

Reconocería el cuerpo deshecho de mi hombre solo con acercarme a la nariz un trozo de piel de su cuello, de su pecho o algún puñado de cabello o vello púbico. Lloré por Rosso, por su cuello, que era el más hermoso del mundo. Porque ese cuello ya era solo restos de piel y carne.

Infinidad de veces le pasé la nariz y la lengua sobre las mejillas, las orejas, las nalgas, el vientre, la entrepierna, la espalda. Rosso tan delgado y esos jeans que le marcaban una silueta fina y un trasero firme. Le arrastraban los pantalones, a pesar de ser tan alto. Él, erguido, y su espalda tan blanca que yo le acercaba un dedo como quien toca un milagro. Rosso

antes convertía todo en luz. Y ahora todo lo convertía en carne, en muerte, en sangre. No podía dejar de llorar.

Lloré porque yo no había estado ahí para cuidar a Gretel. Al adoptarla le había prometido que siempre estaría bien, que nunca más volvería a ser huérfana, que jamás la maldad interrumpiría nuestra siesta, y que nunca nos tocaría la suciedad del mundo. Gretel había confiado en mí y yo no había sabido cuidarla. Como tampoco había cuidado de Rosso.

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