Loba

Orfa Alarcon · Capítulo 55 de 114

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Loba

Capítulo 57

Yo era una chica en medio del mar de sudor de empujones, olores y humores en el Zócalo. Ahí había otra estación del metro. La gente horrible que lo habitaba se había salido e inundaba toda la ciudad. La muerte no llegaba por mí. El hambre sí.

Pensé que los billetes me durarían algunos días, pero la mujer del café de chinos solo me devolvió algunas monedas. Las conté después de comer esa sopa tibia y espesa que preferí ignorar de qué era. Eran dieciocho monedas. Dieciocho pequeñas y sucias monedas descansando en mi regazo, donde se habían adormilado los hombres más bellos, la tigresa más luminosa, un panda rojo, un koala, la borrega bizca más noble. Dieciocho sucias y frías monedas. Ni siquiera una por cada año de mi vida. Tal vez podía comprar un pequeño radio, chocolates, una lámpara de gas o una cobija. Tampoco es que necesitara tanto. Cuando se acabaran las monedas sería la señal de que, con la sonrisa simple de quien no tiene nada que hacer en este mundo, ya sea una chica que baila desnuda y ebria para nadie, alguien que tira dinero en una película insulsa o alguien que tiene que viajar en metro, me daría un tiro en la frente. La feliz sonrisa de quien no le pide ni le da nada al mundo.

Las monedas reposaban sobre mi faldita verde militar, una que nunca antes me había puesto porque no me llamaba mucho la atención. Pero viéndola bien, era bonita. Quizá, sin saberlo, esa mañana había elegido la ropa con la que moriría. Podía volver a enfrentarme al espejo del oscuro departamento, o descender al infierno y arrojarme al metro. Nunca he sentido apego a mi vida. Si moría, quizá en el infierno habitarían los personajes de Buñuel. O los de Rulfo. Nadie reclamaría mi cuerpo. Nadie pensaría en mi cuerpo. Nadie rezaría por mi cuerpo. Mucho menos por mi

alma. Nadie extrañaría mi tibieza entre las sábanas. Entre tanta gente, yo solo era un pegote de carne y huesos, como todos los demás. Ganado sin ningún valor.

La gente monstruosa del metro inundaba toda la ciudad. Me ahogaba esa gente ordinaria que jamás sabría quién era yo. Quién había sido yo.

Gente que jamás conocería la deliciosa modorra de habitar en El Cielo. De haber habitado en El Cielo.

Necesitaba espacio. Necesitaba la carretera. Qué putas ganas de recorridos a alta velocidad, calles vacías, rechinidos de llantas, de que me atacara el frenesí o la más honda amargura, de encararme con el sinsentido, de tener un amigo nervioso y alterado que no desacelerara cuando yo no le pidiera que lo hiciera. Que nunca desacelerara, que estuviera más alterado que yo, que nos perdiéramos en las calles de la noche, que la ciudad girara alrededor de nosotros, que nos estrelláramos.

Habiendo tenido oportunidad de morir en los más elegantes medios de transporte, me rehusaba a morir en el metro hediondo de la Ciudad de México. Pero estaba sola. Únicamente tenía un arma. Podía volarme ahí la cabeza. Arrojar mis monedas, que serían recogidas en medio segundo, que llamarían más la atención que mi cuerpo al caer.

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