Loba
Capítulo 72
Había estado caminando sin rumbo y me atemorizó la noche. No sabía dónde me encontraba pero en esta ciudad de caos hay una columna vertebral.
En el metro, una chica recargada en una de las puertas me miraba insistentemente, con curiosidad. En cuanto me sabía observada, la chica se volteaba hacia otro lado. Quería que yo la mirara. Estaba tan necesitada de belleza y esa chica realmente era hermosa: delgada, de rasgos muy finos, nariz y boca pequeñas, cejas oscurísimas delgadas y abundantes, un piercing en la ceja izquierda y cabello muy lacio. Quería que yo la mirara y que la reconociera hermosa. Me sentía absolutamente sola y esa chica quería que la llevara conmigo.
Ojos grandes, bellos, los de esa chica que fingía leer y cuando me descuidaba volteaba a mirarme.
Tanta necesidad de belleza, porque no había visto nada luminoso en los últimos días, nada digno de ser apreciado. Porque era la primera cosa bella en la ciudad que no me rechazaba.
No fui la única que vio a la chica. La gente nos había empujado hasta que quedamos juntas. Un policía se puso de su lado y fue cuando ella sintió una mano en las nalgas.
Poli, dijo asustada.
Qué pasó, mamacita, le contestó él alzando las cejas.
Ella se asustó y más cuando sintió apenas el peso de una navaja en las costillas. La otra mano frotaba ya la entrepierna.
La chica junto a mí, ojos enormes, boca abierta, respiración difícil, volteó la cara para evitar el aliento del policía. Me clavó su mirada. Solo bajé los ojos. Cerré los ojos a la belleza de su rostro encendido.
Y pensé en toda la mierda, esa gente, los empujones, los vendedores, la rabia, el asedio, las lenguas, la lujuria, el asco, las manos largas, el calor, el asco.
El olor.
El olor.
El olor.
Yo que antes había vivido solo entre luz y colores, mi habitación, Nadja, Rosso, mi primer amante, Roma, mi yate, Ferrán, Gretel, un clóset más grande que esos vagones en donde iba hacinada tanta gente, el sol.
La chica se había bajado y yo la hubiera seguido por los pasillos del metro, las escaleras, algunas cuadras, para no buscar ningún acercamiento, para no alcanzarla, para nada, para mirarla un rato más porque era lo único bello en todo el panorama.
Bajé del vagón también, pero no la seguí.
Caminaba de prisa. Vendedores, personas restregándose unas contra otras. No podía perder de vista el repugnante cuello sucio del uniformado.
No quería perder de vista la espalda del policía, porque iba buscando belleza. Y en su nuca solo miraba suciedad y sudor. Su nuca tostada por el sol y embarrada de quién sabe cuántas inmundicias. Con la mano izquierda sujetaba mi maleta, con la derecha mi Chaparrita Consentida. Bendición a mi finísima diestra. Corazón de Jesús, late junto al mío. Y de la nuca del hombre explotó una rosa de miles de pétalos húmedos. Rosa de pétalos perfectos. Redondos y luego alargados, que en el suelo se buscaron para volver a unirse. Una centésima de segundo me duró la visión de lo bello, pero había valido la pena. No podía detenerme ni seguir mirando.
Yo no había hecho ningún juicio, lo había hecho Dios. La ruleta rusa, en su designio divino, se había disparado contra aquel hombre. ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió.
Más aún.
El que también resucitó.
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