Loba
Capítulo 66
¿Y te tiras a Treviño?, me había preguntado alguna vez Rosso.
¿Te dan celos, o qué?
No quise contarle que Treviño y yo compartíamos la misma cicatriz.
Otra cosa que no le conté a Rosso fue que cuando regresé con mi papá de aprender a disparar en el monte estaban mi abuela y el arzobispo esperándome. El señor arzobispo me explicó la importancia de rezar no como una repetición, sino como un acto de fe, de tradición, de fervor.
Haciendo un gran esfuerzo por no quedarme dormida, le dije que sí a todo, que tenía razón. Me regaló una medallita de la Virgen que según había bendecido el Papa, para que siempre le rezara a ella y solo le pidiera cosas bonitas, dijo que las cosas feas no se debían ni pronunciar. Yo nada más iba viendo cómo se le llenaba de orgullo la cara a mi abuela.
Es que yo no puedo… Es que yo no tengo mamá…
Si yo no tenía mamá, ¿por qué iba a rezarle a una madre ajena?
La Virgen María es la madre de todos nosotros los mexicanos, desde el cielo nos mira. Desde ahí donde está tu mamá. Si tú le rezas a la Virgen, ella le contará a tu mamá que estás bien, que eres una buena niña, que estás creciendo muy bonita.
Mi mamá no estaba en el cielo.
Nunca me gustó ponerme esa medalla, hasta me alegró haberla perdido en aquel pueblucho con Rosso. Yo ya tenía un crucifijo colgando del cuello, que años después me enrollé en la muñeca, uno que me puso mi papá el día que nací. Usaba la medallita solo cuando la abuela me lo exigía, hasta que la perdí en el desierto.
Si no me la ponía, mucho menos le rezaba. Me resultaba más fácil tener fe en la Glock que papá me regaló ese mismo día, cuando se fue el
arzobispo. Cuando la saqué de la caja de regalo donde la habían metido, sentí más emoción que por cualquier regalo de los que me había traído alguna vez Santa Claus. Mi papá no me la había dado esa mañana que habíamos ido al monte porque quería que le pusieran el grabado:
¿Pues qué chingados le pusieron, Treviño?
Pues me dijo que algo bonito.
Sí, algo bonito como «Princesita» o algo así, ¿qué mamadas son esas?
Pues es que me dijo que algo bonito, pero no me dijo qué.
¡Gracias, Treviño, me gusta mucho!, corrí a abrazar a mi chofer.
Ese es un regalo de tu padre, cabrona.
Varios años después, aún con la Glock entre los dedos, seguía orando, pero era una repetición distinta:
Si tu cariño se acabó, estoy tranquila, corazón, al fin que nunca comenzó.
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