Loba
Capítulo 13
¿Va a manejar? No, yo la llevo, ¿cómo va a manejar así?
¿Así? ¿Así cómo, Treviño?
Solo tenía el mentón un poco hinchado. Suficiente era la vergüenza de tener tres trocas apostadas afuera de la casa del primo de Adán, y a Treviño del otro lado de la puerta de la recámara, como para que todavía se atreviera a opinar sobre mi aspecto.
Estaba cansada pero era un asunto solo mío.
Vamos a la casa de Max.
¿No vamos a su casa?
No, a la casa de Max.
¿Así como andas?
Shhtt, puse un dedo sobre la boca de Adán.
Cuando llegamos, Max también opinó.
You look like crap.
Español, dije, pero los amigos no son como los empleados, no obedecen.
No necesito tu equipo de seguridad rodeándome para atravesar el jardín.
Es para que la gente sepa quién eres, porque así como vienes…
No necesito que tus invitados sepan quién soy.
Yo sí necesito que sepan que viene entrando a mi casa Lucy Quintanilla.
Lo bueno es que aunque te ves como mierda, se ve que eres de la cara.
Siempre me gustó la segunda planta de su casa, con esa terraza interior que permitía ver toda la fiesta sin tener que involucrarse en ella. Me gustan esas fiestas en casa de Max en las que puedo dormir entre la música, dormir y seguir de fiesta.
¿No necesitas que te prestemos algo, ropa, por ejemplo?
Ah, él es Adán, de la escuela. Él es Max.
Yo también soy de la escuela, pero de la primaria.
Estábamos acostados en una tumbona enorme Max, su novio alemán, Adán, yo, una chava que no supe cómo se llamaba pero como traía un vestido vintage y peinado de caireles, me cayó mal.
¿No nos podemos quedar nada más los de confianza?, le dije a Max cuando la chica se puso a mi lado.
Se me olvida que te encelan todas las mujeres, mi vida, tan linda, tan tonta, tan princesita, dijo Max y se me lanzó encima besuqueándome.
Muerta de risa, hacía como que me resistía. Adán nos miraba de reojo, sin saber qué era lo que estaba pasando.
Pero que venga mi rubia. Y no es cierto que me encele de nadie.
Ay, tu rubia. Mírala, ahí está restregándosele a un puberto.
¿Y por qué no viene a saludarme? ¿No me vio pasar?
Porque ya sabe que eres una mamona.
Me quité de encima a Max y me asomé por el barandal.
¡Rubia! ¡Ven, baby!, le grité agitando los brazos.
No que no inglés.
Nunca he sabido su nombre, le dije a Max.
Para qué quieres saber, ni lo vas a poder pronunciar.
Perdón pero mi inglés es perfecto, que no lo use es otra cosa.
Mi rubia subió corriendo las escaleras. Traía un vestido dorado ultracorto, ultraceñido, sin tirantes. La senté entre Adán y yo. La abracé, la olí. Era como una muñeca. Nunca me había quedado claro qué función cumplía en la vida de Max, pero siempre estaba alegre y por eso me confortaba. Sentí ganas de que ella me abrazara como horas antes había necesitado de los brazos de Adán y poco antes de los de Rosso.
Rubia, abraza también a Adán, es guapo y te va a caer muy bien.
Cuando Lucy se pone amable es hora de encamarnos todos.
Max, ¿te callas, papito?, por fi. Suéltame los cachetes. Y mira, la rubia trae menos ropa que yo.
Pues sí, pero es un vestido, ¿tú que traes?, ¿la sudadera para correr de tu papá? Y cuánto a que ni traes calzones.
Tomé la mano de Max y me la puse en la nalga.
Ay, el gym. Presumida.
Adán se veía incómodo, pero siempre habíamos jugado así Max y yo.
Max, mi niña.
No es de mi papá, es de Rosso.
Y todos sabemos quién es Rosso porque…
Rosso es un compañero de clases de nosotros.
Es un poser pendejo.
¡Así que hablas!, le dijo Max a Adán.
¡Ah!, sí, se me olvida que ya eres toda una universitaria, ¿no te da penita ir a la escuela pública?, ¿qué necesidad había de que saliera en todos los periódicos?, me dijo Max.
Tu fiesta no prende, se va a decepcionar Adán.
¿Ves que está hasta el culo y todavía quieres más gente? Rubia, trae más pitos, porque a esta morra no le gusta que haya tanta nalga. Y baila, porque la Lucy ya se aburrió.
¿Bailo?, dijo mostrando una gran sonrisa, y comenzó a simular que el marco de la puerta que teníamos detrás era un tubo de pole dance, pero se caía de drogada y mejor se sentó en el suelo. Le marcaba con su iPhone a no sé cuánta gente.
Su voz era suave y tan dulce que me di cuenta de que nunca la había escuchado hablar. Siempre había sido «la rubia», estaba ahí para que las fiestas que duraban días se animaran, para que los muchachos estuvieran contentos.
Desde alguna vez que había intentado besarme yo le decía «mi rubia», que cualquier día me la llevaría, que iba a preferir estar conmigo que con Max porque estaba enamorada de mí.
Adán me preguntó al oído si quería bajar a bailar.
No. Estoy cansada.
Después de tantas horas de carretera y alcohol, solo quería dormir, ahí, entre ellos. Quería su cercanía, su calor, la música estruendosa que me distrajera y me arrullara y no me dejara recordar que había tenido al desierto y a Rosso y los había perdido.
Cuando abrí los ojos la planta baja estaba ridículamente saturada.
Qué buena chinga te metieron, me dijo Max mirándome fijamente.
Ya son muchos, Max, que ya no venga más gente, no era cierto que faltaba ruido, nada más te estaba chingando.
La voz tan quedita de la rubia pidiendo en un torpe español que ya no dejaran pasar a nadie contribuyó a mi sensación de ensueño.
Nunca antes la había oído hablar. ¿De dónde es?
Es que antes no hacía nada. Pero luego se empezó a aburrir y aprendió español. Por eso la pongo a hacer cosas.
¿De dónde es?, preguntó Adán.
No me acuerdo. De alguno de esos países impronunciables que ya no existen. Supongo.
Es rusa, insistió Adán.
Yo creo.
Ven, mi rubia.
Me la senté en las piernas, la arrullé.
Qué botanas se ven, parecen muñecas de esas de cajita. Tú estás más chiquita que la rubia.
Era como si todos tuviéramos sueño. Era como si se tratara de Navidad y estuviéramos entre familia y compartiéramos un sillón mugroso y viéramos juntos televisión, como en las películas gringas. Supongo que lo dije en voz alta porque comenzamos a hablar de las Navidades y todos nos reíamos de las cosas que nos habían regalado. Cerré los ojos. Soñé que estaba en La dolce vita y era Nico, la rubia sueca que se lleva a Marcelo Mastroianni a una fiesta de la realeza. En un castillo viejo, sobre una mesa, rodeados de gente, Marcelo y yo nos besábamos y nos desnudábamos.
Entonces dejaba de ser la rubia y ya no besaba a Marcelo, sino a mi rubia.
Y mi rubia era Nico y sus besos eran cálidos, de un olor suave. Su lengua era acojinada y yo quería dormirme en ella. Mi rubia no tenía nombre, eso fue lo que me desconcertó, por eso desperté para descubrir que era Adán quien me besaba.
¿Cómo se llama?, le dije.
¿Yo?
No. Max, ¿cómo se llama mi rubia?
Pregúntale.
Pero entonces, como se habían reído diciendo que a la rubia de Navidad cuando era niña le regalaban una trucha entera porque a sus hermanos ya los habían vendido, mi rubia se puso a llorar. No sé qué tan avanzado llevaban el chiste, pero aun diciendo estupideces, algo habían lastimado muy dentro de mi rubia. Yo había visto que la encueraran, la drogaran, se la pasaran de una verga a otra, la hicieran comer y aspirar coca del piso. Pero nunca la había visto llorar.
Ya déjala, cabrón.
Let her go, dijo el novio de Max.
Qué maricones todos, no sé de qué chingados te asustas, Lucy, como si en el negocio de tu papá trataran con mucho respeto a las rucas.
De qué chingados hablas, puñetas.
De nada. Les iba a contar que cuando tenía cinco quería ir a Disney y en lugar de eso me llevaron a Alemania, con el argumento de que era lo mismo pero más chido, porque eran los castillos reales de las princesas, nos contó Max tratando de cambiar de tema.
Mi rubia volvió a sentarse, acurrucada contra mí, y la abracé.
No sé qué castillo habíamos visitado en mi sueño Marcelo, mi rubia y yo. Pero quise volver ahí, ser diminuta y dormir en esa boca, ser una pastilla sublingual que a la par que se disolvía le daba a esa chica extranjera la felicidad.
Luego que por qué los niños se hacen jotos, porque desde chiquillos los hacen soñar con las princesas de Disney, dije con afán de molestar.
Sí, pendeja, luego por qué otras se hacen amargadas, porque quieren cosas supernecesarias como un tigre blanco y les regalan uno amarillo, dijo con afán de chingar más.
Cállate ya.
Aunque me lancé sobre él para taparle la boca, se puso a contar, mientras los demás reían, que para mi cumpleaños pasado le había pedido a mi papá un cachorro de tigre blanco, pero que no lo habían conseguido a tiempo, y entonces me llegaron con uno amarillo. Que había hecho un berrinche en frente de todos diciendo que qué vergüenza, que no lo quería, que los tigres amarillos eran de narco.
A horcajadas encima de él, quería taparle la boca, pero él forcejeaba conmigo y me detenía las muñecas sin dejar de reírse ni de contar. Desde niños nos peleábamos así.
Y entonces esta pendeja estaba llore y llore que se había arruinado su fiesta. Que eso era de narcos, que si eso era Scarface, o qué.
No le permito a nadie hablar de mí, bueno o malo, no se lo permito a nadie, y Max lo sabía porque me conocía de toda la vida.
¿No te vas a callar, puto?
Y ahí tienes al señor gobernador soltando cachetadas y diciendo que iba a echar a la jaula al pendejo que había traído un tigre amarillo, y que lo iba echar con todo y tigres y leones y cuanta fauna hubiera en Nuevo León. Le salió lo Lobo.
Si algo odiaba, era que hablaran de mí. O hablaran de él.
¡En tu etapa buga te cubrí las espaldas, cabrón!, ¡me fingí tu novia dos putos años así que ya cállate!, ¡tú menos que nadie puede hablar de mi familia, ustedes nos deben todo!
Cuando se me acabó lo que tenía que gritarle, le solté como pude un puñetazo en la cara.
Woah, woah, woah!, gritó el novio, que no sé si era alemán o gringo.
A Max le salió sangre de la nariz. Yo iba marcándole a Treviño mientras bajaba llevándome a Adán de la mano.
Qué, le pregunté aún enojadísima mientras subíamos a la camioneta,
¿no está más divertido esto que las fiestas de las pinches gordas del salón?
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