Loba

Orfa Alarcon · Capítulo 110 de 114

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Loba

Capítulo 114

Piensa en la palabra que más te gusta, dijo el anestesiólogo.

Chocolate.

Fue como si toda la habitación se volviera dorada.

Me fui.

Quería peinarme. Mi casa era como la de Peter Pan en un árbol. Era un lugar fresco. Las paredes musgosas me rodeaban y de mi tocador también nacían pequeños brotes de plantas. Había talqueras, maquillaje, desodorantes, pero yo solo buscaba un cepillo en esa verde y caótica superficie. Como si fuera una habichuela viva, una semilla de luz pasó dando saltos entre mis manos. No pude sujetarla. La semilla brincó al suelo y salió de mi claro de bosque. Brincaba entre los adoquines del pavimento y yo no quería que nada la tocara. Corrí detrás de ella. Me cansé tanto que apenas si podía respirar. Corría a pesar del vestido rosa de princesa que me arrastraba. Pude al fin sujetar a mi haz de luz porque ya era del tamaño de una pelota de beisbol. No podía perderse en la ciudad, no podía dejar que le hicieran daño. La abracé contra mi pecho y se convirtió en un conejito.

Creció y se convirtió en perro, y a medida que crecía, aumentaba su fuerza, la fiereza con la que buscaba salir de mis brazos. Era entonces un pato, lo aprisionaba contra mí porque no podía dejar que sufriera. Era mi deber cuidar a mi haz de luz. Y entonces se convirtió en un sapo que me erizó la piel. Le temía. No lo sueltes, me dijo mi propia voz. No puedes soltarlo. Es tu obligación cuidarlo. Con los ojos cerrados lo apreté contra mí, obligándome a protegerlo. Obligándome a amarlo. No lo sueltes, se convertirá en pantera, será fuerte, será recio. No lo sueltes, pensaba. Y ya no era un sapo, era un haz de luz del tamaño de una pelota de futbol. Su fuerza empujaba mi pecho y mi vientre. Resbaló de mis brazos y yo grité al

correr tras él. Pero avanzaba a grandes saltos y en una caída, la más estruendosa, se dividió en cuatro. Cuatro seres de luz que se convertían a voluntad en gatos, cajas matruschkas, conejos, Gretels, enanos. A cada brinco eran seres distintos, y cuando al fin pude ponerme en medio de los cuatro, se desintegraron. Se convirtieron en polvo de luz, estruendosa pirotecnia que se elevaba al cielo.

Todos los animales aman a Dios.

El alma de mi hijo había sido tan pura como la de cualquiera de ellos.

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