Magia angelical
Capítulo 9
9
Agnez no bebió ni jugó a los dados después de que la llevaran de vuelta al Cabeza de Grifo. Se sumió en un sueño agitado, tras el cual un doctor magíster le examinó la cabeza y le dijo que el moratón ya estaba desapareciendo y que el golpe no era importante. Tenía una habilidad innata para curarse sorprendentemente rápido. No fue necesaria ninguna intervención angelical. Solo tenía que descansar, y dar uno o dos tragos del reconstituyente que el médico le había servido de una botella de vidrio negro.
Lo siguiente de lo que tuvo constancia Agnez fue que era de día, quizá casi mediodía. El dolor de cabeza le había desaparecido, y en su lugar sentía una excitación disparada, como un pez hambriento lanzándose hacia un cebo. Salió de la cama de un salto, se lavó, se visitó y desayunó a toda prisa unas gachas nada apetitosas directamente de la cazuela; se armó con espada, dos pistolas y una daga en cada bota y salió a la calle; abriéndose paso entre la gente, que se echaba a un lado al verla marchar con tanta decisión por la Media Luna hacia el muelle de la reina, para tomar allí un barco a la Fortaleza de la Estrella.
—¿Al bastión de la reina Ansgarde o al de la reina Sofía? —preguntó la barquera, con el ceño fruncido, mientras movía vigorosamente el remo desde la popa con unos brazos musculosos envueltos en harapos grises. Era una rehusante, por supuesto, como la mayoría de los que efectuaban trabajos no cualificados en el río.
—Al bastión de los mosqueteros —se limitó a responder Agnez, dado que no conocía la respuesta a su pregunta.
Sabía que cada uno de los cinco bastiones y los cinco revellines (estructuras externas más pequeñas) estaban defendidos por regimientos diferentes del ejército de la reina, y que los persevantes de la cardenal también se ocupaban de la torre de la antigua torre de la prisión, pero eso era todo.
—El bastión de la reina Ansgarde —gruñó la barquera—. No me dejarán atracar sin la contraseña del día.
—Soy mosquetera —le espetó Agnez con frialdad.
La barquera resopló y observó con desconfianza el vestuario de Agnez, bastante rústico, todo en ante y telas fuertes, en diversos tonos de marrón parduzco. Pero no se atrevió a responder, teniendo en cuenta las armas en perfecto estado de conservación que completaban su atuendo.
Por su parte, Agnez tanteó otra vez el amuleto de bronce que le había dado Franzonne y se sintió aliviada al encontrarlo. Lo sacó del bolso y lo sostuvo en alto, para que la barquera pudiera ver claramente las espadas cruzadas con una corona encima (el emblema de los mosqueteros de la reina) que tenía en el anverso. La rehusante resopló otra vez, pero remó con más empeño al tener que luchar contra la corriente, cada vez más rápida según se acercaban a los arcos del puente de la Madre.
En el puente había cierta conmoción, una concentración de agentes de la guardia capitalina, como un banco de pájaros de color crema y azul. Agnez no veía qué era lo que los tenía tan agitados, pero unos cuantos de ellos iban correteando por el lugar, gritándose unos a otros, empujando a la multitud para que se quedara en el lado norte mientras ellos cruzaban.
Justo frente a la barca de Agnez había una gabarra decorada de rojo y dorado, con remeros vestidos de los mismos colores, que maniobraba para atravesar el arco central a contracorriente. Cerca de la popa, una persevante de la cardenal con fajín de oficial superior se giró lentamente, observándolo todo y a todos. Agnez se preparó para devolverle la mirada, pero la oficial no se detuvo. Fuera lo que fuera lo que buscaba, no lo encontró en Agnez ni en su barca.
Frente a la oficial había un hombretón con una oscura túnica negra de médico que prácticamente era del mismo color que su piel. Tenía las manos fuera de la borda, y se las estaba lavando para quitarse la… sangre. Agnez se lo quedó mirando, y se sorprendió al darse cuenta de que ya lo había visto antes. Al cabo de un momento, él se giró y frunció el ceño, como si también reconociera a Agnez. Pero luego la gabarra desapareció bajo el puente, a la sombra del arco.
La barca de Agnez redujo la marcha, casi deteniéndose por efecto de la corriente, mientras que la gabarra salió disparada.
—¡Eh! ¡Ahora no bajes el ritmo! —dijo Agnez.
—¡No quiero acercarme demasiado! —espetó la barquera.
—¿Adónde? —preguntó Agnez—. ¿A la gabarra? Ah, la persevante. ¿Quién es?
La respuesta fue una de aquellas miradas que solían lanzarle los de ciudad cuando se daban cuenta de que era de provincias.
—Rochefort —dijo la barquera—. Capitana de los persevantes. Se llevará a ese pobre joven médico a la Torre, supongo.
—¿Sabes quién es?
—Un estudiante del hospital, supongo. O lo era. No creo que vaya a volver.
—No parecía un prisionero —dijo Agnez, pensativa—. No iba atado.
—Rochefort no necesita atar a sus prisioneros —replicó la barquera—. Es como una serpiente, con la espada o con la pistola. O con la magia. —Escupió otra vez y prosiguió, con rabia—: Pensaba que la conocerías. Ha matado a unos cuantos mosqueteros de la reina.
Agnez se tensó como un sabueso al detectar un rastro.
—¿Ha matado a mosqueteros?
—En duelo. Nunca se mete en líos por contravenir los edictos. La cardenal se lo permite todo, y ella siempre combate a muerte.
Había varios edictos que prohibían los duelos, y eran muy antiguos; aunque también había uno más reciente, proclamado por la propia reina Sofía XIII. Aun así, Agnez sabía que en Lutacia aún se practicaban, igual que en su Descaray natal, y de hecho su madre le había aconsejado que, en caso de provocación evidente, había que desafiar a duelo o aceptar el desafío, a pesar de las prohibiciones legales.
«Una mosquetera no inicia una pelea sin un buen motivo —le había advertido su madre—. Pero si tienes un buen motivo, lucha. Y vence, por supuesto».
Dado que los conceptos de «provocación evidente» y de «buen motivo» de su madre eran muy amplios, Agnez estaba mentalmente preparada para enfrentarse en duelo a cualquiera. En cualquier momento.
Pasó la mano por la empuñadura de la espada y pensó en pasar por el hierro a los persevantes de la cardenal. Sabía que los mosqueteros de la reina, los persevantes de la cardenal y los caballeros del rey eran rivales, lo que reflejaba las tensiones políticas entre las tres esferas de poder, y que todos libraban duelos cada vez que se presentaba la ocasión, sin hacerlo demasiado evidente.
Pero, a muerte… No, los duelos no eran así en su tierra, donde finalizaban a primera sangre. Sí, claro, de vez en cuando, alguien moría accidentalmente, pero la mayoría de las veces acababan con unos rasguños, alguna herida superficial que requería la actuación de un médico magíster y quizás el toque sanador de un ángel. Se podía perder un dedo, o sufrir algún otro daño leve, pero eso era todo.
Evidentemente, aquí las cosas eran diferentes.
Si se presentaba la ocasión, pensó, quizá fuera ella la que tuviera que dar una lección a esta tal Rochefort, asesina de mosqueteros, una lección definitiva…
Henri Dupallidin estaba perdido en los túneles del interior de la gran roca sobre la que se había construido la Fortaleza de la Estrella, y no era la primera vez. Llevaba allí solo dos días, pero tenía la impresión de que había pasado una gran parte de ese tiempo perdido bajo tierra —o bajo la piedra—, intentando determinar su posición para regresar a algún lugar que conociera.
En un primer momento, le había parecido que era relativamente fácil orientarse por la fortaleza. Había seguido el camino que se abría paso por el revellín de las Seis en Punto, el más meridional de los bastiones, hasta la larga pasarela que atravesaba el ancho foso que, en caso necesario, podía inundarse con agua del Leire.
Tras mostrar su identificación, Henri había podido pasar, aunque le habían detenido de nuevo en el punto en que la pasarela llegaba a la muralla sur, que unía el bastión de la reina Beatrude y el de la reina Luisa, ambos defendidos por la guardia capitalina. Cuatro de los cinco bastiones llevaban el nombre de reinas o reyes del pasado. El quinto, el más septentrional, llevaba el nombre de la monarca actual (aunque fuera la decimotercera que tenía ese nombre). Los revellines entre los bastiones, más pequeños y situados fuera del ancho foso, llevaban el nombre de las horas del reloj. Todo aquello parecía bastante sencillo, pero en cuanto Henri hubo atravesado la puerta se encontró con que el pasaje que atravesaba la muralla de tierra y piedra descendía, y en lugar de tierra y ladrillo, vio que las paredes eran de granito tallado a mano, perfectamente liso por algunos sitios, lo que demostraba la participación de algún ángel.
No le habían advertido de que las murallas y los bastiones de la fortaleza estaban construidos sobre un enorme peñasco, en el que habían excavado y construido repetidamente durante siglos, especialmente en tiempos del antiguo imperio, aunque muy poco quedaba de aquellas obras del pasado.
Pese a que se cruzó con muchos soldados y obreros, Henri observó que en general parecían disfrutar negándose a darle indicaciones, o dándole indicaciones falsas, y que el desconcierto del recién llegado era motivo de diversión para los veteranos.
Con el tiempo, contando sus propios pasos y construyéndose un mapa mental basado en aquellas mediciones, Henri consiguió orientarse por el enorme espacio rodeado por las murallas de la fortaleza, conocido como plaza del Dial.
Henri sabía que allí habría edificaciones; al fin y al cabo, le habían hablado de los barracones de los persevantes, y de las obras del Palacio Nuevo. Pero en las varias horas que se pasó vagando por el lugar descubrió un pueblo en miniatura perfectamente organizado: un sistema de calles pavimentadas y con alcantarillado; cinco grandes barracones de ladrillo que flanqueaban un campo para desfiles; una enfermería, como siempre encalada y con muchas ventanas; dos campos elevados para mercados, con un suelo de tierra fértil entre muros de contención de madera; dos grandes balsas o depósitos de agua; una serie de economatos en edificios largos; un templo a Ashalael con un espléndido chapitel de tejas de cobre; una taberna atestada de soldados que bebían junto a unos toneles vacíos, incluso fuera del local; y varias hileras de tiendas.
El punto más importante de la plaza del Dial era el lugar donde estaba construyéndose el Palacio Nuevo y el parque que lo rodeaba. El diseño del parque, rodeado por un murete en varias fases de construcción, seguía la moda del momento, y reproducía una escena rural con todo detalle. Había una granja lechera; pastos; un prado con flores silvestres; un campo de tiro con arco con dianas sobre balas de paja; y un campo de manzanos en el que ya se habían plantado una decena del centenar de árboles previstos y en el que habían cavado hoyos para los árboles maduros que traerían en grandes cubos y trasplantarían al lugar. Se estaba construyendo una colina de bloques de piedra medio desmoronados pero colocados con gusto para crear una cueva de ermitaño en su interior, y había varios estanques con fondo de grava para que el agua no se enturbiara.
En el centro del parque a medio construir se alzaba el Palacio Nuevo. Al menos, había un montón de andamios, un lío de escaleras y unas cuantas grúas impulsadas por rehusantes que caminaban por el interior de enormes ruedas, todo ello alrededor de un laberinto de paredes de ladrillo en su mayoría de solo un piso de altura, aunque algún optimista se había encargado de levantar las chimeneas, que ya habían alcanzado su altura final.
El Palacio Nuevo, donde debía vivir y trabajar Henri. No parecía que hubiera ninguna sección lista para ser habitada ya, y la presencia de un gran número de tiendas no le daba muy buena espina. Pero al final resultó que le asignaron una habitación en una parte del palacio que sí estaba acabada.
La habitación no era una estancia en el sentido estricto de la palabra, ya que estaba destinada a ser una de las cuadras para los caballos de la reina. Había veinte más en fila en aquella parte de los establos, todas ellas ocupadas por personal de la arquitecta. Pero contaba con una cama estrecha, un escritorio, una silla y una cómoda. Y además había paja fresca en el suelo todos los días, ya que rehusantes que iban a trabajar como mozos de cuadra ya habían sido reclutados, aunque no fueran a traer los caballos al menos en seis meses.
Y lo mejor de todo es que no era la Torre.
Era algo en lo que no podía dejar de pensar, allá donde fuera. Aunque las murallas tenían trece metros de altura, y los terraplenes intermedios, diez, la torre se elevaba al menos treinta metros, y su piedra de un gris tétrico era muy diferente del ladrillo rojo óxido y los sillares de las murallas y los revellines, de color blanco pálido.
La vieja prisión. La Torre de Lutacia.
Aunque la veía constantemente, Henri intentaba no pensar en ella, y en gran medida lo consiguió, porque lo pusieron a trabajar enseguida.
Dutremblay, la arquitecta de la reina, no necesitaba ningún supervisor ni un contable. Pero sí necesitaba un mensajero, y ese se convirtió inmediatamente en el trabajo de Henry. Desgraciadamente, el motivo por el que Dutremblay requería un mensajero para comunicar sus órdenes por toda la Fortaleza de la Estrella y las regiones subterráneas era que las guarniciones se mostraban muy independientes e intratables.
Henri no tenía problemas para orientarse por la plaza del Dial. Pero por debajo había más galerías, cámaras, escaleras, cloacas —e incluso hoyos, grietas y cavernas— de las que habría podido imaginarse. Y, sin embargo, tenía que orientarse por ellas, porque la arquitecta enviaba mensajes a todas partes, con la vana esperanza de conseguir los recursos y la mano de obra necesarios para completar el Palacio Nuevo con solo dos o tres años de retraso sobre lo planeado.
Los mosqueteros de la reina controlaban con orgullo el bastión de la reina Ansgarde y los revellines vecinos. Los persevantes de la cardenal protegían el bastión de la reina Sofía, el revellín de las Dos en Punto y la Torre. Los caballeros del rey se ocupaban del bastión del rey Denis y del revellín de las Cuatro en Punto. La guardia capitalina, habitualmente menospreciada por los otros cuerpos, tenía a su cargo los bastiones de la reina Luisa y de la reina Beatrude, y el revellín de las Seis en Punto.
Los soldados de la Real Compañía de Artilleros se movían por todas las fortificaciones, haciendo valer la antigua prerrogativa sobre su armamento y motivos técnicos modernos con los que justificaban que podían hacer lo que quisieran.
Los mandos de todos los regimientos tomaban decisiones consensuadas sobre la plaza del Dial, donde todos tenían sus barracones, y se suponía que tenían que contribuir de igual manera a la construcción del Palacio Nuevo. Pero aunque las obras estuvieran supervisadas por la arquitecta de la reina, todo el mundo sabía que en realidad el proyecto era de la cardenal. De modo que la capitana general Dartagnan, de los mosqueteros, el capitán general Dessarts de los caballeros del rey, el intendente de la guardia capitalina Chapelain y el coronel de artificieros Creon, de la compañía de artilleros, solían evitar cooperar demasiado, aunque fingieran hacerlo.
Así, Dutremblay siempre tenía que ir buscando a los comerciantes y artesanos, reclamando contribuciones económicas, materiales de construcción o reclutando grupos de obreros rehusantes que supuestamente tendrían que proporcionarle los regimientos. Cada mañana le colocaba un montón de mensajes entre las manos a su mensajero y le enviaba a entregar las «peticiones» a los oficiales teóricamente responsables de proveerle lo necesario, que normalmente no estaban localizables o disponían de alguna excusa plausible para no hacer lo que les pedía la arquitecta.
Poco después de perderse por última vez, Henri se había pasado dos horas buscando a una escuadra de albañiles al servicio de los mosqueteros de la reina que supuestamente debían pasar la semana trabajando en el Palacio Nuevo. Después de encontrarlos tallando escalones de piedra en una oscura bodega con filtraciones bajo los barracones de los mosqueteros, se había distraído un momento y se había perdido en el camino de salida.
Ahora se encontraba en un túnel tan estrecho que no cabía más que una persona, y en el que rozaba el techo con el sombrero, así que tuvo que agacharse. La candela que llevaba en la mano se había consumido tanto que tenía cera en los dedos. Y Henri estaba seguro de que aquel no era uno de los túneles para mensajeros que le llevaría enseguida a la superficie de la plaza del Dial.
Para empeorar aún más las cosas, venía alguien en dirección contraria, o al menos veía acercarse una tenue luz, un brillo pálido y tembloroso que hacía pensar en otra de las candelas que la gente solía llevar.
—¡E-ho!
Era la voz de una joven, pensó Henri, animosa en exceso, teniendo en cuenta las circunstancias. Se paró y levantó la candela todo lo que pudo para intentar iluminar el espacio que tenía por delante. Sorprendido y algo alarmado, se encontró con una joven con espada y pistolas al cinto, aunque no vestía de uniforme. No había visto a nadie en la fortaleza que fuera completamente armado si no era un soldado de uno de los regimientos. Pese a lo difícil que era moverse por el estrecho túnel, la joven avanzaba con una seguridad propia de quien tiene la prioridad. A Henri se le encogió el estómago al plantearse la posibilidad de tener que retroceder y probablemente perderse aún más.
Cuando estuvieron lo suficientemente cerca y lo vio, la joven echó mano de la espada rápidamente y desenfundó con una facilidad y una destreza inquietantes, sin rozar siquiera las angostas paredes.
—¡Me has engañado! ¡Vas a pagar por ello!
Henri dejó caer su candela, que inmediatamente se apagó, y echó mano a la daga que llevaba al costado. Consiguió detener la espada, que le cayó encima casi sin verla; apartó la hoja y evitó así que le cortara el brazo, pero sabía que no podría contener a una espadachina (aunque no fuera especialmente competente) solo con una daga, y aquella mujer era más que competente. En el momento en que echó la espada atrás y se preparó para una nueva embestida, Henri retrocedió y habló con toda la rapidez y la claridad que pudo.
—¡Parad! ¡Yo no os he engañado! ¡No sé siquiera quién sois!
La espada tembló en el aire.
—¿No eres el encargado del muelle de Ansgarde?
—¡No! ¡Soy uno de los ayudantes de la arquitecta! ¡De la arquitecta de la reina, Dutremblay!
La espada bajó aún más, y la mujer levantó su candela para iluminar el rostro de Henri.
—Hmmm. Mis disculpas, asistente. Ese bigote…, y eres pelirrojo.
—Soy consciente de que soy pelirrojo —respondió Henri, aún rígido—. Y no creo que sea motivo para ensartar a un desconocido. Tengo una espada en mis aposentos… Si me lo permites, iré a por ella…
—No, no, de verdad, te pido disculpas. El empleado socarrón que me dio indicaciones tenía el cabello castaño. En la oscuridad, con el uniforme de empleado, te he tomado por él.
—Es cierto que de momento soy un empleado, pero eso no debe detenerte —dijo Henri. No solo estaba asustado, sino también enfadado por el repentino ataque—. Ya te he dicho que no tengo ningún problema en ir a por mi espada, y podemos proseguir esta discusión en un lugar más adecuado. He oído que hay una parte de la zanja bajo el puente donde…
—No eres el encargado del muelle, pero nos hemos visto antes, ¿no? —le interrumpió la mujer. Aún tenía la candela en alto, y examinaba el rostro de Henri atentamente.
—No lo creo —dijo Henri—. Ni deseo saber…
La miró, y no acabó la frase. Ahora que la veía de cerca le resultaba familiar. Pero no podía ponerle un nombre a su rostro. Era más una sensación que un recuerdo…
—No suelo pedir disculpas, pero te ruego que me perdones —dijo la joven—. ¿Quieres hacerme el favor de enseñarme el camino a la plaza del Dial, y a los barracones de los mosqueteros?
—Si supiera por dónde se va, a ambos nos iría mejor —dijo él—. ¿Y tú quién eres, a todo esto?
La joven envainó la espada, se rio y se quitó el sombrero, rozando el techo. Se agachó y adelantó un pie, haciendo una reverencia con la máxima elegancia que le permitía el angosto túnel.
—Bueno, pues quizá podamos encontrar la salida juntos. Soy Agnez Descaray, nueva cadete de los mosqueteros de la reina.
Henri respondió con una reverencia más tímida. Le sonaba mucho aquel rostro… Aquello era todo un misterio.
—Yo soy Henri Dupallidin —respondió. Era consciente de la animosidad entre los mosqueteros de la reina y los persevantes de la cardenal, y suponía que se extendería a todos los que trabajaban al servicio de la cardenal, así que pensó que ir vestido de negro, el color preferido por Dutremblay, en lugar del rojo y amarillo cardenalicio le evitaría problemas ahora, pese a que le hubiera metido en ellos poco antes—. Soy asistente de la arquitecta de la reina. Desde hace muy poco: llegué anteayer, motivo por el que no tengo ni idea de dónde estamos. Me perdí al volver de una de las bodegas. ¿De dónde vienes tú?
—Del embarcadero del Bastión Ansgarde —respondió Agnez—. Los mosqueteros del muelle me dejaron pasar, pero no me dieron indicaciones. Había un empleado que registró mi llegada… Me dijo que era muy fácil llegar a la plaza del Dial, y que allí encontraría los barracones. Solo tenía que girar una vez a la izquierda y otra a la derecha, y así alternativamente en cada cruce. Pero llevo horas perdida en este laberinto.
Henri asintió.
—Les encanta dar indicaciones falsas a todos los nuevos —dijo—. Ahora ya ni pregunto. Salvo a los rehusantes. Creo que ellos tienen miedo de no decir la verdad.
—He visto algún rehusante a lo lejos, pero para cuando llego a su altura ya ha desaparecido.
—Hay cientos de ellos trabajando aquí; es sorprendente la cantidad de trabajo que queda por hacer —dijo Henri—. Están por todas partes. ¿Has visto escalinatas ascendentes en los lugares por los que has pasado?
—Muchas —respondió Agnez—. Pero me he mantenido en este nivel, tal como me dijo ese payaso. Girando a la izquierda y a la derecha…
—Si volvemos por donde he venido…, creo que sé dónde me equivoqué —propuso Henri.
No solo lo pensaba: estaba seguro. Había contado los pasos y los giros durante el descenso a la bodega, pero había dejado que la hosquedad de los obreros le distrajera, y se había equivocado de puerta. Había evitado retroceder porque no quería volver a encontrarse con ellos, pero ahora tenía una excusa: le estaría enseñando el camino a aquella mosquetera extraviada. Dudaba que mostraran la misma insolencia ante ella, que parecía perfectamente dispuesta a usar sus diversas armas.
—Bueno, no tenemos un plan mejor —respondió Agnez, que ladeó la cabeza y miró a Henri—. Estoy segura de que hemos coincidido antes…, no en Lutacia. Con tu cabello pelirrojo y tu acento, yo diría…
—Soy bascón, es cierto —dijo Henri, irguiendo el cuerpo y apoyando la mano en el pomo de su daga—. ¿Tienes algo que decir…?
—¡Tranquilo, gallito! —exclamó Agnez—. ¿Estás seguro de que eres un empleado? ¡Pareces tener más ganas de luchar que cualquier mosquetero!
—Voy a ser soldado —dijo Henri—. Artillero, espero. De momento, solo soy empleado.
—Yo también soy bascona —dijo Agnez—. Descaray está a apenas diez leguas de Farroze.
—Oh. Bueno, mi padre es sacristán del templo de Huaravael. ¿Lo has visitado alguna vez?
—¡Nunca! —exclamó Agnez.
—Pensé que quizás hubieras estado allí, porque yo también tengo la sensación de que nos hemos visto antes —admitió Henri—. Pero llevo muy poco tiempo en Lutacia, y antes de venir aquí no había salido nunca de Huaravael.
—¡A lo mejor somos espíritus afines! —exclamó Agnez—. ¡Y me gustarás mucho más si, en cuanto salgamos de aquí, me enseñas algún sitio donde podamos bebernos una jarra de vino! Tengo la garganta más seca que el polvo de ladrillo que llevo pateando unas cuantas horas.
—Hay una taberna en la plaza —dijo Henri—. Pero los soldados solo pueden entrar en días determinados, según el regimiento al que pertenezcan. Creo que los mosqueteros tienen los miércoles y los viernes… Y hoy es martes.
—¡No puedo creerme que un mosquetero acepte algo así! —exclamó Agnez—. ¡Beberemos donde y cuando queramos!
—Primero tenemos que encontrar la salida —dijo Henri—. Sígueme.
Se agachó para recoger su candela, pero descubrió que la había pisado, la cera se había hecho papilla y la mecha se había roto. En aquel momento Agnez se pasó la suya de la mano izquierda a la derecha con demasiada rapidez, y también se apagó.
De pronto se hizo muy muy oscuro. Henri pensó en todos los escalones por los que podrían caer, en las alcantarillas a las que aún no les habían puesto tapa, en el foso que había cruzado por una pasarela improvisada hecha de tablones (aunque sí, aquello había sido en otro bastión)…
—¿Tienes una cerilla, o acero y pedernal? —preguntó Henri. Consiguió que su voz no reflejara su nerviosismo, lo cual ya era motivo de satisfacción —. Yo no.
—¿Tenemos luna nueva, o está en cuarto creciente? —preguntó Agnez.
—¿Qué?
—No importa. Probaré de todos modos.
En la ala del sombrero de Agnez apareció un suave brillo que iluminó los dos dedos que había acercado al icono que llevaba prendido. Henri la oyó susurrar un nombre que hizo que los vellos de la nuca se le pusieran de punta, un efecto secundario habitual de cualquier invocación.
—¡Jashenael, Jashenael, dame tu luz!