Magia angelical

Garth Nix · Capítulo 3 de 37

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Magia angelical

Capítulo 2

2

 

 

Liliath dispuso el cuerpo del hermano Delfon en el suelo, junto a su mesa de trabajo, y le cerró los ojos con gran suavidad. Mazrathiel se retiró, deseoso de salir de allí después de haber sido invocado a su pesar para poner fin a una vida, y sin duda se mostraría más reticente la próxima vez. Aunque a Liliath eso no le preocupaba. Si necesitaba a Mazrathiel, él tendría que responder, como hacían todos los ángeles correspondientes a los iconos que había creado o usado. No toleraría ninguna desobediencia.

El icono de Foraziel que había hecho el anciano ocupaba un lugar de honor sobre su mesa. Era un buen trabajo, más que competente. Sentía la presencia potencial del ángel en la imagen, que mostraba la representación más habitual de Foraziel: una mujer medieval nada llamativa, sorprendida ante algo bueno que ha descubierto; solo el fino halo indicaba que era un ángel.

—Debo saber quiénes son y dónde están —susurró la joven—. Solo cuatro…

Pero no hubo tiempo de invocar a Foraziel. Estaba a punto de amanecer, y Liliath tenía que salir del templo antes de que la descubrieran. Cogió el nuevo icono y se lo metió con otros en uno de los bolsillos secretos del interior de su hábito. Tardó unos minutos más en encontrar el libro de Decarandal sobre creadores de iconos con su imagen que había visto en la mente de Delfon gracias al poder de Pereastor. Arrancó las páginas que le interesaban y también se las metió en el bolsillo. Luego salió de allí, cerrando suavemente la enorme puerta de roble a sus espaldas.

A pesar del tiempo pasado, el templo había cambiado poco desde el día en que se había colado para ocultarse en el interior de la Tumba de la Santa, ciento treinta y siete años antes. Abriendo otra puerta, salió al claustro este, donde hizo una pausa, paseando la mirada por el gran patio pavimentado, cuya única luz era la de las estrellas. Se veían formas en el suelo, y se oían ronquidos, lo que indicaba la presencia de un grupo de peregrinos, gente de un estatus insuficiente como para que les permitieran acceder a las habitaciones de invitados o a los dormitorios; ni siquiera se les permitía la entrada al templo, pero les permitían dormir allí. Curiosamente, iban todos vestidos del mismo color claro, que resultaba difícil de distinguir a la luz de la luna. Quizá fuera un azul verdoso… o un gris. Como un uniforme, aunque hecho jirones, y no parecían soldados. Liliath vaciló. Eran más de una docena, y la puerta de salida se encontraba del otro lado del patio. Era probable que alguno se despertara a su paso, y eso complicaría las cosas. De uno u otro modo. En aquel momento de duda oyó el suave roce de unos pies desnudos sobre la piedra, alguien que se le acercaba por detrás. Se giró y vio a un hombre encapuchado vestido de gris con la daga desenfundada. Se lanzó sobre ella, pero ella fue más rápida, y se apartó hacia un lado en un movimiento fluido que debería de haber hecho desistir al hombre. Pero no fue así.

—No te mataré —susurró, lo que le hizo suponer a Liliath que los que dormían en el patio no eran necesariamente aliados de su atacante, o quizá que temía que los guardias de la garita del templo los oyeran e intervinieran. Tenía muchos dientes rotos, y el brazo izquierdo le caía junto al costado, mustio e inútil. Pero su brazo derecho era muy fuerte, y era en el que llevaba el cuchillo—. Tú sé buena chica y dame esos anillos. Y no creas que puedes invocar a un ángel; te degollaré en un momento. En todo caso, no te servirían de nada, soy un rehusante.

—¿Y quién crees que soy yo? —preguntó Liliath sin inmutarse, ni susurrando ni elevando la voz.

Tomó nota de la palabra «rehusante» y del leve resplandor de Palleniel que percibía en la sangre del supuesto ladrón. Estaba claro que habría tenido que preguntarle muchas cosas al hermano Delfon, cosas de las que ahora tendría que informarse más directamente.

—No lo sé —dijo el hombre, observándola atentamente, con la daga a punto para atacar otra vez—. La Vieja Brill leyó en las estrellas que aquí encontraríamos nuestra gran fortuna. Por una vez tenía razón. ¡Quítate los anillos!

—Dices que eres un «rehusante» —dijo Liliath. Por su piel o sus rasgos no reconocía su origen. La piel del hombre tenía el tono de un árbol de la ceniza y sus ojos eran verdes, pero con eso nadie habría podido deducir nada. Muchas tribus ancestrales se habían asentado en Ystara y Saranza milenios atrás, y habían mezclado sus sangres, por lo que sus descendientes tenían la piel de tonos muy diversos, desde el negro más profundo al blanco más pálido. Pero aquel rastro de Palleniel en su interior solo podía significar una cosa—. ¿Así que eres descendiente de ystarianos?

—Por supuesto —murmuró el hombre, que lanzó un nuevo ataque, pero Liliath inclinó el cuerpo hacia atrás en una curva imposible, como si tuviera una bisagra en la cintura.

La hoja pasó rozando su objetivo, la garganta. Sin embargo, antes de que el hombre pudiera recuperarse, ella giró sobre sí misma, lanzó la mano y le aferró la muñeca, retorciéndole el brazo hasta hacerle girar todo el cuerpo y caer de rodillas.

Tenía una fuerza imposible para una chica tan joven y tan delgada. El ladrón emitió un sonido gutural, y al levantar la vista, atónito ante lo que estaba sucediendo, el blanco de sus ojos brilló en la noche.

—¿Y el hecho de que seas de Ystara significa que la magia angelical no funciona contigo? —preguntó Liliath—. ¿Podría convertirte en alguna criatura infernal?

—Sí, sí —dijo el hombre—. ¡No lo pruebes!

—O morirías de peste gris —se planteó Liliath.

Oyó que alguno de los durmientes se despertaban a sus espaldas, así que tiró un poco del hombre por la muñeca para situarse donde pudiera ver si acudía alguien más al ataque.

—Más bien me convertiría en un monstruo —respondió el ladrón, jadeando—. Te mataría, sin duda.

Liliath no respondió; en lugar de eso intentó llegar a esa diminuta fracción de Palleniel que había dentro del hombre.

—Yo creo que será la peste —dijo, y dirigió su voluntad a la partícula de su ser que también era el arcángel.

Un segundo más tarde, empezaron a aparecer unas manchas de ceniza gris en las comisuras de la boca del ladrón. La ceniza también fue apareciéndole alrededor de los ojos, y cayéndole por los oídos y por debajo de las uñas. Liliath lo soltó y dio un paso atrás, y la ceniza empezó a fluir, lenta pero progresivamente, casi como una sangre medio coagulada. El hombre consiguió aguantarse sobre las rodillas unos segundos más, pero luego cayó de lado, y la ceniza siguió saliendo de cada orificio, poro y herida, hasta crear un charco a su alrededor.

Para cuando murió, unos minutos más tarde, todos los presentes en el patio estaban despiertos y miraban a Liliath, habían encendido numerosos faroles y los sostenían en alto, creando zonas de luces y sombras. Ella se giró hacia ellos, consciente de que a aquel grupo le pasaba algo. Tenían diferentes colores de piel y de cabello, y diferentes rasgos faciales, como era de esperar. Había gente de todo tipo, pero…

Tardó un momento en comprender que muy pocos de ellos podían ponerse en pie. La mayoría de ellos estaban encorvados, o plegados por la mitad, o mantenían un extraño equilibrio irregular que dependía de los bastones o los compañeros en los que se apoyaban. A las caras que se giraron hacia ella les faltaban ojos, narices y dientes, consecuencia de enfermedades y lesiones que, en la mayoría de los casos, un ángel podría curar —o al menos mejorar— sin dificultad. Pero estaba claro que ninguno de ellos había disfrutado del contacto sanador de un ángel en su vida.

Afrontó sus miradas asustadas, inquisidoras, en muchos casos hostiles, observó sus curiosas túnicas y capas de color gris, y poco a poco, uno por uno, todos fueron arrodillándose, agachándose y bajando la cabeza, postrándose ante ella como se hace ante un rey o una reina. Solo uno no inclinó la cabeza tanto como los demás y, un momento más tarde, levantó la vista y se encontró con la mirada de Liliath. Tenía la piel de color tostado, como la miel de flores de brezo, y antes debía de haber sido guapo. Pero ahora tenía la cara llena de cicatrices en forma de media luna por alguna viruela terrible que le había dejado un ojo cerrado y le hacía parecer mucho mayor de lo que era, o eso creyó Liliath viendo su otro ojo, que tenía un aspecto joven y vivo, también por su voz juvenil.

—¿Así que realmente eres la Doncella de Elanda renacida? ¿Tal como nos decían los antiguos? A mi bisabuela le habría encantado verte. Lástima que muriera la semana pasada.

—No he renacido —dijo Liliath, con el mismo tono de voz. Aquel joven cubierto de cicatrices no mostraba todo el respeto que cabría esperar, aunque hablaba con cierta autoridad, como si fuera el líder de aquel grupito heterogéneo—. Solo he despertado. Supongo que eres de la Orden de Ystara, y que has visto la señal, ¿no? —añadió, y levantó la vista al cielo, hacia aquel fragmento rectangular de cielo estrellado sobre el patio, delimitado a cada lado por los edificios del templo.

Desde la antigüedad se debatía sobre si el cielo nocturno era el lugar donde moraban los ángeles o si simplemente era un reflejo, una representación de su existencia y su poder.

Fuera como fuera, el cielo era un indicador bastante fiable del estado de los diversos poderes angelicales.

Tal como era de esperar allí, en Saranza, la estrella de Ashalael brillaba en el punto más alto y con más fuerza que ninguna. Pero Liliath no miró hacia allí; buscó más hacia el oeste, y luego un poco hacia el sur. En otro tiempo, la estrella de Palleniel había brillado en ese punto, no con la luz que tenía en Ystara, pero aun así seguía siendo una de las siete estrellas más brillantes. Ahora allí solo había oscuridad. Si embargo, tres dedos a la izquierda de aquella ausencia brillaba una estrella muy pálida, casi violeta. Apenas visible, incluso para Liliath, que tenía una vista sobrehumana y que sabía exactamente dónde mirar. Sin embargo, era visible, y un observador atento, provisto de telescopio y de cierta intuición —o de instrucciones— podría encontrarla mirando hacia aquel rincón del cielo.

La estrella era la de Jacqueiriel, un compañero menor de Palleniel, que tenía el poder de dar la sensación de tener buenas noticias, de la proximidad de un evento feliz, dentro de los límites geográficos de Ystara. Un poder limitado, puesto que Jacqueiriel no podía comunicar ningún detalle, y en los días previos a la peste había sido usado sobre todo por los amantes que querían enviar la emoción de un regalo que llegaría más tarde.

En este caso, la estrella del ángel era un augurio de la reemergencia de Palleniel, y por tanto del despertar de Liliath. Un indicador visible de que se había enviado el mensaje a la Orden de Ystara, o a sus herederos y descendientes.

—¿La orden? —preguntó el joven con la cara marcada—. No hay orden, no hay señores con tabardos blasonados, cadenas de oro y espadas relucientes. Solo está la Vieja Brill, que se sienta en los lechos de los agonizantes y escribe historias, y que observa los cielos. Nos dejaste demasiado pronto como para saber cómo irían las cosas. A los ystarianos no se nos permite recordar nuestro propio país, no se nos permite recordar. Nos llaman los rehusantes, porque debe ser por culpa nuestra que los ángeles nos dan la espalda, o que nos cambian a peor. Debemos vestir de gris, para que no se produzcan accidentes, para no crear abestiados. Y no debemos mostrarnos demasiado en público, salvo como siervos y mano de obra, para que la gente respetable no pueda contagiarse de algún modo de nuestras miserias.

—Tú sigues siendo de la orden, cualquiera que sea tu aspecto exterior — dijo Liliath, hablando con plena convicción—. Y serás curado, y renovado, cuando volvamos a Ystara y regrese Palleniel.

Su discurso fue recibido con silencio. Pero no fue un silencio reverencial, tal como esperaba Liliath. Más bien era un silencio pesado, malhumorado.

—¿No me crees? —preguntó, mirando al joven, su rostro destrozado por la viruela. En su interior tenía el brillo de Palleniel, más intenso que en los otros. Su antepasado debía de haber estado muy cerca de ser apto para sus fines. Probablemente, eso contribuyera a que se hubiera erigido en líder de aquel grupo de desharrapados—. ¿Cómo te llamas?

—Me llamo Bisc. Es diminutivo de Biscaray. Soy el Príncipe de la Noche —respondió el joven—. Rey de las Sombras ahora, supongo, en vista de que has liquidado a Franz Brazomustio, que era nuestro señor más noble. A menos que alguien quiera desafiarme, claro…

Pronunció aquella palabras en voz alta, dirigiéndose a los rehusantes presentes.

Nadie se movió. Nadie respondió.

—¿Rey de las Sombras? ¿Quieres decir que eres el señor de los mendigos, ladrones y cosas por el estilo? —preguntó Liliath—. ¿Los bajos fondos de toda Saranza?

El Rey de las Sombras se rio.

—En absoluto. Solo en Lutacia, y solo de los rehusantes. Pero a falta de otras opciones, somos, con mucho, los más numerosos, así que somos los señores de la noche. Tal como les gusta decir a los nobles y poderosos, «no todos los ladrones y mendigos son rehusantes, pero todos los rehusantes son ladrones y mendigos».

—¿Y por qué habéis venido aquí, si no creéis que yo pueda ofrecernos una nueva vida en Ystara?

—Franz nos lo ordenó —dijo él, encogiéndose de hombros—. La Vieja Brill a veces lee cosas útiles en el cielo, de vez en cuando. Nuestro antiguo Rey de las Sombras pensó que quizá sería una ocasión para sacar algo y, en el peor de los casos, nos dábamos un paseo.

—Ya has visto lo que le he hecho —dijo Liliath, esbozando una sonrisa perversa—. Y, aun así, percibo vuestras dudas. Y aunque os hayáis arrodillado, no percibo un sometimiento sincero.

—Peste o monstruo, podría haber sido cosa de suerte —dijo el nuevo Rey de las Sombras, preocupado. Vaciló, ya no tan convencido como antes—. Pero no dudo de que…

—¿Necesitas más pruebas? —insistió Liliath—. ¿Quieres que te cure, que te devuelva la suavidad de la piel, que ese ojo te quede igual que el otro?

Eso sería difícil, quizá demasiado difícil. Pero si tenía éxito, obtendría varios éxitos. Le vio contener una tímida réplica.

—Sería una prueba útil, ¿no te parece? —preguntó Liliath.

Biscaray irguió el cuerpo y se le acercó, parándose a poco más de un metro. No volvió a arrodillarse, y su mano derecha pasó rozando la empuñadura de una hoja solo cubierta en parte por su túnica gris. A la luz del farol que tenía detrás, Liliath vio la absoluta ferocidad de las marcas de viruela, el rastro de cicatrices dejado por alguna enfermedad que le había escavado la piel y no solo le había desplazado el ojo izquierdo, como pensaba, sino que lo había dejado oculto bajo una excrecencia de tejido cicatricial.

—Si puedes hacer lo que dices, demostrará que eres quien dices que eres —dijo, con voz tranquila—. Si fracasas, te rebanaré el pescuezo, o lo hará mi pueblo por mí.

—No temas lo que voy a hacer, no te vuelvas en mi contra —respondió Liliath, que se giró hacia la multitud, levantando la voz—. Esto no es más que un anticipo de lo que os espera en Ystara, cuando volvamos.

Levantó la mano derecha y, sin apartar la vista del Rey de las Sombras, tocó el anillo que llevaba en su pulgar izquierdo. Gwethiniel, la gran sanadora. Había muchos ángeles con capacidad de curar, muchos inferiores a él, pero pocos superiores. Gwethiniel era una potestad, y no convenía invocarla a la ligera. La mano del hombre se tensó y agarró el cuchillo, pero no lo desenvainó. Liliath esperó, sintiendo la presencia distante del ángel, pero sin invocarlo aún.

—¿Tienes el valor necesario? —susurró.

Veía un brillo de esperanza bajo el velo de sospecha de su rostro, aunque intentara ocultar sus emociones.

—Ya me he jugado la vida a los dados antes —dijo el Rey de las Sombras encogiéndose de hombros—. Una vez que se ha tomado la decisión, ¿qué más da tirarlos una vez más?

Liliath invocó a Gwethiniel al mismo tiempo que imponía su voluntad sobre el fragmento de Palleniel que llevaba dentro el joven, obligándole a retirarse. El arcángel forcejeó, y Gwethiniel también se resistió a responder a su invocación.

—Me obedeceréis —murmuró Liliath, hablándoles a la vez a la esencia de Palleniel y a la ángel reticente—. Me obedeceréis.

—Obedezco —respondió la voz en el interior de su mente. Gwethiniel, que habitualmente tenía una voz serena y segura, habló con voz forzada, rasposa—. ¿Qué ordenas?

—Cúralo —ordenó Liliath, aunque hablaba mentalmente—. Pero no toques el vestigio de Palleniel.

—Mi poder consiste en restaurar el orden natural, y normalmente se usa para sanar a los «mortales» —dijo Gwethiniel—. La presencia de otro me impide actuar. No puedo actuar contra alguien tan grande, aunque no esté presente del todo.

—Sí que puedes —ordenó Liliath—. Yo lo contendré. Haz lo que te ordeno.

—Es muy peligroso —susurró Gwethiniel—. Para todos.

—¡Haz lo que te ordeno!

Liliath dijo aquello último gritando, y los presentes se encogieron al percibir el poder de sus palabras. Tras ellos, en la garita del portero, se encendió una antorcha. La vigilante de la puerta, o uno de los guardias del templo, se había despertado. Se oyó el murmullo de unas grandes alas sobre sus cabezas. De pronto, una luz cálida y un olor a madreselva inundaron el patio. El Rey de las Sombras gritó y cayó, y la propia Liliath se agazapó, aplastada por el gran poder que estaba canalizando, pero solo por un momento; luego levantó el cuerpo y recobró la compostura. Un grueso mechón de su cabello se había vuelto blanco, y el rostro se le había cubierto de arrugas, pero fueron cambios transitorios, que enseguida se revirtieron, aun cuando Palleniel se revolvía en su contra. Lo contuvo imponiendo su fuerza mental, al tiempo que enviaba a Gwethiniel a acabar el trabajo que aún tenía a medias.

—¡Nadie puede desobedecerme! —bramó Liliath—. ¡Haréis lo que os ordeno!

Se oyó el aleteo de Gwethiniel. Estalló un trueno, pero acabó su tarea y se fue en el mismo instante, retirándose mucho más rápidamente de lo que había venido, antes incluso de que Liliath le diera permiso para hacerlo.

El Rey de las Sombras levantó la cabeza y se la tanteó. Las marcas de viruela habían desaparecido, su piel de color miel estaba suave y joven, y su ojo estaba en el lugar correcto. Se pasó las manos bajo el jubón, tanteando la piel del torso, con gesto de asombro. Irguió el cuello, se giró hacia los demás y todos los faroles le iluminaron, mientras levantaba la cabeza y se abría el jubón para mostrarles a todos su pecho de piel perfecta.

—Estoy…, ¡estoy curado!

Y en el mismo momento en que hablaba se produjo una avalancha en dirección a Liliath, una avalancha irregular, a trompicones, de gente que levantaba los brazos y la voz, suplicándole:

—¡Cúrame! ¡Cúrame! ¡Ayúdanos!

—¡Ahora mismo no puedo hacer nada más! —se defendió Liliath, levantando la mano.

Estaba muy fatigada, a pesar de su fuerza inhumana, pero no lo demostró. No podía permitirse mostrar debilidad. No había señales visibles en su cuerpo del precio que se había cobrado la invocación, pero aún sentía la piel de su rostro reparándose, las finas arrugas restaurándose. Sonrió levemente para transmitir confianza, pero también porque había obligado a un ángel a cumplir su voluntad sin pagar el precio, y no lo pagaría nunca.

—Todos serán curados cuando regresemos a Ystara.

Aun así seguían echándose encima de ella, ansiosos. Liliath retrocedió, situándose tras una de las columnas, preparándose para golpear al más avanzado, porque en aquel momento no se atrevía a usar magia angelical. Estaba demasiado agotada y no podría controlar el resultado, y un cambio monstruoso probablemente acabaría matándolos a todos. Incluso a ella misma, aunque no era fácil acabar con ella.

Pero Liliath no tuvo que hacer nada. Biscaray soltó un grito y desvió la marea de rehusantes a un lado, empujando a los más adelantados y haciendo caer a unos cuantos sobre las piedras del suelo. Actuaba como si fueran una jauría de perros lanzándose sobre la carne, como un domador, sin miedo pese a su número.

—¡Atrás! ¡Atrás y abajo! ¡Abajo!

La marea cesó. Los rehusantes se dejaron caer de rodillas y el momento de ansiedad pasó. Pero tras ellos, Liliath oyó que se abría la puerta que les había tenido encerrados en el patio durante la noche, y el chasquido de los pestillos al correrlos. La vigilante del templo llegaría al cabo de unos momentos, seguramente acompañada de un puñado de guardias, furiosos por haber sido despertados antes del amanecer, especialmente por unos huéspedes en absoluto bienvenidos.

—Necesito una capa —le dijo Liliath a Biscaray—. Con una capucha o un sombrero. Y debemos marcharnos lo antes posible.

—Como ordenes —respondió Biscaray, que dio órdenes a una rehusante que tenía cerca. Esta rebuscó en su petate, mientras otros arrastraban el cuerpo del antiguo Rey de las Sombras hasta el rincón más oscuro de los claustros—. Salir de aquí no será difícil. Nos echarán, estoy seguro. Pero luego… ¿Nos vamos a Ystara?

—No —dijo Liliath en voz baja—. Necesito enterarme de todo lo que ha ocurrido durante mis años de reposo. No me esperaba que Ystara aún estuviera invadida por los abestiados. Necesitaremos un ejército para regresar.

—¿Un ejército? Todo rehusante responderá a tu llamada, en cuanto se sepa…

—No —le interrumpió Liliath—. No podemos dejar que se extienda la noticia de mi regreso, sobre todo entre los que no son de Ystara. Hay muchos en Saranza y en el resto del mundo, e incluso en los cielos, que no desean que Ystara vuelva a levantarse. Tanto mortales como ángeles que plantearían oposición al regreso de Palleniel, a los que habrá que engañar para que nos ayuden. Tenemos que ser… listos.

—Así es el Clan de las Sombras. Vivimos aprovechando nuestro ingenio y la habilidad de nuestras manos —dijo Biscaray.

—Y gracias a vuestras astucias también, supongo —dijo Liliath, que le sorprendió con un guiño pícaro.

No podía ser que sintiera ningún deseo por un simple humano: los sentimientos que le inspiraba Biscaray, ahora convertido en un joven casi hasta atractivo, no eran nada en comparación con su amor desbocado por Palleniel. Pero el acto físico la distraería, le ofrecería cierto alivio de la intensidad y la presión del destino por el que estaba luchando. Decidió que se llevaría a Biscaray a la cama cuando fuera el momento. Para tenerlo más controlado, como había hecho ya antes tanto con hombres como con mujeres, no todos jóvenes y atractivos, como era ahora él.

Le entregaron una capa. Liliath se la puso, se caló la capucha y se envolvió el cuerpo. Curvando el cuerpo hasta casi doblarse por la mitad, se introdujo entre la multitud justo en el momento en que la verja se abría con un chirrido y entraba la vigilante seguida de cuatro guardias somnolientos que iban clavándoles las porras y soltando golpes a los que encontraban.

—¿Cómo os atrevéis a alterar la paz del templo? —gritó la vigilante, levantando la voz por encima de todos los demás.

Hizo una pausa para levantar la mirada al cielo en el que aún no se insinuaba el amanecer, frunciendo el ceño al ver aquella extensión azul oscuro, porque estaba segura de que había oído tronar. Pero también era cierto que estaba muy dormida… En cualquier caso, estaba segura de que había oído el parloteo sacrílego y los gritos de aquellos viles rehusantes.

—¡Fuera! ¡Fuera! ¡Así pagáis nuestra hospitalidad! ¡Fuera de aquí!