Magia angelical

Garth Nix · Capítulo 1 de 37

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Magia angelical

Jerarquía de ángeles

 

Serafines

Querubines

Tronos

Dominaciones

Virtudes

Potestades

Principados

Arcángeles

PRÓLOGO

 

— olo quedamos once —dijo la joven guardia. Estaba agotada. Se apoyaba S

en su espada, manchada de ceniza gris de la empuñadura a la punta—. No creo que podamos conservar ni siquiera esta torre mucho más tiempo.

—¿Once? —preguntó la anciana cardenal Alsysheron, que aparentaba muchos más de los setenta años que tenía.

Se sentó al borde de la gran ventana sur, que estaba rematada en un arco; no había ningún otro sitio donde sentarse en el campanario de la torre; la mayor parte del espacio lo ocupaba la gran campana de San Desiderus, una enorme mole de bronce, ahora muda. No tenía sentido dar la alarma; además, los campaneros estaban todos muertos.

Alsysheron había plegado la larga cola de su túnica escarlata para hacerse una especie de cojín que apoyó en la fría piedra. Solo llevaba una zapatilla, y su cabeza afeitada iba descubierta, sin bonete ni mitra por primera vez en muchos años; el pelo incipiente creaba una tenue sombra blanca sobre su oscura piel. La cardenal había huido a toda prisa de su lecho improvisado en el gran salón justo en el momento en que las criaturas habían encontrado el modo de colarse a través de las bodegas y la cripta.

—No he tenido noticias de otro ataque…

—La peste gris ha acabado con Omarten —respondió la guardia, dándole a la plaga su verdadero nombre, recién descubierto. Ella no pertenecía siquiera al servicio de la cardenal. Dos días antes no era más que una recluta de los caballeros del rey. Sin embargo, al caer el palacio en manos de los monstruos, había seguido el río con los supervivientes hasta llegar a la catedral, que en otro tiempo había sido una fortaleza y que parecía ofrecer una mínima esperanza de supervivencia—. Tuvimos que acabar con su cuerpo.

—No hacía falta —dijo la cardenal—. Tal como hemos visto, la transformación no se produce después de la muerte.

—No queríamos correr riesgos —murmuró la guardia, que se echó hacia delante, con aquellos profundos ojos marrones de pronto bien abiertos, mirando con intensidad, sin rastro ya del agotamiento. A la cardenal le pareció que era muy joven, demasiado como para llevar coraza y morrión, y pistolas en el cinto, antes azul y ahora cubierto de manchas color ceniza de la sangre de las criaturas—. Eminencia…, ¿no es hora?

—¿Hora de qué, hija mía?

—¡De invocar a Palleniel!

Había urgencia en su voz; ya no se apoyaba en su espada, sino que la tenía levantada.

—¡Seguro que él puede enmendar esto!

La cardenal meneó la cabeza lentamente y dirigió la mirada a la ciudad de Cadenz, a la parte que se podía ver bajo la enorme nube baja de humo negro y denso. Se veían muchos incendios, ahora que panaderos y cocineros habían caído víctimas de la peste gris y ya no controlaban sus hornos y cocinas, fuegos fuera de control, sin nadie vivo que pudiera combatirlos. Desde luego, los monstruos no iban a hacerlo. De hecho, uno de los incendios más grandes lo había iniciado alguien —probablemente, un oficial de la guardia capitalina, desesperado— con la esperanza de contener a los monstruos en la orilla norte del río, sin darse cuenta de que las criaturas no eran invasores, sino personas transformadas, por lo que iban apareciendo por todas partes.

—La magíster Thorran hizo un informe antes de morir —dijo la cardenal —. Es la magia angelical la que hace que las víctimas se conviertan en monstruos cuando aún están vivas. Demasiados magos y sacerdotes han invocado a sus ángeles para pedirles la curación al iniciarse la plaga, o para que los ayudaran a defenderse: lo he visto yo misma, y estoy segura de que tú también lo habrás visto… Lo siento, he olvidado tu nombre.

—Ilgran, eminencia. Pero seguro que donde los ángeles menores han fallado, Palleniel…

La arzobispo meneó la cabeza con más decisión.

—He tardado demasiado en comprender la naturaleza de todo esto, Ilgran —dijo—. Quizá tú seas más rápida que yo cuando oigas estas tres cosas.

Levantó la mano, contando con sus finos dedos. Cada dedo iba cargado de anillos con iconos; en algunos de ellos llevaba más de tres. Cada icono representaba un ángel que la cardenal podía invocar, aunque ninguno de ellos tenía el poder del que aparecía representado en el pesado medallón grabado en oro que llevaba al cuello, colgado de una cadena de eslabones plateados en forma de eses.

—En primer lugar, he pedido a Esperaviel que volara a Barrona y a Tarille, al inicio del istmo: confirma que la peste gris no se extiende ni un metro más allá de los confines de Ystara. Es más, ella misma no pudo rebasar la frontera…

—Yo no soy una gran maga, eminencia —dijo Ilgran, ruborizándose levemente. Había conseguido una plaza en los caballeros del rey gracias a que su tía era teniente, no por su destreza con la espada ni por su gran habilidad con la magia—. No conozco a Esperaviel. ¿De qué orden…?

—Es un principado, a las órdenes de Palleniel; los cielos de Ystara están bajo su control. Me dijo que las fronteras estaban bloqueadas por los arcángeles vecinos, por el poder de Ashalael de Saranza, al norte, y de Turikishan de Menorco, al sur.

—¿Se han puesto de acuerdo para atacarnos? Pero ¿por qué? No…

—No, no es un ataque, al menos no desde el exterior. Simplemente, han cerrado las fronteras a todos los seres celestiales. Todas nuestras fronteras. ¡Escucha! Lo segundo es que Esperaviel me informó de que había visto a la doncella de Elanda cruzando la frontera hacia Saranza, con muchos seguidores. Y lo tercero…

La anciana hizo una pausa y suspiró pesadamente. Dejó caer la mano, apoyándola en el regazo, y volvió a levantarla para agarrar la mano izquierda de Ilgran entre sus dedos huesudos y apoyarse en ella para ponerse en pie no sin dificultad.

—Y lo tercero es que invoqué a Palleniel el primer día, cuando el rey empezó a sangrar y vimos que su sangre era de color gris. Palleniel respondió, pero no hizo lo que le pedí. Dijo que ahora responde ante otro.

—¡¿Qué?! Pero… eso… ¿cómo puede ser? ¡Vos sois la cardenal-arzobispo de Ystara! ¡Sois vos quien lleva el icono!

—Y Palleniel es el arcángel de Ystara. Pero mi icono (el antiguo icono de san Desiderus) ahora mismo es un pedazo de metal inerte, sin vida. ¿No lo has notado? El icono de Xerreniel que llevas en tu casco temblaría ante el mío si aún conservara su poder, por simple proximidad. Al retirarse Palleniel sentí que perdía su poder. Fue entonces cuando me pregunté hasta dónde podía afectar esta peste gris a nuestro pobre pueblo. ¿Qué poder podía llegar a malear todas las intervenciones de nuestros ángeles menores, y crear monstruos en lugar de sanar o de proporcionarnos la defensa que pedíamos? ¿Quién podría hacer algo así en Ystara?

—Los otros arcángeles…

—No —dijo la cardenal—. Aquí, en Ystara, Palleniel no tiene rival. Yo creo que los arcángeles vecinos han actuado lo mejor que han podido para limitar el alcance de la peste gris y de las criaturas que crea en los reinos terrenos que protegen. Tengo la sensación de que intentan hacer más, pero hay un choque de fuerzas en los cielos, un ataque dirigido a Palleniel. Porque esta plaga, los monstruos… tienen que ser obra de Palleniel. Sin embargo, como es normal, ningún ángel vendrá a nuestro mundo, ni actuará, si no es invocado por un mortal. Así que las piezas van encajando porque… ¿quién tiene la habilidad y el poder necesarios para crear un nuevo icono y llamar al propio Palleniel? Y, una vez conseguido, ¿quién tendría la arrogancia y la fuerza necesarias para invocarlo y pedirle que hiciera algo así?

Ilgran meneó la cabeza y frunció el ceño, con una mueca de incredulidad en el rostro.

—Supongo que solo puede ser la doncella de Elanda… Pero ¿por qué iba a querer… esto? ¡Es la muerte del reino! ¡La muerte de todos nosotros!

—No creo que ella quisiera esto —dijo la cardenal—. Pero, como siempre, con los ángeles hay que tener mucho cuidado. Cuanto mayor es su poder, mayor es la posibilidad de hacer daño de forma inintencionada. Deberíamos haber pensado en las consecuencias lógicas de su talento para crear iconos e invocar a los ángeles. ¿Digo talento? Quiero decir genialidad, por supuesto. Pero era…, es demasiado joven. A los diecinueve años no se puede nombrar a nadie magíster, ni obispo, no se le puede dar las enseñanzas ni permitírsele el acceso a las órdenes mayores. Aunque está claro que no necesitaba ni enseñanzas ni permisos…

—Yo la vi una vez. De lejos. Tenía una luz en los ojos, una enajenación… —recordó Ilgran, hablando lentamente. No miraba a la cardenal, sino a la ciudad en llamas—. Cuando se presentó para ver al rey con sus seguidores, pidiendo la consagración de su templo. Dedicado a Palleniel Exaltado, sea lo que sea lo que significa eso…

Ilgran hablaba con gesto ausente, con la mente en otra parte, aún asimilando lo que le acababa de contar la cardenal. Significaba que no habría rescate; probablemente, no viviría para ver el nuevo día, quizá ni siquiera llegara al amanecer. Abajo había muchos monstruos, y hacía al menos un siglo que la catedral no se usaba como fortaleza. En el campanario no había agua, ni provisiones, y además la puerta de la base era débil. Aunque no usaran un ariete, los monstruos más grandes podrían reventarla si se lo proponían.

—Quizá tendríamos que haberle concedido la consagración —se planteó la cardenal—. Pero yo no creo que esté loca. Salvajemente obsesionada, eso sí, seguro. La compadezco.

—¿Compadecéis a Liliath, eminencia? Si es como sospecháis, de algún modo ha corrompido a Palleniel, es responsable…, nos ha enviado la peste gris; ha matado a mis padres y ha convertido a mis hermanos en monstruos. ¡Si estuviera aquí, la mataría con gusto, si es que hay espada o pistola que pueda acabar con lo que sea en que se ha convertido!

—Oh, yo creo que sí, el frío acero o las balas podrían acabar con ella, aunque costaría lo suyo, igual que ocurre con los monstruos —dijo la cardenal —. Aunque quizá no tengas ocasión de usar la espada o la pistola, si realmente tiene a Palleniel a su servicio. Y también debe de tener a otros ángeles a sus órdenes, más de los que pensábamos. Pero sí, la compadezco, porque tal como te he dicho, no puede ser que esto fuera lo que buscaba. Tan joven, con un talento tan increíble, y, sin embargo, tan poco sabia, todo a la vez. Me pregunto qué sería lo que buscaba, quizá…

Fuera lo que fuera lo que iba a decir, se perdió en la nada, en el momento en que el primero de los monstruos que habían trepado por las viejas piedras resquebrajadas del campanario se lanzó sobre las almenas y le cayó encima, cortándole la garganta con sus espolones y tirándola al suelo.

Ilgran mató a uno con un mandoble de espada que acabó con el arma encajada en la boca de la criatura, pero luego cayó. Literalmente, porque, en el momento en que se agachaba para pasar bajo el borde de la gran campana y lanzarse por la trampilla, una de las criaturas se le acercó con las horribles mandíbulas abiertas y los dedos en garra. Ilgran aún tenía una pistola en el cinto, pero no llegó a disparar, pues el monstruo la miró con los ojos de Janeth. Los alegres ojos verdes de su hermana menor. La guardia se lanzó, sin intentar agarrarse a la cuerda. Mientras caía, lanzada al encuentro con la muerte, Ilgran pensó en el atisbo de esperanza que le daba la visión de aquellos ojos.

Tenía que haber alguna posibilidad de que un monstruo volviera a su forma humana.