Magia angelical

Garth Nix · Capítulo 13 de 37

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Magia angelical

Tercera parte

 

La cantera

12

 

La Casa Demaselle suponía una gran mejoría con respecto al cuartel del Rey de las Sombras en la muralla. No solo estaba en un barrio mucho más salubre de Lutacia, sino que el dormitorio de Liliath era el triple de grande y tenía altos ventanales que daban a los jardines amurallados de lo que básicamente era como una casa de campo en miniatura en el corazón de la ciudad, visible más allá de los muros.

El cambio se había producido sin ningún problema. Para Liliath, al menos. La antigua lady Dehiems y todo su personal, salvo los niños, ya habían abandonado este mundo. Y tal como era costumbre en los bajos fondos, sus cuerpos habían acabado en sacos, lastrados con piedras, y lanzados al río por las alcantarillas. No flotarían, pero la rápida corriente del río los iría arrastrando, y en el Leire había muchísimas anguilas hambrientas.

Ahora Liliath era lady Dehiems. Una viuda joven y bella que, al no tener nada mejor que hacer, se buscaba enfermedades, de modo que no salía nunca del recinto de su mansión. Su numeroso servicio se componía casi exclusivamente de rehusantes, lo cual resultaba algo excéntrico, pero no insólito, especialmente entre los señores más severos o tacaños. Era más fácil tratar mal y pagar menos a un rehusante que a un saranciano con una experiencia equivalente.

Le gustaba disponer de una ayuda de cámara, una de verdad. Se llamaba Hatty. Aunque era una rehusante, no pertenecía a la banda del Rey de las Sombras. O mejor dicho, hasta la fecha no había tenido tratos con la delincuencia de Lutacia, aunque no había duda de que sabía para quién trabajaba y qué esperaba de ella. Biscaray la había contratado a ella, a la cocinera y al resto de los criados. Pero los jardineros y los porteros eran directamente ladrones y asesinos, entre otros los que habían estado en el templo de Santa Margarita, que sabían quién era realmente Liliath. A los pocos que no lo sabían simplemente se les había dicho que era una aliada muy importante de Biscaray, que tenía entre manos un timo que daría un gran rédito; todos ellos compartirían los beneficios.

Ahora, mientras contemplaba los jardines, Liliath pensó que aquello en realidad era cierto, salvo en lo de compartir los beneficios. Había ordenado que colgaran farolillos de cristal de colores de los frutales y del murete del jardín de la cocina. Los farolillos eran bonitos, pero además cumplían la función de iluminar la entrada de la casa que más probablemente habría elegido cualquier enemigo para colarse en ella. Aquella misma mañana le habían traído a la nueva casa su majestuosa cama. Liliath aún no la había compartido con Biscaray, entre ellos no había habido más que un beso que quizá se hubiera alargado más de lo normal, la fría mañana en que le había traído los vestidos y las joyas de lady Dehiems. El beso le había gustado, aunque no le había proporcionado más placer del que le daba la luz del sol en una mañana fresca, o una copa de vino especialmente bueno. Pero le pareció que él había sentido algo más, que era justo lo que quería.

Biscaray llegaba tarde. Lo llevaba esperando varias horas, y era casi medianoche. Tenía mucho de lo que informarle, sobre todo del paradero y las actividades de los cuatro, aunque ella no le había dejado ver que esa era su principal preocupación.

Descaray. Dupallidin. Imsel. MacNeel.

Con el ceño fruncido, Liliath se alejó de la ventana y se fue hasta el tocador para coger la campanilla. La hizo sonar vigorosamente. La respuesta llegó prácticamente antes de que tuviera tiempo de dejar la campanilla otra vez: su nueva ayuda de cámara ya había abierto la puerta discretamente desde su habitación, en la estancia contigua. Hatty era menuda, de piel morena y ojos de color azul pálido. Llevaba el cabello afeitado, siguiendo la tendencia de las doncellas rehusantes. Iba vestida con ropas sencillas pero elegantes, con un jubón gris oscuro sobre una blusa de un gris tórtola con el cuello blanco, y calzaba zapatillas de terciopelo con suela de corcho para poder moverse por la casa en silencio mientras hacía sus tareas, sin molestar a su noble señora.

—¿Habéis llamado, milady?

—Llevo horas esperando a Biscaray —dijo Liliath—. Tengo asuntos que discutir con él. Pregunta por…, no, pregúntale a Sevrin si tiene noticias suyas. O, mejor aún, dile a Sevrin que venga a verme.

Sevrin era la jefa de los matones del Clan de las Sombras, aunque eso era algo que quedaba oculto tras su puesto de portera y ama de llaves de la casa. Como ama de llaves, todo el servicio respondía ante ella, salvo el personal de la cocina, que estaba a las órdenes del cocinero. El control de la puerta se le daba sorprendentemente bien, posiblemente por los años que llevaba colándose en las casas de otros nobles para robar.

Hatty bajó la cabeza y salió enseguida de la habitación.

Sevrin apareció apenas unos minutos más tarde. Evidentemente la habían pillado a punto de salir, ya que no llevaba el uniforme de servicio, sino sus típicas ropas del Clan de las Sombras: unas pesadas botas, bombachos de cuero fino y jubón, y los brazos descubiertos salvo por unos brazaletes protectores de acero. Llevaba una daga larga al cinto, con la guarda en forma de serpientes de bronce entrelazadas, muy rayada.

—¿Sí, milady? —se presentó Sevrin.

Hizo una reverencia apresurada, porque Liliath la ponía nerviosa. A diferencia de la mayoría de los rehusantes, no tenía cicatrices visibles. Su piel morena estaba lisa y limpia, sus ojos oscuros brillaban y no mostraba ninguna señal evidente de lesiones.

—¿Dónde está Biscaray? —preguntó Liliath.

—Ah… Bueno, hay un duelo…

Liliath frunció el ceño.

—¿Eso qué significa?

—Bisc no quería que os molestáramos con esto —respondió Sevrin, nerviosa.

—Cuéntame —ordenó Liliath.

Sentía que su rabia iba en aumento, rabia ante la posibilidad de que algún obstáculo retrasara sus planes.

—A algunos de los miembros del Clan de las Sombras no les hace gracia que Bisc sea el Rey de las Sombras —dijo Sevrin—. Los que eran más afines a Franz Brazomustio. La verdad es que no podemos contarles lo que le pasó realmente a Franz. Así que les hemos dicho que Bisc y Franz combatieron, y que Bisc venció. Solo que algunos de los muchachos (los que no estaban presentes) van diciendo que no se hizo como se debía, y que Bisc no es el rey legítimo.

—¿Y qué ha pasado? —replicó Liliath, claramente molesta. Si Bisc era sustituido o incluso si lo mataban, tendría que empezar de nuevo con quienquiera que se pusiera al mando. Necesitaba al Clan de las Sombras—. ¿Quién es el nuevo Rey de las Sombras?

—No, no —dijo Sevrin—. Bisc sigue siendo el rey. De momento. Solo que la Lombriz lo ha retado.

—¿Quién… o qué es la Lombriz?

—Es la líder de los alcantarilleros, los rastreadores de las cloacas — respondió Sevrin—. Así que se ha convocado la Corte de los Descastados, para decidir si Bisc es realmente rey o no. Solo que la Lombriz nunca lo habría desafiado a menos que supiera que tiene los votos necesarios, o que puede convocar la corte con la suficiente rapidez como para que los demás no nos enteremos de dónde es. Y así Bisc dejaría de ser rey y sería ajusticiado por haberse apropiado del cargo. A menos que consigamos que haya suficientes de los nuestros para que voten en contra.

—¿Y dónde es esa Corte de los Descastados? —preguntó Liliath.

—Estoy esperando noticias —dijo Sevrin—. La Lombriz lanzó el reto esta noche; Bisc tuvo que ir allí directamente. Y han pillado a los dos primeros mensajeros. Pero hay más, y la corte nunca se convoca antes de la medianoche. No deberíamos tardar en averiguar dónde es.

—Me disgusta mucho no haberme enterado de esto antes —dijo Liliath con voz glacial—. ¿Quién va a ir contigo a esa Corte de los Descastados?

—Eh…, todos salvo Karabin y Small Jack —balbució Sevrin—. Ellos se quedarán para…, para cuidar de vos, milady.

—Pueden quedarse a vigilar la casa —decidió Liliath—. Yo iré contigo.

Se fue a uno de los armarios y lo abrió de par en par. Sacó un blusón y un manto grises, unas botas sin tacón, un chaleco de cuero grueso y una de esas capuchas acolchadas que llevaban los distribuidores de hielo para protegerse la cabeza del frío de los bloques.

—¡Pero, milady! —protestó Sevrin—. Habrá pelea. Y Bisc nos ha dicho que no podéis arriesgaros a hacer magia en la ciudad…

—Ya me has visto luchar —la interrumpió Liliath, que se quitó de golpe su bata azul pálido para ponerse el blusón y el jubón y atarse la capucha, que le envolvía perfectamente el rostro, dejando a la vista solo el óvalo de los ojos y la boca.

Sacó del armario un cinturón tachonado negro con dos dagas envainadas que casi eran como espadas pequeñas, cada una tan larga como su antebrazo, del codo al dedo medio. Se puso el cinturón, sacó e inspeccionó el acero grabado de las dagas y volvió a enfundarlas.

—Ya me has visto luchar —repitió—. Viste lo que le hice a Franz Brazomustio.

—Sí, milady —respondió Sevrin, con la cabeza gacha—. Pero pensé que había sido… algún ángel que habíais invocado para que os ayudara.

—No —negó Liliath.

Sevrin contuvo una exclamación de sorpresa al encontrársela de pronto al lado, con la mano en la empuñadura de la daga de la rehusante.

—No me hace falta invocar a ningún ángel para «combatir» —dijo—. Yo soy… lo que soy. Tal como descubrirá esa Lombriz, lamentablemente para ella.

—Sí, milady —murmuró Sevrin—. Yo… A estas alturas ya habrá venido alguien a informar. Debería ir abajo…

—Sí —dijo Liliath—. Cuanto antes lleguemos a la Corte de los Descastados, mejor.

Cuando bajaron, ya había llegado una mensajera, una chica con una sola pierna, del grupo de mendigos de la plaza Demarten. Todo el personal estaba reunido junto a la puerta de servicio, todos listos para salir. La chica, aún jadeando tras la carrera que se había dado con las muletas, habló en cuanto vio a Sevrin.

—¡La cantera! Es la cantera de las Estatuas. Rabb y Alizon T pillaron a una de las ratas de las cloacas y la obligaron a decírselo.

—¿Se lo has dicho a los otros? —preguntó Sevrin.

—Sí, están haciendo correr la noticia —respondió la chica, excitada—. Alizon T se fue a los jardines; Rabb se fue al viejo muelle; Jast, al nuevo; y Little Jast volvió a Demarten…

—Bien —la interrumpió Sevrin—. Bien hecho. Ve a decírselo a Pieter, a la casa de la muralla; dile que traiga a todo el que pueda.

—¿Y yo puedo ir? —preguntó la chica, ilusionada.

Sevrin asintió. La vagabunda dio media vuelta sobre sus muletas y salió por la puerta.

—¿Qué es la cantera de las Estatuas? —preguntó Liliath.

—Una vieja cantera de grava al sur de la ciudad, más allá de la Cruz de Nep —explicó Sevrin—. Donde llevaron todas esas espeluznantes estatuas de ángeles que hizo… comosellame.

—¿Que hizo «quién»?

Sevrin se encogió de hombros; fue Erril, la intelectual jorobada, quien respondió:

—El mago que intentó hacer estatuas que sirvieran de iconos. Hace mucho tiempo. A los sarancianos les dan miedo las estatuas, así que no se acercan por ahí. Se llamaba…

—Chalconte —dijo Liliath, lentamente—. Conozco la obra de Chalconte. La conozco como nadie.

Chalconte había sido quemado en la pira por sus numerosas herejías, unos diez años después de que hiciera los Doce Iconos de Diamante. Hacía un siglo… (no, Liliath tenía que sumar los años de su letargo), sería doscientos años atrás. Liliath había iniciado su camino en parte gracias a una copia ilegal del cuaderno de trabajo de Chalconte, que lo describía todo, desde su asombrosa técnica de bosquejos rápidos para la creación de iconos hasta sus experimentos con estatuas y otras formas tridimensionales para invocar ángeles, y luego incluso las técnicas más peligrosas con las que había intentado crear «iconos vivos».

—Yo pensaba que habían destruido sus estatuas —comentó Liliath—. Me interesaría verlas.

—Ese es uno de los motivos por los que las temen los sarancianos —dijo Erril—. Las de mármol no se pueden romper; las de bronce no se pueden fundir. Así que las llevaron a la vieja cantera y las enterraron. Pero cuando el invierno trae lluvia, las aguas de los torrentes que bajan desde la colina excavan la cantera. Y entonces empiezan las discusiones sobre quién es el responsable de enterrarlas de nuevo, que si la ciudad, que si los templos, que si la reina… Esta vez, la cantera lleva abierta más de cinco años.

—Tenemos que irnos, milady —dijo Sevrin, impaciente—. ¡Tardaremos una hora en llegar a pie a la cantera, y tenemos que conseguir que haya allí tantos de los nuestros como podamos antes de la medianoche!

Liliath asintió y salió a la cabeza de su pequeña tropa de rehusantes. La entrada de servicio daba a un patio, con los establos a la izquierda y una salida a la calle, que estaba cerrada salvo por la pequeña puerta accesoria que mantenía abierta Karabin, que tenía al lado a Small Jack (un gigantón) con su gran garrote.

—No dejéis pasar a nadie que no sea yo —dijo Liliath a los dos que se quedaban allí—. A nadie. ¿Entendido?

—Sí, milady —respondió Small Jack, mientras Karabin inclinaba la cabeza en señal de asentimiento. No podía hablar, y llevaba una máscara bajo la nariz para ocultar alguna lesión horrible que le afectaba a la mandíbula o a la boca.

—No podemos ir por las calles en grupo, milady —advirtió Sevrin tímidamente—. La guardia nos estará buscando, seguro…

—Haced lo que haríais normalmente —dijo Liliath—. Yo os seguiré con discrección.

—Sí, milady —dijo Sevrin.

Hizo una señal y, uno por uno, a intervalos, los otros ocho rehusantes salieron a la avenida Delorde, fundiéndose entre la multitud de trabajadores que volvía a casa y los que iniciaban el turno de noche, los vendedores ambulantes que anunciaban tortas o anguila en gelatina, leña o sombreros, flores o herramientas, los soldados, gabarreros, contables y bachilleres que entraban y salían de las bodegas y tabernas, y los rehusantes que barrían el estiércol, que recogían la basura y robaban carteras; los miembros de la guardia que iban por todas partes… En resumen, la multitud que llenaba las calles de Lutacia.

 

En su habitación de la Torre, Dorotea miraba por la aspillera. Solo veía una pequeña fracción del lado este de la ciudad, cada vez más oscura, pero le gustaba ver las minúsculas llamas y los puntos brillantes de los lugares donde encendían antorchas, o la luz de las casas ricas, en las que consumían una gran cantidad de velas cada noche. También había algunos oasis, muy localizados, en los que seguía luciendo una luz como la del día, producto de la magia angelical. Normalmente era obra de alguno de los numerosos serafines que tenían algún tipo de poder sobre la luz, o del querubín Ximithael, al que muchos recurrían, y que dominaba el fuego.

Alguien llamó a la puerta, algo sorprendente, dado que Madre ya había pasado a traerle la cena y el cubo de agua. Además, Madre no llamaba; simplemente, agitaba las llaves antes de abrir la puerta.

El ruido de llaves se oyó, pero la puerta no se abrió inmediatamente. Volvieron a llamar. Dorotea respondió, algo desconcertada:

—Adelante.

Madre abrió la puerta, pero fue Rochefort quien entró.

Llevaba su espada, pero no pistolas al cinto, y tenía las manos desnudas. Se quitó el sombrero y saludó. Dorotea devolvió el saludo, con gesto ausente, aún medio concentrada en las vistas de la aspillera y pensando en el misterio de su encuentro con los otros tres jóvenes esa misma tarde. Debían de tener algún ángel en común, estaba segura. Lo había sentido, o eso le había parecido. Pero los otros no eran magos, y no habían invocado al mismo ángel recientemente…

Rochefort dijo algo, haciendo que Dorotea volviera al presente.

—He traído vino —anunció, mostrándole una botella y dos cálices de peltre.

—¿Por qué?

Rochefort no respondió inmediatamente. Se sentó en la paja, con la espalda apoyada en la pared, estiró sus largas piernas, rascando ligeramente el suelo con sus espuelas. Colocó la botella y los cálices a poca distancia.

—Quiero hablar contigo, Dorotea —dijo por fin.

—¿Por qué?

—Porque no me tienes miedo.

Dorotea levantó las cejas. Aquello sí que le llamó la atención. Observó a la oficial de la cardenal: la cicatriz de su rostro, las arrugas en las comisuras de la boca, sus manos. Rochefort no la miró a los ojos, sino que se dedicó a servir el vino con cuidado en los dos cálices.

—Hay muy poca gente que no me tenga miedo —dijo Rochefort, tendiéndole una copa—. Me resulta útil, pero a veces… Incluso yo deseo ver otras emociones en los que me rodean.

Dorotea cogió el cáliz y fue a sentarse al lado de Rochefort. Dio un sorbo. Era un vino muy bueno, de Barolle, mucho mejor que ese brebaje dulce y con regusto a moho que le había dado el tabernero, en parte como pago por dar nueva vida al cartel.

—Cuando os vi por primera vez pensaba que seríais mucho mayor —dijo Dorotea—. Os habéis consumido mucho invocando ángeles.

—La cardenal tampoco escatima en sacrificios, y sus persevantes seguimos su ejemplo: hacemos lo que haga falta por Saranza, por Ashalael y por la reina —respondió Rochefort, que dio un trago a su copa—. Precisamente mañana cumplo veintisiete años.

Dorotea asintió, aunque le sorprendió un poco que Rochefort se hubiera desgastado tanto antes incluso de cumplir los treinta. Por su aspecto habría dicho que tenía al menos diez años más.

Todos los que empleaban la magia angelical conocían el precio que había que pagar. Algunos procuraban reservarse, y jamás invocaban a ningún ángel superior a un trono. Algunos jugaban a un delicado juego de compensación, invocando a ángeles (o haciendo que otros los invocaran por ellos) para reparar las señales de la edad y revitalizar sus cuerpos, pero no conseguían grandes resultados, ya que los ángeles solían rehusar deshacer la obra de otros ángeles, fuera un efecto directo o un efecto secundario, de modo que había que recurrir cada vez a una entidad de mayor rango.

—Yo cumpliré diecinueve el mes que viene —dijo Dorotea—. Me pregunto si aún estaré prisionera para entonces.

—Tú eres una invitada —la corrigió Rochefort enseguida—. He intentado asegurarme de que estés lo más cómoda posible.

—Yo creo que soy una prisionera —insistió Dorotea, sin alterarse—. Y no entiendo por qué. Quizá vos me lo podáis decir.

Rochefort la miró con los ojos encendidos, y luego volvió a posar la mirada en el cáliz que tenía entre las manos. Tenía los dedos largos y elegantes, y las muñecas fibrosas. Las manos de una duelista.

—Tu talento para esbozar iconos. No eres la primera que lo demuestra. Muchos en los templos lo ven como el primer paso hacia otras cosas, hacia un tipo determinado de herejía.

—¿Quién lo ha hecho antes? —preguntó Dorotea—. Yo pensaba que era una técnica que había descubierto yo misma, pero supongo que no debería de sorprenderme. La gente lleva invocando ángeles mucho tiempo.

—Chalconte, por ejemplo. Y la Ystarana. La Doncella de Elanda. En ciertos círculos, se los recuerda mucho.

—Chalconte hacía estatuas, ¿no? —preguntó Dorotea—. Para que sirvieran como iconos. Pero no lo consiguió.

Aunque no solía hablarse mucho de la obra de Chalconte, había visto referencias en diversos libros sobre creación de iconos. Y en la Biblioteca Degrandin de Belhalle conservaban varios iconos que él mismo había creado en la sala de lectura verde de la universidad, unos iconos muy refinados que Dorotea había observado con la máxima atención a través del grueso cristal de la urna de seguridad en que estaban expuestos.

—Las estatuas no eran más que una parte de las herejías de Chalconte.

—Y yo pensaba que la Doncella de Elanda era una heroína que había salvado a muchos de los suyos cuando Palleniel enloqueció. O cuando pasó lo que fuera que pasó.

—Nadie sabe qué sucedió en Ystara, salvo que fue obra de Palleniel — dijo Rochefort—. O, si lo saben, no lo han querido explicar a nadie. No obstante, se sospecha que Liliath tuvo algo que ver. Era la líder de un extraño culto que veneraba a Palleniel. «Palleniel Exaltado», lo llamaban.

Echó una mirada a Dorotea y luego volvió a fijar la vista en su copa, como si pudiera ver algo en el oscuro vino.

—Es verdad que Liliath sacó a miles de personas, pero ella desapareció poco después, en circunstancias misteriosas. Probablemente, la matara alguien que la culparía de la plaga de peste gris, por el culto de Palleniel Exaltado, que acababa de ser condenado por cismático y estaba a punto de ser disuelto. Pero también estaba involucrada en movimientos políticos y en intrigas de lo más mundanas, así que quién sabe…

—Y esbozaba iconos —dijo Dorotea, cuando Rochefort se calló.

—Sí, era famosa por ello —respondió la persevante, que volvió a mirar a Dorotea y luego apartó la mirada.

—¿Qué es lo que veis? —preguntó Dorotea—. Apartáis la mirada como si os cegara, como si fuera el sol después de la niebla. O como si sintierais vergüenza y no pudierais mirarme a la cara.

Rochefort volvió a beber.

—Tú… Hay algo en ti que me recuerda a alguien, aunque no te pareces a ella —murmuró—. Una mujer a la que quise. A ella también la traje a la Torre. A esta torre.

—¿Con motivo?

—Sí —respondió Rochefort con decisión—. Sí. Traicionó a la reina, a Saranza, incluso… a mí misma.

—¿No salió de aquí?

—No con vida.

Dorotea pensó en aquello un momento. Rochefort no volvió a mirarla. Bebió y se llenó la copa otra vez.

—Supongo que sois una especie de ángel, y que debéis ejercer el poder que tenéis, que es cumplir las órdenes de la cardenal —dijo Dorotea—. Pero no creo que su eminencia tuviera un buen motivo para traerme aquí.

—Las personas son más complicadas que los ángeles —dijo Rochefort.

Dorotea asintió, como si estuviera de acuerdo, pero lo hizo por pura educación. No estaba segura de que los ángeles fueran menos complicados que las personas. El concepto del rango de acción de los ángeles era un invento humano; al fin y al cabo, con el paso del tiempo los magos habían aprendido a hacer que los ángeles hicieran muchas cosas diferentes que en principio no parecían entrar dentro de su rango de acción definido, lo que llevaba a plantearse si realmente tenía sentido tal diferenciación.

Se quedaron sentadas en silencio unos minutos hasta que Rochefort volvió a hablar.

—Siento haberte traído aquí.

—Yo no soy de esas personas que dan demasiadas vueltas a lo ocurrido, o a lo que pueda llegar a ocurrir —dijo Dorotea. Se miró los pies y movió los dedos—. Creo que en eso me parezco a mi madre. Las dos sacamos el máximo partido a la situación, sea cual sea. Caminamos sobre la arena, sin girarnos a ver si el agua borra nuestras huellas. Disfrutamos con el jugueteo de las olas entre los pies, y con las conchas que recogemos. Y tampoco miramos muy lejos.

—Debo irme —dijo Rochefort, pero no se marchó.

—¿Vos creéis que, si le pidiera a su eminencia que me liberara, lo haría?

—No —dijo Rochefort—. Pero… si se lo pidiera yo quizá sí.

Dorotea la miró, y esta vez Rochefort aguantó la mirada.

—¿Queréis algo a cambio? —preguntó Dorotea, sin más—. Aunque me parezco tanto a mi madre como a mi padre en que me gusta llevarme a gente a la cama, siempre que lo hago es porque quiero hacer el amor con esas personas. No para obtener favores, y nunca en respuesta a una amenaza.

Rochefort no respondió, pero reaccionó de pronto, poniéndose en pie. Dejó atrás el vino y las copas, cogió su sombrero y se dirigió a la puerta. Se paró, agarró el anillo para abrirla y habló muy bajo, casi como si le hablara a la dura puerta y no a Dorotea, que la miraba fijamente.

—Espero que nunca tengas ocasión de tenerme miedo, Dorotea.

Se fue, volvió a oírse el ruido de llaves y la puerta quedó cerrada otra vez.