Magia angelical

Garth Nix · Capítulo 34 de 37

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Magia angelical

Capítulo 33

33

 

 

El Clan de las Sombras salió del túnel unos cuarenta minutos más tarde, en medio de la ventisca. Se encontraron en un camino que ascendía desde algún lugar en las profundidades de Ystara y que proseguía hacia la cima. Liliath dio una palmada y soltó un grito triunfal. Ya estaban muy cerca: llegarían al templo de Palleniel Exaltado hacia el amanecer.

—Tenemos que descansar, milady, y tratar a nuestros heridos —dijo Bisc, echando una carrera para ponerse a su altura en el momento en que ella se disponía a subir por el camino.

Cualquiera que fuera el ángel que había invocado para que la iluminara aún la envolvía en un aura perlada, mucho más brillante que la luz temblorosa de los faroles que llevaban algunos de los rehusantes.

—¡Tenemos que descansar! —repitió Bisc, viendo que Liliath no hacía ademán de pararse a escucharlo.

La ascensión había llegado al final de un día largo y agotador. Muchos de los miembros del Clan de las Sombras caminaban prácticamente dormidos. Varios se habían caído por las escaleras, de fatiga o debilidad. Muchos tenían pequeñas heridas que habían sufrido durante la batalla con los abestiados o durante la huida del campamento. A los más malheridos los habían dejado atrás.

—¡Pero es que estamos muy cerca! —gritó Liliath.

Apretó los puños, intentando contener la excitación, la rabia que le daba que alguien pudiera retrasarla una vez llegada a aquel punto. Todos aquellos años de planificación, el primer fracaso, el largo sueño…, todo ello la había conducido a ese momento que estaba a punto de llegar, tenían que alcanzar el templo…

—Necesitamos un descanso —repitió Bisc, que se quitó la nieve del rostro con la mano—. Y un refugio. ¿Hay alguno por este camino? ¿Antes de llegar al templo?

—Es el camino de los peregrinos —dijo Liliath, malhumorada—. Hay…, había refugios por el camino…, hay uno algo más arriba, no recuerdo a qué distancia. Y no sé en qué estado estará. Si nos damos prisa, podríamos llegar al templo al amanecer.

Bisc negó con la cabeza.

—No con esta nieve. Ahora no. Debemos descansar.

La boca de Liliath se alisó, convirtiéndose en una tensa línea recta. Bisc lo vio y añadió:

—Los cuatro prisioneros son los que más necesitan ese descanso.

Liliath se relajó un poco y abrió los puños.

—Muy bien —dijo a regañadientes—. Descansaremos en el refugio. Pero no más de dos horas, Bisc. ¡Debemos seguir adelante!

—¡Gracias, milady!

Se volvió hacia el desorganizado grupo que tenía detrás, una serie de figuras entre la nieve, apenas visibles en la oscuridad, sobre todo los que estaban más lejos de los faroles. Los últimos rehusantes estaban saliendo del túnel. Aquel extremo no estaba bloqueado por ninguna roca; simplemente, había una trampilla escondida con astucia, que estaban volviendo a colocar en su sitio.

—¡Hay un refugio donde descansar algo más adelante! —les gritó, aunque la nieve amortiguaba sus palabras—. ¡Ayudaos unos a otros! ¡No está lejos! ¡Ystara!

Un débil coro le respondió: «¡Ystara!». Los rehusantes sacaron fuerzas de flaqueza y reanudaron la marcha, ayudando a los que lo necesitaban. Liliath echó a caminar otra vez, bullendo de impaciencia. Bisc volvió a acercársele corriendo.

—No tan rápido, milady —dijo, jadeando—. ¿Y si hay abestiados?

Liliath se detuvo un momento y cerró los ojos. Sentía la nieve en el rostro, leves toques de un frío que se fundía inmediatamente sobre su piel siempre caliente y dejaban rastros de humedad que le hicieron pensar en mucho tiempo atrás, cuando aún era capaz de llorar. Mucho, mucho tiempo atrás, cuando, aún siendo una niña, la llamaron por primera vez la Doncella de Elanda, la portentosa invocadora de ángeles. Algunos incluso la habían llamado la Maga de los Ángeles, pero los sacerdotes les habían prohibido que lo hicieran mientras aún tenían control sobre sus actos.

—Abestiados… —murmuró Liliath.

Se quedó inmóvil allí mismo y giró dando una vuelta completa sobre sí misma, abriendo la mente al mundo que la rodeaba. Percibía hasta el más minúsculo rastro de Palleniel a su alrededor, aunque eran rastros de naturaleza diversa. En los rehusantes que tenía detrás, en los cuatro prisioneros, en los abestiados… Frunció los labios al identificar las bandadas de criaturas que ascendían hacia el collado, y las que seguían dispersas por la ladera. Efectivamente, había alguno por el viejo camino de los peregrinos, pero muy por debajo… Odiaba tanto a los abestiados…, eran la prueba de su fracaso.

—No hay ninguno cerca —dijo—. Se sienten atraídos por mí, pero, más aún, por el lugar donde he invocado a ángeles. A primera hora habrá una horda en el collado, y acabarán con la expedición.

—Pero ¿qué…?

—Muy pronto desaparecerán todos —dijo Liliath, agitando la mano como si quisiera quitarse de encima algún insecto molesto.

Los copos de nieve le dejaron rastros blancos en la mano.

—Muy pronto.

Se puso en marcha otra vez, y de nuevo demasiado rápido. Bisc salió corriendo tras ella y la agarró del codo. Ella se giró como una bestia, con la mano en forma de garra, lista para atacar. Sin embargo, en el último momento relajó los dedos y se limitó a dar una palmadita a Bisc en la mejilla.

—Sí, estoy impaciente, lo sé —dijo.

Miró hacia atrás y vio que los miembros del Clan de las Sombras avanzaban renqueando; el tenue brillo de las lámparas se veía aún más apagado entre la nieve, iluminando unas siluetas oscuras que desaparecían en la oscuridad. Y los cuatro prisioneros, que eran lo que más le importaba, quedaban prácticamente ocultos por los remolinos de nieve.

Mientras miraba, el suelo tembló bajo sus pies. Se oyó el ruido sordo de una explosión lejana. Miró a Bisc.

—Estarán haciendo estallar sus reservas de pólvora —dijo Bisc—. Querrán emprender la retirada. O podría ser un accidente.

Liliath asintió lentamente y levantó una mano, examinando los iconos que llevaba en los anillos. Pensó en enviar a Esperaviel para que viera qué había sucedido, pero decidió no hacerlo. Una invocación atraería a más abestiados al tramo alto del camino. Aunque dudaba que pudieran llegar a tiempo, era mejor no correr riesgos…

—Es hora —dijo en voz alta—. Debemos darnos prisa.

—Sí, milady —concedió Bisc, preocupado—. Liliath parecía tan obsesionada con llegar al templo que había olvidado su charla sobre la necesidad de descansar—. ¿El refugio?

—Sí…, sí —respondió Liliath. Sacudió la cabeza, se quitó la nieve de la cara y miró fijamente hacia la penumbra blanca que tenía delante—. Recuerdo… que hay uno, no muy lejos…, en la próxima curva.

Bisc asintió. No veía ninguna curva en el camino. Estaba demasiado oscuro y la nevada era muy intensa. Pero, como siempre, creyó a su señora. Pateó el suelo para calentarse los pies y la siguió. Por su parte, el Clan de las Sombras y sus prisioneros lo siguieron a él.

 

Muy por detrás de Liliath, Henri resbaló y cayó pesadamente sobre la nieve. Los rehusantes le habían arrebatado sus numerosas mantas y le habían atado las manos en la base de la escalinata. Aunque le habían dejado su abrigo, estaba lleno de pequeños agujeros provocados por las chispas, y le habían arrancado el ribete de piel. Se quedó tendido en la nieve un momento, gimoteando, demasiado cansado incluso para ponerse en pie. Se preguntó si alguna vez volvería a sentir calor. Aunque quizá mantenerse vivo fuera un problema aún mayor que mantenerse caliente…

Los rehusantes lo pusieron en pie sin contemplaciones, y le empujaron para que se pusiera a la altura de Dorotea, que avanzaba con el ritmo cansino de una noria de agua a medio gas, alimentada únicamente por el goteo de un arroyo. Apenas levantaba los pies de la nieve, por lo que, más que pisadas, iba dejando tras ella un rastro de dos líneas paralelas, como un trineo.

Cuando el hombro de Henri topó con el suyo, Dorotea lo miró sin fuerzas y sonrió.

—Tesoro —dijo, con la voz rasposa—. Y casi sin abestiados.

Henri no podía sonreír siquiera. Miró a su alrededor. La rehusante que le había empujado se había detenido media docena de pasos más atrás y estaba intentando conseguir que su lámpara diera más luz. El siguiente rehusante más cercano estaba media docena de pasos por delante.

—¿Tú sabes qué está pasando? —susurró.

Le costaba hablar; tenía la garganta seca. Sacó la lengua para atrapar algún copo de nieve mientras esperaba que Dorotea recuperara las fuerzas necesarias para responder.

—No —susurró Dorotea—. Pero también tienen a Simeon y a Agnez. Están detrás.

Henri se giró, pero solo pudo ver a la rehusante de la lámpara y unas siluetas borrosas tras ella, oscurecidas por la nieve. Intentó girarse un poco más para ver mejor, resbaló y tropezó otra vez, ahora sobre Dorotea, haciendo que ambos cayeran de bruces sobre la nieve.

Pero una vez más los levantaron, les dieron un empujón y los obligaron a seguir adelante.

Agnez los vio caer. Los reconoció por la forma y el modo de moverse, aunque no eran más que un par de siluetas indefinidas. Había conseguido llegar a la altura de Simeon, que ahora caminaba a su lado, imperturbable. Un rehusante con una lámpara les había intentado seguir el paso, pero no había podido. Ahora estaban prácticamente a oscuras. Henri y Dorotea, iluminados por la lámpara de una rehusante más próxima, estaban unos cuarenta o cincuenta pasos por delante de ellos.

—Estoy convencido de que puedo romper mis ataduras —susurró Simeon —. Han usado vendas. No tenemos a nadie cerca por detrás, al menos no lo suficiente como para que nos puedan ver.

—Es mejor esperar —dijo Agnez—. Son demasiados. Además, ella tiene poder sobre muchos ángeles, y aquí no hay donde ir.

—¿Ella?

—¿No la has visto? —preguntó Agnez.

—No.

—Lady Dehiems. O, tal como ha dicho ella misma, Liliath, la Doncella de Elanda.

—Ah —dijo Simeon, y a Agnez le pareció una respuesta desproporcionadamente fría para la revelación que le acababa de hacer—. Henri se llevará una sorpresa. Aún pensaba que Dorotea podía ser…

Agnez casi tuvo ganas de reír, y lo habría hecho de no ser porque le dolían las costillas, porque tenía las manos atadas muy fuerte y porque la nieve se le había colado por el cuello del abrigo.

—¿Se te ocurre por qué nos han cogido a nosotros cuatro? —preguntó Agnez, una docena de pasos más tarde—. ¿Y a nadie más?

Simeon guardó silencio, pero unos cuantos pasos más allá lo rompió para decir:

—Me temo que tendrá que ver con lo que Dorotea ve en nosotros. Tenemos una conexión de algún tipo con los rehusantes. Con Ystara. Y, por tanto, con Liliath.

—La mataré —dijo Agnez, decidida.

—Ya sabes que, a pesar de que vayas desarmada y de que tengas las manos atadas a la espalda, casi te creo —respondió Simeon.

—Y hablando de ataduras… —dijo Agnez—. He cambiado de opinión. Deberíamos aprovechar la oscuridad. Si puedes romper las tuyas, hazlo.

Simeon soltó un gruñido. Agnez no veía lo que estaba haciendo. Apenas distinguía siquiera su cara; estaba muy oscuro y la nieve caía muy densa. Pero le oyó gruñir otra vez. Luego se oyó un chasquido.

—Desátame —dijo—. Pero vuelve a pasarme las vendas por las muñecas, y yo te pasaré las tuyas. Fingiremos que seguimos atados.

Simeon se le acercó y, tanteándole las muñecas en la oscuridad, hizo lo que le pedía. Agnez le devolvió el favor, atándole de nuevo, pero sin apretar. Avanzaron tropezando y resbalando en la nieve, hasta el punto de que la rehusante que llevaba la lámpara pudo recuperar la distancia perdida. En el momento en que notaron la luz, se pusieron hombro con hombro otra vez para seguir adelante, con la cabeza gacha.

 

El techo del refugio se había hundido, pero las paredes estaban prácticamente intactas, y ofrecían cierta protección contra la nieve y el viento. Los rehusantes enseguida se pusieron a hacer hogueras con la madera caída del tejado, arrancándolo con aceite de las lámparas, y muy pronto tuvieron cuatro grandes fogatas, una en cada esquina del gran patio. Compartieron comida y agua, aunque muchos rehusantes decidieron ponerse a dormir inmediatamente, lo más cerca que pudieron del fuego.

Agnez y Simeon buscaron a Henri y a Dorotea; sus vigilantes estaban demasiado cansados como para detenerlos, o quizá pensarían que daba igual. Los cuatro amigos intercambiaron miradas agotadas a modo de saludo y se sentaron junto a la hoguera del lado noreste, intentando entrar en calor.

Solo llevaban allí unos momentos cuando el joven jefe del Clan de las Sombras se les acercó. Ellos habían oído que los rehusantes lo llamaban por su nombre, o nombres, a veces Bisc y a veces Rey. Era bastante atractivo, sin duda tenía un aire de líder, y (curiosamente para ser rehusante) no mostraba ningún rastro de enfermedades o afecciones pasadas o presentes.

—¿Sabéis para qué os quiere? —preguntó, mirándolos, de espaldas al fuego.

No había duda de a quién se refería, sin necesidad de que mirara hacia el arco donde había estado la puerta del refugio en el pasado. Liliath estaba allí, envuelta en una brillante luz angelical, contemplando el camino, ajena al calor, la comida y el agua que se compartía entre las cuatro paredes.

—No —respondió Dorotea al cabo de unos momentos, cuando quedó claro que ninguno de los otros iba a responder—. ¿Tú tampoco?

Bisc no respondió, pero siguió mirándolos.

—¿De verdad es Liliath? —preguntó Agnez.

—¿Qué? —exclamó Henri, levantando la cabeza de golpe.

Pero Dorotea asentía en silencio, como si lo que acababa de oír le encajara perfectamente.

—Es la Doncella de Elanda —confirmó Bisc.

—¿Y tú quién eres? —preguntó Henri.

—Yo soy el Rey de las Sombras de Lutacia —respondió Bisc, esbozando una sonrisa—. Un poco apartado de mi reino, debo admitir. Os sugiero que intentéis dormir; nos pondremos en marcha pronto.

—¿Hacia el templo de Palleniel Exaltado? —preguntó Dorotea—. ¿Qué va a hacer allí?

Bisc se encogió de hombros, se giró y se dirigió a los rehusantes que estaban cerca:

—Haced guardia por turnos. Quiero que los vigiléis.

Los cuatro amigos le vieron acercarse a Liliath, que seguía de pie, contemplando el camino.

—Supongo que más vale que durmamos —dijo Agnez. Echó un vistazo a los rehusantes que estaban más cerca y vio que ninguno de ellos había prestado demasiada atención a la orden de Bisc, quizá porque tampoco se había dirigido a nadie en particular. Todos se estaban acomodando, preparándose para dormir—. Si nos ponemos espalda contra espalda, podremos conseguirlo.

Se sentaron en el suelo, apoyando la espalda el uno contra el otro. Al rato, Agnez ya estaba manipulando las ataduras de Dorotea, y Simeon ya había soltado las de Henri.

—No os mováis —susurró Agnez—. Volveremos a ajustároslas, sin apretar, para que parezca que seguís atados. No os olvidéis, no mováis los brazos ni nada parecido. Luego solo tendremos que esperar la ocasión ideal para huir.

—¡Más vale que no nos olvidemos! —protestó Dorotea.

—¿Tú sabes para qué nos quiere Liliath, Dorotea? —preguntó Henri, nervioso—. O sea… ¿Por qué nosotros?

—Yo creo que tiene que ver con lo que veo —susurró Dorotea. Simeon asintió—. Lo que veo en nosotros y en los rehusantes —añadió. Hizo una pausa al ver que cambiaba el viento y el humo de la hoguera se arremolinaba, cubriéndolos por un momento, irritándoles los ojos y obligándolos a aguantar la tos—. También está en los abestiados.

—¿De verdad? ¿Lo mismo? —susurró Simeon.

—Más o menos.

—¿Y en Liliath?

—No. Ella es diferente —dijo Dorotea—. Completamente diferente. Ella tiene dentro ángeles enteros. Muchos ángeles.

—¿Y qué tenemos nosotros? ¿Y los rehusantes, los abestiados y quien sea más? ¿Otros ángeles?

Dorotea respiró hondo.

—No. Yo creo que son fragmentos del mismo ángel. Fragmentos de un ángel roto…, repartidos entre nosotros…, o más bien, fragmentos de un arcángel roto.

Se produjo un silencio terrible. Todos lo pensaban, pero nadie lo dijo, hasta que Simeon susurró la palabra, pero con una inflexión que la convertía en una pregunta, como si no consiguiera creer que pudiera ser verdad.

—¿Palleniel?