Magia angelical
Capítulo 20
20
El Palacio de la Reina era un complejo de grandes edificios de épocas muy diversas, con una diferencia de antigüedad de seiscientos años entre el primero y el último, conectados entre sí por un verdadero laberinto de edificios menores aún más diversos en estilo, ya que cada estructura había sido ejecutada en un estilo arquitectónico acorde con el capricho del soberano de la época, a veces con intereses defensivos, más por la posibilidad de revueltas internas que por el miedo a ataques de enemigos externos.
Había decenas de entradas diferentes al palacio, algunas directamente de las calles de los alrededores o desde el río, desde donde se accedía a estructuras exteriores o claustros. En su mayoría, la gente entraba y salía por la puerta este, por donde los peticionarios de categoría suficiente podían acceder al gran patio exterior, donde pasaban los días jugando a los bolos, leyendo, bebiendo, comiendo y siempre charlando, charlando, charlando, con la esperanza de conseguir llegar más allá y poder solicitar alguna sinecura, algún puesto o alguna prebenda de alguno de los ministros de la reina o incluso de la misma reina.
No se cruzaron muchas palabras en el coche, mientras traqueteaba por las calles adoquinadas de Lutacia, tras los mosqueteros y los persevantes a caballo que iban apartando a la gente para que pudieran mantener una velocidad constante, incluso al atravesar los puentes. Los cuatro amigos querían hablar; resultaba evidente por cómo se miraban entre sí, por cómo abrían la boca y tensaban la lengua, aunque después volvían a cerrarla, tras echar miradas fugaces a Sesturo y al persevante Depernon.
Al acercarse al Palacio de la Reina, el coche que iba delante, con Rochefort, Franzonne y el tesoro, giró para seguir la avenida de los Aserraderos hacia el norte del palacio, acompañado por los mosqueteros y los persevantes a caballo.
Estaban tan cerca del palacio que ya se sentían seguros. Otros dos jinetes permanecieron con el segundo coche, que siguió avanzando por el paseo del río. Sesturo abrió la puerta para asomarse y observar el panorama. El sol había empezado a esconderse tras el horizonte al dejar el recinto del Palacio Nuevo y ahora ya se había puesto del todo. Los cuatro faroles del coche, uno en cada esquina, envolvían el vehículo en una pequeña burbuja de luz, y la calle se veía oscura, salvo por una única antorcha en lo alto del muro de varios cientos de metros, sin ventanas, que flanqueaba la calle por la derecha, vestigio de uno de esos periodos en que la precaución se había impuesto al deseo de la reina del momento de tener vistas al río.
La pared hacía de barrera a cualquier ataque de ciudadanos descontentos o rebeldes, pero también a la niebla que solía ascender desde el río cuando empezaba a llegar el frío que anunciaba el invierno. Ahora iba subiendo, formando volutas que se cruzaban por la calle y se arremolinaban contra los ladrillos de la pared. Aquella niebla presagiaba el cambio de estación. Muy pronto llegarían las lluvias del otoño, más frías e intensas que los breves chaparrones estivales.
De momento, la niebla oscurecía aún más el ambiente, y Sesturo entrecerró los ojos al ver un cúmulo de formas apostadas alrededor de la única pared del muro, en un número considerable. Sin embargo, cuando el coche se acercó, se relajó y volvió a sentarse.
—La capitana está usándonos como señuelo para desviar la atención del tesoro. Ha hecho correr la voz entre los listillos que infestan el patio. Ellos creen que cualquiera al que se le dé permiso para entrar de forma extraordinaria debe de ser importante. Calaos los sombreros…, o sí, las gorras…, bachiller Imsel…, no dejes que te observen, que te den nada ni que te retengan. Entra enseguida.
—Yo me quedo con el coche —dijo Depernon, taciturno.
—Y yo cubriré la retaguardia —soltó Sesturo, flexionando sus enormes manos, enfundadas en guanteletes—. Me encanta tirar a estos aspirantes a cortesanos por los suelos, y algunos seguro que intentan seguirnos.
Oyeron que el cochero levantaba la voz, y los gritos de la escolta, seguidos de otros gritos de protesta, de gente que les plantaba cara, preguntando quién iba en el coche, exigiendo respuestas, insistiendo en que ellos también deberían poder entrar, o al menos que aceptaran sus cartas de presentación, entre otras muchas peticiones incomprensibles.
El cochero gritó otra vez, y el coche frenó de golpe; Depernon abrió la puerta con fuerza y bajó de un salto, sorprendiendo a todo el mundo con un grito estentóreo y penetrante:
—¡Seguimos órdenes de la cardenal! ¡Dejen paso!
Agnez fue la primera en seguir al persevante, haciendo un quiebro para rechazar la ayuda que le ofrecía Simeon. Al fin y al cabo, su herida no era más que un rasguño, y ya casi ni pensaba en ella.
Aunque los jinetes de la escolta habían dado la vuelta a sus caballos para crear un pequeño pasillo entre el coche y la puerta abierta en el alto muro, protegiendo el espacio con sus fustas, los peticionarios intentaban colarse, incluso por entre las patas de los caballos, gritando e intentando agarrarse a las botas de Agnez. Ella se quitó a uno de encima de una patada y se fue corriendo hacia la puerta, que Depernon mantenía medio abierta.
Los otros la siguieron desordenadamente, con Sesturo cerrando el grupo, seguido por una docena de cortesanos desesperados. Al llegar a la puerta se giró hacia atrás y les soltó un grito. Su silueta en el umbral, que recordaba más bien la de un oso, bastó para disuadir a todos los seguidores no deseados. La puerta se cerró de un portazo tras él, y al momento se bajó la tranca.
—¿Qué es este sitio? —preguntó Henri, mirando alrededor.
Estaban muy juntos, en un minúsculo patio exterior rodeado por unos setos enormes. A oscuras resultaba imposible ver si había algún hueco o paso entre ellos.
—El laberinto de Boj —respondió Sesturo. Se giró hacia una de las mosqueteras que habían encontrado al pasar la puerta y la miró muy de cerca —. Deranagh, ¿verdad? Ella nos mostrará el camino.
—No, yo no —respondió la mosquetera, chasqueando la lengua—. Pero Errastiel sí, espero.
Se tocó un icono que llevaba en la cinta del sombrero y murmuró algo, y se oyó un leve sonido, como de campanillas, claro pero distante. En el aire apareció una minúscula lucecita azul que flotaba frente a la mosquetera. Deranagh volvió a murmurar algo, y la chispa se dirigió hacia un seto con una sacudida repentina.
—Poneos en marcha —dijo la mosquetera—. Errastiel nunca espera demasiado.
Sesturo se puso a la cabeza, y encontró un hueco en el seto que prácticamente no se veía a menos que se estuviera al lado. Incluso con luz de día habría sido difícil de distinguir, por el modo en que se solapaban los setos. Tuvo incluso que agacharse, igual que Simeon, aunque al resto les bastó con bajar la cabeza.
Dorotea fue la última, y se detuvo un momento para preguntar a la mosquetera:
—No conozco a Errastiel —dijo—. ¿Cuál es su poder?
—Encontrar caminos —dijo la mosquetera—. O mostrarlos. ¡No os quedéis atrás, ser!
—Oh, sí… —dijo Dorotea.
Miró a su alrededor, pero no vio ni la luz del ángel ni la silueta de ningún mortal, hasta que Henri asomó por el hueco de una pared de seto.
—¡Date prisa! —la apremió—. ¡Si nos perdemos, nos quedaremos aquí al menos hasta la mañana!
Los caminos del laberinto pasaban muy cerca unos de otros, y daban muchos quiebros cerrados. Sesturo (una voz casi incorpórea varios giros por delante) los animaba a mantenerse unidos y decía que quien fuera que tuviera detrás le agarrara del cinturón.
Por fin emergieron del laberinto y llegaron a un patio de mayor tamaño entre dos de los principales edificios del palacio, el Palacio Viejo y el Invernadero de los Naranjos, que era su destino aquella noche. El invernadero solo tenía sesenta y tres años de antigüedad; sus gruesas paredes de ladrillo rojo y sus altos ventanales de cristal clarificado por los ángeles contrastaban con la piedra centenaria del palacio original.
Sesturo no los condujo a las elaboradas puertas doradas, sino que rodeó una esquina y luego siguió por el lateral del edificio, que no tenía ventanas. Los muros en aquel lado eran extremadamente gruesos, para conservar el calor en el interior. A mitad de la pared, tras unos ciento veinte pasos, llegaron a una puerta sin nada de particular. Sesturo llamó con los nudillos, en una complicada combinación de toques. Un momento más tarde se abrió una mirilla, alguien lo escrutó a través del orificio, la puerta, perfectamente engrasada, se abrió, y les dejaron entrar en el Invernadero de los Naranjos.
El interior del enorme edificio era un único espacio abierto, apenas interrumpido de vez en cuando por columnas donde se apoyaban los arcos que soportaban el tejado, compuesto de paneles alternos de madera enlucida y de cristal, también clarificado por los ángeles. Unas enormes lámparas de aceite hechas de bronce colgaban de cadenas desde el techo, al igual que otras piezas de cristal modificado por los ángeles, y en la pared sur, por la que habían entrado, había seis enormes hogares, uno cada cuarenta pasos.
Cada una de esas enormes chimeneas estaba atendida por seis rehusantes, que las alimentaban con pesados troncos de una madera dura y oscura (amontonada en pirámides perfectas, no muy lejos del fuego). Los rehusantes llevaban las típicas ropas de color ceniza, pero con el añadido de unas cintas amarillas en las mangas, señal de que servían a la familia real y de que gozaban de una confianza mayor que la mayoría.
Gracias a los estruendosos fuegos, en el interior hacía bastante calor, sobre todo en comparación con el aire frío y húmedo del exterior. El calor era necesario para el crecimiento de los naranjos, limoneros y otros cítricos, plantados muy cerca unos de otros. Veinte filas de árboles, que recorrían toda la longitud del invernadero, con una pequeña plaza central y una pérgola justo en el centro del edificio, y en su interior una tarima y un trono para la reina.
Los visitantes solo veían el techo dorado de la pérgola, pero por entre los árboles les llegaba el murmullo de una conversación. Sesturo cruzó unas palabras con los dos mosqueteros que montaban guardia en el puerta lateral, que enseguida registraron a toda la comitiva para asegurarse de que no llevaban armas de fuego, salvo por las pistolas de Agnez, que, siendo mosquetera, era de confianza.
Una vez superado el trámite, Sesturo les indicó a los demás que lo siguieran y los llevó por uno de los pasillos entre las hileras de árboles, en dirección a la pérgola, pero avanzando en paralelo, separados del centro por tres filas de limoneros y de árboles de lima.
Estaban a unos cincuenta pasos de distancia cuando de pronto se oyó un repentino toque de cornetas, una fanfarria de cinco notas. Sesturo arrugó la nariz y se detuvo, levantando una mano para indicar que pararan.
—¿Qué pasa? —susurró Agnez, que estaba a su lado.
Los otros rodearon a Sesturo para oír su respuesta.
—El rey —dijo—. Debe de haberle llegado la noticia. La reina estará furiosa. No querrá que él os vea.
—¿Podemos acercarnos más? —preguntó Henri—. Yo no he visto nunca al rey. Ni a la reina, ya que estamos.
—Ni yo tampoco —añadió Simeon—. Y no me habría importado que la cosa siguiera así.
—Eres listo, doctor —respondió Sesturo, con una sonrisa socarrona—. Pero ya es demasiado tarde. Habéis llamado la atención de todos los poderosos. ¡Seguidme, pero no abráis la boca!
Volvió a avanzar, esta vez mucho más despacio, cruzando varias hileras de árboles y acercándose a la pérgola. Aquí todos los árboles eran naranjos y estaban cargados de fruta madura, mientras que los que habían dejado atrás estaban aún floreciendo o apenas tenían frutos verdes.
En la siguiente intersección entre tres filas encontraron a dos mosqueteros de guardia que se giraron enseguida al acercarse Sesturo. Sus espadas asomaron varios centímetros por encima de la vaina. Pero al verlo se relajaron, y una vez más hubo un intercambio de comentarios en voz baja antes de que volvieran a ponerse en marcha.
—Muy pronto yo estaré destacada aquí —le susurró Agnez a Henri—. Dentro de unas semanas, como mucho. Y, dentro de un año, ya no seré cadete.
Henri asintió y sonrió. Él no era tan pesimista como Simeon, o quizá como Dorotea (aunque era difícil saber qué pensaba realmente Dorotea), pero no estaba tan seguro de que haberse convertido de pronto en el centro de atención de los poderosos les fuera a traer los beneficios esperados. Dentro de un año quizá todos estuvieran en la Torre. O peor…
Sesturo los llevó hasta la última fila de árboles antes de la plazoleta pavimentada que rodeaba la pérgola y volvió a detenerse. Les indicó con un gesto que se acercaran. Oían las voces amortiguadas de los cortesanos de la reina, y aunque los árboles estaban tan juntos que casi formaban un seto, pudieron ver alguna imagen fugaz del interior, y de la tarima donde estaba el trono.
—Mirad desde aquí —susurró Sesturo, y señaló—. ¿Veis ese árbol tan alto, justo detrás de la pérgola, con las naranjas enormes?
Los otros asintieron, mirando con diferentes grados de perplejidad, dado que las naranjas eran al menos el doble de grandes que las normales…
—Magia, supongo —murmuró Agnez.
—No —respondió Sesturo—. Artificio. Son naranjas «oro y cobre». Fue el primer árbol que hubo en este lugar, lo plantó la reina Louise VI con sus propias manos. Quedaos detrás de ese árbol y esperad a que se os llame.
—¿Tú dónde vas? —preguntó Henri.
—A informar a la capitana —respondió Sesturo, señalando a través de un pequeño hueco entre la vegetación—. Está detrás de la reina, ligeramente hacia la izquierda, como es habitual. ¿La veis?
Todos se amontonaron para mirar, casi entrechocando las cabezas, y hubo un momento de simpática camaradería en el momento en que competían por ocupar el hueco, hasta llegar al pacto no hablado de hacer turnos. Henri fue el primero. A través del hueco entre el follaje, no más grande que la palma de su mano, veía la mayor parte de la pérgola. El trono, en el centro, no era especialmente majestuoso, sino más bien un sillón de respaldo alto, aunque con brazos y patas dorados, y la tapicería de terciopelo morado con remates dorados. La reina Sofía XIII estaba sentada en él, con la cabeza ladeada, escuchando a una anciana con el rostro pintado de carmesí, un tocado dorado y una larga túnica de color escarlata con apliques de armiño que Henri reconoció inmediatamente como la cardenal Duplessis. Ahora que la veía desde la distancia le resultaba más fácil mirarla que cuando se la habían presentado. No sentía aquella necesidad de agachar la mirada. La cardenal no llevaba puesto el icono de Ashalael; supuso que provocaría grandes problemas a los iconos de menor poder de la gente que tuviera alrededor.
La reina le resultó a Henri algo decepcionante, por así decirlo. Era mucho más baja que la cardenal, y llevaba una larga peluca de densos rizos trenzada con decenas de finas cintas de oro que le tapaban gran parte del rostro. Sobre la peluca lucía una pequeña corona de oro y esmeraldas, fijada al cabello con un fino puñal con piedras preciosas en lugar de una horquilla.
No llevaba un vestido formal —hacía un siglo que las mujeres nobles solo se ponían vestidos para los bailes de gala y cosas así—; seguía el dictado de la moda, que imponía un estilo basado en ropa de caza estilizada, en su caso con una blusa de algodón blanca, un jubón de suave ante azul con volantes dorados en el cuello y en los puños, y unos bombachos de tela oscura imitando al cuero, con cintas decorativas a los lados. Sus botas eran de color borgoña, altas hasta los muslos y perfectamente lustradas, con el borde superior vuelto a la altura de las rodillas. Tenía apoyada en el trono una espada recta ceremonial, con tantas gemas incrustadas que sería difícil empuñarla. Sin embargo, observándola más a fondo, se veía que en la vaina había cuatro pequeños iconos engastados, de modo que resultaba evidente que era más un objeto mágico que algo para el combate personal, aunque la reina Sofía no era especialmente famosa por su habilidad como maga.
Por lo poco que podía ver de su rostro bajo la peluca, Henri pensó que tenía un rostro bastante común, en el que solo destacaba la puntiaguda nariz. Tenía la piel de color marrón oscuro, y muy suave, pero pensó que probablemente fuera por efecto del maquillaje, como el color carmesí de la cardenal. Llevaba las manos enfundadas en guantes, a su vez decorados con numerosas gemas de pequeño tamaño.
A la izquierda de la reina estaba la capitana Dartagnan en posición firme, pero relajada, aunque no dejaba de mirar a los cortesanos presentes en la pérgola. Tendría poco menos de cincuenta años, pero era enjuta y musculosa, y tenía la mano apoyada en la empuñadura de una espada muy usada. En el dorso lucía una cicatriz pálida que destacaba contra el color oliváceo de su piel. A diferencia de la espada de la reina, la suya carecía de cualquier adorno. Su tabardo, su jubón y sus pantalones bombachos eran los clásicos de una mosquetera, de color negro y plateado, pero el fajín dorado de su cargo no lo llevaba al hombro, como era habitual, sino alrededor de la cintura, con un nudo en el costado, visible a través de la abertura del jubón. No lucía anillos, broches ni ninguna otra cosa que pudiera ser un icono. Al estar en presencia de la reina, y al no tener un título nobiliario como Duplessis, llevaba la cabeza descubierta, y se le veía el pelo rapado, del mismo color plateado que los bordados de su tabardo, en contraste con la piel, oscura como la tela de su jubón. Era como un viejo cuervo rodeado por una bandada de vistosos loros.
En la plataforma de la pérgola solo estaban ellas tres; no había nadie más cerca de la reina. Henri se movió un poco hacia los lados, intentando ver a los otros asistentes, pero no disponía de un buen ángulo.
—Me toca a mí —susurró Simeon.
A regañadientes, Henri se hizo a un lado, y después de Simeon les tocó el turno a Dorotea y Agnez.
—Me pregunto cuál será su aspecto real —murmuró Dorotea.
—¿El de quién? —preguntó Simeon.
—El de la reina. Sin esa peluca.
—Mira cualquier moneda —dijo Henri—. De una libra, o un real de oro.
—Para las monedas usan un retrato antiguo —susurró Dorotea—. De hace una década, al menos. Además, Depuisne era conocido por favorecer a los modelos representados en sus grabados.
—¿Quién? —preguntó Agnez.
—Depuisne —dijo Dorotea—. El creador de iconos y diseñador de monedas de la reina. En otro tiempo. Ahora el cargo lo ocupa Delisieux.
—¿Cómo es que sabes esas cosas?
—¿Y cómo no iba a saberlas? Supongo que tú sabes cosas sobre… la tropa, y cosas así.
—Pero ¿por qué tiene que llevar peluca? —preguntó Simeon.
—Supongo que el cabello se le ha vuelto gris —respondió Dorotea—. Aunque hay varios ángeles que le podrían arreglar algo así… Igual es porque le gustan las pelucas.
—¡Callaos! —susurró Henri, lo más alto que pudo. Estaba mirando otra vez a través del hueco—. Se acerca el rey.
Se arremolinaron de nuevo, pero Henri no cedió el sitio. No obstante, Simeon apartó un poco una rama y consiguió agrandar el hueco para que pudieran mirar los cuatro, él asomando por encima de la cabeza de Henri, Dorotea apoyando la barbilla en el hombro de Henri y Agnez apretándose a un lado.
—Es bastante atractivo —observó Dorotea—. Se parece considerablemente a la imagen de esa moneda de dos libras que acuñaron en ocasión de la boda real…
El rey era un príncipe de los Ochenta y Seis Reinos, cinco años más joven que la reina, y conocido por su afición al lujo y a la diversión. A pesar de la vida disoluta que había llevado en la docena de años que llevaban casados, mantenía el tipo y la imagen que habían provocado, en parte, que la princesa Sofía se hubiera fijado en él, aunque ya hacía tiempo que el amor había desaparecido. Era de la misma altura que la reina, así que no demasiado alto, tenía el cabello ensortijado y muy negro, y su piel, brillante como el ébano pulido, habría podido ser la de alguien mucho más joven. No necesitaba llevar maquillaje en la piel. Él también iba vestido de caza, pero con su levita de paño dorado con brillantes botones de piedra lunar. Sus bombachos de tela doble, con pinzas verticales, tenían franjas negras y doradas, y sus botas de cuero negro estaban rematadas con un bordón dorado. En conjunto, su imagen era más la de un juglar de lujo que la de un cazador, algo a lo que contribuía la guiterna ornamental que llevaba a la espalda, una especie de mandolina de pequeño tamaño con la correa también dorada. No la tocaba muy bien, y desafinaba al cantar, pero le gustaba muchísimo hacerlo. Tampoco él era un gran mago, y solo llevaba un anillo con un icono.
Los cortesanos dejaron de hablar en el momento en que el rey se acercó a la pérgola e hizo una elegante reverencia ante la reina. Ella se apartó de la cardenal para mirarlo. A pesar de quedar oculta por la sombra de su gran peluca, la expresión de su rostro estaba clara. No estaba contenta de verlo.
—Qué visita inesperada, Ferdinand. ¿Cómo es que te has perdido el estreno de los Tres pastores de antaño, de Lamarina?
El rey hizo una nueva reverencia, quitándose el sombrero, que hacía juego con sus botas, de cuero negro con remates de hilo de oro; la pluma era una elaborada creación en papel de oro.
—Me ha llegado la noticia de un descubrimiento notable, su majestad — dijo con voz sonora—. Y quería felicitaros enseguida por la recuperación de un tesoro de Estado que, según me han dicho, vale millones de libras.
La reina no respondió inmediatamente. Se lo quedó mirando. Sus ojos, algo saltones, reflejaban cierto orgullo. En aquella posición, su nariz recordaba la punta de una flecha, a punto de salir disparada. El rey se movió, incómodo, como un niño después de pedir miel para el pan de su desayuno, sabiendo que era difícil incluso que le dieran mantequilla.
—Viene por el dinero —susurró Henri—. He oído que tiene montones de deudas. Uno de los suyos incluso se presentó ante la arquitecta para intentar sacarle algo, diciéndole que prescindiría de sus aposentos en el Palacio Nuevo a cambio de un pago adelantado. Solo que seguro que se habría quedado con el dinero y no habría renunciado a los aposentos, por supuesto.
—No sé cómo la reina lo aguanta —dijo Agnez, con desprecio—. O sea… ¿De qué le sirve?
—¿Después de que tuvieran a los dos herederos, quieres decir? — intervino Simeon.
—No, no quería decir eso… Déjalo.
La reina se inclinó hacia Dartagnan y le susurró algo. La capitana general asintió, dio un paso adelante y levantó la mano. Aunque hasta el momento apenas se oía nada, más que los murmullos, de pronto la pérgola quedó en completo silencio.
—Su majestad desea estar sola —anunció Dartagnan.
De pronto se oyeron otra vez movimientos y murmullos. Aunque desde el hueco entre los árboles los cuatro amigos no podían verlo, los cortesanos empezaron a alejarse; sus pisadas resonaron en los caminos pavimentados entre las filas de naranjos.
«Estar sola» significaba algo diferente para una reina que para una persona normal, dedujo Henri, al ver que la cardenal, Dartagnan y el rey se quedaban, al igual que unos cuantos criados y mosqueteros que veía en formación por la parte trasera y por los lados de la pérgola. Entre ellos, Sesturo, que se acercó tan sigilosamente como le permitía su corpulencia, para susurrarle en el oído a Dartagnan. Ella echó un vistazo hacia donde se escondían los muchachos. Pero la capitana de los mosqueteros no dio señal de que pudiera verlos, ni de que quisiera que hicieran nada en particular.
La cardenal también se giró, y aunque probablemente no podía verlos, los cuatro se encogieron.
—¿Nosotros también tendríamos que irnos? —susurró Simeon.
—No —dijo Agnez—. Sesturo nos ordenó que nos quedáramos aquí hasta nueva orden.
—¿Dónde están Franzonne, Rochefort y el cofre? —preguntó Henri.
—Probablemente, también estén aquí —respondió Agnez—. Al otro lado de la pérgola, esperando, como nosotros.
—Antes las naranjas me gustaban —dijo Simeon, con tono quejoso—. Ojalá estuviéramos en otro sitio.
—Es mejor que la Torre —señaló Dorotea.
Eso no podían negárselo.
—Bueno, ¿y dónde está ese tesoro recién encontrado? —preguntó el rey, mesándose el bigote y mirando a su alrededor como si alguien fuera a ponérselo delante.
La reina parecía aún más molesta.
—¡He dicho que deseaba estar sola!
—Oh, sí, más vale que esperemos a que todos esos se hayan ido —dijo el rey, con una confianza exagerada, agitando la mano cargada de anillos como para despedir a los cortesanos que ya se retiraban—. Carroñeros…
La reina suspiró muy sonoramente y se dirigió de nuevo a Dartagnan, que inclinó la cabeza y asintió al oír sus instrucciones. Retrocedió y a su vez habló con Sesturo, que abandonó la pérgola y desapareció entre los naranjos por el otro lado, para volver a aparecer poco después acompañado de Rochefort y Franzonne, con un persevante y un mosquetero tras ellas, cargando el cofre de bronce.
—¡Parece que pesa! —observó el rey, con cierta satisfacción.