Magia angelical
Capítulo 27
27
A pesar de llevar sombreros y tabardos de mosqueteros, y de que los obligaran a llevar espada, Simeon, Henri y Dorotea no se habían convertido en soldados de pronto, y no los enviaron a patrullar por el subsuelo de la ciudad en busca de alcantarilleros, ni les hicieron practicar con la espada, como había hecho Agnez con Franzonne y Gruppe, que era un experto en técnicas sucias y poco convencionales. Tal como había dicho Dartagnan, a los «mosqueteros temporales» les pusieron a trabajar en los puestos donde sus habilidades y su experiencia resultaban más útiles para la expedición. Simeon se encontró de nuevo en la enfermería, aunque ahora pasaba poco tiempo con los pacientes o asistiendo a la magíster Hazurain. Estaba casi siempre en los departamentos interiores del hospital, con distribuidores, fabricantes de artículos médicos y administrativos, intentando determinar qué medicinas, instrumental, consumibles y otros artículos podían meter en los carros tirados por dos caballos o por seis mulas que compartirían los equipos médicos del regimiento.
El cuarto día tras el anuncio de la expedición, cuando tras la emoción inicial se había impuesto ya cierta rutina, Simeon oyó un rumor en el despacho del boticario, donde supervisaba el empaquetado de frascos de loción de calamina en cajas rellenas de paja, y se fue corriendo a ver a la magíster Hazurain, a la que encontró examinando a una soldado de los caballeros del rey que había resultado gravemente herida al disparar un mosquete con tierra en el cañón, que había quedado atorado tras haberlo usado como muleta durante sus juegos de borrachera.
—Tendremos que cortarle esa mano —le dijo Hazurain a Simeon.
Ya había invocado a Sarpentiel, que se había encargado de que la soldado estuviera profundamente dormida.
—¿Gwethiniel no podría…?
—Quizá —dijo Hazurain—. Pero ya la he invocado una vez este mes, y ese es mi límite. Ya conoces mi metodología, Simeon. Debo calcular el precio que pago en tiempo de vida; no puedo dilapidarla tan alegremente. Calculo que sobrevivirá a la amputación. Nunca emplees a un ángel a menos que sea necesario, y vivirás lo suficiente como para no lamentarlo.
Simeon asintió. Gwethiniel, que podía recomponer la carne y el hueso, era una virtud, y según los cálculos de Handuran, invocarla podría costarle al mago dos meses de vida.
—Usaré las sierras dos y tres, así como mis cuchillos de Turingen —dijo Hazurain a uno de sus asistentes—. Que Detheren me los prepare. Dile que quiero usar mi icono de Charysylth para la higienización. Bueno, ¿y qué puedo hacer por ti, Simeon? Supongo que querrás pedirme prestado más instrumental para tu expedición.
—No, magíster —dijo Simeon—. Bueno, quizá sí, más tarde. Pero es que he oído algo y quería preguntaros por ello.
—Pregunta —dijo Hazurain, que se sentó en el extremo de la cama de la soldado y se frotó los ojos—. Ah, estoy cansada. Supongo que no querrás amputarle la mano a esta pobre mujer por mí, ¿no?
—¡Si así lo deseáis, por supuesto, magíster! —respondió Simeon, encantado de que le asignara aquella responsabilidad.
Se olvidó de su pregunta por unos minutos, mientras ambos examinaban la mano destrozada y dirimían los aspectos técnicos de la amputación, a qué serafín o querubín pedir asistencia, etcétera. Hasta que el asistente regresó con una caja de sierras para hueso y acompañado de Detheren, compañero de Simeon, este no recordó lo que quería preguntarle a Hazurain, que ya estaba a punto de despedirse, dejando la operación en sus manos.
—¡Oh, ser! Lo que quería preguntaros… He oído que os llamaron para que fuerais a visitar a lady Dehiems, la albana. ¿Es cierto?
Hazurain se secó la frente.
—Oh, sí —respondió, sin darle importancia—. Su majestad estaba preocupada porque lady Dehiems no había podido ir a visitarla al palacio. Pero solo tiene fiebre del río, dolencia albana a la que es vulnerable lady Dehiems. No es grave, pero afecta a los pulmones. El remedio más indicado es el descanso, salvo en casos extremos, o cuando hay que trasladar al paciente por fuerza mayor, en cuyo caso se hace imprescindible la intervención angelical. Dehiems estaba convencida de que se recuperará pronto, y yo también lo creo, aunque quizá no tan rápidamente como ella espera. Pueden ser unas semanas, y no unos días.
—¿Qué síntomas tenía Dehiems, magíster? —preguntó Simeon.
Habría querido preguntarle por los extraños fuegos internos que veía Dorotea, pero no se atrevió. Probablemente, Hazurain no los vería, como no los veía él, pero quizás hubiera otros síntomas extraños.
—Oh, solo la fiebre; estaba muy caliente al tacto. Y tenía una laxitud extrema. —Hazurain bostezó—. Síntomas típicos de la enfermedad. Debo retirarme, Simeon.
—Gracias, magíster —dijo Simeon, acompañándola unos pasos. Bajó la voz y se inclinó un poco, acercándose—. ¿Y su eminencia, la cardenal? ¿Se está recuperando bien?
Hazurain se quedó mirando a Simeon, perpleja.
—Te veo muy interesada en los poderosos —dijo—. La nueva favorita de la reina… Sí, ya sé quién es Dehiems, aunque no ha corrido demasiado la voz… Y la propia cardenal… ¿Por qué lo preguntas?
—Oh…, curiosidad —balbució Simeon—. Y…, bueno…, a decir verdad, por interés propio. Toda esta expedición se puso en marcha mientras la cardenal estaba indispuesta y ausente del lado de la reina. He pensado que cuando se recupere quizá decida que, en realidad, no es una buena idea…
—Ya veo. —Hazurain vaciló un momento. Luego habló en voz muy baja —: Su eminencia tiene un cuerpo considerablemente más viejo de lo que correspondería a su edad, porque lo ha usado implacablemente al servicio de Saranza, invocando ángeles. Se está recuperando, pero tardará. Mucho más que lady Dehiems, que tiene la juventud de su lado, y que no es maga. Yo calculo que la favorita albana podrá volver al lado de la reina mucho antes que la cardenal. ¿Eso responde a tu pregunta?
—Sí, la responde —respondió Simeon—. La expedición seguirá adelante.
—Te deseo buena suerte —dijo Hazurain, y se marchó.
Simeon sabía que no se refería a la amputación.
Dorotea, que finalmente pudo regresar a Belhalle, se sumergió devotamente en la investigación que se le había solicitado. Acompañada por un mosquetero silencioso y reservado llamada Huro, cuya compañía agradecía porque casi parecía no estar allí, pudo ir y volver a Belhalle en barco.
Sus primeras indagaciones, dirigidas a la búsqueda de mapas de la frontera con Ystara, fueron razonablemente bien, aunque muchos de aquellos mapas parecían contradecirse en cuanto a la posición de los accidentes geográficos. Además, ninguno era de esos tan valiosos que hacían los ángeles volando, en colaboración con cartógrafos expertos. Pero, bueno, en realidad, de esos había pocos, y de muy pocas partes del mundo.
Al cabo de unos días, cuando pasó de los mapas a la búsqueda de referencias sobre los abestiados, Liliath, Palleniel y la caída de Ystara, Dorotea no encontró la mayoría de los volúmenes que necesitaba, aunque aparecían listados en las grandes bibliografías encadenadas a las mesas de la Gran Sala de Lectura de la biblioteca central de Belhalle (conocida coloquialmente como «Pétalo», por el motivo floral que cubría los paneles de madera de las paredes).
Había muchos títulos, como Huida de Ystara o La caída de Palleniel, de Villeska, o Examen de cinco abestiados pescados en el río Agros, o Cartas de un paseante bascón a su interlocutor ystariano en tiempos de la peste gris, que aparecían listados en las bibliografías, pero que no estaban en los estantes. Al principio, Dorotea había pensado que sería el típico problema de los libros que no vuelven a dejar en su sitio. Pero después de consultar con varios bibliotecarios jóvenes, que siempre respondían encogiéndose de hombros, y de ver el movimiento de montones de libros que llevaban al menos décadas a la espera de clasificación o catalogación, tuvo claro que aquellos libros, publicaciones y estudios ya no estaban en las bibliotecas de Belhalle.
Fue una de los bibliotecarias más veteranas quien le explicó lo que sucedía.
—Fueron confiscados por la cardenal Dumauron —dijo esta, echando un vistazo a la entrada bibliográfica que le presentaba Dorotea—. ¿Ves esta señal?
Dorotea se acercó un poco. Las bibliografías estaban escritas por muchas manos diferentes, a lo largo de los siglos, y había un montón borrones, tachones y otras marcas que podían ser o no accidentales. Sobre la tercera letra del título se veía un borrón que quizá pudieran haber hecho deliberadamente.
—Tinta verde —dijo la bibliotecaria.
Dorotea se acercó aún más. La Sala de Lectura, como la Rotonda, tenía paneles de cristal clarificado por los ángeles en el techo, pero no era un día luminoso.
—Supongo que sí —convino.
Era un verde muy oscuro, no muy diferente de la tinta negra con un toque morado que se usaba habitualmente en aquellos volúmenes.
—Un punto negro —dijo el bibliotecario, resoplando—. Retirado por orden de la cardenal Dumauron. Lo que significa (déjame pensar) hace unos ochenta años.
—¿Retirado? ¿Y dónde lo llevarían?
La bibliotecaria se encogió de hombros.
—Pregunta a los persevantes. Aunque, siendo mosquetera, supongo que no te apetecerá mucho.
—En realidad, no soy mosquetera —protestó Dorotea, bajando la vista y observando su tabardo con gesto de disgusto. Le había dejado la espada a Huro, en la entrada—. Es temporal, para la expedición. Aquí soy una bachiller.
—¡Oh, así que vas a ir a la expedición! —exclamó la bibliotecaria—. Buscarás libros, ¿no? Se supone que el rey de Ystara tenía un ejemplar de las Obras de misterio, de Mallegre, el último que quedaba. ¡Ojalá pudieras encontrarlo!
—Desde luego, lo buscaré —prometió Dorotea, animándose al pensar en los libros perdidos que quizás aún se conservaran en el templo secreto de Liliath—. ¡No había pensado que podría haber libros! ¡Todo el mundo estaba tan emocionado con los Iconos de Diamantes, el oro y todo eso…!
—¡Bah! Tonterías, en comparación con el conocimiento. Por favor, asegúrate de recuperar cualquier cosa que pueda ser de interés.
—Haré todo lo que pueda —dijo Dorotea—. Y veré si encuentro los libros que se han llevado de aquí. Preguntaré a Rochefort; ella debería saberlo.
—¿La capitana Rochefort? —murmuró la bibliotecaria, que tosió y dio un paso atrás—. Sí, bueno, buena suerte. Y, por favor, no menciones mi nombre.
—Yo no sé vuestro…
Pero la bibliotecaria había desaparecido otra vez entre los estantes.
Henri estaba disfrutando mucho más trabajando para los mosqueteros que como asistente de la arquitecta de la reina. En lugar de pasarse el día corriendo de un lado al otro de la Fortaleza de la Estrella para conseguir que los escaqueados hicieran el trabajo que tenían asignado, trabajaba con registros de cuentas y con operaciones importantes, y se le apreciaba por su talento y por su duro trabajo.
Ya había descubierto una hábil estrategia con la que el maestro cervecero de los mosqueteros vendía por su cuenta un barril de cada diez a la Torre del Ángel, una taberna de la ciudad muy visitada por los mosqueteros, quizá por lo sorprendentemente familiar que les resultaba aquella cerveza. A Henri aquello le había extrañado, y sus cálculos demostraron que la producción total de cerveza no coincidía con la cantidad consumida en los barracones; a partir de ahí le resultó bastante fácil convencer a Decastries para que se marcaran los barriles en secreto. Un día después, el montaje salió a la luz.
Decastries también le había pedido a Henri que hablara con la teniente Deramillies, de los artilleros, para consultarle las cantidades de pólvora, de munición y de cartuchos precargados que necesitarían para la expedición, el modo de transporte más seguro y las disposiciones que habría que tomar para su distribución durante la campaña.
A Henri siempre le había interesado mucho la artillería, y todo lo que fuera hacer estallar cosas. Ahora que llevaba el uniforme de los mosqueteros y que formaba parte de la expedición, Deramillies y sus artilleros le dejaron participar de buen grado en sus operaciones, y prácticamente le adoptaron como si fuera uno más de ellos.
Le interesaban especialmente los seis falconetes que iban a llevar en la expedición. Eran cañones ligeros, con un fino tubo de bronce tan largo como alto era él, del grosor de su brazo, y que disparaban unas balas prácticamente del doble del tamaño de las de un mosquete y el doble de lejos. Montados en carros con ruedas, podían ser arrastrados por un par de caballos y descargados y disparados sin problemas por un solo artillero y uno o dos asistentes.
La artillería moderna, solía decirles Henri a sus amigos, era la respuesta a cualquier amenaza que pudieran plantear los abestiados. Ni siquiera su piel áspera y acorazada podría hacer frente a una bala de falconete. Los artilleros también estaban preparando granadas, como la que había llevado Franzonne al palacio, unas bolas de hierro llenas de pólvora y con una mecha lenta. Cada mosquetero debía llevar dos o tres, y las pruebas realizadas (fuera de Lutacia, en el campo de prácticas) habían mostrado que serían efectivas, aunque peligrosas tanto para el enemigo como para quien las manipulara.
Entre los mosqueteros había quien mostraba cierto resentimiento porque tres de los puestos destinados a la expedición se les hubieran asignado a Simeon, Henri y Dorotea. Pero si se les presionaba, hasta los más gruñones tenían que admitir que se habían ganado ese privilegio, primero por haber encontrado el cofre de la Lombriz y después por haber derrotado al abestiado en el patio del palacio. Y, puesto que habían demostrado su utilidad, cada uno a su manera, el resentimiento fue disminuyendo, o al menos no lo mostraban en público.
Henri regresaba de una de sus salidas con los artilleros cuando vio a unos mosqueteros en una bocacalle, escoltando a una hilera de alcantarilleros recién capturados que tenían las manos atadas a la espalda y los tobillos unidos entre sí por cuerdas hechas de cuero. Agnez formaba parte de la escolta. Cerraba el grupo, pero tenía un aspecto lamentable, porque estaba cubierta de las botas a la cintura de lo que Henri esperaba que fuera simple fango.
Henri se apeó de su caballo, se despidió de los artilleros y se abrió paso a toda prisa entre el gentío que, al ver su sombrero y su tabardo, le dejó espacio, tal como habían hecho a los otros mosqueteros y a sus prisioneros rehusantes. Había una gran agitación por toda la ciudad, había habido manifestaciones a favor y en contra de los rehusantes, y todo el mundo iba con mucho cuidado con los soldados.
—¡Eh, Agnez! —gritó Henri, cuando la tuvo cerca.
Agnez se giró con la mano en la empuñadura de la espada.
—Por cómo hueles a pólvora, parece que has estado escabulléndote del trabajo y disparando cañones.
—No voy a decirte a qué hueles tú —respondió Henri, sonriendo y arrugando la nariz, mientras reemprendían la marcha, siguiendo a los prisioneros—. Además, necesitaba ver si usamos la misma pólvora en los mosquetes que en los falconetes.
—¿Y es así?
—No, pero podría ser…, y debería ser —respondió Henri—. Los artilleros están de acuerdo, solo tengo que convencer a la capitana. ¿Dónde habéis encontrado a todos estos?
—Bajo el Jardín de Ashalael —dijo Agnez—. Hay grutas naturales en la roca. Estos se escondían en una de ellas. Estaba medio inundada; supongo que por eso no había mirado nadie antes. Pero uno de los sacerdotes los vio entrando y saliendo por la noche.
—¿Ha habido enfrentamiento?
Agnez negó con la cabeza.
—¡Échales un vistazo! No tengo claro ni que sean alcantarilleros de verdad, ni que formen parte del Clan de las Sombras. Desde luego no son combatientes como los que atrapamos antes. Algunos de ellos son poco más que niños; la mitad de ellos están tullidos. ¡Dos de ellos son ciegos! Y tampoco tenían armas.
Caminaron un rato en silencio. Henri se daba cuenta de que Agnez estaba desanimada con aquella tarea en la que básicamente actuaba como una carcelera, intimidando a aquellos patéticos rehusantes que avanzaban tropezando a causa de sus ataduras.
—Los mandan a Riveral —dijo Agnez al cabo de un rato—. Les han marcado una «R» en el dorso de la mano izquierda. Así pues, los destinan a la expedición, y puede que nunca vuelvan a la ciudad.
—Quizá puedan iniciar una nueva vida en Ystara —sugirió Henri.
Agnez le echó una mirada sarcástica.
—¡Ese lugar está plagado de abestiados! Todo aquel que pudo huir cuando todo aquello empezó lo hizo. Los demás murieron. Nadie ha vuelto a aventurarse en ese lugar, o al menos nadie ha salido con vida para contarlo. ¿Cómo crees que iban a luchar todos estos contra algo parecido a ese abestiado al que disparé?
—Pues no creo que los dejemos ahí, sin más —dijo Henri, no muy convencido.
—Eso es exactamente lo que tienen planeado —respondió Agnez, cortante—. Los usamos como mano de obra a la ida. Y supongo que para salir de allí, y luego, en la frontera, los enviamos de nuevo a Ystara, a que se enfrenten a su destino.
—Puede que nuestro destino sea el mismo —dijo Henri, pensativo.
—No, el nuestro no es ese —replicó Agnez, con una seguridad mucho mayor de la que tenía Henri—. ¡Nosotros podemos luchar!
—No puedo creer que la capitana Dartagnan piense abandonarlos, sin más, ante la presión de los abestiados.
—No será solo la decisión de la capitana, ¿recuerdas? Comparte el mando con Rochefort. ¿Y recuerdas lo que nos dijo Dorotea sobre lo que había dicho la cardenal? Su eminencia querría echar a todos los rehusantes al mar, no solo al Clan de las Sombras y a los alcantarilleros. Y Rochefort es la mano derecha de la cardenal.
—Pero la cardenal no estaba en sus cabales… Quiero decir que Dorotea dijo que farfullaba y que prácticamente estaba a punto de derrumbarse…
—Mucha gente piensa como ella —añadió Agnez, echando una mirada a los prisioneros, que avanzaban renqueando—. Confieso que no había pensado en ello hasta que he tenido que salir a buscarlos.
—Bueno, la verdad es que se lo han buscado —dijo Henri—. O ellos, o sus antepasados.
—¿Tú crees? —objetó Agnez—. Dorotea no está de acuerdo. Y recuerda lo que dijo la reina: uno no es responsable de las locuras de sus ancestros.
—Bueno, no sé —se defendió Henri, incómodo—. El caso es que las cosas son así. No podemos hacer nada al respecto. Además… —Miró alrededor y se acercó un poco más—. Además, no queremos tener nada que ver con los rehusantes. Ya sabes, no fuera cosa que lo que sea que ve Dorotea en ellos tenga algo que ver con nosotros. Simeon tiene razón. Lo mejor es cumplir con nuestro trabajo y pasar desapercibidos.
Agnez asintió, pero no estaba completamente de acuerdo. Aceleró el paso para ponerse a la altura del último rehusante de la fila. Y Henri tuvo que echar una carrerita para alcanzarla. No abrió la boca durante el resto del camino a Riveral, siguiendo a los rehusantes y a los otros mosqueteros: pasaron por las puertas exteriores, abiertas de par en par, y se sumergieron en las sombras del largo túnel que llevaba al interior.