Magia angelical
Capítulo 30
30
— no de los cuatro ha estado haciendo preguntas a los nuestros —le dijo U
Biscaray a Liliath en voz baja, mientras colocaban sus ásperas mantas en el suelo, al resguardo de una gran roca. Ya estaban cerca de Monthallard; llegarían al día siguiente. El camino había ido ascendiendo lenta pero progresivamente las últimas semanas, a medida que se acercaban a las montañas que marcaban la frontera con Ystara, y el frío era más intenso, especialmente por el viento. Los rehusantes ahora dormían apretados unos contra otros en el suelo, que en muchos casos era de tierra o de roca, y no ya en campos pantanosos—. La bachiller, Dorotea Imsel.
—¿Y qué es lo que pregunta? —dijo Liliath, en voz baja, pese a que estaban rodeados por hombres de Bisc.
—Quiere oír historias, las cosas que les contamos a nuestros hijos, o que nos contaron de niños —dijo Bisc—. Sobre la caída de Ystara, sobre Palleniel.
—¿Y qué le han contado?
—Las dos historias de siempre, las que ya debía de saber, nada más. Que pecamos, más allá de cualquier posibilidad de redención, y que Palleniel maldijo a todos los ystarianos, y que ahora cargamos con esa maldición para siempre. O la otra, la que no les gusta a los sarancianos, de que hubo una guerra en los cielos, que los ángeles enemigos nos maldijeron, y que Palleniel no pudo salvarnos. En cualquier caso, según ambas historias, estamos condenados para siempre. Debo admitir que tengo curiosidad por saber la verdad.
—Ya te lo he dicho: Palleniel no maldijo a nadie. Sus enemigos provocaron la plaga de peste gris y la aparición de los abestiados —replicó Liliath, girándose para quitarse una espina o un pincho del costado—. Los otros arcángeles, dirigidos por sus cardenales y altos sacerdotes, atacaron a Palleniel. Fue condenado…, pero lo rehabilitaremos. Y volverá la normalidad, Bisc.
—Pero ¿los arcángeles enemigos no volverán a atacar?
—Pillaron a Palleniel por sorpresa —dijo Liliath. Ya había contado aquella mentira antes, mucho tiempo atrás, y le resultaba fácil—. Su icono lo manipulaba una frágil anciana, la cardenal Alsysheron. Cuando Palleniel regrese, será porque yo lo invocaré, y lo dirigiré contra nuestros enemigos. Y será diferente. Todos quedarán curados, los abestiados desaparecerán, Ystara recuperará su grandeza.
Bisc asintió, con el rostro oculto en la penumbra y entre las sombras de la roca. Ni siquiera Liliath pudo descifrar su gesto.
—Pero ¿por qué necesitáis a esos cuatro? —preguntó—. Descaray.
MacNeel. Dupallidin. Imsel. No son de Ystara…
—Ya basta de preguntas —respondió Liliath, irritada—. De momento, solo tienes que saber que los necesito vivos e ilesos, en el templo.
—Pero…
—Ya me has oído —dijo Liliath, entre dientes—. Encárgate de que se cumplan mis órdenes.
—Como siempre —respondió Bisc—. Se cumplirá vuestra voluntad.
—He visto collados más altos —dijo Agnez, arrugando la nariz.
—Tiene pinta de que hará frío —dijo Henri, que hacía tres días que llevaba su pesada capa. Era la típica de los mosqueteros, de lana negra, con el remate de piel de zorro plateado. Se la ajustó. El sol acababa de salir. Aunque el cielo estaba claro y luminoso, el aire no acababa de calentarse—. Quiero decir que parece que hará aún más frío que aquí.
—Pues da gracias a que tienes la capa —señaló Dorotea—. Los rehusantes no tienen nada de abrigo.
—Y da gracias al tiempo que hace —añadió Simeon—. Podría hacer mucho más frío. Y podría llover. Hasta el momento hemos tenido suerte.
Estaban juntos, en lo alto de un pequeño caballón que discurría en paralelo a un estrecho arroyo sin nombre que marcaba la frontera entre Saranza e Ystara. Abajo se veía el lecho de un río casi seco cubierto de guijarros, con los restos de varios embarcaderos de piedra en ruinas; era todo lo que quedaba del antiguo puente imperial. La carretera, o más bien los restos de la antigua carretera, ascendía desde el lecho del río en línea recta hacia un hueco entre las montañas, al suroeste, a dos tercios de distancia de las cimas que se elevaban a ambos lados, enormes agujas de piedra gris con nieve y hielo en la punta.
Los cuatro iban a pie; sus caballos estaban a poca distancia, en el corral instalado en el que sería el último campamento de la expedición en Saranza, en el pueblo de Monthallard. Otro poblado temporal, mucho más grande, se había instalado muy cerca, en lo que ya había dejado de ser un paraje bucólico, con los participantes en la expedición que no iban a poder seguir adelante y entrar en Ystara, y que esperarían el regreso (o no) de sus seres queridos, sus clientes y sus víctimas (en el caso de estafadores y ladrones).
La vieja carretera que subía hasta el collado estaba muy deteriorada y presentaba demasiadas dificultades para recorrerla a caballo, así que Dartagnan y Rochefort habían decidido que a partir de ahí la expedición seguiría a pie. Los seis falconetes y una gran cantidad de pólvora y munición se cargarían en mulas, igual que las tiendas, las estacas puntiagudas para la empalizada, los alimentos, el agua, armas, haces de leña y muchas cosas más.
Recordando las historias que le contaba su madre de sus campañas, Agnez había insistido a sus compañeros para que llevaran consigo mucho más de lo que pensaban, y cada uno de ellos iba cargado con comida para siete días, un odre de agua, una muda y dos mantas gruesas, además de la espada, el mosquete y las cartucheras.
Aun así, se consideraban afortunados de no llevar alabardas en lugar de mosquetes, como era el caso de la mitad de los mosqueteros, persevantes y caballeros del rey. Aunque todos ellos solían entrenar con alabardas para un uso sobre todo ceremonial en los palacios de la reina y de la cardenal, y en la Casa del Rey, su principal objetivo era tenerla como arma de ataque contra los abestiados.
Algunos también llevaban granadas, pero solo los soldados considerados tranquilos por naturaleza y con un buen brazo para lanzarlas. Para Henri había sido una decepción no haber sido escogido entre ellos, aunque era solo porque no sabían que tuviera esas cualidades, no porque careciera de ellas.
Simeon había rechazado llevar mosquete, pues también tenía que cargar con su equipo quirúrgico y con un surtido de medicamentos. Eso había dado pie a que un caballero del rey se mofara, diciendo que un mosquetero sin mosquete era como un eunuco, pero solo pudo decirlo una vez, y nadie siguió la broma. Se recuperaría sin problemas de la conmoción cerebral que le provocó el consiguiente puñetazo.
Henri se estremeció cuando los primeros exploradores de los mosqueteros y los persevantes vadearon el arroyo, con las botas atadas al cuello y sus fusiles de cañón largo sobre la cabeza. El agua no cubría en ningún punto. En el vado solo les llegaba a las rodillas, pero sabían que estaría helada. Y sabía que tendría que cruzar por allí en menos de media hora, ya que los habían situado otra vez en la vanguardia.
—Resulta raro pensar que Ystara se encuentre allí mismo —dijo Dorotea, señalando las montañas, cubiertas de alerces y arbustos dispersos por entre la roca—. El paisaje es el mismo que el de cualquier otra montaña. Sin embargo, nuestros ángeles no vendrán si los llamamos desde allí, y hace mucho tiempo el arcángel de este lugar destruyó a su pueblo.
—¿Tú crees que quedará algún rastro físico de la devastación? —preguntó Simeon.
—No —dijo Dorotea, con un suspiro—. Pero es interesante. El poder de los ángeles y sus límites físicos están profundamente interrelacionados. Estoy segura de que ambas variables son invenciones de los mortales. Yo creo que quizás asignamos un poder a un ángel, en lugar de descubrirlo…
—¡Shhh! —dijo Simeon.
Echó una mirada rápida alrededor, pero no parecía que nadie hubiera oído a Dorotea, o que hubiera hecho caso de lo que decía.
—¿Qué pasa? —preguntó ella—. Solo estaba pensando en voz alta.
—Bueno, pues no lo hagas —dijo Henri—. Sonaba a herejía.
—No es una herejía —protestó Dorotea, demasiado alto, provocando que la mandaran callar otra vez.
—Bueno, pues ha sonado a herejía —insistió Simeon—. Habíamos decidido que lo mejor era no hablar de ese tipo de cosas, ¿recuerdas?
—Sí, sí —cedió Dorotea, con un suspiro prolongado—. ¡Ojalá estuviera de vuelta en Belhalle, donde la gente puede hablar con sentido común!
—A mí tampoco me importaría estar en mi caballeriza en los establos del Palacio Nuevo —convino Henri.
—Ni a mí en la enfermería —dijo Simeon.
—¿Qué es lo que os pasa a todos? —preguntó Agnez—. ¡Ahora sois mosqueteros! ¡Nos esperan fama y riquezas!
—Eso espero —dijo Henri, animándose un poco.
Le volvió a la mente el cofre con dobles delfines, y el recuerdo del peso del oro en la palma de la mano fue tan intenso que casi lo notaba…
—Supongo que podría haber un tesoro de verdad —reconoció Dorotea—. Tal como me sugirió un librero. Libros perdidos y documentos antiguos…
—Bueno, sea una cosa u otra, muy pronto lo sabremos —dijo Simeon, siempre tan pragmático.
Señaló hacia donde estaba el corneta de Dartagnan, preparando su instrumento, a punto de llamar a asamblea a la vanguardia; seguro que a continuación haría sonar el triple toque que significaba «¡Adelante, marchen!».
Tres horas más tarde le llegó el turno de cruzar a Liliath, rodeada de una multitud de rehusantes muy cargados. Ella ya había percibido la cercanía a la frontera mucho antes de llegar a la escarpadura y había podido mirar al otro lado, por encima del polvo levantado por todos los que iban por delante. Aunque no era tanto la proximidad a Ystara lo que hacía que sintiera un cosquilleo en la piel y el corazón acelerado. Era Palleniel, que, pese a estar vencido y disperso, estaba más presente en aquella tierra que en ningún otro sitio, y lo estaría aún más cuando aquel grupo tan numeroso de rehusantes se acercara al templo.
Muy pronto podría hablar otra vez con él, por primera vez desde que había despertado en la tumba de Santa Margarita. Y poco después se reunirían. Sonrió, pero de pronto tuvo que borrar la sonrisa de su rostro…
—¡Venga! ¡Moved los pies! —gritó una guardia, una mujer de mirada desconfiada y carácter agrio que los otros llamaban Reinette, aunque los rehusantes tenían que llamarla simplemente «ser», y bajar la cabeza cuando lo hicieran.
Reinette no llevaba una de las enormes cestas de mimbre que llevaban a la espalda prácticamente todos los rehusantes que había allí. Iban cargadas de municiones de plomo y de papel para hacer cartuchos para los mosquetes, por lo que pesaban aún más que las estacas puntiagudas que llevaba el grupo de delante, aunque posiblemente algo menos que las reservas de agua que cargaban los que los seguían. Liliath, a la que se había eximido de cargar con una de las cestas por motivo de la avanzada edad y sus aparentes achaques, solo tenía que llevar una bolsa de cebadores de mosquetes sobre el hombro.
—¡Deprisa, deprisa! —gritó de nuevo Reinette, golpeando por detrás de las piernas al rehusante que tenía más cerca, con el mango de la alabarda. Lo hacían con la intención de espolearlos y hacerles daño, pero sin provocarles heridas graves—. ¡Hoy tenemos un buen trecho que cubrir, hasta lo alto del collado! ¡Os gustará, ya veréis, me han dicho que se está fresquito! ¡Deprisa!
—Esa será la primera en morir —murmuró Bisc, que se detuvo un momento para recolocarse la carga y atarse otra vez por delante su harapiento blusón gris—. A lo mejor le quito el manto y la dejo que se muera de frío en la nieve, lentamente. ¿Dijisteis que habría nieve?
—Oh, sí —respondió Liliath, sonriendo. Cada vez se sentía más feliz, a cada paso que daba en dirección a Palleniel, acercándose cada vez más al objetivo de toda su vida—. Habrá nieve, cuando la necesitemos.
Su estado de ánimo contagiaba a los rehusantes que la rodeaban, que caminaban más rápido, con más energía. Ellos, a su vez, se lo contagiaron a los rehusantes que iban por delante y por detrás, de modo que la multitud de porteadores vestidos de gris aceleró la marcha. Los guardias que los vigilaban también tuvieron que acelerar el paso, y algunos reaccionaron con rabia, soltándoles puñetazos, puntapiés y golpes con las alabardas. Pero no podían gritar «más despacio» sin llamar la atención de sus oficiales o, peor aún, de los soldados de los otros regimientos.
Cuando los rehusantes más avanzados se aproximaron al vado, se creó un murmullo generalizado. No era una rebelión, porque seguían avanzando y no hacían nada para atacar a los guardias, ni desobedecían sus órdenes. Solo era una palabra, repetida una y otra vez, en voz baja, apenas audible, pero repetida por mil quinientas bocas hasta magnificarla.
—Ystara. Ystara. Ystara.
Liliath lo oyó y sonrió otra vez, justo cuando se acercaba al río. Sentía los minúsculos rastros de Palleniel en los rehusantes que la rodeaban, así como en los abestiados de las montañas más allá, aunque estos aún eran pocos y estaban muy dispersos. Aquellas criaturas acudirían, atraídas por ella, tal como había podido comprobar anteriormente. Ella misma había huido por aquellas montañas ciento treinta y siete años atrás, por aquel mismo camino, vadeando aquel río, mientras sus guardias plantaban cara a aquellas mismas bestias, en un acto de valentía condenado al fracaso.
Percibirían su presencia en cuanto pusiera el pie en Ystara. Liliath era como una baliza para los abestiados; una baliza que emitiría una luz cada vez mayor a medida que hiciera uso de su magia. Un fuego que los haría venir desde las cuatro esquinas de Ystara. Acudirían a acabar con aquella que los había convertido en lo que eran. No tenían una gran inteligencia, pero su instinto era muy poderoso. Sabían que ella tenía algo que ver con el tormento que eran sus largas y antinaturales vidas. Si conseguían acabar con ella, supondría el fin de todo aquello.
Liliath esbozó una sonrisa sarcástica al pensar en las falsas esperanzas de aquellas criaturas caídas en desgracia. Empezó a cruzar el arroyo sin hacer caso al agua helada, a los gritos de sorpresa de los rehusantes que la rodeaban y a las amonestaciones de los soldados. A medio cruzar el arroyo, sintió un calor que la recorría de los pies a la cabeza y oyó el tintineo de unas campanillas que sonaban solo para ella, por encima del ruido de las turbulentas aguas.
—Estoy aquí —dijo Palleniel, en su mente. Su voz era muy débil, pero ahí estaba—. Te espero.
Liliath cerró los ojos un instante, se rodeó el cuerpo con los brazos y disfrutó del contacto.
La Doncella de Elanda había regresado a Ystara.
Muy pronto todo iría bien.
Al menos para Liliath.
Muy lejos, en Lutacia, la cardenal Duplessis oyó de nuevo el intenso murmullo y repiqueteo del icono de Ashalael, así como el tañido discordante de un arpa. Haciendo un gran esfuerzo se levantó de su cama, tambaleándose y entrecerrando los ojos para protegerse de la luz del sol que entraba por la ventana. Intentó llamar pidiendo ayuda, pero no consiguió mover la lengua. Además, tenía la garganta seca.
Llegó hasta el escritorio y se apoyó en él para erguir el cuerpo. El icono de Ashalael no solo vibraba y emitía un murmullo, sino que despedía una cegadora luz blanca, más intensa que la del sol, algo que la cardenal no había visto nunca.
—Ashalael —susurró, con la voz entrecortada, pero no consiguió levantar la mano lo suficiente para tocar el icono.
Aun así, sintió la presencia del arcángel que acudía a ella, que se manifestaba en la habitación. Se oyó el sonoro batir de sus enormes alas, como un cañonazo que hizo temblar los marcos y los cristales de las ventanas. Luego sonaron mil trompetas a la vez, ahogando los gritos de alarma del otro lado de la puerta.
—¡La maga asesina! ¡La maga asesina! —clamó Ashalael en el interior de la mente de la cardenal, atravesándole el cerebro con cada palabra, como si fuera un afilado cuchillo.
—No entiendo —susurró Duplessis.
—¡Ella mata ángeles! ¡Detenla! ¡Detenla! ¡Detenla!
La cardenal no respondió, no podía hacerlo. Sus dedos se deslizaron por el borde del escritorio. Músculos y tendones perdieron toda su fuerza, incapaces de sostenerla. Cayó pesadamente de lado e impactó en el suelo prácticamente sin ruido, después del clamor del arcángel. Empezó a sangrar por los ojos, los oídos, la nariz y la boca, y su sangre, de un rojo intenso, fue el signo visible de que su mente ya debilitada había quedado destruida por completo por la fuerza del grito del arcángel.
Ashalael, sin su invocadora, se retiró a los cielos, justo en el momento en que la puerta de la habitación de la cardenal se abría de golpe. Anton, Robard y tres persevantes armados de espadas entraron a la carrera. Sin embargo, se detuvieron de golpe, como si hubieran chocado contra un muro, cuando vieron que la dueña de su destino (la mujer que había gobernado a ángeles y mortales durante décadas) yacía muerta sobre la alfombra.