Magia angelical
Capítulo 19
19
—¿ on los de la reina? —preguntó la teniente de la guardia capitalina, S
contemplando los iconos, expuestos otra vez sobre la mesa, junto a las monedas perfectamente apiladas, y la carta a su lado. El cofre estaba vacío y lo habían examinado por si tenía algún compartimento secreto—. Pero nosotros hemos recibido una denuncia de una noble albana diciendo que le habían robado precisamente esos iconos bordeados de diamantes, y hay una recompensa. ¡De… diez mil libras!
Un murmullo de asombro recorrió la cueva, hasta que la apremiante voz de Rochefort lo interrumpió:
—¿Una noble albana? ¿Cómo se llama? ¿Y cuándo recibisteis esa noticia?
—Lady Dehiems —dijo la teniente, rascándose bajo el casco mellado. Echó una mirada a Rochefort y luego a Simeon, que levantó una ceja, recordando su último encuentro—. Ha denunciado el robo esta mañana. Eran de su no sé cuantas veces tataratataraabuela, ha dicho. Esos tres iconos, con los diamantes, y un juego de damas. ¿Alguien lo ha visto? ¿No? Bueno, el oro parece que está todo. Compró la Casa Demaselle al viejo lord Demaselle. Los alcantarilleros se le colaron en las bodegas cavando desde las cloacas, de eso ya no queda duda. La rehusante muerta junto al lago, la que llevaba el cofre, ¿sabéis quién es?
—No —respondieron Rochefort y Franzonne a la vez.
—La llamaban la Lombriz —dijo la teniente, con un mohín—. Ocupaba un puesto importante en el Clan de las Sombras. Quizás incluso fuera la reina de la Noche, nunca lo hemos tenido claro. ¿Y esos otros dos ahogados? Gente del Clan de las Sombras, pero no alcantarilleros; eran ladrones de la banda de la plaza Demarten. Se distinguen porque los alcantarilleros suelen tener la piel de las piernas siempre húmeda, como unas gachas viejas, con costras y bultos…
—¡Ya basta! —estalló Rochefort.
—Solo digo que tenemos dos tipos de delincuentes, ambos rehusantes. Que se enfrentaron. Una tenía el botín; los otros intentaron quitárselo.
—Yo no he oído hablar de esa noble albana —dijo Franzonne.
La teniente puso los ojos en blanco.
—Es de una belleza extraordinaria, incluso con el tocado de viuda calado…
—No me interesa especialmente su aspecto —la interrumpió Franzonne —. ¿Por qué no he oido hablar de ella?
—Ha llegado a Lutacia hace poco. He preguntado por ahí. Tenía un marido en Alba (mucho mayor que ella) que murió. Hay quien piensa que ella lo mató, o que propició su muerte, y él era pariente del príncipe. Así que tuvo que marcharse. Es muy rica y muy guapa, pero no entiendo cómo podía tener esos iconos, si pertenecen a la reina…
—Eran de la reina Anne —dijo Franzonne—. ¿No habéis oído hablar de los Iconos de Diamantes? ¿Del Collar de la Reina? ¿Robados hace ciento treinta y dos años?
—No —respondió la teniente, imperturbable—. Yo no había nacido.
—Debemos investigar todo esto —dijo Rochefort, que empezaba a impacientarse—. Llevaré el cofre y su contenido a su eminencia la cardenal…
—Es propiedad de la reina y debe ir a la reina —la interrumpió Franzonne.
—Por algún motivo, dos de los iconos se han… disociado de sus ángeles, pero no se han desintegrado ni pulverizado —apuntó Rochefort—. Es evidente que es asunto del templo. Y en cuanto a la carta, supongo que estaréis de acuerdo en que no hay nadie mejor que los escribanos de su eminencia para descifrar el código. Me lo llevaré todo.
—¿Qué hay del oro, al menos? —preguntó la teniente—. Debería llevármelo y devolvérselo a lady Dehiems.
—Por la recompensa, sin duda —respondió Rochefort, burlona—. Eso, si no se os pega a los dedos y no llega a su destinataria. Tal como he dicho, todo esto debe investigarse. Me lo llevaré todo.
—No lo haréis —insistió Franzonne—. Los iconos son propiedad de la reina, aunque lleven mucho tiempo extraviados.
Rochefort acercó la mano a la empuñadura de su espada. Franzonne apoyó delicadamente el dedo índice en la guardia de la suya, con los otros tres en un delicado equilibrio para desenvainar a la máxima velocidad. Todo el mundo sentía la tensión en la cueva, que se extendió al momento por las tropas destacadas en el exterior, que se separaron en grupos, todos listos para sacar sus armas.
Sesturo se echó a reír estentóreamente; sus carcajadas resonaron en la cueva como el disparo de un cañón o un trueno.
—¡Mirad qué escena, peleándonos como perros por un hueso de carnero! —dijo—. Mandemos noticia a su majestad y a su eminencia, esperemos sus órdenes y mientras tanto remojemos la garganta con ese vino que veo en la esquina.
Rochefort vaciló un momento, pero luego asintió.
—Muy bien —accedió.
Le hizo un gesto con un dedo a un persevante, que acudió a la carrera y acercó la oreja. La capitana le susurró al oído el mensaje que quería que transmitiera a la cardenal. Franzonne llamó a un mosquetero para comunicarle su mensaje a la reina.
—¿Estáis seguros de que estos son los Iconos de Diamantes que pertenecieron a la reina Anne? —preguntó la teniente de la guardia con tono quejumbroso, mientras Henri servía vino a los oficiales.
Simeon, Agnez y Dorotea se mantuvieron todo lo apartados que pudieron, sin protestar por la usurpación de sus sillas y de sus vasos. No les hacía falta discutir para saber que lo mejor que podían hacer era mantenerse lo más apartados que pudieran del curso de los acontecimientos.
Estaba claro que la teniente de la guardia no se resignaba a quedarse sin la recompensa que evidentemente ya consideraba suya.
—¿Y no podría haber otros iconos que tuvieran todos esos diamantes en los bordes?
—Estos tres forman parte, sin duda, de los doce iconos del Collar de la Reina —dijo Dorotea, que dio un paso adelante, pese a que Simeon intentó agarrarla para que retrocediera y se mantuviera en silencio—. Estoy segura de ello. ¿No veis que son de metal grabado, no pintado? Además, el trabajo de Chalconte es inconfundible, aun sin diamantes.
Simeon miró a Rochefort con el máximo disimulo posible. Observó que la persevante parpadeaba al oír el nombre de Chalconte.
—Ah, la valiente bachiller —dijo Franzonne, acercándose y bajando la cabeza para mirarla a la cara—. Te hemos visto plantarte frente a la espada de Rochefort. Poca gente haría algo así.
—¿De verdad? —preguntó Dorotea—. Me pareció que era lo único que podía hacer en ese momento. No quería que matara a Agnez. Además, en realidad, no corría peligro, ya que, en cierto modo, estoy bajo la responsabilidad de la capitana Rochefort.
—¿Qué quieres decir?
—Soy invitada de la cardenal —respondió Dorotea—. En la Torre.
—¿Ah, sí? —preguntó Franzonne, echando una mirada a Rochefort—. ¿Una bachiller de Belhalle prisionera en la Torre? ¿Por qué?
—No es prisionera —replicó Rochefort—. Es una invitada de su eminencia. Por eso tenía libertad para pasear por aquí, entre ladrones rehusantes y… gente de todo tipo.
Hizo una pausa y miró a los cuatro amigos. Dorotea estaba un paso por delante de los otros.
—Aunque me pregunto qué tenéis en común vosotros cuatro.
—Todos somos bascones, capitana Rochefort —se apresuró a responder Simeon—, tal como habéis observado antes. Nos reconforta oír voces familiares y hablar de nuestra tierra.
—Así pues, no es ninguna conspiración —dijo Rochefort, con una voz sedosa impostada.
—Cuatro bascones en una cueva, con comida y vino —dijo Franzonne, que también era bascona. Se rio—. Sí, eso es lo que en casa llamaríamos una fiesta. Además, ¿en qué tipo de conspiración podían estar metidos estos jóvenes, sobre todo teniendo en cuenta que una es una mosquetera de la reina?
—Yo he dicho que «no es ninguna conspiración» —subrayó Rochefort.
Pero no apartaba la vista de los cuatro, sobre todo de Dorotea, que parecía no ser consciente de ello, aunque los otros tres lo notaron perfectamente.
Se hizo un silencio incómodo que duró un minuto o dos. Los oficiales bebieron despacio, aparentemente cada uno perdido en sus pensamientos. Sesturo, pese a no ser oficial, se comportaba siempre como si lo fuera. Bebió el doble de vino que los demás. Los mosqueteros, los persevantes y los agentes de la guardia vagaban por el exterior de la cueva, hablando entre ellos y alejando a los curiosos que se acercaban y enviándolos de vuelta a su puesto de trabajo.
—Disculpen —dijo Henri, tras unos minutos más de silencio—. La arquitecta se estará preguntando… Quiero decir que ser Dutremblay probablemente me necesite. Debería volver…
—No —dijo Rochefort.
—Ya encontrará el modo de llamaros, sea de una forma u otra —dijo Sesturo, con un tono más amable—. Dutremblay sabe que estamos aquí, y que estás con nosotros. Yo diría que a estas alturas media Lutacia debe de estar al corriente.
Al oír aquello, Simeon tuvo que hacer un esfuerzo para no fruncir el ceño.
—No será por mis persevantes —dijo Rochefort.
—Ni por mis mosqueteros —apostilló Franzonne—. Pero las noticias vuelan. Ánimo, jovencitos, tened paciencia. Yo creo que tanto la reina como la cardenal os estarán agradecidas por recuperar estos tesoros.
Henri miró a Agnez, que lucía un vendaje limpio en el brazo, y levantó las cejas, con la sonrisa en los ojos. Ella asintió levemente y miró a Simeon, que ladeó la cabeza, no preocupado, pero sí pensativo. Luego miró a Dorotea, que contemplaba los iconos expuestos sobre la mesa. El oro ya lo habían metido otra vez en el cofre.
—Me pregunto cómo es que esos dos iconos…
Se interrumpió de pronto y soltó un gritito ahogado al sentir el pisotón de Simeon.
—¿Qué decíais, ser Imsel? —preguntó Franzonne.
—Nada, nada —respondió Dorotea.
—Bueno —dijo Sesturo, al ver que se hacía el silencio otra vez—. Tenemos vino. Y estoy seguro de que a su majestad no le importará que usemos estas monedas de oro para jugar a las cartas, siempre que las devolvamos.
Se agachó y sacó una caja de metal del interior de su enorme bota; la abrió y sacó una baraja de naipes muy usados.
—Yo no juego —dijo Rochefort. Se levantó de su silla y fue a la entrada de la cueva—. Voy a examinar el túnel bajo el puente. Avisadme cuando regresen los mensajeros.
—Por supuesto —respondió Sesturo. Se giró hacia la teniente de la guardia—. ¿Ser?
—¿A qué juego?
—Al que deseéis, ya que no será con mi dinero —respondió Sesturo—. ¿Quizás al triple? ¿Franzonne?
Franzonne asintió y se sirvió otro vaso de vino.
—Necesitaremos un cuarto…
El voluminoso mosquetero miró a los cuatro amigos. Al principio, no respondió nadie; luego Henri dio un paso adelante, tímidamente, como impulsado por alguna fuerza invisible.
—Yo sé jugar —dijo—. Un poco.
—Pues juega con nosotros.
Henri se sentó. Sesturo repartió a cada jugador cinco cartas, mientras la teniente de la guardia contaba montones de doce monedas y los ponía en la mesa. Daba la impresión de que le dolía tener que separarse de ellas. Las contó muy lentamente, tocando cada moneda con suavidad según iba colocándolas en la mesa.
—Ocho —dijo, colocando una moneda más frente a Franzonne—. Nueve…, diez…
—¿Puedo volver a ver los iconos? —preguntó Dorotea.
—Sí, claro —respondió Franzonne, cogiendo sus cartas.
La autoridad que emanaba de forma natural hizo que todos la miraran mientras Dorotea le hacía la pregunta.
La mosquetera suspiró mientras examinaba la mano que le había tocado.
—Estoy segura de que su majestad… y su eminencia estarán encantadas de oír cualquier impresión que tengas. ¿Quizá también podrías ilustrarme y contarme por qué eres «invitada» de la cardenal?
—Demostré tener cierta habilidad para esbozar iconos, de un modo rápido pero poco fiable —respondió Dorotea, examinando muy de cerca el icono central, maravillada ante el nivel de sus detalles, más finos de lo que parecía posible conseguir con el buril más afilado y la mejor lente de aumento.
Observando de cerca, vio que el ángel Samhazael aparecía representado como una mujer alada hecha por completo de humo, entre minúsculos remolinos y volutas no mayores que un grano de arena.
—Yo pensé que era la primera que hacía ese tipo de bosquejos, pero, según parece, Chalconte lo hizo antes que yo. Tengo la impresión de que la cardenal considera que eso podría llevarme a la creación de estatuas y a la herejía. Oh, y parece que la Doncella de Elanda también hacía ese tipo de bosquejos, y quizás ella también fuera una hereje, aunque eso aún no lo tengo claro, ni tampoco por qué le preocupa a la cardenal algo que pasó hace tantos años.
—Ah, yo sé de qué va eso —dijo la teniente de la guardia con una sonrisa sarcástica—. La cardenal siempre va buscando cosas así; a nosotros nos preguntan a menudo, al ser los que más contacto tenemos con el Clan de las Sombras, es decir, con esos rehusantes que solo crean problemas. Profesionalmente, por supuesto.
—¿Y sobre qué os preguntan?
—¡Sobre la Doncella de Elanda! —exclamó la teniente. Frunció el ceño al ver sus cartas, las cambió de posición y luego volvió a ponerlas en la posición inicial—. Muchos de los rehusantes creen que va a renacer, a volver o algo así. Creen que mejorará su suerte. Piensan que después de sacarlos a todos de Ystara dijo: «Volveré, vosotros esperad». Que soltó algo así y que luego desapareció.
—¿Y? —preguntó Sesturo.
—Y que por si acaso hay algo de verdad en eso, y por si los rehusantes se vuelven locos o se alzan en armas, tenemos que informar de cualquier irregularidad —dijo la teniente—. Por supuesto, no saber a qué señales debemos estar atentos dificulta mucho las cosas. Pero si alguien empieza a hacer el mismo tipo de magia que hacía Liliath, quizá sea la Doncella renacida. ¿Entendéis lo que os digo?
—¡Pero eso es una estupidez! —exclamó Dorotea—. ¡Yo soy yo, no alguna extraña salvadora ystariana renacida, aunque eso fuera posible! ¡Y tampoco voy a enloquecer como Chalconte!
—Te creo —dijo la teniente—. Pero apuesto a que es por eso por lo que estás en la Torre. Por Liliath.
Soltó una risita y volvió a ordenarse las cartas.
—Eso es ridículo —repitió Dorotea, molesta—. Yo soy Dorotea Imsel. No soy otra persona.
—De eso nosotros no tenemos dudas —la aplacó Franzonne, que puso tres cartas sobre la mesa—. La flor, la rama y el árbol, una serie de tres.
—Río, puente, camino —dijo Sesturo inmediatamente, poniendo tres de sus cartas—. Mi serie gana.
—Yo no tengo nada. No voy —dijo la teniente de la guardia, y puso sus cartas bajo el mazo.
Los dos mosqueteros cogieron otras tres cartas y miraron a Henri, que ordenó las suyas, se mordió el labio inferior y se rascó la cabeza ostentosamente.
—Tengo un mal presentimiento —dijo Franzonne—. Alguien que es tan mal actor no puede ser malo a las cartas.
—Una abeja en vuestra flor, una carroza en vuestro camino, y el sol, la luna y el cielo —dijo Henri, poniendo todas sus cartas sobre la mesa—. Ambas series superadas y una serie extendida, así que la apuesta se dobla. Gano yo, señores.
—¡Bah! —exclamó Sesturo, tirando las cartas que le quedaban en la mano.
Franzonne posó sus cartas en la mesa con más delicadeza y le pasó dos monedas de su montón a Henri. Sesturo hizo lo propio, arrastrándolas con un dedo enorme.
La mano pasó a la teniente de la guardia, y jugaron varias rondas más al triple. Las monedas fueron cambiando de dueño varias veces, pero la mayoría iban acumulándose frente a Henri.
Por fin llegaron los mensajeros, que entraron juntos, quizá tal como habían quedado antes de ponerse en marcha. También apareció Rochefort, con las botas empapadas de haber cruzado el lago. Se situó junto a una pared.
—¿Y bien? —preguntó Franzonne.
—Debemos llevar los objetos al Palacio de la Reina —dijo el mensajero de los mosqueteros—. Su majestad desea verlos ahora mismo.
—La cardenal estará presente —añadió la persevante, mirando a Rochefort—. Su eminencia también desea hablar con los cuatro que encontraron el tesoro.
—Su majestad también —apuntó el mosquetero—. El tesoro y los cuatro deben trasladarse al Invernadero de los Naranjos. Dartagnan ha ordenado que los cuatro entren por la puerta del jardín del laberinto; el tesoro debe hacerlo por la poterna de la muralla norte.
—La noble albana, lady Dehiems, también ha sido convocada —dijo la persevante—. Y los cuerpos deben trasladarse a la enfermería para someterlos a un examen completo. Cualquier material que se encuentre en ellos debe enviarse a la capitana Dartagnan, en el Palacio de la Reina.
—No tenían nada —dijo la teniente de la guardia—. Ya os he dicho que esos dos no eran siquiera alcantarilleros. Estoy segura de que los alcantarilleros que se los cargaron ya los han desplumado.
—En el jaleo de anoche en las canteras, fuera de la ciudad, hubo enfrentamientos entre facciones de rehusantes, aunque también tuvo que haber algún mago, puesto que se creó un abestiado —dijo Rochefort. Miró a Dorotea y luego apartó la mirada otra vez, sin mover el rostro—. Últimamente, algunos de los rehusantes se han estado comportando de un modo raro. Creo que para resolver este misterio deberíamos arrestar a los miembros del Clan de las Sombras que conocemos, y ver qué saben.
—Será un placer ayudar a los persevantes de su eminencia —dijo la teniente de la guardia con una mueca de fastidio, al pensar en la gran cantidad de trabajo suplementario que se le venía encima.
—¿Qué misterio? —preguntó Dorotea—. Yo no formo parte de ningún misterio ni conspiración. Y desde luego no soy la Doncella de Elanda renacida.
—Ah —dijo Rochefort—. ¿Eso quién te lo ha dicho?
—No importa. Pero sigo creyendo que es un motivo muy tonto para meter a una persona en la cárcel.
—Algo inquieta a Ashalael, y eso a su vez inquieta a su eminencia. Debemos analizar todas las posibilidades —dijo Rochefort, que vaciló un momento y luego añadió—: Tú ya sabes que si de mí dependiera te habría liberado.
Ni Rochefort ni Dorotea se dieron cuenta de que todos los demás seguían su conversación con gran interés, aunque fingieran que nos les importaba. Cuando Rochefort dejó de hablar, Sesturo recogió sus cartas con un gesto ostentoso.
—Recoge las monedas, Dupallidin —ordenó Franzonne mirando a la teniente de la guardia—. Eran cuarenta y ocho, si no recuerdo mal.
—Sí, ser —respondió Henri, que echó un vistazo al montón y añadió—: Cuarenta y ocho. Pero solo hay cuarenta y siete en la mesa.
—Parece que se te dan muy bien los números —gruñó Sesturo—. Sospecho que una de las monedas puede haberse caído al suelo, junto a nuestra amiga de la guardia capitalina. Ahí.
Henri se agachó y recogió la moneda caída, junto a la bota de la teniente; de hecho, un momento antes quizás estuviera bajo la suela. La puso con las otras y volvió a meterlas todas en el cofre. Dorotea puso los Iconos de Diamantes encima, agarrándolos con sumo cuidado, con solo la punta de los dedos.
La carta se quedó sobre la mesa.
Rochefort se agachó y la recogió. De pronto, los cuatro amigos apartaron la mirada, pero se dieron cuenta de que eso resultaría sospechoso, por lo que volvieron a mirar. Y eso era aún más sospechoso.
Rochefort no se dio cuenta, o no quiso dar importancia a aquellos movimientos extraños. Puso la carta sobre los iconos, cerró el cofre y corrió el pasador. Luego levantó la cabeza y miró a Franzonne.
—No me apetece ir cargando entre las dos algo tan pequeño pero pesado; quedaría ridículo —dijo—. ¿Permitiríais que lo llevara uno de mis persevantes?
—No —dijo Franzonne—. Pero parece ser que nuestro corpulento médico lo trajo aquí desde el lago. ¿Accederíais a que fuera él quien lo llevara? ¿Ni persevante ni mosquetero?
—Muy bien —dijo Rochefort, echando una mirada preventiva a la teniente de la guardia, que se había quedado con la boca abierta, sin duda a punto de ofrecerse a llevar el cofre personalmente—. He ordenado que vengan dos coches a la puerta sur. No entiendo la lógica de los arquitectos, eso de construir una puerta aquí y otra más allá, y unirlas quizás años más tarde, o quizá nunca. ¡Ya hay puertas y chimeneas, y aún no hay muralla! — Meneó la cabeza y volvió al asunto que tenían entre manos—. Yo sugiero que vos y yo, Franzonne, con dos miembros de cada cuerpo, vayamos en el primer coche, con el cofre. Ellos cuatro pueden ir en el segundo. ¿Qué os parece?
—Si Sesturo los acompaña, me parece bien.
—Y Depernon también.
Franzonne sonrió y asintió.
—Decidido, pues —dijo Rochefort. Hizo una pausa y luego añadió—: No creo que nadie, rehusante o no, tenga la osadía de intentar hacerse con el tesoro, pero más vale que estemos atentos.
—He ordenado a una escuadra que monte y nos acompañe, también están en la puerta sur —dijo Franzonne—. Creo que eso bastará para desanimar a cualquier… alcantarillero, o a cualquiera de su calaña.
—Pues da la casualidad de que yo también tengo una escuadra esperando allí mismo —apuntó Rochefort, insinuando la más leve de las sonrisas.
—Yo podría hacer venir una escuadra de nuestros barracones —dijo la teniente de la guardia—. Solo tardarían una hora o…
—Nos vamos ya —decretó Rochefort.
—Sí —dijo Franzonne—. Cuanto antes llegue este cofre a la seguridad del palacio, mejor. ¡En marcha!