Magia angelical

Garth Nix · Capítulo 19 de 37

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Magia angelical

Capítulo 18

18

 

 

— e han dicho que los artículos robados se han perdido, casi sin duda — M

dijo Liliath, entregándole a la agente de la guardia un pergamino con una meticulosa descripción—. Pero si existe la mínima posibilidad de recuperarlos, tengo que intentarlo. Pertenecieron a mi tataratataratatara…, bueno, a una antepasada mía muy lejana, y tienen un gran valor sentimental, aparte del valor del oro y de las gemas.

—¡Una recompensa de diez mil libras! —observó la teniente, una mujer de gesto hosco y piel cetrina cuyo morrión mellado indicaba que tenía más experiencia en peleas de taberna que en la resolución de delitos—. ¡Señora, tendréis a toda la guardia de Lutacia escudriñando cada casa de empeños, cada madriguera de ladrones y cada joyería de la ciudad!

—Eso es lo que espero —dijo Liliath—. En la segunda página están detallados los iconos, y las monedas también son muy distintivas, delfines dobles de oro de Ystara.

—Hmmm, «tres iconos antiguos en bronce dorado y oro, con diamantes en los bordes» —leyó la teniente—. ¿No sabréis qué ángeles están representados? Eso serviría de ayuda.

—No los he mirado desde que era niña —dijo Liliath—. Lo que sé es que no son ángeles comunes albanos, eso seguro. Pero yo no soy maga.

—Bueno, con los diamantes resultarán más fáciles de reconocer —dijo la teniente—. Aunque, probablemente, ya los hayan separado y los hayan vendido individualmente. Así pues, tenemos esos tres iconos… y el oro… Eso no será fácil de recuperar; lo habrán fundido. En cualquier caso, las monedas de Ystara no son tan raras…, y luego, veamos, un juego de damas de plata, con grabados de reinas e infantes albanos, en un estuche de madera de sándalo. Eso será fácil de encontrar, si se pone a la venta. ¿Todo estaba junto, decís?

—Sí, ha sido un descuido por mi parte, capitana —dijo Liliath—. Aunque subí la mayoría de mis objetos de valor a la cámara acorazada de arriba, se me quedó un pequeño cofre de bronce y un juego de damas en un arcón de viaje que tenía en la bodega. ¡No tenía ni idea de que esos…, esos apestosos delincuentes… pudieran entrar cavando desde las cloacas!

—Alcantarilleros —dijo la teniente, frunciendo el ceño—. Son lo peor de los rehusantes. Cada mujer, cada hombre y cada niño son ladrones y asesinos. —Vaciló un momento y prosiguió—. Existe la posibilidad, señora, de que contactando directamente con el Rey de las Sombras…

—¿El Rey de las Sombras?

—El nombre se lo ha puesto él, por supuesto —se apresuró a precisar la teniente—. El líder de las bandas criminales. Rehusantes, en su mayor parte. Si se le ofreciera una recompensa… a través de intermediarios que conocemos…

—¿Qué? —preguntó Liliath, mostrándose más que ofendida—. ¿Me estáis sugiriendo pagar a los ladrones que me robaron mis preciadas posesiones?

—Eh…, no —masculló la teniente.

—Aumentaré la recompensa hasta las veinte mil libras si los culpables son apresados y ejecutados…, siempre que se me devuelvan también mis posesiones, claro —dijo Liliath, con frialdad—. Podéis marcharos.

—Sí, milady —respondió la teniente, que bajó la cabeza y se fue, algo desconcertada.

Bisc salió de detrás del biombo, frunciendo el ceño.

—¿Y esto no atraerá la atracción de la cardenal? ¿No era precisamente lo que tanto deseabais evitar?

—Desviará su atención hacia una exiliada albana —dijo Liliath—. Estarán muy ocupados investigando mis supuestos contactos albanos. Y también me proporcionará acceso a la reina. Eso me ayudará a asentar los cimientos del ejército que nos llevará de vuelta a Ystara.

—Si todo sale tal como lo habéis planeado —dijo Bisc.

—Si la mayoría de cosas salen bien —matizó Liliath—. No hace falta que todo salga bien. ¿Has tenido noticias de la gente que se ha deshecho de la Lombriz?

Bisc frunció el ceño.

—Heshino volvió hace unos minutos, pero los otros aún no han regresado, lo cual es raro. No obstante, por lo que dice Heshino, parece que el numerito del lago salió como habíamos planeado, al menos. Los cuatro se llevaron algo del cuerpo a la cueva ornamental; tuvo que ser el cofre. Y luego, unos minutos después, Dupallidin y MacNeel salieron, a toda prisa, en dirección a la puerta sur. Los seguiremos desde allí.

—Hmm. Ambos son hombres de la cardenal, en cierta medida —dijo Liliath—. Esperaba que la mosquetera al menos fuera a informar a la reina. Aun así, puede ir bien; no me imagino a Duplessis ocultándole algo así a Sofía. Pero, si lo hace, podemos asegurarnos de que se entera de todos modos. Y el rey también; hemos de asegurarnos de que todos lo saben, para que sientan la tentación.

—¿Y qué hacemos si las cosas no salen como esperamos? ¿Y si os arrestan? ¿Y si os llevan a la Torre?

—Entonces debes rescatarme, querido Biscaray —dijo Liliath, tirando de él para acercárselo y besándole suavemente en la frente.

 

Agnez los vio en cuanto empezaron a aparecer de debajo del puente. Primero uno, luego otro, hasta que surgieron cuatro rehusantes, todos ellos armados con las pértigas con gancho de alcantarillero, que emitían un brillo mortal a la luz de la tarde. Luego aparecieron dos rehusantes más, evidentemente prisioneros, ya que tenían las manos atadas a la espalda. Agnez no estaba segura, pero le pareció que eran los dos que habían huido por allí un poco antes.

—¿Qué? —murmuró para sus adentros.

Salieron otros cuatro rehusantes armados con pértigas. Todos avanzaron hacia el sur, empujando a los dos prisioneros para que caminaran.

Ocho contra una quedaba algo por encima de la proporción que se consideraba capaz de gestionar. Tres contra una, sin duda. Cuatro contra una, quizá. Tenía dos pistolas, y podía dar cuenta de dos de los enemigos a distancia… Aunque quizás ellos llevaran las mismas armas, dado que antes uno de ellos había infringido la ley que prohibía a los rehusantes el uso de armas de fuego. A dos más, al menos, podría liquidarlos con la espada…, pero eso le dejaba a otros cuatro, armados con aquellas largas pértigas con gancho, que tenían un gran alcance…

—¡Dorotea! ¿Sabes luchar?

—¿Qué? —respondió ella desde el interior de la cueva.

—¿Sabes luchar?

—¿Nunca has visto las revueltas de los bachilleres de Belhalle? — preguntó Dorotea, que se situó junto a Agnez y parpadeó para protegerse de la luz del sol.

—No, y eso tampoco responde mi pregunta —replicó Agnez, sin quitar el ojo a los rehusantes—. Se habían detenido otra vez, habían puesto a los prisioneros de rodillas, metidos en el agua, y se habían situado a su alrededor, en círculo.

—Sé luchar —dijo Dorotea—. Aunque prefiero no hacerlo. Y solo tengo mi cuchillo de comer. Supongo que podría recoger unas cuantas piedras. Tengo buen brazo y bastante buena puntería con la pistola, si me la…

—Yo tengo muy buena puntería, así que estas me las quedo —dijo Agnez.

La docena de rehusantes de pronto se puso a golpear a los prisioneros con sus pértigas, sumergiéndolos en el agua, en una frenética matanza que duró unos pocos segundos.

—¿Qué…? —preguntó Dorotea.

Agnez cogió aire, preparándose para luchar si se acercaban. Sin embargo, de pronto, los rehusantes interrumpieron los salvajes golpes y los doce volvieron atrás hacia el puente, donde desaparecieron, aunque antes de hacerlo el último hizo una pausa, se giró y escupió a los cuerpos.

—¿Qué ha sido eso?

—No lo sé… Pero parece que no tienen intención de recuperar el tesoro —dijo Agnez—, lo cual me parece bien, dado que son demasiados.

—Si vuelven, siempre podemos correr —planteó Dorotea—. Incluso cargando con el cofre.

—Los mosqueteros no huyen —respondió Agnez.

—¿Deberíamos ir a echar un vistazo? ¿Ver a quién han matado?

—No —dijo Agnez—. Esos alcantarilleros podrían estar ahí mismo, en el túnel, esperando para tendernos una emboscada. Es mejor esperar a que lleguen los refuerzos.

—Pensaba que los mosqueteros nunca huían —dijo Dorotea.

—Y no lo hacemos. Pero tampoco somos tontos a la hora de escoger a quién atacamos… Oigo un caballo.

Dorotea ladeó la cabeza y oyó el repiqueteo de unos cascos sobre la tierra desnuda donde un día habría césped, acompañado del tintineo de los arneses. Unos momentos más tarde, vio un solo caballo con su jinete trotando por la ladera de la colina artificial, una presencia espléndida, vestida de escarlata, con un fajín dorado y una pluma roja en el sombrero.

—Rochefort —dijo Dorotea, y sonrió levemente, sin darse cuenta siquiera de que lo hacía.

—Yo esperaba que Sesturo llegara antes con los mosqueteros —murmuró Agnez, que levantó la espada y apoyó la hoja en el hombro.

Recordó su ensoñación, la primera vez que había oído hablar de Rochefort, «asesina de mosqueteros», y pensó que un día ella, Agnez Descaray, le haría pagar a aquella persevante por sus crímenes. Y a eso se sumaba cómo había tratado a Dorotea y a Simeon, recluyendo a una y sometiendo a interrogatorio al otro.

Endureció el rostro y fijó la mirada. Rochefort paró el caballo justo delante de la abertura de la cueva, levantando una buena nube de polvo. Dorotea tosió, pero Agnez no hizo caso. Se quedó allí de pie, mirando a Rochefort como si la recién llegada fuera a pedirle indicaciones sobre un florista del barrio, o algo así.

—El doctor MacNeel me ha hecho llegar la noticia de un descubrimiento —dijo Rochefort. Sus ojos, fieros y fríos, pasaron de Agnez a Dorotea, y viceversa—. ¿Dónde está?

—Ha ido a enviar el mensaje y no ha vuelto —respondió Agnez, arrastrando las palabras—. Supongo que sigue ahí.

—¿Y el descubrimiento?

—Dentro —dijo Agnez—. Como veis, custodiado por los mosqueteros de la reina. Así pues, no es asunto vuestro.

—¡Agnez! —le susurró Dorotea.

—Eres una insolente —dijo Rochefort—. Incluso para ser mosquetera. Aunque no me gusta demasiado tener que dar lecciones, parece que una vez más uno de los vuestros requiere que le enseñen lo que es la buena educación. ¿Me equivoco?

Agnez se encogió de hombros muy lentamente y la miró con insolencia.

Rochefort suspiró, levantó una pierna y bajó de su montura. Le dio una palmadita suave en el cuello con dos dedos. El caballo siguió unos pasos hacia delante, se giró a mirar y bajó la cabeza para mordisquear uno de los pocos penachos de hierba que crecían dispersos a orillas del lago. Rochefort se sacudió el polvo de los pantalones, flexionó los dedos y desenvainó.

—Supongo que primero debería preguntarte cómo te llamas —dijo—. Para la lápida.

—No hay necesidad de todo esto —dijo Dorotea, indignada—. ¡Enviamos mensajes a los persevantes y a los mosqueteros para evitar precisamente esto! ¡Agnez, sé civilizada! Rochefort, no creo que queráis matar a otra cadete…

—Me llamo Descaray —dijo Agnez, con rabia, haciendo caso omiso a Dorotea—. Y no creo que una persevante de la cardenal tenga nada que enseñarle a una mosquetera de la reina, desde luego no en cuestión de modales.

—Bascona, supongo —replicó Rochefort—, a juzgar por la jactancia y por el hedor a granero…

—¡Yo también soy bascona! —protestó Dorotea, pero ninguna de las dos la oyó.

Ambas se movieron al mismo tiempo: Rochefort lanzó la espada hacia delante, en dirección al corazón de Agnez, que desvió el golpe, para buscar después la cabeza de Rochefort con la suya. Rochefort esquivó el golpe con un movimiento ágil y fluido, y bajó la hoja de la mosquetera con la suya, al tiempo que alargaba su largo brazo izquierdo y agarraba a Agnez por el tabardo, desequilibrándola.

Agnez salió disparada hacia delante. El tabardo se le subió por encima de la cabeza, llevándose el sombrero consigo y cegándola por un momento. Pasó un segundo terrible en el que esperaba sentir el doloroso pinchazo de una estocada mortal en la espalda. Pero el impulso la había llevado lo suficientemente lejos como para evitar un ataque inmediato (o quizá Rochefort había decidido no lanzarlo), porque pudo girarse justo a tiempo para detener diversos mandobles y embestidas, ganando espacio a cada golpe.

Pero, por mucho que retrocediera, Rochefort se le echaba encima. La hoja de la persevante hizo un quiebro, abriéndole una herida a Agnez por encima del codo derecho. Un corte que no tenía un peligro inmediato, ya que ella combatía con la izquierda, pero que era un presagio de lo que le esperaba. Agnez sintió que el mundo se le caía encima al darse cuenta de que Rochefort era más hábil que ella con la espada, y que podría matarla con unas cuantas estocadas más. Pero justo en ese momento le vino a la cabeza el consejo de su madre para situaciones como aquellas, cuando debía enfrentarse a un enemigo superior: «Cambia de terreno, porque es lo único que puedes cambiar».

Paró otro golpe y esta vez no retrocedió, sino que se lanzó hacia el lado, dio cuatro pasos a la carrera y se subió al bloque de piedra más grande, al borde de la colina artificial. Desde allí saltó a una roca más alta, donde se giró y se preparó para el siguiente ataque de Rochefort, sin hacer caso a la sangre que iba goteándole por la manga, colándose por entre los pliegues de ropa.

El ataque no llegó. Rochefort se quedó mirando a Agnez, pero Dorotea se había colocado delante de la persevante, con los brazos bien abiertos.

—Ya basta —dijo Dorotea, sin levantar la voz.

—¿Por qué te importa esa mosquetera? —preguntó Rochefort, con la cicatriz que le cruzaba el rostro blanca como la cal y la comisura de la boca temblándole de rabia contenida.

—Una amiga —respondió Dorotea con tranquilidad—. Yo creo que matáis con demasiada ligereza, Camille.

—¿Cómo es que sabes mi nombre? ¿Y cómo te atreves a usarlo para dirigirte a mí?

—Le pregunté a Madre, en la Torre. Y vos me habéis llamado Dorotea.

Agnez abrió la boca para incitar a su oponente, para que siguiera el duelo, pero la cerró de golpe en un acceso de sentido común, que, sumado al dolor del brazo, consiguió aplacar su belicosidad, quizá por primera vez en su vida. Agnez sabía que un día tal vez pudiera derrotar a Rochefort, pero primero tenía que llegar a ser más rápida y más hábil. No dudaba de que lo conseguiría, pero para ello debía conservar la vida.

A Rochefort no se le pasó por alto el leve movimiento de la boca de Agnez, y el sonido de sus dientes al cerrarla otra vez.

—¿Querías decir algo, mosquetera?

—No —dijo Agnez, esta vez convencida. Se señaló la herida—. Habéis vencido a primera sangre, ser. ¿No os basta?

Rochefort meneó la cabeza lentamente.

—Venid a ver lo que hemos encontrado —dijo Dorotea, alargando el brazo para coger a Rochefort de la mano izquierda.

La persevante quiso zafarse, sin dejar de mirar a Agnez, pero Dorotea movió la mano buscando la suya hasta que lentamente los dedos de Rochefort se curvaron en torno a los de Dorotea. Al cabo de un momento, la persevante apartó la mirada de Agnez, como si hubiera olvidado por completo a su oponente. Envainó la espada y dejó que Dorotea la llevara a la cueva. Se pararon un momento en el exterior. Dorotea murmuró algo. Mientras entraban a la cueva, Rochefort empezó a quitarse los anillos con iconos.

Agnez también envainó su espada y se sentó en el bloque de piedra. Apoyó la cabeza en las manos y jadeó. Sentía que le faltaba el aire, y los brazos y las piernas le ardían. Eso, aparte del dolor pulsante que le producía el corte del brazo. El esfuerzo realizado solo para evitar los ataques de Rochefort, sin ser capaz siquiera de devolverlos, la había agotado más que cualquier combate anterior.

—¡En duelo contraviniendo los edictos!

Agnez irguió la cabeza de golpe y se puso firme. Conocía aquel vozarrón.

Sesturo estaba del otro lado de la loma y (lo que era peor aún para Agnez) también Franzonne, acompañados de una docena de mosqueteros, con Henri en la retaguardia. Henri le hacía gestos con la mano, preocupado, pero Agnez solo tenía ojos para sus dos superiores.

—Te hemos visto enfrentándote a Rochefort —dijo Sesturo—. Me sorprende mucho que sigas respirando y que apenas tengas un rasguño. ¿Quién es esa joven que se enfrentó desarmada a la capitana de su eminencia?

—Dorotea Imsel. Una bachiller de Belhalle.

—Es valiente —dijo Franzonne.

—Sí que lo es —dijo Agnez—. Pero yo me las habría arreglado sola.

Bajó de los bloques de un salto y recogió su sombrero y su tabardo. Franzonne y Sesturo intercambiaron una mirada.

—No, no te las habrías arreglado —dijo Franzonne—. Eres muy hábil con la espada, Descaray, pero aún no has alcanzado la perfección necesaria para enfrentarte a alguien como Rocherfort. Seguiremos practicando.

—Si te vas a liar a patadas con una colmena de avispas —dijo Sesturo— más vale que estés preparada para enfrentarte a las avispas.

—Me insultó —replicó Agnez, airada—. Y a los mosqueteros de la reina.

—Muerta, a su majestad no le sirves de nada. Quizá deberías recurrir más a tu ingenio y menos a la espada —dijo Franzonne—. ¿Cómo era eso que te había dicho tu madre?

—«Más como Truffo, y menos como Humboldt» —respondió Agnez, con las mejillas encendidas.

Aquello era toda una reprimenda, aunque se la hubieran dado con delicadeza.

—Buen consejo —observó Sesturo—. Bueno, ese ayudante de la arquitecta de la reina dice que tú… y tus amigos habéis encontrado algo muy importante. ¿Podemos verlo?

—Por supuesto —dijo Agnez, quitándose el sombrero y señalando la entrada de la cueva—. En el interior, sobre la mesa. Un objeto desaparecido hace tiempo, propiedad de su majestad.

—Eso nos han dicho —apuntó Franzonne—. Y, siendo así, supongo que va a venir más gente a celebrar el hallazgo. Vamos a ver antes de que esto se llene de gente.

—Tendréis que dejar todos los iconos que llevéis en la entrada de la cueva —sugirió Henri—. Para que no les afecte la proximidad del icono del principado que hay dentro.

Franzonne parpadeó varias veces, se quitó el sombrero e hizo un gesto con él a modo de agradecimiento. Luego trazó con la mano un semicírculo en el exterior de la cueva y señaló el cuerpo bajo la manta de los establos, a cierta distancia.

—Gatesby, monta guardia aquí, y que Degraben y Hroth vigilen el cadáver de esa rehusante. Nadie debe acercarse, salvo los oficiales. Decidles que entren y…, ah…, advertidles sobre los iconos.

Henri tosió e hizo un gesto con la mano, levantándola muy por encima de su cabeza.

—Ah, y dejad que entre también el médico grandullón, que es uno de los que ha descubierto esto —añadió Franzonne. Señaló la herida de Agnez—. Supongo que te coserá esa herida.

Agnez echó la vista más allá de los mosqueteros. Una docena de persevantes de la cardenal se acercaban, y la cabeza de Simeon sobresalía por encima incluso del penacho del más alto de los soldados. Él la vio, se señaló el brazo y cogió su bolsa, dejándole claro que tendría que curarle el corte. Simeon tenía ojo hasta para la mínima mancha de sangre, pensó ella, antes de bajar la vista y darse cuenta de que no era tan pequeña. Ahora tenía toda la manga oscura, y había incluso una huella roja de su mano en la pálida roca en la que se había apoyado para subir. Detrás de Simeon venía un persevante que tiraba del caballo de Rochefort, que había salido huyendo al galope al empezar el duelo, y tras ellos iba un grupo de soldados de la guardia capitalina con una teniente con el casco mellado a la cabeza; varios caballeros del rey mezclados con unos cuantos artilleros de casaca naranja; un grupito de albañiles y carpinteros de blanco y de azul, y, por último, un par de docenas de rehusantes que los seguían a todos.

—Las noticias circulan rápido —murmuró Henri, llegando a la altura de Agnez—. Sobre todo cuando incluyen la palabra «tesoro». ¿Cómo se te ha ocurrido enfrentarte a Rochefort? ¡Simeon! ¡Simeon! ¡Va a perder el conocimiento!

—¡No es verdad! —protestó Agnez, indignada, aunque había estado a punto de caerse sobre su amigo—. Simplemente, estoy cansada.