Magia angelical

Garth Nix · Capítulo 27 de 37

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Magia angelical

Quinta parte

 

La expedición a Ystara

26

 

Dorotea acababa de bajar de su escalera y estaba observando con ojo crítico el cartel de la taberna, ya acabado, cuando llegaron sus amigos, con bastante cautela en el caso de Henri y Simeon, ya que era jueves y, otra vez, los caballeros del rey ocupaban la taberna. Pero no había ningún soldado de verde en el exterior, y solo media docena en el interior, que tampoco prestaron atención a los recién llegados.

—Pensaba que tenía que haber seis cálices de oro —dijo Henri—. Antes había seis manchurrones.

—Siete quedan más equilibrados —dijo Dorotea.

—Pero el local se llama Seis Cálices —objetó Henri.

—¡Haya seis o siete en el cartel, lo único que me importa es que uno llegue a mi mano! —exclamó Agnez, que se sentó en un tosco taburete junto a uno de los grandes toneles. Miró hacia una camarera rehusante y agitó la mano—. ¡Vino!

La muchacha asintió y entró enseguida. Pero antes de que pudiera salir con el vino con que Agnez deseaba quitarse el mal sabor que le había dejado en la boca el día pasado en las alcantarillas, un vozarrón familiar la hizo ponerse en pie de golpe. Los otros también se sobresaltaron.

—¡No es tu turno para beber, Descaray! ¡Hoy no es el día de los mosqueteros!

Sesturo estaba en medio de la calle, riéndose.

—¡Y todos vosotros estáis convocados! —añadió.

—¿Convocados? ¿Quién nos ha convocado? —preguntó Dorotea.

—La reina —dijo Sesturo—. ¿No os habéis enterado? ¡Vais a uniros a la expedición!

Los cuatro amigos respondieron al unísono con la misma pregunta:

—¿Qué expedición?

Sesturo suspiró.

—¿Qué les pasa a los jóvenes de hoy en día? Nunca prestan atención, se presentan en las tabernas desafiando las regulaciones…

—¿Qué expedición?

—La expedición a Ystara. Es todo culpa vuestra, por supuesto. De pronto encontráis tres de los Iconos de Diamantes y todo el mundo se vuelve loco. Ahora tenéis que ir allí y dar con el resto. Será fácil, o eso me han dicho; no es más que una excursión a las montañas en la frontera con Ystara; habrá que enfrentarse a unos cuantos abestiados (quizás unas docenas), recoger el tesoro y volver a casa. Venga, tenemos que ir a buscar a todos los demás.

—¿Todos los demás? —preguntó Agnez.

—Bueno, no vais a ir vosotros cuatro solos. Irán algunos mosqueteros más para que no os perdáis. Y una delegación variada de esos otros tipos a los que solemos patear el culo de vez en cuando. Como esos borrachos de ahí dentro.

—¿Quieres decir los caballeros del rey, los persevantes de la cardenal y la guardia capitalina? —preguntó Simeon, esbozando una sonrisa.

—Sí, será eso —respondió Sesturo, no muy convencido—. Ah, y llevaremos algunos cañones y cosas así de nuestros amigos de la Real Compañía de Artilleros. Hay quien piensa que pueden ser útiles para enfrentarse a los abestiados.

—¿De verdad va a haber una expedición a Ystara? —preguntó Agnez, eufórica—. ¿Y nosotros vamos a ir?

—Vosotros vais a ir —respondió Sesturo, frunciendo el ceño—. Aunque otros más cualificados deban quedarse atrás.

—¿Quieres decir…?

—La reina se queda en Lutacia, y yo debo quedarme con su majestad — dijo Sesturo—. Pero parece ser que se requiere especialmente vuestra participación en la expedición.

—¿No hay tiempo ni para una copa de vino? —suspiró Agnez.

Sesturo sonrió y se puso en marcha, silbando. Los cuatro amigos se miraron y echaron una carrera para ponerse a su altura. Sesturo tenía una zancada muy larga.

—En realidad, no es la reina la que os ha convocado —dijo el enorme mosquetero, en cuanto se alejaron de la taberna—. Solo he dicho eso para impresionar a los guardias de dentro.

—¿Qué? —preguntó Agnez—. ¿Quieres decir que todo eso de la expedición es…?

—No, eso es cierto; tendrás tu aventura —dijo Sesturo—. Pero es la capitana la que quiere hablar con vosotros. En nuestros barracones, no en el Palacio de la Reina.

—¿La capitana? —preguntó Agnez, irguiendo la cabeza y respirando hondo—. ¿Dartagnan?

—La misma. No te preocupes, no se come crudo a nadie. Probablemente, antes os cocine un poquito.

—Supongo que esta expedición se dirige al lugar especificado en la carta que encontramos, y en ese boceto de mapa del segundo cofre de lady Dehiems, ¿no? —preguntó Simeon.

—Eso no es asunto mío —respondió Sesturo—. Preguntad a la capitana.

—¿Y por qué se nos incluye en esta expedición? —preguntó Dorotea.

—Porque encontramos los Iconos de Diamantes, ¿no? —sugirió Agnez.

Sesturo se encogió de hombros, rehusó responder a más preguntas y siguió adelante. Ya estaba atardeciendo, y había mucha gente por la calle, volviendo a casa de su trabajo. La mayoría eran artesanos, albañiles, carpinteros y otros trabajadores especializados, pero también había algunos grupos de obreros rehusantes, ahora escoltados por la guardia capitalina, en lugar de moverse libremente como antes (aunque muchos niños rehusantes seguían corriendo por ahí sin supervisión, presumiblemente realizando tareas menores, como llevar mensajes o hacer entregas para ganarse un mísero sueldo).

Dartagnan estaba esperando a los cuatro amigos en su despacho en la tercera planta de los barracones. Sesturo los llevó por la escalinata central, pasando por delante de otros mosqueteros que esperaban órdenes, mosqueteros que esperaban para informar, mosqueteros que esperaban sin ningún motivo, mosqueteros que practicaban agarrando una escalera entre varios para contener a múltiples atacantes, mosqueteros que apostaban sobre dónde iba a ir a parar una peonza que giraba en el rellano…, y otros que se añadían al habitual caos del lugar.

El despacho de Dartagnan era un oasis de paz en comparación con el resto de los barracones. Era una sala larga y ancha, con altas ventanas que daban hacia el lugar donde se estaba construyendo el Palacio Nuevo, con una decoración austera, al contar solo con una mesa de cuatro metros de largo, un soporte para varias espadas y media docena de sillas, la mayoría pegadas a la pared. La mesa estaba cubierta de mapas, papeles y libros. Dos asistentes, mosqueteros de cierta edad que trabajaban ya más con la pluma que con la espada, estaban muy atareados en un extremo, mientras que Dartagnan estaba en el centro examinando los mapas. Se giró al ver entrar a Sesturo, levantando la cabeza con un gesto ágil; su cabello plateado brillaba a la luz de varias lámparas de aceite colgadas del techo con cadenas de bronce.

—Ah, Sesturo. Los has traído. Por favor, sers, venid a la mesa, poneos alrededor; sí, ahí, enfrente de mí. No, no, no os preocupéis en saludar, os conozco a todos; vosotros sabéis quién soy yo. Hay cosas importantes de las que hablar y disponemos de poco tiempo.

Los que se habían quitado el sombrero volvieron a ponérselo y todos se acercaron, poniéndose frente a Dartagnan, al otro lado de la mesa. Ella apenas esperó a que estuvieran en posición:

—Su majestad ha decidido enviar una expedición a Ystara para recuperar los nueve Iconos de Diamantes restantes y cualquier otro tesoro que pueda haber en el templo de Palleniel Exaltado que fundó Liliath, la llamada Doncella de Elanda. Aunque ese templo está a apenas siete leguas de nuestra frontera, Ystara está infestada de abestiados. Se desconoce cuántos hay o cuáles son sus peculiaridades, sus puntos fuertes y sus puntos débiles. En consecuencia, será una expedición militar, dirigida conjuntamente por la capitana Rochefort de los persevantes de la cardenal y por mí misma. Se compondrá de dos tropas de mosqueteros, dos de persevantes, dos compañías de la guardia capitalina y dos compañías de los caballeros del rey, además de un destacamento de artillería ligera de la Real Compañía de Artilleros. Además, su majestad ha ordenado que los rehusantes arrestados durante el día y la noche de ayer sospechosos de ser miembros del Clan de las Sombras no sean enviados a galeras, sino que sirvan en la expedición como porteadores, mano de obra, etcétera, y que si lo desean, y si es posible, se queden después en Ystara, su hogar ancestral.

Dartagnan hizo una pausa para dejar que sus visitantes asimilaran lo que acababa de decirles. Sus rostros reflejaban perplejidad, confusión y preocupación en diferentes grados.

—Tal como he dicho, esto va a ser una expedición militar. Pediremos voluntarios de los diferentes regimientos, y haremos nuestra selección. Pero su majestad ha decidido que a vosotros cuatro también se os dé la oportunidad de participar; en primer lugar, como recompensa por haber encontrado los tres Iconos de Diamantes. Debo decir que, aparte del tesoro perteneciente a la Casa Real, una parte de cualquier otro tesoro que se encuentre se repartirá entre los miembros de la expedición.

—¿Se nos da la oportunidad, capitana? —preguntó Simeon, con cautela —. ¿No estamos obligados a ir?

—Es una oportunidad —dijo Dartagnan—. Pero también es un arma de doble filo. Sospecho que a su majestad le desagradará si rechazáis esta generosa oferta.

Simeon asintió. Era lo que pensaba. Se habían metido en los asuntos de la gente importante y ahora no podrían escapar fácilmente.

—Supongo que todos os unís a la expedición, ¿no?

Los cuatro asintieron: Henri, con entusiasmo, pensando ya en las montañas de dobles delfines de oro y en los montones de piedras preciosas; Dorotea, despacio, pensativa, porque Ystara y sus abestiados le despertaban la curiosidad, igual que Palleniel, por motivos que tenían mucho que ver con lo que había visto en los rehusantes, en sí misma y en sus amigos; Simeon, a regañadientes, porque eso le apartaría de la enfermería, donde estaba aprendiendo mucho, y porque le daban miedo los abestiados y se temía lo peor; y Agnez aceptándolo, sin más, porque los mosqueteros viven para librar batallas, y ella era una mosquetera.

—Muy bien. Ahora surge otra pregunta. Tal como he dicho, esto es una expedición militar. No permitiré que nadie que no esté a nuestras órdenes forme parte de la campaña. Descaray, por supuesto, ya es mosquetera. Pero durante el tiempo que dure la campaña, sers Dupallidin, Imsel y MacNeel también deben formar parte de uno de los regimientos implicados. He hablado con Franzonne y Sesturo, y me han dicho que mis mosqueteros no se opondrían a que se os otorgara un estatus especial para que formarais parte del cuerpo temporalmente. No obstante, si por algún extraño motivo deseáis integraros en las filas de los perseguidores, de la guardia capitalina o de los caballeros del rey, y posiblemente morir en ellas, supongo que se puede arreglar.

Agnez iba a decir algo, probablemente para protestar por el hecho de que se permitiera que alguien pudiera unirse a las filas de los mosqueteros, aunque fuera temporalmente, sin superar las pruebas a las que se había enfrentado ella, pero Sesturo le dio un pisotón, haciéndola callar. Y, en lugar de emitir su queja, tuvo que contener un grito de dolor.

Los otros se quedaron mirando a Dartagnan varios segundos, perplejos, hasta que Simeon respondió.

—Capitana, soy consciente… del gran honor…, del gran honor que nos concedéis —dijo, vacilante—. Pero yo soy médico y magíster, no soldado, ni espadachín…

—Serías nuestro médico —dijo Dartagnan—. Tenía que haberos dicho que, mientras vistáis el tabardo de los mosqueteros, «temporalmente», os pondré a trabajar donde más útiles seáis. Cada regimiento tendrá su propio médico; tú serás el nuestro. En cuanto a ti, Dupallidin, tengo entendido que tienes una gran habilidad con los números, el dinero y la contabilidad, así que sin duda serás muy útil a mis administrativos y mi jefe de contabilidad. Y, bachiller Imsel, quiero pedirte que estudies, que descubras todo lo que puedas sobre ese recóndito templo de Palleniel Exaltado, que averigües todo lo que haya sobre el tema en los Archivos Reales o en las bibliotecas de Belhalle, cualquier texto disponible sobre la naturaleza de los abestiados a los que nos enfrentaremos. Sobre todo, esto último, porque sabemos tan poco sobre los abestiados de Ystara, a diferencia de lo que sucede con los que se crean aquí al dirigir la magia contra los rehusantes.

—Sabemos que se los puede matar —respondió Agnez, con decisión.

—¡Ah, la impetuosidad de la juventud! —exclamó Dartagnan, aunque no parecía molesta—. Efectivamente, tú mataste a uno. Pero quizá no sepas que cada abestiado es diferente. No hay dos que tengan los mismos puntos débiles, las mismas vulnerabilidades. Tuviste suerte de dispararle al del palacio en una zona desprotegida, pero el próximo podría tener una garganta a prueba de balas.

—Oh…, yo… no lo sabía —dijo Agnez—. Pero no fue solo suerte. Alguien me dijo que le disparara allí.

—¿Alguien te lo dijo? —respondió Dartagnan, de pronto muy interesada —. ¿Quién?

—No lo sé —respondió Agnez—. Yo pensaba que era Dorotea, pero me dijo que no había sido ella. Una de las cortesanas, supongo.

—Una pena —dijo Dartagnan—. Quizá fuera una suposición sin fundamento. Pero nos sería de gran ayuda contar con alguien con un mayor conocimiento sobre los abestiados.

—El magíster Delazán, que murió en el hospital…, tenía una colección considerable de libros sobre abestiados —dijo Simeon—. Disecciones, etcétera. Yo no había pensado que las diferencias entre unos y otros pudieran hacer más difícil combatirlos. Aunque los libros que tenía solo eran sobre abestiados transformados por efecto de la magia angelical aquí, no sobre los creados originalmente en Ystara. O sus descendientes, supongo.

—Si es que tienen descendientes —precisó Dartagnan—. Las gentes de la frontera, que ven abestiados de vez en cuando, afirman que no hay crías; los abestiados no se reproducen ni envejecen. Algunos parecen ser los mismos, invariables al paso del tiempo. Yo también soy bascona, como quizá ya sepáis. De Acques, justo en la frontera. He visto abestiados por los senderos de la montaña, cerca de mi pueblo. Uno al que llamamos el Cabeza Amarilla, por el penacho de plumas que tiene, o de algo parecido a las plumas. Lo vi de niña, y lo he visto en tiempos más recientes. Estaba igual, idéntico.

—¿Lady Dehiems va a unirse a la expedición? —preguntó Dorotea.

—No —respondió Dartagnan.

—No lo tenía claro. Anoche me pareció que decía que vendría…

—Y esta mañana también lo parecía —confirmó Dartagnan, que hizo una pausa antes de continuar—. Lady Dehiems está con la reina desde la levée, a primera hora de la mañana. De hecho, fue quien sugirió que se usara a los rehusantes como mano de obra en la expedición, en lugar de enviarlos a galeras. Pero en ningún momento sugirió formar parte de la expedición ella misma; de hecho, dijo que no podría hacerlo, ya que tiene una salud delicada y el viaje podría afectarle. Además —añadió, sin dar ninguna emoción a sus palabras—, aunque es nueva en la corte, resulta evidente que su majestad ya la tiene en gran estima y que le profesa un gran afecto, y no desea que se aleje de su lado, especialmente si es para participar en una misión llena de peligros, como sin duda será esta.

—¿Y adónde vamos, exactamente? —preguntó Henri—. ¿Dónde está Baranais?

Dartagnan le lanzó una mirada acusatoria.

—Así que descifrasteis la carta. Ya me parecía…

Henri tragó saliva y se ruborizó al mismo tiempo; soltó un gemido mal contenido al recibir el pisotón de Simeon.

—Ah, sí, sí que lo hicimos, ser —confesó—. Pero pensamos que era mejor no…, no decir nada…

—Entiendo —dijo Dartagnan—. ¿Hay algo más que decidierais no mencionar? ¿Cualquiera de vosotros?

Todos se agitaron un poco, inquietos, agacharon la cabeza y se miraron entre sí.

—Muy bien.

Dartagnan se inclinó sobre el mapa y puso el dedo encima.

—Baranais está aquí, al sur de Monthallard. Es uno de los collados más accesibles por donde atravesar la cordillera. Los «picos gemelos» mencionados probablemente sean el pico mayor y menor del monte Cabiromera; el templo estará en el collado intermedio. No tenemos claro si hay un camino o un sendero desde el collado, o más allá. Todo eso habrá que investigarlo con cuidado, sin duda, por la posibilidad de encontrar abestiados. Procederemos con cautela, levantando un campamento fortificado cada noche en cuanto crucemos la frontera. Para ello la mano de obra rehusante nos será útil. Eso hará que avancemos despacio, pero más vale ir con seguridad que morir en el intento.

—¿Cuánto tardaremos? —preguntó Simeon.

—Diez días de preparación aquí, quizá más —dijo Dartagnan—. Si solo fuéramos mosqueteros, tardaríamos la mitad. Pero no vamos solos, y sé que la guardia capitalina, por ejemplo, no tiene suficientes caballos, mulas o carros. Tendrán que conseguirlos, al igual que muchos otros suministros. En cuanto nos pongamos en marcha, incluso por nuestro territorio iremos despacio. Veinte días hasta la frontera, si el tiempo no empeora. Luego, un día o quizá más para llegar al collado, y después, tal vez otro día para localizar el templo y llegar hasta allí… Si hubiera un gran tesoro, un día o dos para cargarlo, y un tiempo similar al de ida para el regreso. Todo ello dependiendo del tiempo que haga, de cómo sea el terreno… y de los abestiados.

»Y, por supuesto, de nosotros mismos. Yo os consideraré mosqueteros, y espero mucho más de vosotros que de ningún otro. Los persevantes no son malos luchadores, pero dependen demasiado de sus iconos, de los ángeles y de la magia. Los caballeros del rey, en el mejor de los casos, son valientes. Y la guardia capitalina…, bueno, tal como indica su nombre, resultarán útiles para hacer de guardias, controlar a los rehusantes, y poco más. Los artilleros son fiables, y conocen su oficio. Pero hasta sus culebrinas y falconetes más ligeros pueden plantear dificultades a la hora de atravesar los collados. Cuando llegue el momento de enfrentarse a los abestiados, son los mosqueteros los que deben marcar las diferencias. Recordad eso.

Nadie dijo nada. Todos estaban pensando en el abestiado del patio del palacio. ¿Cómo sería tener que enfrentarse a más de una criatura como aquella a la vez?

—Descaray, ocúpate de equiparlos. Mañana empezaréis a trabajar, cada uno en su cometido. Ya sabéis lo que quiero de vosotros; encargaos de conseguirlo.

—¿Puedo ir a Belhalle? —preguntó Dorotea—. ¿Salir de la Fortaleza de la Estrella? La cardenal me lo prohibió…

—Tengo entendido que su eminencia no se encuentra bien y que no hay que molestarla con asuntos menores como ese. Pero, para mayor seguridad, la capitana Rochefort será informada de que se te ha dado permiso para salir. No creo que los alcantarilleros planteen ya ningún peligro, si es que corríais peligro alguno de los cuatro. No obstante, que te acompañe alguien cuando tengas que salir de la fortaleza. ¡Y todos vosotros, llevad siempre espada!

Quedaba claro que no había nada más que decir. De todos modos, por si quedaba alguna duda, Sesturo alargó un brazo enorme en dirección a la puerta. Los cuatro amigos fueron saliendo y se sumergieron en el bullicio del exterior, mientras el teniente Decastries, que levantó una ceja al pasar a su lado, entró.

—¡Así que parece que tenemos tres mosqueteros más! —exclamó Sesturo, frotándose las manos—. ¡Por así decirlo!

 

—El pez ha picado el anzuelo y se lo ha tragado hasta el fondo —respondió Liliath satisfecha, dirigiéndose a Biscaray.

Estaban de pie, en la pequeña plataforma entre los dos tejados de la Demaselle House, para que Liliath pudiera examinar el cielo. Como siempre, escrutaba la parte del cielo nocturno correspondiente a los ángeles ystarianos, y observó con satisfacción que no se habían producido cambios que revelaran los movimientos en la superficie de la Tierra destinados a devolver su lugar a Palleniel, y sobre todo que la estrella del arcángel no hubiera reaparecido de pronto. No esperaba ver nada, pero no podía evitar mirar, por si acaso.

—Habéis pasado todo el día con la reina —dijo Bisc—. En su dormitorio, o eso me han dicho.

—Vaya. ¿Estás celoso, querido Bisc? —respondió Liliath, pasándole un dedo por la mejilla.

—Sé que no tengo ningún derecho —reconoció Bisc—. Pero sí… estoy celoso.

—No lo estés —dijo Liliath—. Vendrás conmigo a Ystara, estarás conmigo… y ella no. Y cuando llegue el momento, Saranza no será nada, no habrá reina. Un gobernador, quizá. ¿Quizá eso te gustaría? ¿Gobernar sobre los que tanto te han denigrado?

—Yo quiero estar donde estéis vos —dijo Bisc, tirando de ella.

Se besaron, y Liliath deslizó las manos bajo la casaca y la camisa de Biscaray.

—Vuestras manos siempre están calientes —murmuró Bisc—. Vuestra piel desprende calor…, por frío que esté el aire…

—Yo no soy como los otros mortales —susurró Liliath.

Alguien llamó al desván, de donde se accedía a aquella pequeña pasarela. Se separaron. Liliath metió su cálida mano en la manga, donde aún llevaba el brazalete con los tres iconos.

—¿Sí? —dijo Biscaray, con la mano en la empuñadura de la daga que llevaba al cinto. Había dado orden de que no los molestaran.

—Soy Sevrin —dijo la vigilante de la puerta principal, abriendo solo unos centímetros—. Hay noticias, Bisc.

—¿Qué noticias?

—El carcelero que sobornamos en Riveral dice que a los prisioneros…, a los nuestros…, no los envían a galeras a Mallassa. ¡Van a ir a Ystara! ¡Están organizando una expedición!

—Lo sé —dijo Bisc, mirando a Liliath, que asintió—. Nosotros también iremos.

—¿Iremos? —preguntó Sevrin, asomando la cabeza por la puerta, con los ojos abiertos como platos—. ¿Vos también, milady?

—Bueno, la enfermiza milady se quedará aquí —dijo Liliath, sonriendo —. Lamentablemente, estará demasiado enferma como para ir a ver a la reina, o para recibir visitas. Pero yo me convertiré en una rehusante, cubierta de cicatrices y achaques. Y sí…, juntos volveremos a Ystara. Devolveremos su gloria a Palleniel. ¡Y la justicia al mundo!

 

—Tendríamos que habérselo dicho a Dartagnan —le dijo Agnez a Dorotea.

Estaban en la habitación que compartían en los barracones, preparándose para dormir, o al menos para irse a la cama. Dorotea estaba dibujando algo muy pequeño en un trozo de papel, Simeon tomaba notas del Compendio de medidas para la creación de un hospital de campaña y la provisión de medicinas, iconos y suplidos, de Deraoul. Por su parte, Henri estaba apoyado en la puerta para asegurarse de que no entraba nadie.

—Lo que ves en milady… y en los rehusantes —añadió.

—¿Y en nosotros? —preguntó Simeon—. ¡No, no hay que decírselo!

—En cualquier caso, probablemente no importe —dijo Henri, esperanzado—. Quiero decir que Dehiems no va a ir a la expedición. Quizá para cuando volvamos con el tesoro las cosas hayan cambiado. A lo mejor eso que ve Dorotea, sea lo que sea, ya ha desaparecido.

—Me preocupa la seguridad de la reina —dijo Agnez—. Si Dehiems no es lo que parece…

—La cardenal estará aquí, y también Franzonne y Sesturo —le recordó Henri.

—Concentrémonos en lo que sabemos que nos espera —apuntó Simeon, ladeando el libro para recoger la máxima luz posible de la lámpara colgada del techo—. Esta expedición. Yo creo que es bueno que nos alejemos de la ciudad, de la cardenal y de la reina.

—Eso, si no nos matan los abestiados —puntualizó Henri.

—Aparte de eso.

—Rochefort comparte el mando —señaló Agnez—. No se olvidará de nosotros. Ya sospechaba antes, cuando nosotros mismos no sabíamos lo que pasaba y no había nada de lo que sospechar.

—¡Es que tal vez no haya nada de lo que sospechar! —protestó Henri—. ¡Lo único que sabemos es que Dorotea ve algo! Quizá… sea solo eso. ¡Una alucinación!

Dorotea levantó la vista de su dibujo, que era una imagen abstracta de trazos gruesos y rápidos que no parecían gran cosa mirados en detalle, pero que en conjunto recordaban las enormes alas de un ángel.

—Está claro que los rehusantes también tienen ese mismo… residuo o esa mancha… que nosotros —dijo—. Del mismo ángel, muy particular. Pero Dehiems es diferente. Creo que en su caso procede de muchos ángeles diferentes.

—¡Nosotros no somos rehusantes! —exclamó Henri—. Te repito que todos hemos invocado a ángeles. Y todos hemos sido destinatarios de la magia angelical. ¡Sin embargo, estamos vivos y no nos hemos convertido en abestiados!

—Ya —respondió Dorotea con un suspiro. Forzó la vista y miró a Henri, pero no directamente—. Estoy segura de que es el mismo ángel, pero… la calidad del residuo es diferente. En nosotros, es una llama intensa; en ellos es un rastro turbio, pero que se mueve como el fuego… No puedo describirlo con precisión. Sé que no puedo preguntarle a Dehiems, pero quizá la rectora de Belhalle…

—¡No!

Dorotea miró a sus amigos, que habían respondido al unísono.

—No he dicho que fuera a hacerlo —se defendió, dejando su trozo de papel y su carboncillo a un lado con un suspiro—. ¡Solo que me gustaría!

—Deberíamos dormir —propuso Agnez—. Mañana va a ser un día movido. Muy movido.

Se puso en pie y levantó la pantalla de la lámpara, frunció los labios y se dispuso a apagarla de un soplido.

—Yo aún estoy leyendo —dijo Simeon, sin levantar la vista.

—Sí, ¿quién te ha puesto al mando? —preguntó Henri. Estaba cansado, pero no quería admitirlo.

—Yo soy la única mosquetera de verdad —dijo Agnez, sorprendida al verse cuestionada—. Por supuesto que estoy al mando.

Dicho aquello, apagó la lámpara, cosa que levantó un pequeño coro de quejas. Simeon cerró su libro de un golpetazo y Henri tropezó con una vaina de espada de camino a su cama.