Magia angelical

Garth Nix · Capítulo 30 de 37

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Magia angelical

Capítulo 29

29

 

 

Por fin llegó el día, no cuatro, sino seis jornadas después de que Bisc informara a Liliath. Con la guardia capitalina por fin tan lista como podía estarlo para la partida, la expedición se puso en marcha hacia Lutacia.

Los cuatro amigos cabalgaban en una posición avanzada, sobre buenas monturas gracias al trabajo de Henri con los intendentes y los encargados de los establos. Además, cada uno contaba con dos monturas de repuesto mucho más atrás en la larguísima caravana, que cubría dos leguas de camino a partir de la puerta sur de la ciudad.

En la vanguardia iba una escuadra de cada uno de los regimientos, salvo la guardia capitalina. Todos iban montados. Luego venían la mitad de los rehusantes, que, en lugar de marchar, más bien avanzaban en grupos semiorganizados, flanqueados por sendas columnas de la guardia que los vigilaban; luego estaban los cuarenta y cuatro carros de intendencia, unos vehículos lentos que avanzaban traqueteando, cada uno con cuatro o cinco guardias de los regimientos que después comerían o se aprovisionarían a su alrededor; después, un rebaño de reses, alimento para la expedición, con sus arrieros; luego, los seis falconetes, con un artillero montado en el caballo de la izquierda de cada uno de los tiros de los carros, y tras ellos seis carros muy separados entre sí, cargados con pólvora y municiones, custodiados por disciplinados artilleros; los seguía un pequeño contingente de sacerdotes del templo de Ashalael, magos ceremoniales en su mayoría, de dudosa utilidad, porque ninguno de ellos habría sido rival para cualquiera de los persevantes que iban más adelante; los cuatro carros médicos, también custodiados por soldados que esperaban no llegar a necesitar de los servicios o las medicinas que se transportaban en ellos; más rehusantes, ligeramente controlados por el resto de las tropas de la guardia capitalina; y luego venían las monturas de repuesto, reatas de caballos atendidos por los criados de los barracones de la Fortaleza de la Estrella, rehusantes que no entrarían en Ystara. El último elemento oficial de la expedición era la retaguardia, compuesta por mosqueteros, persevantes y caballeros del rey, también a caballo, aunque apenas podían avanzar, con el embotellamiento que se había formado por delante.

Sin embargo, detrás incluso de la retaguardia, se había formado una multitud que se extendía a lo largo de una legua más, sin orden ni concierto. Gente de todo tipo que seguía a los expedicionarios, desde cónyuges legítimos, compañeros e hijos a prostitutas y prostitutos que no querían perder a sus mejores clientes; pedigüeños, pillos y ladrones; y entre ellos muchos rehusantes que no habían sido arrestados ni marcados, pero que habían decidido abandonar Lutacia de todos modos, con la esperanza de hallar fortuna de algún modo siguiendo la expedición.

Entre todo ese gentío había también mercaderes con sus propios carros y burros cargados que contaban con la posibilidad muy real de que la expedición se quedara sin existencias y de que los pueblos y ciudades que encontraran por el camino no pudieran cubrir todas sus necesidades.

Por último, correteando por detrás de todos los demás, iban niños y muchachos de edad suficiente como para salir en busca de aventuras o tan desamparados que no debían rendir cuentas a nadie, o una combinación de ambas cosas.

—Bueno, por fin estamos en marcha —dijo Agnez, animada—. Y no vamos comiendo polvo. ¿No estás contento de no ir atrás con los otros médicos, Simeon?

—No estoy muy seguro de si no sería mejor el polvo a ir en este caballo —respondió Simeon, que hacía tiempo que no montaba y que imaginaba que acabaría con los muslos bien rozados—. Al menos podría ir en el carro, con los otros.

—¡Con lo que me ha costado encontrar caballos aptos para tu peso! — protestó Henri—. Si no fuera por mí irías montado en un caballo de cartón.

—Iría durmiendo en uno de esos carros —replicó Simeon.

—No, qué va —le corrigió Agnez—. Recuerda que ahora eres un mosquetero, o al menos en parte. La capitana nunca dejaría que un médico mosquetero fuera durmiendo en uno de los carros.

—Hmmmpf —gruñó Simeon. Se encogió de hombros, agitando su enorme tabardo negro y plateado.

—¿Qué estás leyendo, Dorotea? —preguntó Henri.

Dorotea tenía un pequeño libro encuadernado en cuero en las manos, y lo estaba estudiando muy concentrada, con las riendas enrolladas en torno al pomo de su silla, evidentemente confiando en que sus amigos, que cabalgaban a su lado, saldrían en su ayuda si su caballo decidía de pronto encabritarse o marchar por su cuenta.

—¿Qué?

—¿Qué estás leyendo?

—Un diario —respondió Dorotea—. Supuestamente de una cazadora y montañera albana que parece que se llamaba… Cecily Jenkins… y que hace más de cien años viajó por Ystara varias semanas, y sobrevivió.

—¿Supuestamente? —preguntó Simeon.

—No estoy muy segura de que sea auténtico —replicó Dorotea—. Aunque sé algo de albano y puedo leerlo bastante bien, hay matices que, o le dan credibilidad, o se la quitan por completo. No estoy muy segura de si se lo ha inventado todo o si intenta ser divertida. O si simplemente son cosas del idioma. No deja de mencionar la importancia de llevar limpia la ropa interior y se lamenta de no haber podido comprar cecina de buey en lugar de cerdo en Troumiere, antes de cruzar la frontera.

—Eso suena a albano —dijo Agnez.

—¿Así que al final encontraste algo en Belhalle? —preguntó Henri.

—No… —respondió Dorotea, guardándose el librito en el práctico bolsillo interior de su tabardo, donde la mayoría de los mosqueteros guardaban sus dagas, ganzúas y cosas así—. Me lo envió Rochefort. Lo encontró en la biblioteca personal de la cardenal. Es prácticamente la única referencia útil que sobrevivió a la quema de Dumauron.

Nadie hizo ningún comentario, y Dorotea no observó el intercambio de miradas de Henri y Agnez, que levantaron las cejas.

—Si es un relato veraz, podría ser útil —prosiguió Dorotea—. Para empezar, dice que los abestiados suelen evitar las cotas altas, porque temen la proximidad del cielo. Así es como escapó de ellos varias veces: ascendiendo a las cumbres.

—Es más fácil matarlos —protestó Agnez, señalando hacia atrás—. Un ejército como este no puede escalar ningún monte. Pasar el collado ya será complicado. Y, en cualquier caso, probablemente tengamos que dejar los caballos atrás en algún momento.

—¿Qué más dice? —preguntó Simeon.

—Dice que los abestiados suelen ser solitarios. Que en ocasiones pudo escapar porque le perseguía uno solo, o como máximo dos, y que si hubiera habido más, la habrían pillado y se la habrían comido.

—Me pregunto qué comerán —murmuró Simeon—. No creo que dispongan de muchas exploradoras albanas, y no serán muchos los que se adentren en su territorio.

—Jenkins también escribió sobre eso —dijo Dorotea—. En aquel tiempo, al menos, había muchas cabras, ovejas y vacas por ahí, supuestamente descendientes de los rebaños de antes de la maldición. Los abestiados cazan esos animales. Una vez, desde lo alto, vio un combate entre un abestiado y una manada de lobos.

—¿Y cómo acabó? —preguntó Agnez.

—El abestiado mató a tres de los lobos y el resto huyó —dijo Dorotea, pensativa—. El abestiado se comió los lobos muertos. Todo eso parece plausible… Tomaré nota de lo más destacado del libro para la capitana.

—¿Cuál? —bromeó Agnez—. ¿Dartagnan o tu amiga Rochefort?

—Dartagnan, por supuesto —respondió Dorotea, sin inmutarse—. Pero me atrevería a decir que Rochefort también lo leerá.

—¿Dónde paramos esta noche, Henri? —preguntó Simeon.

Henri había pasado mucho tiempo con los oficiales que organizaban la ruta de la expedición y se había esforzado especialmente en colaborar y congraciarse con los encargados de distribuir los puestos en los campamentos, y con los responsables de las provisiones de alimento, vino y otras comodidades.

—El plan era llegar a Charolle —dijo, girándose para ver el final de la columna, que se perdía entre una nube de polvo—. Pero hemos salido tarde, y a esta velocidad… Sospecho que esta noche dormiremos en algún prado, y que comeremos de las raciones que llevamos en las alforjas. Yo había conseguido alojamiento para los cuatro en la segunda mejor posada de Charolle, la Gavilla de Plata. La mejor estaba reservada para los oficiales superiores.

—Quizá podamos encontrar alguna granja en la que refugiarnos… — especuló Simeon, nada emocionado ante la perspectiva de dormir al raso o en tiendas, aunque sabía que tendría que hacerlo antes o después.

—La capitana Dartagnan nos ha prohibido requisar viviendas privadas — le recordó Agnez.

—Solo se pueden usar como alojamiento posadas, caballerizas, bodegas, almacenes y las casas de los bodegueros, y hay que pagar por ello —recitó Henri—. Aunque yo diría que los implicados preferirían dinero en efectivo a los pagarés que les entregarán nuestros intendentes. Una promesa de pago cuando regrese la expedición… A mí no me gustaría que me pagaran así.

—Mejor eso que no pagar nada y coger lo que necesitemos. Mi madre me dijo que ese es el modo más seguro para ponernos a todos en contra —dijo Agnez—. Mejor dormir bajo las estrellas que morir apuñalado mientras duermes en alguna cama sin permiso.

—Me pregunto si podría dormir en mi carro médico —dijo Simeon—. No creo que a la capitana le importara, ¿no?

—Disponemos de una tienda para las noches en que no haya ningún pueblo idóneo para alojarse —señaló Henri—. Y numerosos rehusantes para montarla y desmontarla. Pero esta noche no tendremos tiempo para eso. Es para más adelante, para los días más cortos, cuando salgamos temprano y acampemos antes del anochecer. Hoy será un día largo.

—Muy largo, creo yo. Si se mantiene sereno y la noche no es demasiado oscura, creo que la capitana…, las capitanas…, decidirán seguir todo lo que podamos —apuntó Agnez—. Dartagnan hablaba de lo importante que es un buen arranque el primer día. Y puede que dejen que la vanguardia se adelante, en cuyo caso estaríamos allí al anochecer, al menos.

—Que Ashalael nos proteja de tener que pasar a la retaguardia —dijo Henri—. Cada vez que paremos, los últimos llegarán tres o cuatro horas más tarde.

—Que el cielo no lo quiera —murmuró Simeon—. ¿Y en esa Gavilla de Plata hay baños, Henri?

—Baños, buen vino y una comida excelente —respondió Henri. Miró atrás, examinando la larga columna, cuyo extremo quedaba ya totalmente oscurecido por el polvo, y luego a la vanguardia, a apenas unos cincuenta o sesenta pasos, con las dos capitanas a la cabeza, seguidas de oficiales de menor rango y de mensajeros a caballo que salían o llegaban constantemente, cabalgando por los lados del camino—. Aunque tendremos que asegurarnos de llegar entre los primeros. Por muchos planes que haya hecho, seguro que hay persevantes, o quizá caballeros del rey, que intentarán sobornar al posadero para conseguir nuestra habitación y nuestra comida especial. Y eso me recuerda… ¿Cuánto dinero lleváis cada uno?

—Yo no he gastado nada de lo que nos dio la reina —respondió Simeon, metiéndose la mano bajo el tabardo y tanteando varios objetos antes de sacar la pequeña bolsa de cuero. Se inclinó sobre la silla, haciendo crujir el cuero de las correas, y se lo entregó a Henri—. Ahí tienes. Llevo algo más, de lo que ya tenía.

—Yo perdí todo mi dinero jugando a los dados —dijo Agnez—. ¡Pero muy pronto volveremos a llenar los monederos con oro de Ystara!

—Que ahora mismo no nos es especialmente útil —se lamentó Henri—. Al menos yo he gastado mi dinero en beneficio de todos.

—Yo aún tengo la bolsa —dijo Dorotea, echando mano a la alforja izquierda—. Pero me gasté todo el dinero en papel, carboncillo, pintura y pan de oro. Pensaba que no necesitaríamos dinero. ¿Como mosqueteros no debemos cobrar un sueldo? ¿Así que en eso trabajabas, Henri, con los asistentes de la capitana y ese intendente tuerto? ¿En la organización de los alimentos, el alojamiento y demás?

—En parte, sí —dijo Henri—. Aunque la mayoría de cosas que llevamos son mantas para poner sobre un campo fangoso, vino aguado y ese pan de campaña con el que puedes romperte los dientes. Bueno, supongo que me las apañaré con el monedero de Simeon. Pero nos esperan al menos veinte días de camino…

—Dámelo a mí —sugirió Agnez—. Ya he tenido bastante mala suerte a los dados. Si me lo juego a triple o nada, seguro que cambia. Ganaré suficiente dinero como para pagar todos esos lujos que parece que crees que necesitaremos por el camino.

Henri sacudió la cabeza, al tiempo que escondía el monedero de Simeon por debajo del tabardo, el jubón y la camisa.

—Demuestras una completa ignorancia de las matemáticas de la probabilidad, Agnez —dijo—. Por no hablar de las habilidades de muchos de nuestros compañeros mosqueteros, y seguro que también de los persevantes y de los soldados de la guardia. Si lo administramos bien, creo que el dinero de Simeon nos bastará. Aunque una vez más tengo que lamentar no haber cogido esos dobles delfines ystarianos…

—En ningún momento fueron nuestros —puntualizó Agnez.

—Podían haberlo sido —respondió Henri.

Y entre discusiones y bromas siguieron adelante.

 

Casi una legua por detrás de los cuatro mosqueteros, un joven rehusante, desfigurado por una abultada cicatriz en el rostro, mal tapada por un pañuelo, caminaba junto a una mujer mucho mayor que él, que, pese a llevar un largo bastón para apoyarse, no lo usaba demasiado. De hecho, solo lo hacía cuando el joven le recordaba que debía parecer una rehusante de mediana edad muy desmejorada. Liliath no parecía ajustarse mucho al papel.

—¡Bah! Nadie presta la menor atención —dijo Liliath.

Estaba de mal humor porque su áspero vestido gris era muy feo y le picaba; de mal humor por los diversos insultos que había recibido por parte de los soldados de la guardia desde el momento en que se habían colado entre los rehusantes apresados el día anterior; aburrida de tanto caminar; y asqueada con las gachas y la cerveza aguada, que eran lo único que les habían dado como desayuno.

—Un disfraz hay que mantenerlo en todo momento —insistió Bisc, suavizando el tono—. Si se pretende que funcione.

—Ya sé, ya sé —murmuró Liliath. Curvó la espalda y se apoyó en el bastón, en cuyo interior escondía una docena de iconos cuidadosamente ocultos en su interior—. Tiene que funcionar. Es mi plan. Pero ojalá hubiera encontrado un modo más cómodo de unirme a la expedición sin levantar sospechas.

—No será mucho tiempo —dijo Bisc, con el fervor de un creyente en los ojos—. ¿Qué son veinte días de incomodidades, sabiendo que al final nos espera la recuperación de Ystara, y que Palleniel vendrá a curar a todos los nuestros?

—Sí —dijo Liliath, y sonrió, con una sonrisa que Bisc no había visto nunca antes, una sonrisa casi de éxtasis—. Sí. Palleniel.

 

La expedición consiguió llegar a Charolle aquella primera noche, aunque, tal como había predicho Henri, la retaguardia no llegó hasta poco antes de la medianoche, marchando a la luz de la luna. También, tal como había predicho, hubo algunas disputas con algunos de los caballeros del rey a las puertas de la Gavilla de Plata, pero los cuatro amigos se salieron con la suya y consiguieron asegurarse su habitación y su comida.

Aquella buena suerte pareció ser un buen presagio para el resto del viaje. Al día siguiente consiguieron salir pronto, y también el otro, y la distancia desde Lutacia fue aumentando progresivamente al acercarse a Monthallard. Se esperaba que las lluvias del otoño llegaran en cualquier momento, pero no cayeron con fuerza, limitándose a algunos chubascos por la tarde y al ocasional chaparrón antes del amanecer. De hecho, hacía tan buen tiempo que la gente empezó a plantearse si la cardenal habría pedido ayuda al propio Ashalael para facilitar el avance de la expedición.

Pero las capitanas, y algunos elegidos como los cuatro amigos, sabían que no era así por los mensajeros a caballo que recorrían constantemente la distancia entre Lutacia y el lugar donde se encontrara la expedición. La cardenal seguía recuperándose, igual que lady Dehiems. Había otro factor que influía en el ritmo al que progresaba la expedición, aparte del buen tiempo y de la convicción de que el arcángel los ayudaba. Cada día se acercaban más al misterioso tesoro, y abundaban las especulaciones sobre el volumen de las riquezas y acerca de cómo se distribuiría entre los soldados.

Curiosamente, los rehusantes también parecían cada vez más alegres y menos desanimados, a medida que disminuía la distancia a Ystara, aunque no estaba previsto compartir con ellos el tesoro. Sin embargo, cuando Rochefort se llevó a varios para interrogarlos y preguntarles por su cambio de actitud, ninguno de ellos supo decir por qué erguían más la cabeza, o por qué soltaban risitas, cuando no se les había visto reír nunca. Y poco después del regreso de los interrogados, todos recuperaron su habitual gesto sombrío, como si hubieran tenido un momento de felicidad que hubiera desaparecido rápidamente. Los guardias responsables de su custodia lo achacaron a la luz del sol del otoño, que ahora les llegaba directa, una vez fuera de sus tugurios y de las alcantarillas. Y fuera lo que fuera lo que pensaba Rochefort, no lo compartió con nadie.

 

A las dos semanas de marcha, Dorotea observó que las extrañas luces que veía en sus compañeros ganaban definición: eran más visibles, igual que las de los rehusantes. Pero sus amigos no querían saber nada y se negaban a debatir sobre el tema. Así pues, solo tenía una persona con la que hablar de ello.

Al final de la jornada, mientras montaban el campamento (sin las empalizadas y las trincheras que tendrían que construir cuando llegaran a Ystara), Dorotea buscó a Rochefort para intercambiar unas palabras con ella, pero ambas cosas le resultaron más difíciles de lo que esperaba.

El campamento, como cada noche, era en realidad un conglomerado de muchos campamentos menores que se solapaban y que raramente seguían la misma disposición, a pesar de los constantes intentos por poner orden. Los mejores terrenos se los quedaban los mosqueteros, los persevantes y los caballeros del rey, independientemente del plan trazado; las cocinas siempre se colocaban al lado, y las de los mejores regimientos siempre tenían que ir quitándose de encima a «comensales» de estratos inferiores; en los terrenos algo menos atractivos se aparcaban la artillería y los carros, o se instalaban el hospital de campaña y los almacenes; y los rehusantes se instalaban en lo que quedara, siempre los terrenos más insalubres, y con ellos también los guardias que tenían que vigilarlos.

Así las cosas, encontrar a una persona en particular era una labor diferente y difícil cada día, aunque al menos las tiendas de las capitanas eran más grandes y más fáciles de localizar que las otras. Dorotea salió del prado elevado donde estaban instalados los mosqueteros y descendió hasta el murete de piedra que lo separaba del siguiente campo, inclinado y mucho más fangoso, donde estaban situados los carros del hospital de campaña. Saludó de lejos a Simeon, que estaba poniéndose la bata de médico mientras un ayudante le sostenía el tabardo, en preparación para una operación, aprovechando los últimos rayos de luz de la tarde.

Pasado el hospital de campaña se unió a un flujo de gente que seguía un sendero que discurría en paralelo a un seto hasta llegar a un hueco entre los arbustos que los rehusantes iban ampliando con sus hachas, para agravio, sin duda, del granjero del lugar. Aunque ningún granjero se atrevería a protestar mientras la expedición estuviera en sus tierras.

Pasado el claro, el terreno volvía a elevarse. Dorotea vio otro bonito prado con las tiendas marrones de los persevantes en filas rectas, cada una con su bandera escarlata. Justo en el centro, estaba la tienda de Rochefort, más imponente y toda de color escarlata, con persevantes de guardia en cada esquina.

Dorotea recordó la recepción que le habían brindado en la Torre y vaciló antes de atravesar el hueco abierto en el seto. Los persevantes de guardia la observaron mientras se aproximaba, pero no echaron mano de sus espadas, pistolas o iconos; de hecho, cuando se acercó uno, salió a su encuentro y se quitó el sombrero. Dorotea lo reconoció: era Dubois, uno de los que acompañaba a Rochefort cuando se la llevaron de Belhalle.

—Bachiller Imsel —la saludó el persevante—. ¿O debería decir mosquetera Imsel?

—Un poco de ambas cosas, supongo —respondió Dorotea—. Querría hablar un momento con la capitana Rochefort, si es posible.

—Por supuesto. Ha dado instrucciones de que os demos acceso en todo momento —respondió Dubois—. Pero ¿puedo pediros que esperéis unos minutos? La capitana está recibiendo un despacho. ¿Os apetece una copa de vino?

—Pues sí —respondió Dorotea, sintiendo sed de pronto.

No había parado a beber ni a comer antes de salir en busca de Rochefort, y después de un largo día a caballo estaba, como siempre, sedienta y hambrienta.

Dubois hizo un gesto, y una persevante se alejó, para volver enseguida con una copa de un vino muy bueno, mejor que cualquiera que hubiera podido beber Dorotea en lo que llevaba de viaje, a pesar de los esfuerzos de Henri. Le dio un sorbo, preguntándose qué le diría exactamente a Rochefort, y qué no. De pronto se sintió extrañamente nerviosa. No le daba miedo Rochefort en sí, pero sí algo relacionado con Rochefort. O con ella misma. No lo tenía claro.

—Quizá debería volver en otro momento —dijo, tras vaciar la copa—. Mañana, o…

—No, no, la capitana querrá hablar con vos —respondió Dubois—. Escuchad, ahora salen los mensajeros.

Dorotea oyó un tintineo de espuelas y unas voces algo más altas despidiéndose. La lona de la tienda se levantó y salieron dos personas con aspecto de cazadores, con sus chaquetas de ante sucias y con manchas de sangre. Solo los pañuelos escarlata que llevaban alrededor del cuello indicaban que eran, efectivamente, persevantes de la cardenal.

Rochefort estaba tras ellos; les sacaba una cabeza tanto al hombre como a la mujer, como era habitual con casi todo el mundo, salvo con Simeon y Sesturo, aunque ellos dos eran también mucho más voluminosos. Vio a Dorotea y se le encendieron los ojos.

—Dubois —dijo Rochefort—, dales a Vautier y a Dufresne un par de botas de vino bueno y búscales una tienda cómoda, si puede ser.

—A sus órdenes —respondió Dubois, que inmediatamente señaló a Dorotea—. La mosquetera-bachiller Imsel ha venido a veros, capitana.

—Entra —dijo Rochefort—. Como siempre, es un placer recibir tu visita. Esperaba que vinieras antes.

—Yo… quería preguntaros por algo de lo que hemos hablado anteriormente, en la Torre —dijo Dorotea, midiendo sus palabras, mientras seguía a Rochefort al interior de la tienda.

Aunque no había muchos muebles, era mucho más lujosa que la tienda que ella compartía con sus amigos. Tenía una mesa plegable, una alfombra sobre la hierba, tres sillas plegables y una cama de campaña.

—Ya veo —respondió Rochefort, antes de girarse hacia la persevante que montaba guardia en el interior de la tienda—. Derambouillet, puedes ir con los otros.

Derambouillet inclinó la cabeza y salió al exterior. Luego tensó las cuerdas que fijaban la solapa de lona de entrada a la tienda, para darles más intimidad.

Rochefort le indicó una silla con un gesto y se sentó en otra. Dorotea también se sentó. Estuvieron unos segundos mirándose por encima de la mesa.

—Lo que veía… en mis amigos… parece ganar fuerza y claridad —dijo Dorotea—. Y lo mismo pasa con lo que sea que tienen los rehusantes.

Rochefort frunció el ceño y desvió ligeramente la mirada hacia la izquierda de Dorotea.

—Sí —confirmó—. No me había dado cuenta… con tantas cosas que controlar… ¿Tienes alguna explicación para esto?

—No —dijo Dorotea—. ¡Básicamente porque no sé qué es lo que veo! ¿Es un ángel, o varios, acechando en nuestro interior? ¿El residuo de un ángel?

—No lo sé —dijo Rochefort—. Pero si ha ganado fuerza a medida que nos acercamos a Ystara, quizá la respuesta se encuentre allí.

—Eso espero. ¡No me gusta no saber, no llegar a comprender! Y mis…, mis amigos no quieren hablar de ello, ni intentar descubrir qué pueden ser… estas extrañas… sombras.

Rochefort asintió y se presionó las sienes con sus largos dedos.

—Así que has venido a mí. Pero me temo que ahora mismo yo tampoco puedo pensar en nada que no sea la expedición.

—Ya —dijo Dorotea—. Solo quería que supieras…

—Sí —respondió Rochefort. Miró a Dorotea, y fue la primera vez que la joven la veía sonreír abiertamente. O quizá la primera vez que nadie la veía sonreír así—. Gracias por pensar en mí. También te agradezco que hayas leído con tanta atención ese diario de viajes albano. Esperaba que resultara útil, pero no he tenido tiempo de leerlo personalmente.

—¿Crees que es auténtico?

—Creo que sí —respondió Rochefort, que, con los ojos puestos en Dorotea, alargó la mano para coger su copa de vino y a punto estuvo de volcarla antes de agarrarla al vuelo y enderezarla de nuevo, sin derramar ni una gota—. Esos dos persevantes que acabas de ver son mis mejores exploradores. Los envié en avanzada hace una semana, para que cruzaran la frontera y llegaran al collado, el punto más alto antes del descenso. Dicen que el paisaje es bastante parecido a lo que describe ese diario. Han visto unos cuantos abestiados, separados, bastantes cabras salvajes…, y poco más. La carretera que atraviesa las montañas se ha deteriorado, por supuesto, pero se construyó en tiempos del Imperio, así que ha aguantado el paso del tiempo mejor que otras obras más recientes. A menos que nieve (algo extremadamente improbable en esta época del año), deberíamos llegar sin retrasos, y me alivia muchísimo la escasez de abestiados.

—Espero que se mantenga así —dijo Dorotea con vehemencia. Cambió de posición en su silla—. Me preguntaba si también me darías permiso para… hablar con algunos rehusantes. Porque a mí me parece que algunos de ellos podrían ver…

—Los rehusantes no pueden tener contacto alguno con los ángeles — replicó Rochefort, tajante—. Al mínimo contacto con magia angelical, o mueren de peste gris, o se convierten en abestiados.

—Sí, pero quizá sepan algo más sobre por qué ocurre esto —insistió Dorotea—. A lo mejor conocen historias sobre ver ángeles en la gente, fábulas ystarianas, no sé…, alguna idea disfrazada de cuentos infantiles, ya sabes, ese tipo de…

—¡Todo eso desapareció cuando tantos de ellos huyeron de Ystara y se refugiaron en Saranza! —la interrumpió Rochefort—. Ninguno de ellos sabía de dónde venía la peste gris ni por qué algunos morían y otros se transformaban. Lo único que estaba claro es que tenía que ser obra de Palleniel, y eso quedó confirmado por el cerco impuesto en el país por los arcángeles.

—¿El cerco?

Rochefort dio un sorbo a su vino y frunció el ceño.

—Es una especie de secreto —dijo—. Sabiduría oculta, como lo de los libros que quemó Dumauron. Los arcángeles de los Estados fronterizos con Ystara (Ahsalael de Saranza y Turikishan de Menorco) decretaron un cerco para que los abestiados no puedan salir. Por eso no se extendieron más allá de Ystara.

Dio otro sorbo al vino, más prolongado, vaciando su copa. Al instante, se la llenó de nuevo y prosiguió:

—Desgraciadamente para nosotros, el cerco a los abestiados tiene un efecto secundario. Hace tiempo que sabemos que ningún ángel puede cruzar las fronteras y entrar en Ystara. Si no, habría podido enviar a Reahabiel a espiar al templo y a Quarandael a recoger cualquier tesoro que hubiera allí. Lo que se sospechaba, aunque de momento no había podido demostrarse, es que allí no se puede invocar a ningún ángel. Al menos a ninguno que no sea de las huestes de Ystara.

Dorotea intentó procesar aquellas noticias.

—No había podido demostrarse hasta ahora —añadió Rochefort, con cierta amargura en la voz. Dio otro trago—. Mis exploradores acaban de confirmarlo. Los iconos que llevaron consigo se convirtieron en simples imágenes inertes, sin vida.

—Así que eso es lo que insinuaba Dartagnan…

—¿Qué?

—Oh, no, solo que… ella cree que los persevantes confiáis demasiado en los iconos y en los ángeles —dijo Dorotea, ruborizándose—. Pero creo que sospecha que nuestros iconos podrían no ser la solución en Ystara.

—Dartagnan ha sido siempre muy lista —murmuró Rochefort, dando un buen trago de su copa, lo que le dejó una marca roja alrededor de los labios.

—Pero ¿eso qué significa? —preguntó Dorotea—. ¿Que Ashalael no permite que ninguno de sus ángeles entre en Ystara, y que allí no se los puede invocar?

—¡No importa lo que signifique! Deberíamos alejarnos de ese país maldito —respondió Rochefort, que bebió otra vez—. Pero nos han ordenado lo contrario, sin posibilidad de réplica. Su eminencia ha escogido un mal momento para esa crisis de agotamiento, ya se lo había advertido. ¡No tenía que haberte interrogado personalmente!

—¿Quieres decir que me habrías interrogado tú? ¿Querías someterme a interrogatorio? ¿Mandar a Pereastor a que hurgara en mi mente?

—¡No! —protestó Rochefort, estampando la copa sobre la mesa; el vino tinto salpicó por todos lados y las patas de la mesa cedieron—. ¡No! No quería eso, no lo habría hecho…, a menos que me lo hubiera ordenado directamente su eminencia. Pero ella ya estaba agotada. Habría tenido que dejar que lo hiciera otro…

—Creo que me voy a ir —dijo Dorotea, con la cabeza bien alta.

Echó la silla atrás. Rochefort también se puso en pie de un salto y, por un momento breve y terrible, Dorotea pensó que la persevante intentaría frenarla. Pero no lo hizo. Se quedó allí de pie, oscilando de un lado al otro, con los brazos colgándole a los lados.

—Te dije que no te haría ningún daño —murmuró Rochefort—. Y pienso cumplirlo.

—También dijiste que esperabas que nunca tuviera miedo de ti —dijo Dorotea—. Y, sin embargo, por un momento lo he tenido.

—No quiero ser lo que he… —dijo la capitana, pero se frenó.

Dorotea se la quedó mirando, esperando.

—¿Sí?

Rochefort meneó la cabeza muy lentamente, como si le pesara demasiado. Derrotada, señaló con la mano la abertura de la tienda. Dorotea caminó hacia allí, desató el cordón y salió al exterior, en penumbra, diciéndose que Rochefort no le había prohibido explícitamente interrogar a los rehusantes…