Magia angelical

Garth Nix · Capítulo 29 de 37

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Magia angelical

Capítulo 28

28

 

 

Rochefort no estaba en el Palacio de la Cardenal. Al menos, los guardias de la puerta no quisieron revelarle su presencia a aquella supuesta mosquetera. Dorotea se encontró con la misma respuesta en los barracones de los persevantes, en la Fortaleza de la Estrella, a pesar de reiteradas instrucciones por parte de los mandos de que cualquier enemistad histórica entre regimientos debía quedar aparcada por el bien de la expedición.

Solo quedaba la Torre. Huro quiso acompañarla, pero ella le dijo que no. Y, como el mosquetero tenía órdenes de acompañarla solo en el exterior de la fortaleza, tuvo que aceptar su espada y volverse a los barracones de los mosqueteros, mientras Dorotea se iba a la Torre dando un paseo, parando de vez en cuando para echar un vistazo a cosas que atraían su atención, como potenciales sujetos para un dibujo, o por motivos que ni ella misma entendía. Las cosas le interesaban o no, sin más, y podían ser personas, animales, insectos, objetos, paisajes…

Al cabo de un rato, poco antes del anochecer, llegó a la Torre y subió las escaleras. La puerta principal estaba cerrada, así que llamó al portillo que se abría en el interior de la grande y fijó su atención en unos interesantes líquenes que había sobre la piedra angular del portal mientras esperaba. Al poco se abrió la portezuela y Madre asomó la cabeza. Parecía sorprendida de ver a Dorotea, porque levantó las cejas hasta la raíz del cabello, echó la cabeza atrás y luego otra vez hacia delante, como azotada por una ráfaga de viento.

—¡Tú! —exclamó—. ¿Sin guardias? ¿Y por qué llevas un tabardo de mosquetera?

—Bueno, en respuesta a tu segunda pregunta, ahora soy mosquetera, más o menos —respondió Dorotea—. Y en cuanto a la primera, no estoy detenida, no voy a volver a mi celda. Quiero ver a la capitana Rochefort, si es que está aquí.

—La capitana está aquí —respondió Madre, recelosa—. ¿Te ha mandado llamar?

—No —dijo Dorotea.

Un persevante miró por encima del hombro de Madre. Dorotea no lo había visto antes; era un tipo de gesto hosco y pelo pajizo, pelirrojo.

—Si tienes un mensaje para la capitana, dámelo a mí, mosquetera —dijo, socarrón—. Y luego lárgate. La Torre no es lugar para alguien como tú.

—Eso es lo que pensaba cuando estaba encerrada aquí —confirmó Dorotea—. Aunque Madre decía que estaba en una de las mejores celdas. No traigo ningún mensaje para la capitana Rochefort. Tengo una pregunta. ¿Puedes decirle, por favor, que está aquí Dorotea Imsel?

—¿Tú? ¿Haciéndole preguntas a Rochefort? No creo —dijo el persevante, echando a Madre a un lado para pasar delante.

Ella quiso levantar una mano para pararle, pero luego la bajó. El persevante era más alto y corpulento que Dorotea, y evidentemente no estaba de buen humor. Se llevó una mano a la empuñadura de la espada y ya estaba desenvainando cuando observó que Dorotea iba desarmada.

—¿Dónde está tu espada?

—Se la di a Huro para que se la llevara a los barracones —respondió Dorotea—. La verdad es que creo que Rochefort no tendrá absolutamente ningún problema en hablar conmigo. Siempre se ha…

No llegó a acabar la frase porque tuvo que esquivar el enorme puño del persevante, que le habría dado de lleno en la cara. Pero no esperaba que Dorotea se moviera tan rápido, y perdió el equilibrio. Dorotea le ayudó a seguir con su trayectoria dándole una patada en la espalda y lanzándolo contra la barandilla del rellano, donde impactó con fuerza, soltó un improperio y se giró justo a tiempo para que Dorotea le agarrara con fuerza de la nariz. Sus dedos, fortalecidos por los años pasados tallando bloques de madera, grabando en cobre y realizando otras tareas artesanas sorprendentemente duras, le retorcieron la nariz hacia un lado y hacia el otro, y el persevante tuvo que ladear la cabeza repetidamente para aliviar la presión.

—¡Au! ¡Au! ¡Au!

Dorotea lo soltó en el momento en que tenía la nariz del persevante completamente girada hacia la derecha. Él se lanzó hacia el mismo lado y chocó otra vez contra la barandilla. Cayó al suelo, con la espada enredada entre las piernas. Soltó otra maldición, al tiempo que se llevaba la mano a un icono que llevaba prendido de la túnica.

—¡Pagarás por esto! —gritó, aunque tenía la nariz tan hinchada que más bien sonó a «¡Bagarás bor esto!».

Dorotea oyó el aleteo y el sonido de las campanillas, y vio al ángel que empezaba a manifestarse sobre la cabeza del persevante. Lo reconoció enseguida: era Mazrathiel, que actuaba sobre el movimiento, y entendió el plan del persevante. Mazrathiel no le haría daño intencionadamente, pero haría caer a Dorotea de la plataforma si el persevante tenía la fuerza suficiente como para conseguir que el ángel le obedeciera. Y la caída hasta el foso que se abría debajo haría el resto. El persevante estaba murmurando sus órdenes. Dorotea se aproximó y acercó la mano al punto donde veía la forma de fuego y de luz. Entonces ella también le habló a Mazrathiel, pero mentalmente. Dirigió toda su fuerza mental al ángel y le comunicó sus órdenes, completamente opuestas a las del persevante:

—¡Vete, Mazrathiel! ¡Regresa a los cielos y no vuelvas a responder al icono que te ha traído hasta aquí! ¡Vete!

El icono que tenía bajo los dedos el persevante se desintegró, convirtiéndose en polvo. Sonó un trueno, hubo un destello, y Mazrathiel desapareció casi antes incluso de haberse manifestado.

Dorotea sacó su cuchillo, el que usaba para recortar la punta de las plumas para escribir. Luego se agachó, colocándose a la altura del persevante, que tenía la mirada puesta en sus dedos sucios y en los restos del icono: unos minúsculos fragmentos de madera, yeso y esmalte amontonados sobre su jubón.

—¿Qué…? ¿Tú quién eres…?

Dorotea le metió la punta del cuchillo en el orificio nasal izquierdo y dijo:

—No te muevas. No quiero arrancarte la nariz… No obstante, si es necesario, lo haré. Solo quiero hablar un momento con la capitana Rochefort. Tu ataque ha sido del todo innecesario, y muy descortés.

—Y, además, incompetente —dijo una fría voz desde el umbral.

Dorotea retiró el cuchillo, se levantó e inclinó la cabeza.

Rochefort le devolvió el saludo y miró al persevante tirado en el suelo.

—Eres una desgracia para el blasón de su eminencia —dijo—. Quítate de mi vista.

El persevante tragó saliva y bajó la cabeza. Se puso a cuatro patas y se levantó. Sin alzar la mirada, pasó junto a Rochefort y entró:

—Cierra la puerta —dijo Rochefort, dirigiéndose a Madre.

Dorotea y ella se quedaron solas en el rellano.

—El ángel —dijo Rochefort—. Has conseguido plantar cara a su poder.

Dorotea asintió lentamente, pensando en lo que había hecho. Aquello no era esbozar un icono, sino algo potencialmente peor. Rochefort podría considerarlo una clara herejía.

—Es un don poco frecuente —dijo Rochefort—. Yo también lo he hecho. Y sé de otras dos personas capaces de hacerlo. Todos somos persevantes, y tú también deberías serlo… Yo…, para mí es una afrenta verte con ese tabardo de mosquetera. Deberías estar conmigo.

—¿No es una herejía bloquear a un ángel invocado por otra persona? — preguntó Dorotea.

—No para un persevante —respondió Rochefort—. ¿Para otros…? No creo que a su eminencia le haga mucha gracia que una mosquetera haga gala de un poder así. Y puede que se replantee su reciente conclusión respecto a que no eres realmente Liliath renacida.

—Ese persevante lo contará —dijo Dorotea—. No debería haberlo hecho, pero estaba asustada, enfadada y…

—No dirá nada —replicó Rochefort, convencida.

—¡Oh, no, no lo mates! ¡Solo por eso, no!

Rochefort levantó la ceja derecha.

—¿Matarle? ¡Yo no mato a mis propios persevantes! Esta noche se le enviará a una de nuestras posiciones periféricas, sin esperanza de regresar a menos que mantenga la boca cerrada. Además, ha perdido su plaza en la expedición, lo que sin duda le dolerá aún más. Pero ha sido un estúpido: se merece el destino que se ha ganado.

Rochefort frunció el ceño. Luego añadió, en voz más baja:

—Pero eso deja claro cómo me ves… ¿Para ti no soy más que una asesina sanguinaria, Dorotea?

—Puedes llegar a ser… muy cruel —reconoció Dorotea.

—Al servicio de su eminencia —protestó Rochefort—. Hago lo que es necesario para la seguridad del Estado, y nada más.

—Yo creo que quizá sea demasiado fácil decir que algo se hace por la seguridad del Estado —dijo Dorotea—. Esta captura de rehusantes, por ejemplo, y su expulsión a Ystara. La mayoría de ellos no son alcantarilleros, no forman parte del Clan de las Sombras, no son más que pobres y marginados. No atacarían a nadie, ni serían capaces de hacerlo, aunque sus vidas dependieran de ello.

—Su inclusión en la expedición y su «reubicación» en Ystara no ha sido idea de la cardenal, ni tampoco mía —señaló Rochefort, algo molesta.

—¿De quién, pues? —preguntó Dorotea—. ¡Tú querías arrestarlos!

—¡Yo quiero descubrir qué hay detrás de esos ataques de alcantarilleros a otros rehusantes! —exclamó Rochefort—. ¡Quiero descubrir por qué han aparecido esos tres Iconos de Diamantes justo ahora! Quiero saber por qué veo esa luz en tu interior…

Rochefort se frenó a media frase y echó una mirada rápida alrededor para asegurarse de que no pudiera oírlas nadie. Luego tiró a Dorotea del brazo, acercándola.

—¿Lo sabes? —susurró Dorotea.

—Desde que vi a lady Dehiems —respondió Rochefort en voz muy baja —. Algo me ha agudizado los sentidos. La vi, y a ti, y a tus amigos bascones…, y luego vi esa extraña sombra o reflejo en los rehusantes, en todos los rehusantes…, pero no sé qué significa.

—¿Se lo has dicho a la cardenal?

—No —respondió Rochefort, con gesto preocupado—. Está muy débil… y tenía miedo por t… Tenía miedo de lo que pudiera hacer en ese estado de debilidad y de miedo. Debo saber más para poder actuar.

—Mis amigos no quieren hacer nada —dijo Dorotea—. Albergan la esperanza de que eso desaparezca, sin más. Esperan poder ir a la expedición y regresar, ricos y libres de… lo que sea eso.

—Esa expedición es una locura —replicó Rochefort, con amargura—. Tendremos suerte si regresamos. Pero algo tiene de sensato observar y esperar.

—¿Y qué hay de lady Dehiems? ¿Quién es realmente?

—No lo sé —dijo Rochefort—. He investigado, mis agentes en Alba confirman la muerte de su esposo, su traslado aquí, su riqueza. Ojalá pudiera detenerla, interrogarla…, pero eso es imposible, claro. Imagina a la reina… Y, en cualquier caso, puede que no sepa qué es eso que brilla en su interior, como no lo sabes tú… ¿O tú lo sabes?

Dorotea negó con la cabeza.

—No. Ya te he dicho que mis amigos y yo… acordamos intentar pasar desapercibidos, evitar cualquier investigación para no llamar la atención.

—Probablemente sea una suerte que la albana haya enfermado —observó Rochefort—. Que esté en cama. Con la fiebre del río, según Hazurain. Es debilitante, pero no grave. La reina está preocupadísima… y desconsolada. Espero que muera… Dehiems, por supuesto… No tardó nada en volver loca a la reina y en meterle en la cabeza la idea de la expedición. Bueno, eso quizá también sea cosa del rey. Pero sin duda fue cosa de la albana enviar a los rehusantes arrestados a Ystara.

—¿Por qué?

—Según dijo, para salvarlos de las galeras, que era lo que prefería la cardenal —dijo Rochefort—. Y puede que sea cierto. Pero también podría ser parte de una trama elaborada y de terribles consecuencias. No obstante, no veo qué puede ganar Dehiems con la expedición o con la expulsión de los rehusantes. Ni por qué no aprovecha el encaprichamiento de la reina para sus intereses. Dehiems podría enviarle misivas, cartas de amor, peticiones. Ahora mismo su majestad le concedería prácticamente cualquier cosa. ¡Pero ella no pide nada!

—Tengo la sensación…, y es más una sensación que una idea…, de que la respuesta a esos misterios, de algún modo, está en Ystara, y en la caída de Palleniel —dijo Dorotea, prestando atención a cada palabra. Cogió a Rochefort de los brazos; la tensión en los músculos de la persevante resultaba evidente—. Y ese es el motivo de que viniera a verte. Necesito consultar libros sobre esas cosas, libros que se retiraron de Belhalle por orden de la cardenal Dumauron. ¿Dónde podrían estar?

—Desaparecidos —dijo Rochefort, con desaliento—. Como la sangre de los abestiados, convertidos en cenizas. Dumauron quemó muchos libros y papeles, no solo relacionados con Ystara y con la caída de Palleniel, y no solamente de Belhalle. Temía al conocimiento. Murió de un infarto la primera vez que invocó a Ashalael. Algunos dijeron que era un milagro, que el arcángel nos había salvado de nuestra propia cardenal. Eran otros tiempos…

—Quizá no tan diferentes. Me temo que nuestra cardenal también quiere destruir todo lo que no entiende —susurró Dorotea, que se acercó aún más a Rochefort.

Tenía la nariz casi hundida en el hueco bajo el cuello de Rochefort, sin llegar a tocar con los labios la piel del escote de la persevante, justo por encima del esternón.

—No dejaré que te hagan daño, Dorotea —susurró Rochefort.

—Sé que lo intentarás, Camille —respondió Dorotea con un suspiro—. Gracias por contarme lo de Dumauron y los libros. Más vale que vuelva a los barracones. Mis amigos estarán preocupados.

Rochefort asintió lentamente, con la tristeza reflejada en los ojos.

—Observa y espera —dijo—. Y si te enteras de algo, puedes contarme lo que sea…

—Lo haré —respondió Dorotea—. Lo haré.

La puerta a espaldas de Rochefort se abrió y asomó otra persevante. Llevaba un pliego de papeles en la mano y parecía nerviosa.

—¡Capitana! ¡Ha dicho que tardaría un momento, y tenemos mucho que hacer!

—La expedición no espera ni a persevante ni a mosquetero —dijo Rochefort, que para sorpresa de la persevante saludó a Dorotea inclinando la cabeza y quitándose el sombrero.

Dorotea le devolvió el saludo, se giró y bajó las escaleras corriendo, con la mente a mil por hora, pensando en qué podía contarles a los otros y qué no.

 

Al final decidió que lo más fácil era no mencionar que había visto a Rochefort. El ajetreo de los barracones, siempre bulliciosos, había aumentado con los preparativos de la expedición. Para cuando consiguió abrirse paso por entre la concentración de mosqueteros, criados rehusantes, caballos, mulas, carros, barriles, arcones, cajas, bolsas y sacos que cubrían el patio, los otros ya estaban a media cena en la mesa: sopa de alubias acompañada de una ración de prueba del duro pan «de campaña» que llevarían a la expedición, todo ello acompañado del vino de Berass, áspero pero robusto y resistente a los viajes. Sus amigos estaban sentados a una de las largas mesas, ya rodeados de otros muchos mosqueteros, por lo que no habría ocasión para una charla privada.

Tras la cena, Henri tuvo que ir a examinar una cuenta sospechosa de uno de los herradores que participaba en la preparación de los caballos de los mosqueteros; a Agnez la animaron a jugar una partida de dados; y a Simeon lo llamaron para negociar con los médicos de los otros regimientos en la interminable disputa del espacio de los carros que compartirían. Dorotea se retiró a su habitación y se fue a dormir enseguida.

Tampoco hubo tiempo por la mañana, puesto que había muchas tareas urgentes que dejar listas para la expedición, y desayunaron al vuelo. Tras pensar en ello, Dorotea había decidido que se alarmarían si les contaba que Rochefort también veía aquella sombra angelical que los vinculaba a los cuatro con la noble albana… y con los rehusantes. Le habían insistido en que era mejor no buscar problemas. Henri ya la había criticado por su recién adquirida costumbre de mirar a la gente torciendo la vista para ver si encontraba a alguien más que tuviera aquella luz interna. Dorotea intentó quitarse aquellas ideas de la cabeza, algo que habitualmente no le costaba ningún esfuerzo. En compañía del callado Huro regresó a Belhalle para buscar cualquier cosa útil acerca de Ystara, Palleniel o los abestiados. Algo que se hubiera escapado a la atención de la cardenal Dumauron.

 

En la Casa Demaselle, Liliath escuchó los informes de Biscaray y Sevrin sobre cómo progresaban los preparativos para la expedición, que eran tan variados y complejos como los que se estaban llevando a cabo en la Fortaleza de la Estrella.

—Entre los presos de Riveral había tres de los lugartenientes de la Lombriz —dijo Biscaray—. Nos hemos ocupado de ellos. Otros dos están en la Torre. Saben quién soy. Conocen esta máscara y, cuando menos, dos de nuestras casas, que, por supuesto, ahora están abandonadas. No hay indicios de que ninguno de ellos sepa nada de vos, más allá de lo que vieron de la «Serpiente de Biscaray» en la cantera.

—¿Estás seguro de eso? —preguntó Liliath.

—Estoy seguro de que no queda ningún alcantarillero con vida que pueda relacionar a lady Dehiems con la Serpiente.

—Bien —dijo Liliath—. ¿Qué más noticias hay de Riveral?

—La mayoría de los que están ahí no nos servirán de nada —respondió Bisc—. Actualmente, tienen allí a mil ochocientos sesenta y dos rehusantes, que enviarán a la expedición. De todos esos, solo doscientos once son del Clan de las Sombras. Un centenar pueden sernos útiles si llega el momento de luchar.

—Llegará el momento de luchar —replicó Liliath—. De uno u otro modo.

—¿Y cuándo nos uniremos a ellos? —preguntó Sevrin.

—Depende de lo escrupulosos que sean los carceleros llevando la cuenta —dijo Liliath.

—Pues no mucho —apuntó Bisc—. Lo han dejado en manos de la guardia…

Sevrin y Bisc soltaron una risita. Liliath se limitó a esbozar una sonrisa.

—Así que será bastante fácil unirnos al grupo en Riveral —añadió Bisc —. No obstante, con Dartagnan y Rochefort al mando, sin duda habrá un recuento mucho más estricto cuando los concentren a todos para la partida.

—¿Que será dentro tres días?

—Cuatro, según las últimas noticias —dijo Bisc—. Aunque la guardia, naturalmente, podría no estar lista.

—Debemos estar en Riveral la noche antes —dijo Liliath—. No antes, si puede ser. De este modo, limitaremos el riesgo de que nos descubran. ¿Habéis pensado en lo que necesitaremos para pasar desapercibidos, Sevrin?

—Un poco de pintura oscura, unos raspones para mancharnos un poco de sangre y no nos distinguirán.

—¿Y qué hay de lady Dehiems? —preguntó Bisc—. Rochefort tiene espías vigilando esta casa, y casi todos los mozos que traen provisiones a la cocina son agentes a su servicio. Los que trabajan para la reina también son muy curiosos. Ese regalo de ayer…, esos dos «criados» que trajeron el jarrón, eran mosqueteros.

—Me he dejado ver en la ventana de mi dormitorio de vez en cuando — dijo Liliath, que sonrió—. Me he mostrado debilitada, como corresponde. Y eso seguirá así.

—¿Cómo? —preguntó Bisc.

—Con un monigote vestido con mi ropa, animado por Horvaniel, cuyo poder es el de imitar la vida —respondió Liliath—. ¿Por qué pensáis que he estado tallando madera estos últimos días?

Ni Bisc ni Sevrin respondieron, pero por sus rostros resultaba evidente que pensaban que Liliath había estado preparando algo mucho más aterrador que una réplica de sí misma en madera.

—Necesitaré que alguien cambie esas ropas cada día, como haría yo. El monigote se levantará y caminará hasta la ventana a mis órdenes, apoyará su fatigada cabeza en las manos y mirará al exterior. No obstante, si alguien lo viera de cerca, se daría cuenta del engaño. Alguien debe quedarse aquí para proteger la casa y ahuyentar a cualquier visitante. Y ese serás tú, Sevrin.

—¡Oh, no, milady! —protestó Sevrin—. Pero vos dijisteis…

—Está decidido —replicó Liliath con decisión—. Pero no temas, Sevrin. Cuando Palleniel recupere su gloria, me llevaré a todos los rehusantes a Ystara. Y te curaremos.

Lo dijo con total convicción, aunque era una gran mentira. Bisc miró a Sevrin algo sorprendido. Sevrin era una de los pocos rehusantes que no mostraban ninguna cicatriz ni marcas de enfermedades pasadas. Tampoco había mencionado jamás problema físico alguno. Pensó a toda velocidad y solo tardó un momento en llegar a la conclusión correcta: como tantas mujeres rehusantes, a causa de enfermedades sufridas en la infancia o a la viruela de los amantes, Sevrin no podía concebir, y deseaba un hijo.

—Entiendo —murmuró Sevrin, bajando la cabeza.

—¿No os preocupaba que invocar a Horvaniel pudiera atraer una atención no deseada?

Liliath se rio.

—No —contestó—. Hemos tenido suerte de que la cardenal esté extenuada y postrada en la cama. Ashalael puede rabiar en los cielos, pero aquí nadie se enterará. También había pensado invocar a Darestriel para que me ayudara con mi camuflaje, pero el efecto no se mantendría en Ystara. Así pues, ambos necesitaremos unos retoques más mundanos, mi querido Bisc.

Bisc agitó una mano para indicar que aquello no era un gran problema.

—Los vagabundos suelen ser grandes artistas en ese campo —dijo—. Yo me voy a pegar una capa de arcilla pintada sobre las mejillas, me oscureceré los dientes, me raparé el pelo a franjas y me teñiré el resto. Me ataré dos dedos de una mano, en la que llevaré un trozo de hígado de ternera del día anterior. Estoy seguro de que a vos pueden haceros algo similar.

Liliath arrugó la nariz.

—Pero sin la carne podrida, por favor. ¿Ya has estudiado el mapa que te dibujé?

—Sí, señora. Pero ¿qué planeáis exactamente?

—Mis planes dependen de varias circunstancias —respondió Liliath, que se quedó pensando un instante—. De momento, creo que tú y los doce mejores luchadores que tengas debéis seguir cerca de mí. Divide al resto en equipos de cuatro. Asigna a cuatro equipos la vigilancia de Descaray, Imsel, MacNeel y Dupallidin. Para protegerme, en caso necesario, pero también para hacerse con ellos más tarde. Los otros equipos se ocuparán de los soldados de la guardia que los protejan. Cuando llegue el momento de lanzar el ataque, deben crear el caos, avanzando al mismo tiempo hacia el lugar de reunión. Espero que pueda ser en lo alto del collado, donde arranca el sendero secreto del templo.

—¿Cuándo les decimos quién sois? Eso cambiaría mucho las cosas. Es algo que les motivaría para el combate más que la promesa de cualquier tesoro.

—Sí —respondió Liliath, pensativa—. Pero si los otros se enteran, lo perderíamos todo.

—¿Ese mismo día? —preguntó Bisc.

Liliath vaciló. No obstante, sabía que Bisc tenía razón. Y necesitaba que su Clan de las Sombras luchara con convicción.

—Solo a los combatientes —decidió—. Ese mismo día, el mismo en que se les comunicará el lugar de encuentro. Lo único que tienen que hacer es estar juntos, guardar silencio y actuar cuando vean la señal.

—¿Y cuál será la señal?

—Una gran columna de fuego —respondió Liliath, con una gran sonrisa gélida que no se extendió a sus bellos ojos marrones.