Magia angelical

Garth Nix · Capítulo 6 de 37

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Magia angelical

Capítulo 5

5

 

La Antecámara Amarilla estaba todo lo lejos que se podía estar del centro del poder en el Palacio de la Cardenal. Aquella sala empapelada en color azafrán solía acoger a cuatro empleados de escasa importancia, que se limitaban a copiar documentos, en lugar de redactar nada que tuviera la mínima importancia, y desde luego ninguno de ellos esperaba llegar a ver a la cardenal en persona, ni siquiera a nadie más importante que la tercera secretaria, que al menos en teoría supervisaba su trabajo.

Así pues, la sorpresa de Henri Dupallidin, el más novato y menos respetado de los empleados, el único presente en la Antecámara Amarilla en aquel momento, fue mayúscula cuando levantó la vista y se encontró delante a monseñor Robard, que entraba con la decisión propia de quien era secretario jefe de la cardenal Duplessis, gran sacerdotisa de la Orden de Ashalael, arcángel patrón de Saranza, y (lo que quizá fuera más importante) jefa de gobierno de la reina y, por tanto, la gobernante de facto del reino.

—Hum… Buenos días, señor —dijo Henri, dando un respingo que hizo que el taburete saliera despedido hacia atrás y que varios borrones de tinta cayeran sobre la carta que estaba copiando en aquel momento.

Robard, con sus espléndidos ropajes de mangas y medias escarlata, con su jubón dorado (los colores de la cardenal), echó una mirada desganada al joven y atónito Henri, vestido con una versión humilde de aquellos colores, convertidos en un rojo apagado y un amarillo que solo con mucho empeño podría asociarse con el del metal precioso.

—¿Dónde están Dalunzio y Deraner? —espetó Robard—. ¿Y… el otro?

—Ser Dalunzio tiene la gripe —dijo Henri, tras hacer una reverencia apresurada con la que a punto estuvo otra vez de derribar el taburete—. Ser Deraner… No estoy seguro. Ha salido. Ah, y a la otra persona solo la conozco por referencias; en realidad, no he coincidido nunca con ser Macallone.

—¿Y tú quién eres?

—Henri Dupallidin, a vuestro servicio, señor.

—¿Cuándo entraste al servicio de la cardenal?

—El miércoles pasado exactamente.

—¿Es eso un bigote, o algún resto de tu desayuno?

—El inicio de un bigote —dijo Henri a la defensiva, pasándose la mano por el labio superior. Como en tantas otras ocasiones, deseó haber salido a su madre, de tez morena y con un cabello exuberante, pero según parecía era calcado a su abuelo paterno, pelirrojo y de piel pálida, un hombre que se quemaba fácilmente con el sol. Aún no tenía mucho vello facial, pero esperaba que le saliera más con la edad—. Ya saldrá, Agrippa me lo ha asegurado.

Robard levantó la ceja izquierda. Agrippa era el peluquero más de moda de la temporada en Lutacia, y a su salón acudían los nobles más importantes, los sacerdotes más destacados y los mercaderes más ricos. Agrippa también era rehusante, lo que hacía aún más curioso que hubiera alcanzado tanto éxito sin poder recurrir a la magia angelical en su trabajo.

—Bueno, uno de sus ayudantes —matizó Henri—. Pero Agrippa me miró al pasar y asintió.

—Ya veo —dijo Robard, mesándose la barba, corta y muy rizada.

A juzgar por los impresionantes rizos de cabello que le salían por debajo del bonete, no parecía que hubiera necesitado nunca los aceites especiales en los que basaba Henri sus esperanzas de conseguir un bigote frondoso.

Henri se ruborizó, pero Robard no había intentado mostrarse sarcástico ni humillarlo, como habían hecho sus compañeros de trabajo desde el mismo momento de su llegada. Suponía que así eran las cosas, que era el trato que recibía el novato de forma natural.

—Bueno, dado que tú estás aquí y los otros no, quizá me valgas —dijo Robard—. Henri Dupallidin. Tus padres son…

—Mi padre es sacristán del templo de Huaravael, en Adianne —dijo Henri, mientras se le aceleraba la mente. Quizá le valdría, pero ¿para qué?

Como siempre, se fijó en aquel movimiento de las cejas de su interlocutor al mencionar Adianne, que estaba en Bascunia, considerada por muchos sarancianos una región de simplones rústicos de mal carácter.

—Mi madre es ser Perida Dupallidin. Dirige una finca de la duquesa de Damerçon, que es prima suya —añadió Henri, que hizo una pausa y llegó a la conclusión de que era mejor que fuera absolutamente honesto con el principal asistente de la cardenal—. Bueno, una prima lejana. La duquesa me propuso a su eminencia para este puesto. Pero, en realidad, yo…, bueno…, no la conozco personalmente. A la duquesa, quiero decir.

—¿Eres un segundo hijo, o posterior?

Estaba claro que Henri no era el heredero de su madre. De ser así, su familia no habría tenido que pedirle a una pariente lejana que le buscara un puesto de trabajo, cualquier puesto de trabajo. Él habría querido ser soldado (o, más específicamente, artillero, ya que se le daban bien las matemáticas y tenía buena mano con los cálculos de precisión), pero los suyos no tenían el dinero ni los contactos necesarios para meterlo en la Real Compañía de Artilleros. Y, por supuesto, siendo de familia noble, aunque pobre, no podía ingresar en un regimiento de menor entidad.

Un empleo de oficina era lo mejor a lo que podía aspirar. Ya se había resignado a pasarse la vida en alguna oficina contable, o como administrador de algún noble de campo, cuando su madre le había sorprendido consiguiéndole un puesto en la propia Lutacia, nada menos que al servicio de la cardenal. Era mucho más de lo que habría podido esperar.

—Hum, el quinto —respondió Henry.

Un quinto hijo en una familia de economía difícil ya desde antes de su nacimiento. La finca de su madre no producía demasiado, y el sueldo de su padre como sacristán de un templo remoto y muy pequeño apenas le habría dado para mantenerse solo, y mucho menos para toda la familia. Los hermanos de Henri, si no ya sus padres, le habían recordado toda su vida que él era el motivo de que en casa solo se tomara vino con las comidas un día de cada siete.

—Muy bien —dijo Robard—. Ven conmigo.

Henri asintió y echó mano de su daga, enfundada, que se había quitado del cinto para estar más cómodo sentado en el alto taburete. Los primeros días se había llevado la espada al trabajo, hasta que había caído en que ninguno de los otros escribientes la llevaba y que se reían de él a sus espaldas.

—Deja eso —dijo Robard—. Y límpiate esas migas del jubón.

—Sí, señor —respondió Henri, cepillándose furiosamente con la mano.

Ni siquiera se había dado cuenta de que tenía migas (maldita fuera su estampa) e incluso había una mancha de yema de huevo, que afortunadamente tenía casi el mismo color que su triste jubón.

—¿Adónde vamos? —preguntó Henri, mientras seguía a Robard precipitadamente por el pasillo, casi pisándole las doradas espuelas al secretario jefe.

—A ver a su eminencia —respondió Robard por encima del hombro—. Tiene un trabajo para ti. De hecho, tenía un trabajo para uno de tus superiores, pero como no están, te ha pasado a ti.

Henri trastabilló, agitó los brazos para recuperar el equilibrio y evitar caer contra la espalda de Robard. Intentó poner buena cara, para fingir que le haría una ilusión enorme responder a cualquier petición que quisiera hacerle la cardenal.

Por dentro estaba a la vez petrificado y nerviosísimo. Pese a los pocos días que llevaba en el palacio, sabía que la cardenal no se había dirigido a ninguno de los otros escribientes, ni siquiera de pasada, y mucho menos los habían llamado a su presencia. Era una persona de gran poder, de las que uno contempla en la distancia, y sus órdenes llegaban filtradas a los estratos inferiores, el último de los cuales era el que ocupaba Henri. Mantenerse tan a distancia de aquel enorme poder le hacía sentir seguro. No quería llamar la atención, o al menos no de alguien situado a tan alto nivel, o quizá no le habría importado llamar su atención, pero desde luego no luciendo aquel jubón manchado.

—¿Llevas algún icono encima?

—Hum…, no, señor —respondió Henri—. Tengo uno, en mis habitaciones. Es de Huaravael, uno de los iconos familiares, algo viejo y desgastado. Padre me enseñó magia angelical, naturalmente; yo la practico, pero en pequeña medida. Y he tratado con otros ángeles…

—Hazme memoria —le interrumpió Robard—. ¿Cuál es el poder de Huaravael?

—Sobre todo lo relacionado con las propiedades del aire —dijo Henri—. Eliminar humo, cosas así. No en gran cantidad, y limitado geográficamente a Adianne. No es más que una serafín.

—Si alguna vez, como ahora, se te convoca para que te presentes ante su eminencia, debes hacerlo sin ningún icono. Ella lleva el icono de Ashalael, y aunque no haya sido invocado, cualquier ángel inferior se encoge ante un poder tan majestuoso, y los iconos que los conectan con nuestro mundo suelen desintegrarse o arder. Recuérdalo.

—Oh, lo haré, lo recordaré, señor.

Robard no dijo nada más, pero aceleró el paso un poco. Henri le siguió al galope, sintiéndose como un caballo tonto siguiendo al destacado en una carrera. Era más alto que Robard, pero eso le parecía poco diplomático, así que iba medio agachado, y se agachó aún más cuando vio que se dirigían hacia la gran escalinata que ascendía desde el salón central de recepciones, una escalera enorme con barandillas doradas y una alfombra escarlata. En los escalones inferiores montaban guardia miembros del cuerpo de los persevantes de la cardenal con sus corazas perfectamente bruñidas sobre cotas escarlatas y doradas, con alabardas en las manos y morriones con pico de acero grabado en oro sobre la cabeza.

Por supuesto, Henri no había estado nunca a menos de treinta pasos de la gran escalera. Estaba reservada a los más altos cargos. Todos los demás tenían que subir y bajar por las escaleras normales, siempre llenas de gente, en las alas este y oeste del palacio.

Los guardias se hicieron a un lado y saludaron con sus alabardas mientras Robard subía los escalones. Henri lo siguió tan de cerca como se atrevía, y dio un respingo al oír que uno de los guardias le susurraba a otro, a sus espaldas:

—¿Quién es el jorobado que va con el secretario?

Robard también lo oyó. Hizo una pausa, echó una mirada a Henri —no al persevante, uno de los soldados más válidos y de más confianza del séquito de la cardenal—, meneó la cabeza y siguió adelante. Henri irguió el cuerpo casi por completo, tanto que a punto estuvo de caerse hacia atrás, y siguió adelante tras Robard, sintiendo la tensión en los músculos del cuello al obligarse a mantener la cabeza erguida en lugar de bajarla, como le ordenaba el instinto, para reducir al máximo su visibilidad. Esa había sido siempre su táctica con sus cuatro hermanos mayores, pero estaba claro que era hora de desarrollar una estrategia diferente para el mundo exterior.

Intentó tranquilizarse; dejaron las escaleras en el segundo rellano y procedieron a atravesar otras salas grandes y majestuosas, ocupadas por sirvientes de la cardenal mucho mejor vestidos y evidentemente más importantes que Henri, y de suplicantes a la espera de ser recibidos, demasiado importantes para que les hicieran esperar abajo. Algunos de ellos intentaron interceptar a Robard, pero él los apartó con un gesto de la mano y siguió adelante. Todos ellos miraban a Henri como si fuera un perro vagabundo que inexplicablemente hubiera conseguido pegarse a los talones del secretario.

Por fin, Robard se detuvo frente a dos puertas con elaboradas tallas al final de una sala abovedada de techos altos. Junto a las paredes de la sala había una docena de escribientes con escritorios portátiles colgados del cuello para que pudieran escribir allá donde se encontraran. Tres de los doce estaban ocupados escribiendo, rodeados de niños y niñas mensajeros listos para salir corriendo con sus misivas. Los otros esperaban con una variedad de gestos que dejaban claro que estaban acostumbrados a periodos de largas esperas intercalados con otros de actividad frenética.

Un par de persevantes montaban guardia a los lados de las puertas, dos mujeres, ambas uniformadas pero sin coraza, casco o alabardas, aunque llevaban espadas al cinto y pistolas a la vista.

—Primera visita a su eminencia —dijo Robard, señalando a Henri.

Las guardias se adelantaron. Una cogió por las muñecas a Henri, que no opuso resistencia, y le levantó los brazos mientras la otra lo registraba, hurgando por todas partes con sus fuertes dedos, empezando por la punta de los pies y haciéndole encogerse al notar cómo exploraba su entrepierna y sus nalgas, y siguiendo por debajo del jubón y la camisa —que no estaba limpísima, ya que contaba con el jubón para tapar las manchas—, para recorrer después el perímetro de su cuello hasta llegar a la coronilla, donde le pasó los dedos por entre el cabello como si fueran un peine.

—No lleva armas —dijo la que le había despeinado—. Ni iconos.

—¿Qué iba a llevar entre el cabello? —preguntó Henri, aunque al momento se arrepintió de haber abierto la boca.

—Cable de estrangulamiento —respondió la guardia.

Henri esbozó una sonrisa, pero ella no sonrió.

Robard llamó con los nudillos.

—¡Adelante!

Robard abrió la puerta y entró. Henri tragó saliva, nervioso, vacilando en el umbral, hasta que la guardia que le había revuelto el cabello le dio un empujón y le murmuró:

—¡Venga! ¡No come escribientes flacuchos!

Henri estuvo a punto de caerse al suelo, pero pudo disimular y adoptar una postura sumisa, hincando una rodilla y agachando la cabeza casi hasta el suelo. Por un momento estudió el diseño de la gruesa alfombra, tan nervioso que apenas podía pensar en nada más.

—¡Bueno, Robard! ¿Qué me has traído? No creo haber visto a este escribiente antes.

Henri levantó la cabeza lentamente, sin despegar la mirada del suelo. Al principio solo vio las paredes cubiertas de ricos paneles, las patas de caoba tallada de varias butacas, una chimenea con la leña preparada pero no encendida —era verano y hacía calor— y la esquina de un escritorio, el famoso escritorio con incrustaciones de marfil de la cardenal (aunque sus enemigos sostenían que eran de huesos humanos). Aterrado, levantó la vista algo más, y la vio.

La cardenal Duplessis era más alta y esbelta que Henri, huesuda y estilizada. Le pareció inmensamente alta, de pie junto a su escritorio, con una mano cargada de iconos elegantemente apoyada en la superficie de marfil. Llevaba una túnica escarlata con un cinturón dorado, y del cinturón le colgaba un icono que inmediatamente atrajo la atención de Henri, como habría atraído la de cualquiera: no medía más de ocho centímetros de altura y cinco de anchura, y era de madera pintada. Nada de oro, ni perlas ni gemas que decoraran el borde, ninguno de los adornos que se veían en tantos iconos. Representaba un… Henri parpadeó, con los ojos húmedos… Lo estaba mirando directamente, pero por algún motivo no podía concentrarse. Le pareció que había un rostro, pero no se le quedaba en la mente. Y un halo por encima, más luminoso que el sol, pero ¿cómo habían podido pintar eso…?

Era el icono de Ashalael, por supuesto. Arcángel patrón de Saranza, uno de los seres angelicales más poderosos, cuyo poder no estaba limitado a acciones, objetos o cosas determinadas, sino que tenía un alcance puramente geográfico. Alguien que pudiera invocar a Ashalael —lo cual requeriría una enorme fuerza de voluntad y gran concentración, así como una enorme experiencia en el uso de la magia angelical— podría hacer maravillas, ya que el ángel tenía el poder de hacer cualquier cosa en el interior de las fronteras del reino.

El precio que habría que pagar, por supuesto, también sería inmenso.

Henri parpadeó otra vez y apartó la mirada, posándola en el rostro de la cardenal. Parecía divertida, lo cual le preocupó, y también observó que llevaba una gran cantidad de maquillaje para dar un color carmesí pálido a su piel: parte del maquillaje estaba agrietado en las comisuras de los ojos y de la boca, y permitía ver la piel marrón que cubría. La cardenal tenía el cabello plateado recogido con una cinta escarlata que le caía sobre el hombro, y sobre la cabeza lucía el bonete de terciopelo azul con ribete dorado de una duquesa real, porque también ostentaba varios títulos seculares, y seguía siendo la jefa de gobierno de la reina, a pesar de lo que pensara el rey. El bonete llevaba prendido un icono, uno en el que Henri sí pudo fijar la mirada: el de un poderoso ángel que no conocía, representado como una mujer sonriente en actitud maternal, sosteniendo a un bebé. Solo que la madre tenía cabeza de caballo, y el bebé, cabeza de potrillo, aunque el resto de sus cuerpos era humano. Y el potrillo tenía un halo sobre la cabeza, pero la madre no, así que el ángel era él…

La cardenal, incluso con maquillaje, parecía mucho mayor de lo que era, sin duda por haber practicado magia angelical a alto nivel. Henri no recordaba exactamente su edad, pero sabía que tenía más o menos los mismos años que su padre. Que tenía cuarenta y cuatro, aunque la cardenal parecía tener al menos sesenta.

—Henri Dupallidin, su familia es de Adianne, y está remotamente emparentada con la de Damerçon —dijo Robard—. Empezó a trabajar para nosotros el miércoles pasado. Era el único que estaba allí. Le preguntaré a Dubarry cómo es eso.

Dubarry era la tercera secretaria. Henri la había conocido el día de su llegada. Ella le había dado su puesto y una parte del sueldo del primer mes — el resto se lo había retenido por oscuros motivos— y le había dicho que fuera a la Antecámara Amarilla a hacer lo que le dijera quien encontrara allí. Y eso había hecho.

—Dupallidin. Puedes acercarte.

Henri se acercó casi arrastrando los pies, sin atreverse a levantar la cabeza. Le besó la mano a la cardenal (o más bien acercó la boca a varios centímetros de aquellos anillos con los iconos) y luego volvió a agacharse.

—Ponte en pie —le dijo la cardenal con voz suave—. Así que hace poco que trabajas para mí. ¿Has jurado los votos?

—Solo como seglar, su e…, em…, eminencia —balbució Henri—. A Ashalael, cuando empecé aquí. Hum…, no quería…, quiero decir que no estaba seguro de si quería ser sacerdote… Es una gran responsabilidad.

—Su padre es sacristán en un templo de Huaravael, eminencia — murmuró Robard.

—Ah, el Sofocador del Humo de Adianne —dijo la cardenal—. Pero ¿tú no deseas seguir los pasos de tu padre?

—Quizá no de momento —respondió Henri, intentando ser diplomático. Una cosa que tenía clara era que no quería acabar siendo el sacristán de un pequeño templo en medio de la nada, siempre bregando con la pobreza.

—Hmmm —murmuró la cardenal, ladeando la cabeza, mirando a Henri como si estuviera planteándose devolver una compra equivocada—. Hay mucha gente a mi servicio, Dupallidin. Los escribientes y los oficiales de palacio, mis persevantes, otros empleados en Lutacia, por toda Saranza, y más allá. Mi gente desempeña tareas muy variadas, tareas necesarias para el bien del pueblo, para la protección de Saranza y para la gloria de Ashalael, nuestro gran arcángel y salvador.

Henri asintió con vehemencia, esperando que la cardenal se diera cuenta de que, por poco que pudiera ofrecerle, contaba con todo su apoyo. Igual que Ashalael, por supuesto, el más alto de los ángeles y protector de todos los sarancianos. Aunque, para ser absolutamente franco, cualquiera que le ofreciera la posibilidad de alcanzar una posición de seguridad también contaría con toda su lealtad…

—A veces, las tareas que hay que desempeñar son difíciles y peligrosas —prosiguió la cardenal—. A veces son… un desafío, por otro motivo.

Henri empezó a asentir cada vez más lentamente, sin saber muy bien adónde quería llegar la cardenal.

—No estoy segura de que seas la persona que necesito para la misión que se nos presenta —dijo la cardenal, y mientras hablaba Henri sintió el cálido contacto de la magia angelical, el roce de un ala invisible.

Levantó la vista y vio que Duplessis tenía en la mano un icono que ni había visto, uno de los varios que tenía, engastado en una pulsera de plata que apenas asomaba bajo el puño de su túnica. Henri no sabía a qué ángel había invocado, ni lo que había hecho, pero sospechaba que era uno de los tronos que podían detectar la verdad, o ayudar a leer los pensamientos más superficiales.

—Estoy dispuesto… ¡Quiero serviros en todo lo que pueda, eminencia!

Las palabras salieron de su boca sin pensarlas siquiera, imponiéndose al sentido común, que le decía que cualquier misión que le ofreciera resultaría complicada, o escondería algo turbio.

—Lo sé, Dupallidin —respondió la cardenal—. Lo sé.

Miró a Henri a la cara y él sintió una vez más el cálido contacto de la magia angelical, como un suave aliento contra el rostro, y no le resultaba nada desagradable. Oyó una nota de arpa, como procedente de algún lugar lejano, casi imperceptible. Luego sintió un doloroso pinchazo frío tras el ojo derecho, y se encogió.

—Conoces la Fortaleza de la Estrella —dijo la cardenal.

—Ah… Sí, eminencia —murmuró Henri, parpadeando para combatir el dolor.

¿Quién no la conocía?

La Fortaleza de la Estrella dominaba el extremo noreste de Lutacia. Hacía treinta años que duraban las obras, y se había construido —o se estaba construyendo— sobre un gran peñasco que no tenía la altura suficiente como para ser considerado una colina. Durante siglos allí había habido una torre solitaria, construida en principio como puesto de vigía, pero que en los últimos siglos había sido una prisión de terrible fama, conocida por todos simplemente como «la Torre».

Tres décadas antes, la reina Henrietta IV había ordenado la construcción de una fortaleza moderna en torno al peñasco, de modo que el príncipe de Barogno había contratado los servicios de la famosa ingeniera Varianna, que había creado modernas murallas, bastiones y revellines de tierra y ladrillos, fosos tallados en la piedra, zanjas para que los fosos pudieran llenarse con agua del río y un sistema de polvorines, armerías y almacenes con túneles subterráneos abiertos en la roca, o aprovechados de las excavaciones preexistentes. El plan de Varianna incluía la demolición de la Torre, ya que interfería con la trayectoria de tiro de los cañones de los bastiones del noreste. Pero diversos poderes políticos habían ejercido presión para que la Torre no desapareciera, y para introducir otros cambios que hicieron que la Fortaleza de la Estrella no llegara a ser el bastión de artillería perfecto proyectado por Varianna.

Esas carencias, y el hecho de que no estuviera acabada, se debían en gran medida al hecho de que (una vez más, debido a intereses políticos) el mando de la Fortaleza de la Estrella y las tareas de construcción se habían repartido entre los Mosqueteros de la Reina, los Caballeros del Rey, los Persevantes de la Cardenal y la Guardia Capitalina de Lutacia.

Cada regimiento controlaba uno de los bastiones y un revellín de la Fortaleza de la Estrella, y compartían responsabilidades (no de muy buen grado) en la plaza del Dial, la ciudad en miniatura construida en la zona central entre las murallas. Para complicar aún más las cosas, los grandes cañones de hierro o de bronce, los cañones ligeros y sus homólogos de menor tamaño, las culebrinas, medias culebrinas, versos y falconetes repartidos por los bastiones y los revellines quedaban al mando de la Real Compañía de Artilleros.

A pesar de que su objetivo fuera proporcionar un bastión defensivo a la capital, la mayoría no pensaba en la Fortaleza de la Estrella como un cuartel militar. La vieja torre rodeada por las fortificaciones seguía dominando el paisaje urbano y en la mente de la gente los términos «Fortaleza de la Estrella» y «Torre» se habían entremezclado. Así pues, cuando se mencionaba cualquiera de ellos, lo primero que le venía a la mente a la gente era «cárcel».

—El puesto que tenía para uno de tus colegas de la Antecámara Amarilla —explicó Duplessis— está en la Torre.

Henri intentó disimular que le costaba respirar. Haber conseguido aquel empleo al servicio de la cardenal le había hecho muy feliz. Parecía el primer paso en el camino hacia una seguridad económica y un futuro viable, cosas que hasta entonces veía lejanas. Y aún más feliz le hacía la perspectiva de poder ascender llegado el momento, llegando incluso a convertirse en oficial de artillería. Pero la prisión de la Torre, de la Fortaleza de la Estrella… Era un lugar terrible, incluso como destino de trabajo.

—Necesitan un nuevo escribiente para ayudar a registrar la información que mis interrogadores van extrayendo a los prisioneros —dijo la cardenal—. Es un puesto importante. Segundo ayudante del jefe de interrogatorios.

Henri tragó saliva. Sabía que gran parte de aquellos interrogatorios se realizaban con magia angelical. Pero a veces eso no funcionaba, y había prisioneros rehusantes, con los que no podía usarse la magia angelical. Eso suponía que el segundo ayudante del jefe de interrogatorios tendría que estar allí sentado durante las torturas. Escribiendo lo que la gente mascullara o confesara entre gritos, mientras suplicaban compasión o, llegado el caso, incluso mientras pedían que los mataran.

Pero también era un puesto señalado, un cargo. Significaría un sueldo mucho mayor, y quizá fuera el trampolín que lo lanzara a algo más grande…

—El puesto incluye alojamiento —añadió Robard, que estaba observando a Henri de cerca. No añadió «en la Fortaleza de la Estrella», aunque Henri estaba convencido de que sería allí.

Ambos lo miraban. La cardenal con una gran distancia, tan impasible que resultaba imposible leerle el rostro. Robard parecía algo hastiado, como si todo aquello estuviera durando demasiado y pensara que la cardenal no tenía que darle tantas explicaciones, sino simplemente ordenarle a Henri que acudiera a su nuevo puesto, sin más.

—Yo solo deseo servir a vuestra eminencia —dijo Henri, con voz temblorosa—. En el modo en que me sea posible.

La cardenal lo miró. Henri intentó analizar su expresión sin mirarla directamente a los ojos, pero no pudo. Tembló un poco y agachó la cabeza.

—No —dijo la cardenal por fin. Henri sintió de nuevo aquel pinchazo frío en la cabeza, el ángel penetrándole en la mente, y comunicándole a Duplessis lo que veía dentro—. No. No eres la persona adecuada. Creo que necesitamos a alguien…

—¿Mayor, eminencia? —preguntó Robard, viendo que no seguía.

—Más curtido —respondió Duplessis, con voz fría y distante—. No, no puedo usarte a ti, Dupallidin —añadió, agitando la mano como si se lo quisiera quitar de delante, en lo que Henri interpretó como una señal de que iba a acabar muy mal.

—¿Estoy despedido de vuestro servicio, eminencia? —preguntó Henri, acongojado.

Dio un paso atrás y se la quedó mirando, con gesto suplicante. La cabeza le daba vueltas y tuvo que apretar los dientes y tragar la bilis que notaba en la garganta. Si le despedía, sería la ruina. Se convertiría en un mendigo, o moriría en alguna cuneta intentando regresar junto a su familia.

—No, no —dijo la cardenal, que sonrió. Aunque la curvatura de sus labios no iba acompañada de ningún brillo cálido en los ojos, Henri se sintió aliviado de golpe—. No me deshago de una espada porque esté mal templada. La mando a que la forjen de nuevo.

Frunció el ceño levemente y miró a Robard.

—Pereastor me ha dicho que Dupallidin tiene una gran habilidad con los números —dijo—. Ponle con Dutremblay como segundo ayudante, quizá como supervisor. Allí será más útil que en la Antecámara Amarilla.

—Como ordenéis, eminencia —respondió Robard, que le hizo un gesto con la mano a Henri para sacarlo de la sala.

—Y encuentra a esos otros escribientes —ordenó la cardenal, desplazándose hasta detrás del escritorio de marfil y cogiendo unos papeles, ya con la mente puesta en otra cosa—. Mañana los veré a todos y escogeré al más idóneo.

Robard bajó la cabeza y siguió a Henri hasta la puerta, haciendo una pausa para agarrar al joven por el codo y hacerle dar la vuelta para que caminara de frente hacia el exterior, en lugar de ir retrocediendo lentamente marcha atrás.

Una vez en el exterior, Robard llamó a una de las escribientes de la sala de espera. Ella se acercó enseguida y abrió el escritorio portátil que llevaba colgado del cuello; levantó la pluma y abrió el tintero.

—Su eminencia desea que este hombre sea enviado ante Dutremblay como segundo ayudante —dijo Robard—. Extiéndele una orden.

Henri solo oyó la mitad de todo aquello; aún estaba mirando en dirección a la sala de la que acababa de salir. Una de las guardias le guiñó el ojo, pero él no se dio cuenta. Seguía sobrecogido por aquella audiencia inesperada y… por su repentino ascenso.

Aunque no sabía en qué consistía ese ascenso… ni dónde lo habían destinado. Se giró hacia Robard, esperando tener la oportunidad de hablar.

—No va a volver a la Antecámara Amarilla —prosiguió Robard, hablando a ritmo rápido—. Ah, y dile a Dedene que encuentre a todos los escribientes que trabajan allí, salvo este, y que me los traiga. Enseguida.

La otra escribiente bajó la cabeza y Henri también lo hizo. Cuando la levantó, Robard ya estaba en medio de la sala, y sus espuelas doradas brillaban a la luz del sol que se filtraba por los altos ventanales.

—Segundo asistente de Dutremblay —dijo la escribiente, mientras apuntaba a toda prisa—. Empezando hoy, con un sueldo de dieciséis libras por mes del calendario, más…

—¡Dieciséis libras! —exclamó Henri.

Eso era cuatro veces su salario actual.

—Más dieciocho libras por trimestre para gastos de vivienda, pagados por adelantado —respondió la escribiente—. Aunque no es que lo necesites, dado que te proporcionan alojamiento.

—¿Alojamiento?

—En la Fortaleza de la Estrella —dijo ella.

—¿La…?

—La Fortaleza de la Estrella —repitió—. Tienes suerte, no será en los barracones de los persevantes, porque a Dutremblay le gusta que su personal…

Hizo una pausa. Henri la estaba mirando fijamente. Entendía lo que le estaba diciendo, pero no conseguía asimilar aquella noticia tan poco grata, justo cuando acababa de enterarse de que iba a gozar de una situación económica desahogada. En términos relativos, claro, teniendo en cuenta que hasta poco antes rozaba la indigencia.

—La Fortaleza de la Estrella —repitió la escribana—. Dutremblay.

Henri quiso decir algo, pero solo le salió un sonido entrecortado. ¿Es que no había entendido nada? ¿Al final le habían mandado igualmente a la prisión, como ayudante del jefe de interrogatorios?

Afortunadamente, la escribana estaba acostumbrada a que la gente saliera aturdida de su encuentro con la cardenal, y supo interpretar la pregunta de Henri.

—¡Dutremblay es la arquitecta de la reina! Supervisa la construcción del Palacio Nuevo, en la plaza del Dial. ¡Tendrás tus propios aposentos en la parte que ya está construida!

Henri quiso decir algo más, pero tampoco le salió.

—¡La plaza del Dial! ¡El centro de la Fortaleza de la Estrella! De verdad… ¿Tú de dónde eres?

—De Damerçon —masculló Henri. Se sentía algo mareado, la sala le daba vueltas, y tuvo que aspirar con fuerza para conseguir detenerla.

—¿De dónde?

—De Adianne.

—¿Y eso dónde está?

—En Bascunia —dijo Henri.

La escribana resopló, acabó de escribir, echó un poco de arena encima para que se secara la tinta y le entregó dos documentos a Henri.

—Ahí tienes —dijo ella—. Tu orden de empleo y un bono por valor del sueldo y los gastos de vivienda del primer mes, que puedes retirar cuando quieras de la oficina del tesorero. Pero yo te sugeriría que lo hicieras inmediatamente, ya que son casi las cuatro, y mañana es San Tarhern, así que no encontrarás a nadie.

 

Aquella noche, cuando Henri Dupallidin regresó a la minúscula habitación que dejaría pronto (en casa de la señora Trevier, una comerciante de especias que le debía algún favor a la duquesa de Damerçon, y que se lo estaba pagando ofreciendo un alojamiento económico a su pariente lejano), el joven era otro. Estaba agotado, pero contento. En líneas generales, decidió que había sido un día estupendo, aunque salpicado de momentos de infarto en los que ya se veía encerrado en una prisión, registrando los lamentos de los torturados. Y aunque le habían destinado a la Fortaleza de la Estrella, no sería a la prisión, así que esperaba poder entrar y salir libremente.

Aun así, de pronto, se le ocurrió pensar que quizás aquello fuera una suposición infundada: ¿y si tenía que quedarse en la fortaleza todo el tiempo, o si solo le dejaban salir en momentos muy concretos?

Estaba pensando en aquello, distraído, cuando sintió una mano que tiraba del monedero que acababa de llenar y que le colgaba del cinturón. Antes de que pudiera reaccionar, habían cortado el cordón que lo sostenía y se lo habían arrancado. Henri se giró de golpe, dio un manotazo al aire y llenó los pulmones para gritar «¡Ladrón!» en vano; vio a una niña vestida con harapos de rehusante que pasaba por debajo del vientre de un caballo y cruzaba a la carrera el par de metros que lo separaban de uno de los estrechos callejones que le garantizarían la huida.

Pero el grito de Henri no llegó a salirle de la boca. Cerró la mandíbula con fuerza, sorprendido, entrechocando los dientes. Si la golfilla había sido rápida, una mujer que pasaba por allí lo fue más. Había agarrado a la niña, retorciéndole el brazo y quitándole el monedero con un rápido movimiento. Al ver que la golfilla intentaba sacar el cuchillo, le retorció también esa muñeca.

—¡La tengo, señor! —gritó la mujer, levantando el monedero y quitándose de encima a la niña de una patada y murmurándole algo.

Fuera lo que fuera lo que le dijo, la ladrona se quedó pálida y salió corriendo inmediatamente, sin detenerse siquiera a recoger el pequeño cuchillo, que seguía tirado sobre los adoquines.

Henri miró a su alrededor, estupefacto. La gente que pasaba apartaba la vista y se alejaba a toda prisa, confirmando sus sospechas de que ahí estaba pasando algo raro. No llevaba mucho tiempo en la ciudad, pero no era tonto. Los ladrones eran parte de la vida, y los extraños no intervenían a menos que no corrieran absolutamente ningún riesgo, o si eran amigos íntimos o familiares de la víctima. Aquella mujer —que evidentemente también era rehusante, por su túnica gris y su tocado— o formaba parte de alguna estafa más elaborada o era una loca peligrosa.

—¡Tenga, señor! —dijo la mujer, y le lanzó el monedero.

Henri lo cogió en un gesto reflejo y se quedó mirando a la mujer, que desapareció por el mismo callejón por el que se había ido corriendo la niña.

—Nunca he visto nada así —murmuró alguien a sus espaldas, pero cuando se giró no vio quién había hablado.

La marea de personas que circulaba sin cesar por la calle de la Escarcha siguió su camino, pasando a ambos lados de Henri, como si fuera un elemento sospechoso que hubiera que evitar.

Henri agarró el monedero con fuerza y se puso en marcha de nuevo, esta vez muy atento a la gente que le rodeaba, a los agujeros que encontraba bajo sus pies y a todas las cosas en las que habría tenido que estar pensando en el momento del robo.

Sin embargo, en algún lugar de su mente, no podía dejar de preguntarse por qué habría intervenido una rehusante adulta para evitar que una niña rehusante le robara.

Hasta que cayó en ello: pese a lo sucio y desastrado de sus ropas, su jubón amarillo lo señalaba como servidor de la cardenal. La mano de su eminencia lo protegía. Hasta de los ladrones callejeros.