Magia angelical
Capítulo 14
14
La cardenal Duplessis se despertó de pronto, sobresaltada. Por un instante, no supo muy bien qué era lo que la había despertado, hasta que oyó de nuevo aquel sonido. Miró por el espacio entre las cortinas a medio correr de su enorme cama de dosel dorado. La estancia estaba en silencio; las ventanas, aseguradas; la puerta, cerrada con llave. El gran reloj sobre la repisa de la chimenea emitía su tictac como siempre, con las manecillas señalando el dos y el tres. Lo que la había despertado era un sonido grave, muy grave, un tamborileo profundo que conocía muy bien, aunque hacía años que no lo oía.
—¡Anton! —llamó, al tiempo que saltaba de la cama y se enfundaba sus zapatillas forradas de piel—. ¡Anton!
La puerta se abrió de golpe, y su asistente nocturno, Anton, apareció con un farol en la mano, cuya luz fue a sumarse a la de los cabos de vela del candelabro del escritorio. Tras él apareció una persevante, con la espada ya desenvainada. Pero no había enemigo, ningún asesino que hubiera bajado por la chimenea o que hubiera trepado por las ventanas hasta el cuarto piso.
Al tiempo que se ponía una bata color escarlata sobre su camisón, la cardenal se acercó a la cómoda, donde guardaba sus iconos más importantes, sus collares, sus broches y sus anillos. En el estante más alto, separado de los demás, el más pequeño y aun así el más potente, el de Ashalael.
—¿Sí, eminencia?
—Llama a la capitana Rochefort. Doblad la guardia aquí y avisa a las compañías de la Fortaleza de la Estrella para que ocupen sus posiciones. Hay que cerrar todas las puertas de la ciudad. Advierte a Dartagnan, en el Palacio de la Reina… Diles que se acerca un peligro. Aún no sé cuál.
—¡Enseguida, eminencia!
Anton desapareció dando órdenes a otros asistentes de menor rango, que, como él, trabajaban toda la noche para poner por escrito todo lo que había ordenado la cardenal durante el día, y que montaban guardia por si se le ocurría despertarse. La persevante envainó la espada y se quedó en el umbral de la puerta, que permaneció abierta.
La cardenal se inclinó sobre su cómoda. Todos los iconos temblaban, vibraban sobre sus estantes, acercándose al icono de Ashalael, en el estante superior. También emitían ese ruido bajo, el sonido de una nota grave tocada al arpa, en algún lugar muy lejano. Algo los había perturbado, un uso poco habitual de la magia angelical, no muy lejos de allí.
Andrea Duplessis se quedó mirando los iconos, preguntándose si habría llegado la hora de invocar a Ashalael, algo que deseaba y temía al mismo tiempo. Había invocado al arcángel tres veces, y había pagado el precio. Probablemente, invocarlo de nuevo supondría su fin, y de momento no había nadie que pudiera ocupar su lugar. Al menos no había nadie a quien considerara capaz de asumir la terrible responsabilidad de ser cardenal de Saranza e invocador de Ashalael. Peor aún: la reina tenía a tantos asesores malintencionados a su alrededor que ni siquiera era la magia del arcángel lo que más necesitaba el reino, sino la mano dura de la cardenal, al timón del reino. O así lo veía ella.
Si no quería invocar a Ashalael, podía comunicar con él, algo que tendría un precio menor, aunque nada desdeñable. El arcángel no actuaría. De hecho, en algunos casos respondía de un modo tan misterioso y distante que la comunicación resultaba inútil, demasiado esotérica como para comprenderla.
Pero tenía que hacerlo.
La cardenal apoyó un dedo sobre el icono de Ashalael. Inmediatamente, todos los demás iconos se quedaron quietos. Respiró hondo y, sin decir nada en voz alta, dirigió su voluntad al encuentro del ángel, en el cielo.
—¡Ashalael! ¡Ashalael! No te invoco, pero solicito tus palabras. ¿Qué es lo que se mueve en el reino de Saranza que tanto altera a los cielos?
La respuesta no llegó de inmediato. Pero sintió una presencia, un gran peso en el otro extremo de una línea muy tenue, como si hubiera salido a pescar en aguas profundas y percibiera el primer mordisco, leve y distante, de algo enorme.
—¡Ashalael! ¡Ashalael! No te invoco, pero solicito tus palabras.
La mano empezó a temblarle y sintió que el ángel se acercaba. Se agarró la muñeca con la mano izquierda para mantenerla inmóvil y respiró hondo otra vez.
De pronto, el reloj de la repisa empezó a sonar, y sus manecillas se pusieron a girar hacia atrás. En la chimenea aparecieron unas pequeñas volutas de chispas que giraban y saltaban. Los otros iconos iniciaron un concierto de notas de arpa, como si un demente estuviera intentando tocar cuatro arpas a la vez, con las manos y con los pies. La persevante de la puerta dio un paso atrás y se quedó inmóvil.
La cardenal sintió la sombra de unas alas enormes cerniéndose sobre ella, y un frío glacial invadió la estancia. Tiritando bajo su bata forrada de piel de marta, habló por tercera vez.
—¡Ashalael! ¡Ashalael!
Unas palabras como carámbanos de hielo le perforaron el cerebro. No eran sonidos, sino sensaciones.
—Estoy aquí.
Duplessis tragó saliva y formuló su pregunta:
—¿Qué es lo que está alterando el reino? ¿Quién? ¿Dónde?
Ashalael se tomó un momento y luego respondió.
El peso de su voz hizo que la cardenal se viniera abajo y quedara hecha un ovillo en el suelo, pero, de algún modo, encontró las fuerzas necesarias para apartar la mano del icono y enviar a Ashalael a su lugar de origen, pese a que el arcángel, antes reticente, había empezado a interesarse otra vez por el reino de los mortales y deseaba manifestarse en toda su entidad.
Y eso (ahora lo tenía claro) la mataría. Debía reservar esa última invocación para un caso de suprema importancia para el reino.
—Eminencia, ¿necesitáis ayuda?
—No, no —respondió la cardenal, casi sin voz, apoyándose en la cómoda para levantarse.
La respuesta de Ashalael había dejado una gran sombra en su interior. Murmuró para sus adentros lo que le acababa de decir, intentado deducir qué había querido comunicar exactamente el arcángel.
—La maga asesina recolecta los detritos de los ángeles en la profunda herida de piedra.
—La maga asesina —repitió la cardenal.
Frunció el ceño e hizo una mueca de dolor, ya que aquello no hacía más que exacerbar el dolor de cabeza que se extendía rápidamente por detrás de sus ojos. No había oído nunca aquella expresión en boca de Ashalael, ni en los informes de los cardenales que la habían precedido. Pero quizá fuera una descripción, no un nombre…, una maga que estaba matando a gente. Era muy difícil conseguir que los ángeles mataran a alguien directamente, pero no imposible. Era más habitual conseguirlo de forma indirecta, de modo que el ángel no fuera consciente realmente de que su acción podía llegar a provocar la muerte.
Sí, una maga asesina. Una criminal. Eso quedaba moderadamente claro.
A lo de «los detritos de los ángeles» tampoco le encontraba mucho sentido, aunque recordaba vagamente haber visto ese término en algún sitio. Pero ahora mismo sentía que la cabeza le iba a estallar; casi no podía ni pensar. Se giró, se separó de la cómoda y se dejó caer sobre una butaca.
—¡Anton! —llamó, con la mano temblorosa y arrugada sobre los ojos—. El vino de jengibre, y una cataplasma para los ojos.
—Sí, eminencia, enseguida. ¿Y el doctor Degarnier? ¿O queréis que mande buscar a la magíster Hazurain a la Fortaleza?
—Sí, Degarnier —murmuró la cardenal. La cabeza y los ojos le dolían terriblemente; de pronto, temió que aquello significara una hemorragia cerebral. Una apoplejía que la llevara a la muerte o a una discapacidad, a menos que la curaran a tiempo recurriendo a la magia angelical—. ¡Date prisa!
Sin embargo, a pesar del terrible dolor, intentó encontrar la solución al acertijo de la respuesta de Ashalael. «La profunda herida de piedra»… Esa expresión también la había leído u oído en algún sitio. Se concentró, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no hacer caso al dolor, ni a la creciente sensación de náusea, que amenazaba con separar su intelecto de su cuerpo.
Lentamente, los recuerdos y los pensamientos se fueron conectando, arrastrando ideas nuevas, fusionándose.
Una herida en la piedra…, un corte…, una grieta…, un barranco…, una cantera…, la enorme cantera de grava al sur de la ciudad, tapada seis veces, excavada de nuevo por las inundaciones, usada como vertedero de las extrañas estatuas de Chalconte, que tan mala sensación le daban; no eran iconos, pero había algo…, restos…, detritos…
—¡Rochefort! ¿Ya ha llegado Rochefort?
—Aún no, eminencia. No está en el palacio. Hemos enviado mensajeros a su casa, y a la Fortaleza de la Estrella.
—Enviad más mensajeros —murmuró la cardenal. No podía mirar siquiera a su asistente. Aunque tenía los ojos cerrados, bajo los párpados veía luces, intensas como fuegos artificiales—. Dile que se lleve dos…, no, tres… escuadrones de persevantes a la vieja cantera de grava cerca de la Cruz de Nep. Que busque a una maga… y que detenga… el peligro.
Las luces se volvieron más intensas, y la cardenal por fin se rindió, cedió al dolor y se desvaneció, sumergiéndose en las sombras de la inconsciencia.
Agnez se despertó al oír un sonoro tamborileo. Se levantó del catre enseguida y se puso los bombachos y el jubón, ya que había dormido solo con la blusa y la ropa interior. Aún no tenía el uniforme completo de mosquetera, pero el tabardo negro y plateado le iba como si lo hubiera llevado toda la vida. Se colocó el característico sombrero negro con penacho plateado al mismo tiempo que se enfundaba las botas.
Los otros tres cadetes de su habitación no eran tan rápidos, ni tan seguros en sus movimientos. La única luz era la del farol de noche, con pantalla, que colgaba por encima de la puerta. Cuando Agnez estuvo lista, espada y pistolas al cinto, mosquete en la mano y cartuchera al hombro, ellos seguían gruñendo y frotándose los ojos, en diferentes fases de su preparación.
Comprobó la hebilla de la cartuchera y se aseguró de que los cartuchos estaban todos bien colocados. En aquel momento, la puerta se abrió de par en par y en el umbral apareció una figura enorme, que tuvo que agacharse para entrar. La punta de su sombrero rozó el farol, aunque estaba al menos a dos metros y medio de altura.
—¡Vaya! —exclamó Sesturo—. ¡Uno de los cachorros no está tan dormido! Ven conmigo, Descaray. Los demás, presentaos ante Gruppe cuando hayáis acabado de poneros guapos.
Gruppe era la jefa de instrucción, una mujer madura y taciturna que era todo músculo y fibra, con una voz que podía atravesar una coraza. Su nombre era inventado, como el de tantos otros mosqueteros, entre ellos Franzonne o Sesturo. Era una larga tradición entre los mosqueteros que los de más alta cuna renunciaran a sus nombres y a su legado, y que lo abandonaran todo para ponerse al servicio de la reina. En el caso de Gruppe, su puntiaguda nariz y su gran parecido con la reina Sofía hacían pensar en un probable origen muy noble.
Agnez siguió a Sesturo al exterior. Solo se detuvo un momento para sonreír y saludar a sus compañeros, uno de los cuales le tiró una bota sin gran convicción. Solo los conocía desde la tarde anterior, pero ya habían practicado el combate entre ellos, y Agnez había ganado, y luego había perdido la mitad del dinero que tenía en efectivo jugando a las trece con ellos. Aquello sentó las bases para una buena amistad.
El tamborileo cesó cuando salieron del barracón y se dirigieron al campo de desfiles. Los cuatro tamborileros, tres chicas y un chico, corrieron a recuperar su posición en la parte de atrás. Unos cuantos rezagados corrían para ocupar su puesto en la formación, todos ellos veteranos. Aunque la mayoría de los mosqueteros vivían en la ciudad, en sus propios barrios, una de las compañías del regimiento debía permanecer en todo momento en la Fortaleza de la Estrella o en los barracones del Palacio de la Reina. Igual que los cadetes, aunque en aquel momento solo había ocho, los de la habitación de Agnez y los de la contigua, que evidentemente tampoco se habían espabilado lo suficientemente rápido para el gusto de Sesturo, pues ninguno de ellos estaba allí.
Acababa de salir el sol, que aún no estaba lo suficientemente alto como para iluminar demasiado, especialmente con las nubes de lluvia que flotaban en el cielo, oscuras con tintes rojos del amanecer.
—Quédate a mi lado —ordenó Sesturo con su vozarrón, situándose al final de la primera fila.
Agnez se puso a su lado, imitando la posición de los demás, una especie de postura de descanso atento, que se parecía más al gesto digno de los nobles cuando esperan recibir noticias importantes que al de un batallón de secuaces exageradamente disciplinados por miedo a las reprimendas.
—¿Qué pasa? —preguntó Agnez.
—¿Quién sabe? —respondió Sesturo, sonriendo y entrechocando sus enormes manoplas—. Con un poco de suerte, toca luchar. Ahí está Decastries, que nos pondrá al día.
Lo dijo como si Decastries fuera una especie de simple mensajera, cuando en realidad era la teniente al mando de la compañía. Decastries no tenía un físico imponente, o eso le pareció a Agnez: era una mujer negra, de mediana edad y un tamaño normal, con el cabello plateado recogido en una larga cola bajo su sombrero, con el uniforme habitual de los mosqueteros.
Lo único que indicaba su rango era una fina banda dorada que llevaba al hombro, en lugar de la habitual cartuchera. No llevaba mosquete. Decastries iba acompañada por otros mosqueteros, así como por un mensajero con el uniforme escarlata y dorado de la cardenal. El mensajero no parecía mínimamente afectado por encontrarse entre tantos mosqueteros. Y permanecía pegado al codo de Decastries en todo momento. Agnez se lo hizo notar a Sesturo.
—Cuando estamos de servicio o cumpliendo órdenes, no existen las rivalidades —dijo él, mirándola a la cara—. De vez en cuando nos toca combatir hombro con hombro. Recuérdalo.
—Lo haré.
—¡Mosqueteros! —bramó Decastries, y Agnez no pudo evitar erguir el cuerpo y adoptar una postura más rígida. La teniente no tendría un aspecto imponente, pero desde luego su voz te obligaba a la máxima atención—. ¡Su eminencia la cardenal ha hablado con el arcángel Ashalael sobre una amenaza al país y a su majestad la reina!
A Agnez le sorprendió ver que no se tomaban aquello con demasiada seriedad. Sesturo resopló, y vio que la mosquetera que tenía detrás ponía los ojos en blanco. Decastries dejó que la oleada de desconfianza desapareciera antes de seguir adelante.
—Desconocemos la naturaleza exacta de esta amenaza, pero debemos estar preparados en nuestro bastión y nuestro revellín, y vamos a enviar patrullas. La Tercera Compañía se queda en el palacio. La Segunda y la Cuarta van para allá. ¡A vuestras posiciones!
La formación estalló como las esporas de un bejín al darle una patada. Los mosqueteros salieron disparados en todas direcciones, corriendo hacia la puerta que daba a la plaza del Dial, al túnel que llevaba al bastión, de vuelta a los barracones para recoger mosquetes o cualquier otro equipo olvidado, y a muchos otros lugares: establos, armería, refectorio…
Agnez siguió a Sesturo. Se sintió como una osezna siguiendo a papá oso. El gran mosquetero no fue hacia ninguna puerta o túnel, sino directamente hacia Decastries, que estaba dictando un mensaje a un escribiente con un escritorio portátil. Una vez acabado, se lo entregó a la mensajera de la cardenal.
—¡Decastries! —dijo Sesturo—. Permitidme a mí y a este cachorro que vayamos a palacio, para ver si la capitana o Franzonne saben algo más.
Decastries levantó la mirada y plantó la vista en Agnez.
—¿Y tú eres…?
—Agnez Descaray, señora —respondió Agnez—. Me incorporé ayer.
—Ve con Sesturo —se limitó a decir la teniente, que al instante ya se había girado hacia otro mosquetero—. Franico, llévate a doce de tu elección al Viejo Puente Nuevo. Se supone que allí tiene que haber una escuadra de guardias. Por supuesto, quedarán a tus órdenes.
—Ven —dijo Sesturo, dándole una palmadita en el hombro a Agnez, sin duda convencido de que había sido suave.
No obstante, Agnez tuvo que contener una mueca de dolor e instintivamente la mano se le fue a la espada.
—¿Vamos a ir al Palacio de la Reina? —preguntó, caminando al trote para no quedarse atrás. Se dirigían hacia la escalinata que se adentraba en el túnel que llevaba al bastión de la reina Ansgarde. Al llegar a la puerta de entrada al túnel, observó que, mientras que el día anterior había solo dos mosqueteros de guardia, que estaban jugando a las damas, ahora había una veintena o más, y que las verjas levadizas estaban medio bajadas—. ¿A ver a la capitana?
Aún no conocía a la legendaria capitana de los mosqueteros. Dartagnan ya estaba algo mayor (debía de tener cincuenta años), pero seguía siendo una espadachina fabulosa. Había sido la adalid mayor de la reina Henrietta IV, y era una de las confidentes más próximas a la reina actual, aunque no tenía ningún interés por influir en el gobierno de Saranza, a diferencia de la cardenal.
—De vez en cuando, la cardenal se altera por cualquier cosa —explicó Sesturo, que hizo una pausa para poner una mano por delante de una de las antorchas de los candeleros de la pared del túnel para crear la sombra de un pato con la mano—. Quizá no sea más que eso. Pero la capitana sabrá lo que haya que saber. También podríamos ir a ver a la propia reina.
Agnez asintió, incapaz de decir nada.
Sesturo la miró con gesto inescrutable.
—¿Conoces el saludo real especial? ¿Para cuando vayas de uniforme, con mosquete?
—¿Qué? —exclamó Agnez, angustiada—. ¿Qué?
Sesturo se rio. Y siguió riéndose mucho más de lo que Agnez consideraba necesario mientras avanzaban por el túnel en dirección al bastión, atravesando varias puertas con vigilancia y bajando escalinatas hasta llegar al embarcadero del río, donde debían tomar un barco que los llevara al palacio, corriente abajo.
Dorotea también se despertó con los tambores, no solo los de los barracones de los mosqueteros, sino también los de los persevantes, los de los caballeros del rey, los de la guardia capitalina y los artilleros, aunque al menos en uno de estos lugares estaban despertando a los suyos con cornetas. Se dirigió a su estrecha aspillera, pero había poco que ver. Los primeros rayos de luz del amanecer, una luz rojiza bajo las nubes de lluvia…, pero no parecía que hubiera nada significativo, al menos nada que pudiera ver con su limitado campo de visión. Si el cielo hubiera estado claro, habría mirado al firmamento y habría visto el cielo de la noche, aunque no tenía demasiada experiencia en la interpretación de los movimientos angelicales leyendo las estrellas. Algún día, quizás. Eso esperaba.
Si es que conseguía regresar a Belhalle para seguir con sus estudios…
Había llovido mucho toda la noche, y había un charco de agua de color óxido sobre el dintel de la ventana que goteaba lentamente, contribuyendo a la erosión progresiva de los barrotes de hierro. Sin pensarlo, metió el dedo en el agua y la revolvió, mezclando el pigmento. Era sorprendentemente espeso; contenía mucho más óxido del que esperaba.
Dorotea sacó el dedo y miró el pigmento rojo que tenía en el dedo. Se rio y rápidamente esbozó un dibujo en la pared junto a la ventana, en una de las piedras más lisas. La imagen improvisada con el óxido se mantenía sorprendentemente bien. Dorotea no pudo evitar seguir dibujando y puliendo los detalles. Primero, los labios apretados; luego, el aliento exhalado; más tarde, el círculo perfecto de un halo, trazado con un rápido movimiento de la mano.
Estaba dibujando a Zamriniel, una ángel que conocía muy bien, una de las primeras que había plasmado en un icono y que había invocado muchas veces. Zamriniel no era más que una serafín, pero resultaba muy útil: su poder era amalgamar cosas parecidas, siempre que no fueran demasiado grandes o pesadas. Sobre todo resultaba útil con el polvo. Zamriniel podía reunir todo el polvo de una habitación en un montón único. Era uno de los ángeles más prácticos para la limpieza, aunque muchos magos y sacerdotes consideraban que usar a un ángel para las tareas domésticas era prácticamente herejía, a menos —claro— que fuera para limpiar una sala de su templo o su universidad, y que fuera otro el que pagara el precio de la invocación.
En la celda había un montón de polvo acumulado durante años. En las esquinas, bajo las losas del suelo, en los resquicios del techo. Resultaría mucho más agradable si el polvo desapareciera de allí, si Zamriniel lo apilara en un montoncito para que Dorotea pudiera tirarlo por la ventana. Y, en realidad, el coste de invocar a un serafín era mínimo…
No le costó nada reabrir la costra que aún tenía en el dorso de la mano, de donde había sacado las pocas gotas de sangre necesarias para la demostración que había hecho en Belhalle. Sin embargo, en el mismo momento en que se mojaba la punta del dedo con la sangre y concentraba sus pensamientos en Zamriniel, consiguió parar y echar atrás.
—Serás tonta… —susurró Dorotea, hablando consigo misma.
Se limpió la sangre con el borde de la blusa y cogió un poco del agua sucia de óxido para emborronar su dibujo.
Le costaba mucho. Sentía que el cuerpo le pedía con todas sus fuerzas invocar a un ángel, a cualquiera. Y aquello era asunto suyo, de nadie más. La satisfacción de crear un icono que funcionara y la de invocar un ángel eran asuntos privados…
Solo que no lo eran. Rochefort lo había dejado claro. Crear un icono con un bosquejo e invocar un ángel no eran cosas que pudiera hacer a la ligera, si es que podía hacerlas. Quizá solo si tuviera que huir. Y quizá ni en ese caso.
Dorotea volvió a su colchón de paja, tiró de la manta y se cubrió hasta la cabeza. A pesar de lo que le había dicho a Rochefort, no podía dejar de pensar en el futuro. En cierta medida, sí, pero de vez en cuando hasta su optimismo natural se veía cuestionado, al menos por un momento. Pero allí, bajo la manta, perdiendo el mundo de vista, todo parecía mejorar. Y así, tal como había hecho desde su infancia, cuando recurría a aquello para escapar de los problemas, Dorotea volvió a dormirse enseguida y sintió que todo estaba bien.
En la enfermería, Simeon no se despertó con los tambores, pues, cuando sonaron, ya estaba trabajando, reparando la pierna rota de una artillera que había caído por una escalera de las murallas, húmeda por la lluvia. Tenía suerte de seguir con vida; su fractura era limpia, por lo que Simeon no necesitó recurrir a la ayuda de ningún ángel. La mujer soportaba estoicamente el dolor. Su principal preocupación era quitarse de encima a los tres amigos que querían ayudarla a toda costa, estar a su lado y hacer comentarios. Fuera como fuera, los amigos desaparecieron en cuanto sonaron los tambores y las cornetas. Simeon se quedó solo para fijar la fractura con una férula, con la ayuda de una de sus asistentes rehusantes. Cuando acabaron, trasladaron a la paciente a una cama.
Simeon le preguntó a la asistente qué significaba el estruendo de tambores y cornetas procedente de los barracones, cuando ni siquiera había amanecido.
—Pasa de vez en cuando —respondió la rehusante, bostezando. Llevaba toda la noche de guardia—. Rumores de guerra o de altercados en la ciudad. No lo sé. Es como hurgar en un hormiguero; los soldados salen a toda prisa. ¿Necesitáis algo, doctor? Yo me voy a ir en cuanto llegue Darben, que espero que sea pronto.
—No —dijo Simeon—. Yo también me voy a la cama. La magíster quiere que participe en la extracción de una piedra a las diez.
—¿De verdad? —preguntó la asistente, que era más locuaz que la mayoría de los rehusantes con los que había trabajado Simeon en el hospital de San Jerahibim, aunque ya había observado que en aquella enfermería el ambiente era más informal—. ¿Tan pronto? Debéis de ser muy bueno, doctor. Aquí hay ciertos médicos a los que la magíster no permitiría que se acercaran ni a doce pasos de algo tan complicado como eso. Buena suerte.
Simeon no pudo evitar sonreír como un tonto mientras regresaba a su habitación, satisfecho. Tenía la sensación de haber encontrado su lugar en el mundo. A partir de ese momento, sin duda, su vida llevaría una progresión ascendente.
Henri durmió todo el rato. Se despertó un momento. Al principio, pensó que el repiqueteo de los tambores sería granizo o una lluvia intensa. Le sorprendió oír alguna corneta. Luego, en el espacio de cinco o seis segundos, decidió, sin reaccionar demasiado, que si nadie más se movía en las cuadras vecinas, no tendría nada que ver con él. Así pues, se dio media vuelta y siguió durmiendo.