Magia angelical
Capítulo 3
3
Liliath no había estado nunca en Lutace, pero la primera ciudad de Saranza no era tan diferente a Cadenz, la gran metrópolis de Ystara. Lutacia también estaba atravesada por un río (el Leire), aunque no era tan ancho como el Gosse, y la ciudad era bastante llana; no tenía las colinas de Cadenz.
Lutacia tenía una muralla urbana mucho más alta y extensa que la de cualquier ciudad ystariana. Era de ladrillos de color amarillo pálido y no tenía más que unos siglos. En otro tiempo había sido de piedra gris. Pero las autoridades municipales… o las del reino, o ambas, se habían ido volviendo más laxas a la hora de exigir el mantenimiento de las zonas despejadas necesarias para la defensa, por lo que habían aparecido muchas casas, cabañas y barracas junto a la muralla, e incluso sobre los muros.
Uno de los muchos refugios y escondrijos del Clan de las Sombras estaba en el barrio de los Rehusantes, un amplio distrito de chabolas que empezaba en el puerto y en el barrio de los almacenes y que se extendía hasta la muralla suroeste, rebasándola y adentrándose en lo que habían sido campos hasta una o dos generaciones antes. La gente de Bisc había ocupado dos casas situadas a ambos lados de la muralla, y los pisos altos estaban uno frente al otro, así que solo había que dar un salto desde la ventana del último piso de la casa de fuera de la muralla a la ventana de enfrente para entrar.
Liliath se había apropiado de la sala más grande de la casa del lado de la ciudad para su uso particular. Ocupaba todo el quinto piso, y una parte estaba adaptada como taller de un creador de iconos, con un largo banco de trabajo frente al mayor de los tragaluces, para aprovechar la luz natural. Aunque no tenía pensado quedarse en la casa mucho tiempo, tenía cosas que hacer, debía restaurar iconos que habían sufrido un poco durante su largo sueño, en particular los que había recuperado de los escondrijos secretos dejados por sus seguidores a su llegada a Lutacia. Los ángeles solían responder mejor a las representaciones más limpias y luminosas.
Una gran cama con dosel y unas cortinas doradas con brocados ocupaban la otra esquina de la gran cámara. Era una cama digna de una reina y, de hecho, había sido un regalo de bodas a una princesa un siglo atrás, aunque la princesa había muerto antes de la boda. La habían robado de uno de los refugios de caza reales menos importantes, un lugar por el que prácticamente no pasaba nadie, la habían limpiado y le habían puesto un colchón de plumas nuevas y buenas sábanas. Por supuesto, Liliath sabía que Bisc le había conseguido una cama tan imponente porque esperaba poder compartirla con ella, pero ella aún no había decidido permitírselo. Cuanto más lo esperara, más dominado lo tendría.
Liliath se sentó ante el banco de trabajo, pero no para restaurar un icono. Sacó una vez más el elaborado por el hermano Delfon y lo miró de cerca, pasando sus finos dedos por la superficie dorada. Había empezado a invocar a Foraziel dos veces desde su marcha del templo de Santa Margarita, pero en ambas ocasiones se había interrumpido, y el ángel había aprovechado su falta de concentración para mostrarse extrañamente renuente y evasivo.
Así que ahora tenía que invocar al ángel en la ciudad, donde había mucha más gente que practicara la magia angelical, muchos más ángeles invocados para que se presentaran en el mundo mortal en cada momento, y donde había un riesgo mucho mayor de ser descubierta, o de suscitar curiosidad. A Liliath, aquello, en sí, no le preocupaba, ya que era muy capaz de enfrentarse a los ángeles más comunes, si a algún mago se le ocurría enviar a uno para que investigara. Pero había cierto peligro de que la misma cardenal Duplessis se alarmara lo suficiente como para invocar a Ashalael. En su propio país, el arcángel encontraría a Liliath en un instante, y acabaría con ella al momento.
En cualquier caso, Liliath consideraba que aquella posibilidad era mínima, porque sabía que la cardenal, actual portadora del icono de Ashalael, tenía poco menos de cincuenta años, pero daba la impresión de tener sesenta o más, envejecida por las numerosas invocaciones realizadas. No invocaría a Ashalael a la ligera; probablemente, no lo haría a menos que se encontrara muy necesitada. Liliath sospechaba que podía poner en marcha sus pequeñas tretas y artimañas sin atraer la atención de la cardenal.
Por supuesto, había otros riesgos. Aunque quizá la cardenal no se atreviera a invocar al arcángel patrón de Saranza, siempre cabía la posibilidad de que otros agentes más terrenos dieran con Liliath, y ella aún no se había creado una identidad idónea para ocultar la suya. Si los persevantes de la cardenal —tal como se llamaba a los soldados y agentes secretos de su eminencia—, la encontraran en aquel momento, en un piso seguro del Rey de las Sombras, lo tendría difícil para evitar que huyeran y revelaran su verdadera identidad. Había iniciado el proceso de convertirse en otra persona, un movimiento de prestidigitación para desviar la atención humana. Pero aún no lo había completado.
A pesar del riesgo, se dijo, tenía que invocar a Foraziel. No podía seguir sin saber los nombres y la ubicación de los cuatro candidatos.
Una vez más frunció el ceño ante la idea de que solo hubiera cuatro, pero enseguida se sobrepuso, consciente de que no podía dejar que aquello le afectara.
Tocando el icono con las puntas de los dedos, inició la invocación. No recurrió a su fuerza mental directamente para forzar la conexión inmediata, como solía hacer, sino que emitió la llamada más lenta y subrepticiamente, tal como le habían enseñado tanto tiempo atrás, cuando era una niña precoz adulada por sus profesores en el templo, cuando la llamaron por primera vez Doncella de Elanda: Foraziel, que encuentras cosas perdidas. Foraziel, que penetras en los secretos. Foraziel, Foraziel, ven en mi ayuda.
Muy muy lentamente, Liliath sintió la presencia de la ángel cada vez más cerca. Se mostraba desconfiada, no quería responder a la llamada, pero no podía hacer caso omiso al hilo de poder que unía a Liliath con el icono, y a este con los cielos donde moraban los ángeles.
Y al momento se vio atrapada. Capturada por la potente fuerza mental de Liliath.
—Foraziel. Harás lo que te ordeno. Hay cuatro en Lutacia que llevan la verdadera esencia de Palleniel en su interior. Debo saber sus nombres y estaciones, y dónde se encuentran…
—No puedo. Está prohibido. Yo…
—Puedes. Debes hacerlo. Si no lo haces, o si te retiras de este mundo antes de completar esta tarea, la próxima invocación será para proceder a tu destrucción.
Liliath percibió la sorpresa y el asombro del ángel al darse cuenta de que Liliath hablaba en serio. La mayoría de los ángeles no eran conscientes de que pudieran llegar a ser destruidos, pero Foraziel ahora no lo dudó, viéndose incapaz de huir de aquella lanza de cristal tembloroso que era la fuerza mental de Liliath. No sabía si algún otro mago había descubierto que era posible acabar con los ángeles, u otras cosas peores.
Pero dado que siempre les sorprendía tanto, lo dudaba.
Posiblemente, los ángeles de rango superior lo supieran. Liliath no estaba absolutamente segura de poder llegar a ser capaz de acabar con uno de ellos, y no tenía ninguna intención de arriesgarse. Incluso eliminar a un serafín o un querubín era una tarea ingente, aunque lo había hecho muchas veces, quedándose su poder. Primero para convertirse en algo más que humana, luego para mejorar ciertas habilidades, y luego, varias veces más, para armarse contra los efectos del tiempo, antes de su casi-muerte.
—Obedezco, tal como es mi obligación. Tengo el poder necesario. Dentro de una hora volveré con la información que solicitas.
—Ve, pues, y no me falles —dijo Liliath en voz alta, con un tono áspero y duro.
Se oyó un aleteo, pero Liliath mantuvo los dedos en el icono mientras Foraziel seguía en el mundo, para que el ángel no tuviera ninguna posibilidad de escapar sin completar la tarea. A lo lejos percibía la presencia del ángel revoloteando por la ciudad, aquí y allá, mientras buscaba a los cuatro que le había pedido Liliath.
Liliath pasó la hora siguiente imaginando agradables escenas futuras. Y aunque aún mantenía los dedos en el icono, al estar distraída casi se sorprendió cuando sintió la presencia invisible de Foraziel.
—He regresado. He encontrado lo que buscas.
Liliath se puso en pie, recurrió a su poder mental y colocó una hoja de papel grueso, de muchas fibras, junto al icono.
—¡Escribe los nombres!
Una chispa minúscula se encendió sobre el papel y empezó a moverse, dejando un rastro negro tras de sí, y formando lentamente la letra «S» con perfecta caligrafía.
Liliath resopló, impaciente, y percibió la pluma de Foraziel. El ángel escribió más rápido, atravesando el papel con su fuego con las prisas y sofocando las pequeñas llamitas que se formaban con unas manos invisibles, o con el roce de sus alas o con lo que fuera que usaran los ángeles para interactuar con el mundo físico. Aun así, pese a los agujeros quemados y las líneas ennegrecidas, las palabras eran claras.
Simeon MacNeel. Estudiante de Medicina en el hospital de San Jerahibim el Tranquilo. Agnez Descaray. Cadete de los mosqueteros de la reina.
Henri Dupallidin. Escribiente al servicio de la cardenal.
Dorotea Imsel. Creadora de iconos, estudiante en Belhalle.
Foraziel le rogó:
—Libérame.
Por un momento, el rostro de Liliath se torció con un gesto exasperado. Pensó en el castigo, en la extinción, en la absorción. Pero cualquiera de esas cosas alertaría a los ángeles manifestados en aquel lugar y en los cielos, y a sus interlocutores humanos. Era tentador, pero insensato.
—Ve —dijo, dándole la libertad con un movimiento de la mano.
Tras la partida de Foraziel, Liliath metió el icono del ángel en uno de los cajones del escritorio junto a la mesa de trabajo. Había muchos otros iconos en el cajón, decenas de ellos, aunque no eran más que una pequeña proporción de los que había introducido en la Tumba de la Santa escondiéndolos en los bolsillos interiores de su hábito.
Liliath estudió los iconos; luego cerró lentamente el cajón y echó la llave. Sentía la tentación, como siempre, de invocar a ángeles solo para comprobar el poder que tenía sobre ellos, para disfrutar al ver que no podían negarse a cumplir sus órdenes. Para probar una vez más que seguía siendo la única persona en el mundo que no sufría las consecuencias del uso de sus poderes angelicales, pagando con la energía de los ángeles que había absorbido en lugar de con su propia carne y su propia sangre.
Se mantendría bella y joven para siempre, hiciera lo que hiciera.
Tres golpes en la puerta, una pausa y otro más le alertaron de que Biscaray había regresado. El joven estaba deseoso de hacer todo lo que pudiera y había puesto a todo el Clan de las Sombras a su servicio: todos los ladrones, mendigos, bobos, charlatanes, liantes, carteristas, pendencieros, pirados y merodeadores de los tejados de Lutacia. Al curarlo lo había convertido en un fiel seguidor. No tenía dudas de que Liliath llevaría de nuevo a su pueblo a Ystara. Y era evidente que también esperaba contar de pronto con algún poder propio. Ella sospechaba que Bisc soñaba realmente con convertirse en rey, y que se imaginaba a su lado como nuevo soberano de Ystara.
Solo él y la docena de rehusantes que estaban con él en el templo de Santa Margarita sabían realmente quién era Liliath. Habían tenido que jurarle que mantendrían el secreto, y Liliath a cambio les había prometido la curación y riquezas. Además, Bisc los había amenazado con matarlos si hablaban. Aun así, seguían siendo una amenaza potencial, así que los controlaban de cerca. Ninguno de ellos había vuelto a su actividad delictiva de antes; ahora todos trabajaban en la casa de la muralla.
—Entra —dijo Liliath.
Levantó la cabeza de su banco de trabajo y se alisó la túnica y el pantalón bombacho, ambos de un satén de color borgoña oscuro. La túnica tenía un amplio escote, pero lucía un ancho collar de fino brocado blanco entretejido con minúsculos diamantes que lo hacían más recatado y a la vez más llamativo; los bombachos le dejaban los tobillos al descubierto, y los zapatos, con tacones dorados, acentuaban aún más el efecto producido. En las manos ya solo llevaba unos cuantos anillos con iconos, y otro en un broche, sobre el vestido. La larga melena la llevaba recogida bajo un gorrito de encaje, también decorado con minúsculos diamantes.
La ropa se la había comprado con dinero escondido mucho tiempo atrás —igual que la mayoría de los iconos de su escritorio—, en previsión de su regreso. Aunque ella no esperaba dormir tanto, o que los refugiados ystarianos hubieran acabado convirtiéndose en unos descastados, la primera generación de sus seguidores habían cumplido sus órdenes al detalle.
Biscaray se había encargado personalmente de recuperar el contenido de los dos cofres más importantes. Ella le había permitido ver lo que contenían al entregárselos, asombrándolo con las riquezas que había reunido su orden para ella, entre iconos y gemas, monedas y los pesadísimos «nobles de oro» con el doble delfín de Ystara.
Un tesoro en particular, procedente del escondrijo principal, había dejado a Biscaray sin palabras. Lo había reconocido al momento, tanto por su valor casi incalculable como por lo mucho que se había hablado de su robo, ciento treinta y ocho años antes: un magnífico collar de la reina Anne IV de Saranza con piedras preciosas y doce iconos, conocido como el Collar de la Reina o, en las historias populares que se habían extendido sobre su robo, como los «Doce Iconos de Diamantes», ya que cada una de las placas de bronce en las que se habían grabado los iconos estaba rodeada de decenas de diamantes.
Liliath había disfrutado viendo su asombro, y que fue aún mayor cuando le dijo que había organizado el robo porque necesitaba estudiar los iconos, que correspondían a los doce principados al servicio de Ashalael. Lo más importante, para ella, era que habían sido creados por el infame mago Chalconte, que había sido el primero en conseguir iconos de metal grabado que funcionaban. Aquellos iconos habían marcado el inicio de la caída progresiva del gran mago en la herejía, aunque no se les consideraba heréticos en sí mismos.
Liliath no le dijo a Bisc lo que pensaba hacer con el collar. Ella tampoco lo tenía claro, aunque estaba dándoles vueltas a varios planes, y no dejaba de sopesar diversas posibilidades.
Biscaray entró e hizo una profunda reverencia. Llevaba una máscara de cuero negro abultada que le encajaba mal y que hacía pensar que las cicatrices eliminadas seguían allí; incluso tenía un agujero más pequeño para su ojo izquierdo, supuestamente deformado. Nadie podía saber que había sido curado, ya que era algo impensable.
Tal como exigía la ley, llevaba camisa gris, jubón, bombachos y una capa de rehusante, pero desde que había regresado a Lutacia las prendas eran algo más finas y ahora llevaba una estrecha banda de encaje negro en los puños y en el cuello, que era lo máximo que se le permitía a cualquier refugiado de Ystara, o quizás incluso algo más de lo permitido.
—Buenas tardes, mi señora —dijo Biscaray. Echó una mirada hacia la cama y luego apartó la vista, como si hubiera sido por casualidad.
—¿Mi señora? —respondió Liliath, que sonrió y se enroscó un mechón de cabello rebelde que se le había escapado del gorrito—. ¿Es que me he convertido de pronto en una noble albana?
—Como decidas tú —dijo Biscaray, que echó mano a su jubón y sacó un pliego de papeles—. Me pediste que encontrara a alguien en quien poder convertirte, de noble cuna, pero no conocido en la corte.
—Así es —dijo Liliath, sonriendo de nuevo.
—He encontrado tres —respondió el Rey de las Sombras—. Pero la albana es la mejor. Supongo que hablas albano, ¿no?
—Lo hablo —dijo Liliath, en albano, y sonrió, con una sonrisa cruel, recordando el porqué. Uno de los ángeles con los que se había hecho era de Alba.
Biscaray, que miraba al suelo, no vio la sonrisa.
—Dime en quién debo convertirme, mi fiel caballero —dijo Liliath.
Cruzó la habitación y le dio una palmadita en el hombro, a modo de premio, antes de seguir hasta el gran ventanal para mirar al exterior. Veía su reflejo borroso en el grueso cristal irregular, dividido en nueve cuadrados.
—Lady Dehiems, una viuda de veinte años —dijo Biscaray—. Llegó de Alba hace dos días. Sus agentes le compraron la casa del viejo lord Demaselle hace un mes. Es muy rica, y en Alba su imagen está cubierta de misterio; la familia de su marido cree que orquestó su muerte.
—¿Y lo hizo?
Biscaray negó con la cabeza.
—Lo dudo. Él era viejo, y ella es muy guapa.
Liliath se giró y lo miró. Él levantó la vista un momento, y luego volvió a agachar la cabeza.
—Pero no tanto como tú —añadió en un murmullo—. Os parecéis bastante, ella también tiene la piel y los ojos oscuros, sois de altura similar, pero su cabello es castaño oscuro, no negro…
—Eso se puede arreglar —dijo Liliath—. Puedo invocar a Froudriel o a Asaravael para que lo hagan. O quizá baste con usar ruibarbo y alheña.
—Es la mejor de las que hemos encontrado hasta ahora. No es solo su aspecto. Es rica, la familia de su marido ha cortado el contacto con ella y también otros albanos, ya que la mayoría de los nobles han decidido creer que es una asesina. Política.
—¿Es maga?
Biscaray negó con la cabeza.
—De escasa consideración, si acaso. Lleva un viejo icono, un camafeo de Fermisiel, o eso dice Erril; yo no he reconocido el ángel…
—¿Erril? ¿La jorobada? ¿Una de esas del templo?
—Sí. Es nuestra mayor intelectual. Aunque no nació rehusante, creo que habría podido ser una gran maga.
—Sí, la recuerdo —dijo Liliath—. Fermisiel no es nada. Su poder es el color, volver a dar vida a la ropa vieja, y cosas así. Bueno. ¿Y cuántas personas hay de servicio en casa de esta tal lady Dehiems?
—El portero, tres criadas, dos mayordomos y una cocinera.
—¿Se ha traído a una albana para que le cocine en Lutacia?
Biscaray se encogió de hombros, como queriendo decir que las manías de los albanos con respecto a la comida resultaban aún más inexplicables que el resto de sus extraños hábitos.
—¿Qué conexiones tiene aquí? ¿Parientes? ¿Amigos?
—Ninguna que hayamos encontrado. Procede del norte de Alba. De una familia noble venida a menos. Consiguió ese matrimonio gracias a su belleza.
—¿Y tú la has visto personalmente? ¿Realmente nos parecemos?
—Más que suficiente, en cuanto te cambies el cabello. Además, no se ha movido de su casa. Muy pocos la han visto desde su llegada. La travesía del golfo la dejó afectada, según parece, y es de esas personas con tendencia a imaginarse enfermedades.
Liliath se quedó pensando un momento. Era un momento crucial, en el que un paso en falso podía tener consecuencias terribles. Pero tenía que adoptar una nueva identidad, que le permitiera moverse, orquestar y manipular, para impulsar su gran plan. Además, no quería seguir viviendo en una habitación del refugio de una banda de delincuentes, por muy regia que fuera su cama. En Ystara, sus aposentos en el templo eran tan espléndidos como los del Palacio del Rey en Cadenz.
—Puede que me convenga mantener el personaje. Una persona indispuesta de vez en cuando… se adaptaría a mis necesidades. Pero si se encontrara lo suficientemente bien, ¿sería recibida en la corte?
—Sí —respondió Biscaray—. Tal como he dicho, es de familia noble, con antiguos vínculos con la realeza. Y la sospecha de asesinato en Alba aquí la ayudará. La reina está molesta con la postura de Alba, y corre el rumor de que el traidor Deluynes (su examante) vendió las cartas de la reina al infante de Alba. Así que… cualquier enemigo del infante debería ser amigo de la reina, ¿no?
—¿Ha mostrado la cardenal algún interés por ella? ¿Su eminencia le ha prestado alguna atención?
Liliath no preguntó por el rey. A nadie le preocupaba el rey Ferdinand. La reina Sofía XIII era la soberana nominal de Saranza, pero su jefe de Gobierno, la cardenal Duplessis, era a casi todos los efectos la que gobernaba de verdad, y la reina raramente se oponía a las directivas o a los consejos de la cardenal. El rey conspiraba contra ambas sin orden ni concierto, como era habitual en él, y sin graves consecuencias.
—No lo creo —dijo Biscaray, aunque parecía menos seguro de ello que antes—. No hemos visto allí a ninguno de los persevantes de la cardenal, ni mosqueteros de la reina, ni a ninguno de los otros agentes que conocemos. Pero la cardenal suele ser más perspicaz de lo que nos gustaría.
—¡No debe saber nada de esto! —le espetó Liliath—. ¡No debe saber nada de mí!
—No —confirmó Biscaray, que dio un paso adelante y se arrodilló frente a Liliath, con las manos juntas como si rezara a un arcángel—. No sabrá nada. Nadie lo sabrá. Me aseguraré de ello.
—Confío en ti, mi Biscaray —dijo Liliath, que le tendió una mano y le permitió besársela, antes de volver al ventanal—. Muy bien —añadió—. Esta noche.
—¿Esta noche? —preguntó Biscaray.
—¿Los tuyos están listos?
Biscaray inclinó la cabeza.
—Ven aquí cuando esté hecho —dijo Liliath—. Y traedme algunas de sus ropas y de sus joyas.
—Será tarde. Antes del amanecer.
—Estaré aquí —dijo Liliath. Echó una mirada a la cama, volvió a mirar a Biscaray y volvió a sonreír—. Lo has hecho bien, Biscaray.
—Gracias, mi señora.
—Hay algo más —dijo Liliath, dándole el papel con los cuatro nombres grabados a fuego—. Estos cuatro. Necesito saber todo lo que podáis averiguar sobre ellos, sus familias, su ascendencia, de dónde vienen. Y debéis vigilarlos y protegerlos. No demasiado de cerca, no deben saberlo. Pero deben estar protegidos, no deben sufrir ningún daño.
Biscaray estudió la lista y frunció el ceño, perplejo.
—¿Qué significado tiene? —preguntó—. Parecen gente de poca importancia.
—Lo verás en su momento —dijo Liliath—. Pero es vital que los vigiléis y los protejáis bien.
—Daré la orden inmediatamente. Observadores y guardias.
Liliath le indicó con un gesto que se levantara y le tendió la mano para que se la besara de nuevo. Él le dio la vuelta y le besó la parte interna de la muñeca. Ella no se apartó; al contrario, le hizo una suave caricia sobre la oreja.
—¿Cuándo me contarás tu plan? —preguntó Biscaray—. No entiendo por qué quieres convertirte en una noble albana, de qué puede servir eso para nuestro regreso a Ystara, esas cuatro personas…
Intentó tirar de ella para acercársela, pero ella dio un paso atrás e irguió la cabeza.
—Te lo contaré —dijo, pero con un tono suave, que sonaba a promesa—. Te contaré parte de mis planes, al menos. Pero cuando llegue el momento.