Magia angelical
Capítulo 21
21
Rochefort y Franzonne se acercaron a la pérgola e hicieron una profunda reverencia; luego se hicieron a un lado y dejaron que el persevante y el mosquetero que llevaban el cofre avanzaran hasta dejarlo a los pies del trono de la reina. Se lo pusieron delante y se retiraron, caminando hacia atrás, con la cabeza gacha. El rey se hizo a un lado, frotándose las manos, pero se detuvo cuando vio que la reina lo atravesaba con la mirada.
—Ábrelo, por favor, Dartagnan —ordenó la reina con voz serena.
Dartagnan se arrodilló y abrió el cofre. La reina se inclinó hacia delante y miró. La cardenal también dio un paso adelante e inclinó la cabeza.
Dartagnan levantó los iconos y se los tendió a la reina, como si le estuviera presentando un plato en un banquete.
—¿Son realmente tres de los doce Iconos de Diamantes, cardenal?
—Sí que lo son, majestad —respondió la cardenal—. Me tomé la libertad de examinarlos antes de que los trajeran. La carta del cofre también lo confirma. Pero en cuanto vi los iconos no tuve ninguna duda.
—Pero ¿habéis dicho que la carta estaba cifrada?
—Es un cifrado muy simple. La leí sin problemas.
Henri resopló, afortunadamente no lo bastante fuerte como para que le oyeran más allá de los árboles que les servían de escondrijo.
—Aunque he enviado una copia a mis expertos en cifrado, por si hay algún significado oculto, como ocurre a veces —añadió la cardenal—. Que lo simple pueda ocultar algo más complejo.
—Eso no lo habías pensado, ¿verdad? —susurró Agnez, clavándole el codo en las costillas a Henri.
Como era el brazo de la herida, ambos tuvieron que contener un grito de dolor.
—¡Vaya! ¿Eso son dobles delfines de Ystara? —preguntó el rey, con un tono que reflejaba su codicia. Se había acercado y estaba apoyado en el borde de la pérgola—. ¿Y qué es eso de la carta?
La cardenal echó una mirada a la reina, que asintió levemente, indicando que podía responder la pregunta del rey.
—La carta parece estar dirigida al ladrón que robó los iconos de la gloriosa antepasada de su majestad, la reina Anne —respondió la cardenal—. Parece ser que entregó nueve de los doce Iconos de Diamantes, pero que se quedó los tres que veis aquí. La persona que había encargado el robo le exigía que le entregara los iconos restantes.
—Ya veo —dijo el rey. Como siempre, cuando había dinero de por medio, fue directo al asunto—. ¿Y esa carta no dice dónde se encuentran los otros Iconos… de Diamantes? ¿O dónde hay más oro?
La reina meneó la cabeza muy levemente. El rey no se dio cuenta, dado que tenía la vista fija en los Iconos de Diamantes y en el oro.
—Ese es un asunto que hay que analizar —dijo la cardenal con voz suave —. Pero lo que tiene una importancia mucho mayor es el hecho de que dos de los iconos, iconos de gran poder para invocar a los principados de Ashalael, han perdido su poder sin quedar destruidos.
—Sin duda, eso es algo que reclama nuestra atención inmediata —dijo la reina—. Un importante asunto de Estado que debemos discutir. Podéis marcharos, Ferdinand.
—Por supuesto, majestad —dijo el rey. Pero antes de marcharse vaciló y señaló el cofre—. ¿Creéis que podría quedarme con uno de esos dobles delfines como recuerdo? Hacía mucho tiempo que no veía… una moneda tan magnífica.
La reina suspiró y miró a uno de sus criados, de pie junto a los mosqueteros, en un lado de la pérgola.
—Deruyter, pon la mitad del oro del cofre en un… bolso… para su alteza.
—¡Ah! ¡Sois muy buena conmigo, majestad! —exclamó el rey—. Ya sabéis cuánto me gustan las monedas de oro antiguas.
—Apuesto a que le gusta cualquier cosa que sea de oro —murmuró Henri.
Le dolía ver que el oro que había en sus manos pasaba a las de otro, y que ese otro fuera nada menos que el rastrero del rey.
—¡Calla! —le susurró Agnez.
Deruyter, que evidentemente era un criado de rango superior, a juzgar por su extravagante jubón con gorguera y sus largas medias de seda con jarreteras en azul y dorado, hizo una señal a un criado de menor rango, que a su vez señaló a otra inferior, que se quitó la capa, hizo con ella una bolsa anudando las esquinas y se agachó junto al cofre para transferir parte de su contenido. Encantado, el rey cogió el hatillo, se mesó el bigote, insinuó una reverencia y salió de allí.
La reina le miró mientras se alejaba con un gesto de melancolía en el rostro. Aún era un hombre atractivo, aunque ese fuera su único valor.
—Bueno, ¿y qué debemos hacer con estos iconos?
—Querría llevarme los dos que han quedado inactivos para estudiarlos, con mi equipo y los magísteres de Belhalle —sugirió la cardenal—. El icono de Samhazael, que conserva su poder, debería ir, por supuesto, a la Cámara del Tesoro de su majestad.
—¿Y el oro? Acabo de recordar que quizá le corresponda por derecho a la mujer albana que habéis mencionado.
—Eso hay que investigarlo —dijo la cardenal—. Tengo curiosidad por saber cómo llegaron los iconos a su poder. Quizá sea descendiente del ladrón.
—¿Así que podría saber quién tiene los otros iconos, o dónde están? — preguntó la reina, girándose para mirarla de frente—. Con el resto del tesoro, tal como sospecha Ferdinand… ¡Menuda esperanza!
—La carta puede decirnos algo de eso —respondió la cardenal, que miró alrededor y bajó la voz, para convertirla en un susurro inaudible más allá de la pérgola.
Fuera lo que fuera lo que le dijo, hizo que la reina irguiera la cabeza, y su respuesta desde luego no fue un susurro.
—¿En Ystara? ¿No lejos de la frontera?
La cardenal susurró otra vez, y la reina bajó la voz. Conversaron agitadamente un minuto o dos, completamente ajenas a la curiosidad que suscitaban en la pérgola y más allá, especialmente entre los cuatro que estaban ocultos tras los frutales.
Mientras se susurraban la una a la otra, un mosquetero se acercó y le dio un mensaje a Sesturo. El grandullón asintió y, a su vez, se dirigió a Dartagnan, que escuchó un momento y luego le transmitió el mensaje a la reina. Esta asintió, dijo unas palabras más a la cardenal, luego levantó la mano y volvió a sentarse muy recta en el trono.
—Traedme a lady Dehiems —ordenó.
Liliath lucía un vestuario muy recatado para su audiencia con la reina. Ya se esperaba que la convocaran, así que no tardó mucho en prepararse cuando llegaron un mosquetero y un persevante con el mensaje de que la esperaban en el Palacio de la Reina. Para dar más credibilidad a su personaje, se vistió siguiendo la moda, con falsas prendas de caza, pero con cierta contención, escogiendo una blusa de lino y un jubón amarillo pálido con tachones de hierro en forma de pétalos de flores que recordaba una brigantina; llevaba unos bombachos a cuadros con los colores típicos del norte de Alba, amarillo, verde y negro; y unas botas de caza de suave ante que no durarían ni un par de horas en una batida de caza de verdad, con una única espuela plateada en el talón izquierdo. Un cinturón con gemas y un sombrero de ala ancha de fieltro amarillo con un broche de rubí completaban el atuendo.
No llevaba ningún icono visible, para afianzar la idea de que no sabía nada de magia, pero ocultó tres en un brazalete bajo la manga. Ninguno de ellos era demasiado potente, pero todos eran útiles para alguien que supiera usarlos.
Bisc llegó por la puerta privada justo en el momento en que acababa de vestirse.
—Fueron los alcantarilleros los que mataron a Wilbe y a Raoul —dijo—. Se mantienen fieles a la Lombriz, malditos sean. Los siguieron desde el río.
—Afortunadamente, Wilbe y los otros completaron su tarea antes de bajar la guardia y dejarse matar —dijo Liliath, recogiendo un par de guantes—. Me habría… desagradado mucho… si mis planes hubieran fallado por una negligencia. Afortunadamente, me han convocado para que me presente ante la reina… y la cardenal.
—¡Sí, con solo un mosquetero y un persevante como escolta! —exclamó Bisc—. ¡La gente de la Lombriz aún va a por nosotros! Si alguno os reconoce como la Serpiente de Biscaray…, saben moverse por las alcantarillas, bajo la ciudad, podrían lanzar una emboscada, y dispararos desde algún escondrijo…
—Es muy improbable que relacionen a la Serpiente de Biscaray con lady Dehiems… —dijo Liliath, pero se interrumpió al ver el gesto de Bisc—. ¿Qué pasa?
—Hogman. El jorobado que estaba con nosotros en la Cruz de Nep. Hace unas horas lo capturaron. No es fuerte; habrá hablado. Y él sabe que vos (Dehiems) sois la Serpiente.
Liliath soltó un gruñido, como una bestia acorralada. Tensó las manos como si fueran garras, pero hizo un esfuerzo de contención y recuperó la calma.
—Tenéis que redoblar los esfuerzos para destruir a esos pestilentes alcantarilleros.
—Estamos en ello —respondió Bisc—. Pero llevará tiempo; tenéis que protegeros.
—He de ir al palacio. Envía a tu gente para que vayan por delante y por detrás, lo más cerca posible, sin que los vean. Me llevaré a Sevrin como doncella.
—A los rehusantes no se les permite el acceso al palacio —dijo Bisc—. Al menos a los que no están al servicio de la reina. Y esos se creen superiores al resto de nosotros.
—En el palacio no correré ningún riesgo.
—Supongo —masculló Bisc—. Pero incluso en el palacio hay alcantarillas, ¿no? Yo nunca me he fiado de esa gente. La oscuridad se les mete en la cabeza.
—La Lombriz tenía otros seguidores, ¿no? No solo los alcantarilleros. ¿Qué hay de ellos?
—Esos van donde los lleva el viento. Pero los alcantarilleros… El verdadero peligro son ellos.
Llamaron a la puerta. Hatty entró. Parecía nerviosa y algo aturdida.
—¡Milady, el mosquetero y el persevante insisten en que os pongáis en marcha enseguida!
—Estoy lista —respondió Liliath—. Bajo dentro de un momento. ¿Ha bajado Small Jack el cofre que le he pedido?
—Sí, milady. El mosquetero y el persevante han insistido en inspeccionarlo antes de llevarlo a palacio, por si ocultaba algún «artilugio infernal» (esas fueron sus palabras), pero después de examinarlo parece que se han quedado tranquilos.
—Dile a Sevrin que vendrá conmigo, aunque no entrará en el palacio — apuntó Liliath—. Bajaré dentro de unos momentos.
Hatty bajó corriendo, y Liliath volvió a dirigirse a Bisc.
—¿Estás seguro de que se habrán tragado lo de la carta y el mapa?
—La cardenal tiene muchos ángeles a sus órdenes, y artesanos de todo tipo.
—A menos que invoque a Ashalael en persona, cualquier otro ángel de menor entidad le dirá que fue Liliath quien escribió la carta y quien dibujó el mapa.
—¡Pero lo habéis hecho esta mañana! —protestó Bisc—. ¿No se darán cuenta de que no es antiguo?
—Cualquier ángel que invoquen dirá que son documentos muy antiguos —replicó Liliath—. Yo invoqué a Azriel, el principado, que tiene poder sobre el tiempo y sobre lo inanimado. Supongo que, si disponen de un sacerdote que se atreva a invocar a una potestad y a pagar el precio, se darán cuenta de que ambos papeles han sido manipulados por un ángel de alto rango. Pero eso solo les confirmará que ambos proceden de Liliath, Doncella de Elanda, muerta hace siglos, cosa que nos favorece. Te preocupas demasiado, mi querido Biscaray.
Tiró de él y le acarició con suavidad la suave mejilla. Eso sirvió para recordarles a ambos lo que había hecho por él, y otras muchas cosas.
—¿Me protegerás, en el camino de ida… y de vuelta?
Bisc le bajó la mano y se la cubrió de apasionados besos, hasta que Liliath se rio y la apartó.
—Ya entiendo tu respuesta —dijo—. ¡Venga, a palacio, primer paso de nuestro viaje de vuelta a Ystara!
—La teniente de la guardia tenía razón —susurró Simeon—. Es de una belleza extraordinaria.
—¡Hay otro cofre! —exclamó Henri, algo más fuerte de lo que debía—. ¡Mirad, tras ella!
El persevante y el mosquetero que habían escoltado a lady Dehiems al palacio llevaban un pequeño cofre de bronce, idéntico al que había encontrado la Lombriz, y aparentemente igual de pesado.
Henri no fue el único que no pudo contener su asombro. Sin embargo, aunque la belleza de lady Dehiems habría provocado más de una reacción involuntaria, lo más sorprendente era la presencia del segundo cofre. Hasta la reina se adelantó ligeramente en su butaca, aunque era difícil saber si su reacción se debía a la mujer o al posible tesoro. Dehiems no era la clásica mujer que podía gustarle. La difunta Deluynes, adorada amante de la reina que desgraciadamente había resultado ser una traidora, era alta y de piel clara, igual de bella, pero de un modo completamente diferente.
Lady Dehiems hizo una profunda reverencia, quitándose el sombrero, que dejó a un lado al erguir de nuevo el cuerpo, aunque sin levantar del todo la cabeza, con la mirada fija en las puntas de las relucientes botas de la reina.
—Bienvenida, querida —dijo la reina—. Parece que habéis generado una agitación inesperada en mi corte, tanto por vuestra persona como por vuestro séquito.
—Pido disculpas por no haberos traído enseguida el primer cofre, majestad —dijo Dehiems, con un marcado acento albano que suavizaba las erres—. En cuanto fui consciente de que estos cofres de mi antepasada pertenecían a la reina de Saranza, he querido traeros el segundo. ¿Puedo presentárselo a su majestad?
—Podéis —dijo la reina, dando una palmada de satisfacción.
Le hizo un gesto al mosquetero y al persevante, que acercaron el cofre y lo abrieron. La reina bajó la vista, y una vez más la cardenal y Dartagnan se inclinaron lentamente, fingiendo no hacerlo.
—Más dobles delfines —observó la reina, señalando—. Y otros iconos, pero no creo que sean los Iconos de Diamantes…
—No —confirmó la cardenal—. Me temo que no. Por favor, Dartagnan…
Dartagnan le entregó unos iconos de aspecto bastante ordinario a la cardenal, que los observó y suspiró.
—Son iconos menores. Ystarianos. No tienen demasiado poder.
—Ah, bueno —suspiró la reina—. Ya habíamos tenido bastante suerte.
—Hay un papel…, un dibujo… —dijo Dartagnan. Apartó unas monedas y sacó un pergamino doblado, que desdobló con cuidado—. Parece un mapa.
La capitana echó una mirada inquisidora a Dehiems, que seguía con la mirada gacha.
—¿Estos cofres eran de una antepasada vuestra, de cinco generaciones atrás?
—Quizá seis, ser —respondió Dehiems—. Mi madre no estaba segura de ello, y nuestros registros familiares se perdieron en las guerras entre los sucesores del infante Henry, hace cien años.
—¿Qué sabéis de vuestra antepasada? —le preguntó la cardenal—. ¿O qué os dijeron?
—Muy poco, eminencia. De niña solo vi estos cofres una vez, y luego en otra ocasión poco antes de… casarme. Se hizo un inventario de mis propiedades para el pacto de matrimonio…
Hizo una pausa. Sus labios perfectos temblaron un momento, cogió aire y siguió adelante.
—Madre decía que nuestra antepasada (se llamaba Isabella) era muy rica, pero que tenía un pasado misterioso. Su madre (mi abuela) me contó que, cuando Isabella tenía apenas quince años, abandonó el país, poco antes de la caída de Ystara, dejando tras de sí más riquezas aún de las que se pudo llevar. No obstante, debió de llevar un gran tesoro, porque se casó con el conde de Merewich, que después sería nombrado duque, y que era primo del infante Eduardo III…
—Se está asegurando de que todos sepan que tiene sangre real, aunque sea albana —murmuró Dorotea, que no había mirado ni una vez el cofre.
Miraba fijamete a Dehiems. Pero no era admiración, lasciva ni de fascinación. Más bien la escrutaba como si no tuviera del todo claro qué era lo que estaba viendo.
—De sangre real, rica, guapa y joven —dijo Henri, con un suspiro nostálgico—. Y tan lejos de mi alcance como…, como esas naranjas doradas.
—A las naranjas podrías llegar con una escalera —señaló Agnez.
—Podrían cortarme la cabeza por ello —respondió Henri.
—Quizá tengamos delante a la nueva favorita de la reina —sugirió Simeon lentamente, observando cómo le sonreía la reina a Dehiems, y cómo le correspondía la joven, mirándola a través de las pestañas—. Realmente, es de una belleza asombrosa, y aún más atractiva.
—¿Qué? —preguntó Agnez.
—Aunque no tienen por qué gustarse mutuamente —precisó Simeon.
—Shhh —les chistó Dorotea—. Quiero oír qué dice.
—Eso es todo lo que sé —dijo Dehiems—. Su nombre, la leyenda familiar sobre la enorme riqueza que dejó atrás. Y estos dos cofres. Mi madre me advirtió que solo debía recurrir a ellos en caso de necesidad extrema. Afortunadamente, a mi familia nunca le ha faltado el dinero, así que han permanecido intactos y pueden volver a su verdadera dueña. La verdad es que no tenía ni idea de que los iconos fueran los famosos iconos robados de vuestra antepasada, majestad…
—Claro, ¿cómo ibais a saberlo? —la disculpó la reina.
—Aparte del oro y los iconos, de esa carta sin sentido y este dibujo (que quizá sea un mapa, ahora que lo decís, capitana), la única otra cosa que le quedaba a mi madre de Isabella se ha perdido.
—¿Qué era? —preguntó la reina.
—Un curioso par de guantes sin dedos, de piel gruesa pero suave, que tenían minúsculos remaches afilados en la palma. Pero eran muy viejos. No sé qué fue de ellos.
—Guantes de escalada —dijo Dartagnan lentamente—. Como los que usan los ladrones más expertos.
—¡Oh, no! —exclamó Dehiems, llevándose sus preciosas manos de largos dedos a la cara, compungida—. ¡Mi antepasada desde luego no pudo ser quien robara vuestros iconos, majestad!
—Apuesto a que sí —susurró Henri.
—Venga, venga, calmaos —dijo la reina, dando un golpecito en el suelo de la pérgola, junto al trono, con la bota—. Sentaos aquí, a mi lado. Vos no sois responsable de las transgresiones de vuestros ancestros, más de lo que yo lo soy de las acciones de la loca reina Henrietta. Habéis prestado un gran servicio al reino devolviendo estos cofres a Saranza. Aunque el primero llegara hasta mí por casualidad, el segundo lo habéis traído personalmente. Enjugaos ese llanto. ¡Vuestras mejillas son demasiado bellas como para cubrirlas de lágrimas!
—Esa milady Dehiems tiene algo muy raro —dijo Dorotea, frunciendo el ceño.
—¿Aparte de que es de una belleza extraordinaria, rica y de sangre real? —dijo Henri—. Y albana. Eso es un defecto, de acuerdo.
—No, no es eso.
—¿Qué, entonces?
—No estoy segura —respondió Dorotea, masticando las palabras—. No consigo…
—Estás celosa de ella —dijo Agnez, en un tono que al menos intentaba sugerir que ella no lo estaba. Aunque lo estropeó con sus siguientes palabras —: No lleva espada. Probablemente, tenga miedo de las armas blancas.
—No creo que sean celos —apuntó Dorotea, meneando la cabeza—. Quizá solo sea que estoy agotada. Cuando la miro… No sé… Es difícil dormir bien en la Torre. Estoy cansada.
—¡Están hablando de nosotros! —exclamó Simeon, que seguía atento a todo lo que sucedía en la pérgola—. Por favor, sea lo que sea, que pase rápido y… que no sea demasiado terrible, para que podamos volver al anonimato…
Agnez y Henri se lo quedaron mirando, extrañados, pero Dorotea asintió, demostrando que le entendía. Los cuatro se echaron adelante, deseosos de oír lo que se decía.
—Tengo entendido que debo dar las gracias a cuatro jóvenes por haber recuperado lo que era de mi propiedad. Y, ahora, desde luego, propiedad de su majestad —le dijo Dehiems a la reina, sentada a sus pies, con su precioso rostro levantado en dirección a la soberana.
—Sí —respondió la reina, que miró alrededor—. ¿Dónde están?
Dartagnan le hizo un gesto a Sesturo, que salió a toda prisa de la pérgola, pasó por un hueco entre los árboles y caminó hacia los cuatro amigos, que a toda prisa abandonaron su lugar de observación, se pusieron de pie y se alisaron la ropa y todo lo que podía alisarse para sentirse más presentables. Estaban a punto de que la reina los recibiera. Su vida podía cambiar. Para mejor o para peor.