Magia angelical
Capítulo 34
34
— ay restos de ascuas y brasas; no hará más de un cuarto de hora que han H
pasado —dijo Vautier—. La exploradora le dio una patada a un tronco que había apartado de una hoguera, y se levantaron unas llamas que lamieron de nuevo la madera.
Rochefort asintió. Miró alrededor y observó que sus persevantes ya habían reavivado los cuatro fuegos, con la esperanza de poder quedarse y entrar en calor. Estaban agotados; no tenía sentido seguir adelante, por mucho que lo deseara.
—Descansaremos una hora —anunció—. Derambouillet, que preparen comida y calienten vino para todos. Vautier, pon centinelas en el camino, arriba y abajo. En grupos de tres, y que cambien cada veinte minutos. Quiero que seamos nosotros los que demos la sorpresa, no al revés.
Rochefort sacó su reloj de bolsillo, lo abrió y lo acercó a la luz del fuego para poder leer las esferas gemelas, una sobre la otra: la de arriba indicaba las horas; la de abajo, los minutos. Las 5.20. Eso significaba que faltarían unas dos horas para el amanecer, aunque eso podía ser en teoría, si seguía tan nublado. «Quizá despeje», pensó. La nieve se estaba disipando. De hecho, a medida que se acercaban a aquella ruina, le había parecido sentir una brisa templada de frente, opuesta a la que había traído la nieve. Levantó la vista y confirmó sus sospechas. Vio un claro en el cielo, con muchas estrellas, que iba ganando espacio progresivamente.
Eso era bueno, pensó, dando un golpecito a la culata de su pistola. Al no poder contar con sus ángeles, tendrían que apoyarse en sus armas de fuego. Sus persevantes eran todos expertos tiradores. Lo que a su vez le recordó que debían dedicar un rato a descargar las armas, cebarlas, y cargarlas de nuevo de pólvora y munición, porque estaban todas empapadas de nieve fundida.
—Vos también deberíais descansar, capitana —dijo Derambouillet—. Venid junto al fuego… Os traeré vino en cuanto esté caliente.
—Tienes razón —dijo Rochefort.
Se sentó junto al fuego y se quitó el sombrero para sacudirse la nieve. Pero no descansó. Se quedó mirando las llamas y oyó su propia voz, que repetía, una y otra vez. «No dejaré que te hagan daño».
Tras una última curva por la ladera de la montaña, el camino se volvió recto como una flecha hacia el norte, al llegar al collado entre dos picos. Ya empezaba a clarear; en el oeste se veían las primeras luces rosadas, había dejado de nevar hacía ya un rato y el cielo se estaba aclarando. Las pocas nubes que quedaban las tenían por debajo, porque habían ascendido mucho.
Liliath contempló el templo de Palleniel Exaltado. Su templo, su hogar durante seis años. Había llegado a aquel lugar de niña, por voluntad de otros, y había acabado convirtiéndolos en sus esclavos. El templo había sido escenario de los mayores triunfos de la magia angelical, y también de su mayor fracaso. Un fracaso que enmendaría muy pronto.
El templo aún quedaba a una milla, del otro lado de un lago helado que desembocaba por su extremo oeste en una abrupta cascada de hielo. En la ladera de la montaña opuesta se alzaba una estructura de aspecto moderno en forma de ele de cinco plantas de altura, hecha de piedra de color crema, con grandes ventanas con postigos de un rojo desgastado que era ya casi rosa. Había una torre considerablemente más alta en un extremo, también cuadrada, coronada por el clásico chapitel de los templos, de tejas de cobre batido, que brillaba al sol. La casa habría tenido encanto en una ubicación diferente, rodeada de jardines. El edificio central parecía fuera de lugar, encaramado sobre la roca desnuda y el hielo. El chapitel era la única señal indicativa de que era un templo.
Con las primeras luces del día, los cuatro amigos vieron que tenían un aspecto horrible. Simeon aún llevaba su bata de médico, con grandes manchas de sangre, aunque también llevaba una manta sobre los hombros a modo de capa. Agnez tenía magullado un pómulo, la capa rota por un lado, y no llevaba pistolas ni dagas al cinto. Henri parecía un aprendiz de herrero o el superviviente de una explosión en un arsenal. Tenía manchas de pólvora por la cara, en las manos y en el tabardo, y el ribete de pieles de su capa estaba hecho jirones. Solo Dorotea conservaba un aspecto relativamente pulcro, aunque, al igual que los otros, llevaba la fatiga en el rostro.
No se atrevían a hablar entre ellos, porque Bisc y Liliath estaban cerca. Todos miraban a Liliath, que tenía la mirada fija en el templo. Por fin se giró, pero nadie pronunció palabra.
—Cruzaremos el lago —decidió—. Está congelado hasta el centro todo el año. No hay peligro.
—¿Qué piensas hacer con nosotros? —se atrevió a preguntar Dorotea.
—Ya lo veréis —dijo Liliath, que volvió a girarse hacia el templo—. Pronto. Muy pronto…
Y sin una palabra más se puso en marcha. Bisc se la quedó mirando, y luego les indicó a los rehusantes que se pusieran en marcha.
—Alizon T, tú y los tuyos permaneced con los prisioneros —dijo—. Vigiladlos. Recordad las órdenes.
—Sí, Rey —dijo Alizon, una mujer alta y enjuta que solo tenía un brazo.
El izquierdo le acababa en un muñón enfundado en un calcetín que asomaba por debajo de los harapos hechos con mantas. Pero llevaba un enorme cuchillo al cinto, cerca de su mano derecha, y las cicatrices de su rostro sugerían que había sobrevivido a muchas luchas en sus aproximadamente treinta años de vida. Era una de las mayores del grupo. Los rehusantes, en general, no solían vivir mucho, y los del Clan de las Sombras vivían aún menos.
—En marcha, pues —dijo Alizon a los cuatro amigos. Sacó el cuchillo, y sus tres secuaces se le acercaron. Todos llevaban cuchillos igual de largos, y dos tenían pistolas—. No me deis ningún motivo para destriparos. Tenemos órdenes de no haceros daño. A menos que sea necesario, claro.
—No os causaremos problemas —le aseguró Agnez, muy seria. Y miró a sus amigos—. ¿Vamos?
Se giró hacia ellos, de modo que Alizon y los otros no pudieran verla, y articuló «despacio» con la boca, en silencio.
Se pusieron a caminar, muy juntos, con Alizon y su trío de secuaces detrás, pero no demasiado cerca. La mayoría de los rehusantes iban por delante, con Liliath; era como si quisieran tenerla cerca, como si su presencia les diera seguridad ante la posibilidad de que aparecieran abestiados, aunque en realidad aún había muchos rezagados. Demasiados como para arriesgarse intentando huir. No había ningún sitio al que ir, ni en el que tomar posiciones para la defensa. Solo nieve, hielo y piedra, y, por delante, el lago helado y la cascada vertical.
Media hora más tarde llegaron a la orilla del lago. El viento había amainado. En el cielo, ya completamente claro y de un bonito color azul, brillaba un sol dorado y cálido. Parte de ese calor llegó hasta ellos, y bastó para que los rehusantes se quitaran las mantas de más y las enrollaran para cargarlas, en lugar de usarlas a modo de capa. También bastó para mejorar el estado de ánimo general, que era de desesperación, agotamiento y miedo constante.
Los prisioneros, que iban arrastrando los pies todo lo que podían, evitando que resultara demasiado evidente, consiguieron así irse acercando al final de la alargada columna. Sobre el hielo resultaba aún más fácil ir más despacio. A los pocos pasos, Dorotea patinó, abriendo las piernas lentamente, y acabó cayendo sobre las de Henri, que también acabó en el suelo. Simeon también se dejó caer, y a punto estuvo de abrir una grieta en el hielo. Agnez se rio, llamando la atención de Alizon, mientras los otros tres rehusantes se acercaban para levantar a los prisioneros caídos.
Liliath ya había llegado al otro lado del lago, caminando tan ligera sobre el hielo que parecía que patinara. Los rehusantes que iban tras ella no mostraban la misma agilidad, y avanzaban entre resbalones, caídas y exabruptos. Justo antes de llegar a la orilla, Liliath se detuvo. Hasta entonces era como un sabueso volviendo a su caseta, en busca de su cena, con la cabeza levantada y los ojos puestos en el templo, olfateando el viento. Pero ahora estaba inmóvil, y de pronto dio un giro completo con los ojos cerrados. Unos segundos más tarde, aquellos ojos rabiosos se abrieron de golpe y miraron hacia el oeste, donde debía desaguar el lago en pleno verano.
—¡Abestiados! —espetó Liliath, agitando los brazos con rabia—. ¡Abestiados!
—¿Dónde? —preguntó Bisc, mirando frenéticamente en todas direcciones.
—¡Trepando por la cascada! —dijo Liliath—. No pensaba que pudieran…
Se giró en dirección a la capa de hielo, contempló la larga fila de rehusantes y vio a los prisioneros caídos en el otro extremo del lago.
Liliath contrajo la boca en una mueca furiosa.
—¡Deprisa! ¡Traedme a los cuatro! ¡Rápido!
—¡Moveos! —gritó Bisc, y su voz atravesó el lago helado.
Pero entonces vio algo, y se quedó boquiabierto. Se giró hacia Liliath para decírselo, pero ella también los había visto.
Agnez miró por encima del hombro, para ver cuántos rehusantes tenían cerca. Era una ocasión para huir, por pequeña que fuera. Solo estaban Alizon y sus tres secuaces, y algunos rezagados aún más atrás… Agnez parpadeó. No eran rezagados, ni tampoco eran abestiados. Había un gran número de soldados con capas escarlata ribeteadas de piel de zorro rojo y, algo más adelantados, cuatro exploradores vestidos de ante, arrodillados en el suelo, apoyando sus rifles de cañón largo…
—¡Al suelo! —gritó Agnez, liberando las manos de sus ataduras para lanzarse al suelo.
Los otros, que estaban a punto de ponerse en pie ayudados por sus captores, se tiraron cuerpo a tierra.
Al estampido de los disparos lo siguió el ruido sordo de las balas al penetrar en sus blancos y los gritos de las víctimas. El rehusante que más cerca tenía Agnez cayó, llevándose la mano al vientre. Ella se adelantó gateando a toda prisa y le cogió el cuchillo y la pistola. Al momento la cargó y apuntó a Alizon T, que aún miraba, atónita, a los persevantes que avanzaban por el camino. Agnez apretó el gatillo, pero solo se oyó un clic y un chisporroteo. Alizon reaccionó, sacó el cuchillo y se lanzó contra Agnez, pero tropezó con Simeon, que había alargado su enorme pie.
Agnez apuñaló a Alizon, le dejó la hoja clavada y le arrancó el cuchillo de la mano, que se abría lentamente. Poniéndose en pie, medio corriendo y medio patinando por el hielo, llegó al lugar donde Henri forcejeaba con un rehusante, agarrándole la muñeca con ambas manos para evitar que le clavara su daga en el pecho. Agnez lo apuñaló por las costillas y se lo quitó de encima de un empujón, mientras Simeon se encargaba del último rehusante, que estaba intentando abrir la cazoleta de su pistola y que salió despedido por el hielo.
—¿Todo despejado? —preguntó Agnez, jadeando y mirando a su alrededor.
Los rehusantes más cercanos estaban a unos treinta o cuarenta pasos.
—Muertos… o inconscientes —confirmó Simeon.
Se quitó su sombrero y lo agitó al aire, haciendo señales a los persevantes, aunque era poco probable que lo confundieran con ningún otro.
Los exploradores no volvieron a disparar, pero tampoco avanzaban. Por algún motivo, los persevantes estaban tomando posiciones por el camino. Levantaron los mosquetes, pero no apuntaban hacia el grueso de los rehusantes, cerca del lago, que en cualquier caso estaban demasiado lejos.
—¿Qué están…? —quiso decir Dorotea, pero en ese momento miró hacia donde apuntaban los mosquetes y lo vio ella misma.
Por el filo de la cascada helada empezaron a aparecer abestiados. Montones. Una vez más, los había de formas y tamaños muy diferentes, pero todos tenían garras o espolones que les facilitaban la escalada por la cascada helada y los movimientos por el hielo. Se fueron extendiendo en una línea horizontal y avanzaron rápidamente.
—¡Maldición! —exclamó Agnez. Miró a los abestiados, a los persevantes, a Liliath y al Clan de las Sombras, en la otra orilla del lago, y al momento asimiló la situación.
La única posibilidad de huir de los abestiados era correr hacia sus enemigos, al otro lado del lago, en busca del refugio que pudiera ofrecerles el templo, si conseguían montar defensas y aguantar la posición. Y eso suponía volver al cautiverio.
—¡Corred!
Liliath hizo un ruido que Bisc nunca le había oído emitir, una especie de grito contenido, como si la hubieran apuñalado o herido de gravedad.
—Id al templo —le ordenó a Bisc—. Preparaos para defender los niveles inferiores. No sé en qué estado lo encontraréis.
—No voy a dejaros —dijo Bisc.
—Yo traeré a los cuatro —replicó Liliath.
—Pero… los… abestiados los pillarán antes —dijo Bisc.
Los que habían sido prisioneros de los rehusantes corrían por el hielo todo lo rápido que podían, pero los abestiados iban ganando terreno. Algunos de los abestiados más retrasados habían caído bajo el fuego de mosquete de los persevantes, y las fuerzas de Rochefort iban avanzando en dos frentes alternos; el primero disparaba y luego recargaba, mientras el segundo frente pasaba a primera línea, y así consecutivamente. Sin embargo, aquello hacía que avanzaran despacio, y nunca podrían alcanzar a los abestiados más alejados, ni podrían abatir los suficientes como para reducir su número significativamente.
—Marchaos —insistió Liliath—. Invocaré a un ángel.
Bisc se alejó y llamó a los suyos. No tuvo que insistirles, dada la cantidad y la velocidad de los abestiados, pero todos se giraron a mirar a Liliath, aún sobre el hielo. Bisc se tranquilizó al verla levantar una mano y apoyar un dedo en uno de sus anillos, aunque no tenía ni idea de qué pensaba hacer. La magia angelical no podía usarse contra los abestiados, o al menos nadie había conseguido nunca obligar a un ángel a actuar en contra de ellos…
El icono que escogió Liliath era el de una virtud que actuaba sobre el movimiento del aire. La placa representaba a una mujer de ojos dorados con las mejillas hinchadas y los labios fruncidos, soplando.
—Mairaraille, Mairaraille, ven a mí —susurró Liliath, repitiendo el nombre lentamente, muy concentrada.
Habría preferido no tener que usar la magia en aquel lugar, porque eso sin duda atraería a más abestiados, pero ya era demasiado tarde para tales consideraciones.
La virtud respondió al momento, pero intentó escabullirse, alejarse y volver al cielo. Liliath hizo una mueca, apretando los dientes, elevando la voz y concentrándose en la tarea que tenía por delante; el resto del mundo no existía.
Aun así, Mairaraille dudó. Liliath sintió cómo se le fruncía y se le relajaba la piel en las comisuras de los ojos con el esfuerzo de la invocación. Una furia incandescente la invadió por dentro, un deseo no solo de invocar a la ángel, sino de destruirla. La ángel percibió aquella rabia y se asustó. Enseguida cedió, manifestándose con un concierto de campanillas y trompetas disonantes, levantando el viento que comandaba alrededor de Liliath, sin atreverse a tocarla a ella.
—Ve hasta los cuatro que corren por el hielo —le ordenó Liliath, inflexible—. Envuélvelos con suavidad y álzalos del suelo, asegurándote de que no sufren ningún daño, y tráemelos aquí. Luego también me levantarás a mí, con la misma suavidad y el mismo cuidado, y nos llevarás a todos hasta la puerta del templo que te estoy señalando ahora mismo. Nos posarás suavemente en el suelo y no nos harás ningún daño.
—No puedo levantar a tantos —protestó la ángel.
—¡Debes hacerlo! —ordenó Liliath.
—Es demasiado difícil, el aire está demasiado frío, es demasiado fino…
—¡Ve o acabaré contigo! —gritó Liliath—. ¡Ve!
Se oyó un potente aleteo y un sonido de trompetas. El polvo de hielo salió volando en círculos, absorbido por un torbellino que atravesó el lago helado en dirección a los cuatro mosqueteros.
Dorotea percibió a Mairaraille antes de ver a la ángel por el rabillo del ojo. Un torbellino de luz y sombras, visible unos segundos más tarde en su forma habitual, creando una enorme columna blanca. No sabía qué ángel era, pero sí de qué tipo, y supuso que la habrían enviado en su busca, puesto que no tenía sentido atacar a los persevantes con los abestiados tan cerca, y que ningún ángel atacaría a los abestiados de Ystara.
—¡Juntaos! —gritó, agarrando a Simeon por el hombro—. ¡Juntaos!
Simeon vio el remolino blanco, cada vez más grande, acercándose rápido. Extendió el brazo y tiró de Henri; Agnez también vio lo que se les venía encima y se deslizó por el hielo para pasar el brazo sobre el hombro de Henri. Todos se frenaron, patinando. A punto estuvieron de caer al suelo, amontonados.
—¡Cerrad los ojos! —gritó Dorotea.
El remolino les alcanzó un segundo más tarde y se vieron impulsados violentamente hacia atrás, pero no cayeron sobre el hielo. Mairaraille los elevó del suelo, dando tumbos; la ángel los mantuvo separados, de modo que las armas y todo lo que llevaban en sus bolsas y bolsillos cayó sin causar ningún daño; prestó la máxima atención a no arrancarles las capas de los hombros, pero, aun así, todos perdieron sus sombreros, y Agnez, una de sus botas.
La ángel los transportó al otro lado del lago en solo unos segundos, e hizo descender el remolino helado para recoger a Liliath, que se hizo una bola y apretó los puños contra el vientre, con lo que consiguió conservar casi todos sus iconos, salvo dos, que llevaba prendidos de la túnica y que salieron volando cuando el remolino se la hizo trizas.
Unos segundos más tarde, tras muchos gritos y mucho frío, todos cayeron en un grueso manto de nieve cerca de la puerta principal del templo. Mairaraille se fue antes de que Liliath le diera permiso para hacerlo, aprovechando que al caer había apartado los dedos del icono. Liliath, furiosa, emergió del profundo hueco que había creado al caer y fue en busca de Bisc, que intentaba abrirse paso por la nieve para ayudarla. Los rehusantes habían llegado al templo solo un momento antes.
—¡Ocupaos de los prisioneros! —les espetó Liliath, y los rehusantes obedecieron al instante, sacando de la nieve a los aturdidos mosqueteros, que aún parpadeaban. Al igual que Liliath, tenían decenas de dolorosas heridas en las manos y en la cara, producidas por las esquirlas de hielo, pero, por lo demás, estaban ilesos.
Solo que en el caso de Liliath esas pequeñas heridas ya se estaban curando. Además, los rastros de sangre, de un visible tono plateado, fueron desapareciendo al recuperar su piel la suavidad y perfección que solía lucir.
El templo se elevaba sobre sus cabezas. Los gruesos muros de piedra de la planta baja no tenían ventanas, y las de las plantas superiores tenían todos los postigos cerrados. Cuando un rehusante intentó abrir la sólida puerta central, de roble macizo y hierro, no consiguió que se moviera lo más mínimo. Había una cerradura con agujero del tamaño del puño de un niño en el lado derecho, pero no había llave. Estaba cerrada a cal y canto.
Un escalofrío de pánico atravesó a muchos de los rehusantes al ver que la puerta resistía el impacto de varios rehusantes robustos que la golpearon, y muchos empezaron a mirar ladera abajo.
Los abestiados ya casi habían cruzado el lago, apenas tardarían cinco o seis minutos en llegar. Ni siquiera chillaban; avanzaban en silencio, lo cual era peor. El único sonido que se oía era el de las andanadas de los mosquetes de los persevantes, que se repetían a intervalos regulares, dos o tres por minuto. Pero las tropas de Rochefort no habían llegado aún a la orilla del lago. Avanzaban lentamente, y aunque sus disparos iban provocando numerosas bajas en la retaguardia de los abestiados, aún habría al menos un centenar de monstruos lo suficientemente alejados que podrían llegar hasta el templo.
Ninguno había dado media vuelta para atacar a los persevantes. Todos los abestiados tenían los ojos puestos en Liliath. O, tal como lo veían los rehusantes, en ellos.
—Hay una puerta en la base de la torre —dijo Liliath—. No está…, o no estaba… cerrada con llave. Seguidme y traed a los prisioneros. ¡Los necesito vivos! No podemos arriesgar.
Recorrió toda la fachada a la carrera, en dirección a la torre. Los rehusantes agarraron a Agnez, Simeon, Henri y Dorotea, siguiendo las órdenes de Liliath al pie de la letra. Cada uno de los mosqueteros tenía a un rehusante a cada lado, agarrándole de los brazos, y otro detrás, con la mano en la empuñadura de su daga o en su pistola.
El hierro de la puerta de la torre estaba cubierto de óxido. Liliath giró la anilla que levantaba el barrote interior. La anilla se desprendió al momento, pero agarró el perno con sus dedos de fuerza descomunal y lo giró, y la barra interior se levantó rechinando. La puerta estaba encajada, pero ella empujó y consiguió que cediera, chirriando al rozar el hierro con la piedra. Liliath entró sin perder un momento.
—¡Traed a los prisioneros! —gritó—. ¡Y atrancad la puerta!