Marea oscura

Andrew Gross · Capítulo 9 de 106

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Marea oscura

Capítulo 9

9

Nunca volví a saber nada más de mi marido. Nunca supe qué fue de él.

Los incendios ardieron en Grand Central durante casi todo el día. En la explosión habían utilizado un potente acelerador. Cuatro explosiones. Una en cada uno de los dos primeros vagones del tren de las 7.51 que partía de Greenwich, y que estallaron justo cuando se detenía. Las demás en cubos de basura situados a lo largo del andén, los cuales contenían cuarenta kilos de hexageno, lo suficiente para derribar un edificio de buen tamaño. Una célula disidente, dijeron. De Iraq. ¿Se lo imaginan? Charlie estaba en contra de la guerra de Iraq. Encontraron nombres, fotos de la estación, rastros de agentes químicos donde fabricaron las bombas. El incendio que ardió durante casi dos días alcanzó una temperatura de casi quinientos grados.

Esperamos. Esperamos todo el primer día a oír algo. Lo que fuera. La voz de Charlie. Un mensaje desde uno de los hospitales, anunciando que estaba ingresado. Tuve la impresión de que llamamos a todo el mundo: al NYPD, la línea directa que habían abierto. A nuestro congresista, al que Charlie conocía.

No obtuvimos nada.

Murieron ciento once personas. Eso incluía a tres bomberos, quienes iban en los dos primeros vagones, según se sospechaba. Donde Charlie siempre se sentaba. Muchos no pudieron ser identificados. Era imposible distinguir los restos. Fueron a trabajar una mañana y desaparecieron de la faz de la tierra, así de sencillo. Como Charlie. Mi marido durante dieciocho años. Me gritó adiós para hacerse oír por encima del zumbido del secador y fue a dejar el coche en el taller.

Y desapareció.

Lo que sí encontraron fue el asa del maletín de piel que los chicos le habían regalado el año anterior, la pieza carbonizada todavía sujeta, desprendida por la explosión, el monograma repujado en oro, CM F que nos confirmó lo peor por primera vez y avivó nuestras lágrimas.

Charles Michael Friedman.

Aquellos primeros días estaba segura de que Charlie iba a salir a rastras de debajo de los escombros. Él podía salir bien librado de lo que fuera. Podía caerse del tejado, intentando reparar la antena, y caer de pie. Podías darlo por hecho.

Pero no fue así. No recibimos llamadas, ni jirones de sus ropas, ni siquiera un montón de cenizas.

Y nunca lo sabré.

Nunca sabré si murió debido a la explosión inicial o pasto de las llamas. Si estaba consciente o si sintió dolor. Si su último pensamiento fue para nosotros. Si gritó nuestros nombres.

En parte, deseaba poder agarrarle por última vez de los hombros y gritarle: «¿Cómo permitiste que te mataran allí, Charlie? ¿Cómo?».

Ahora supongo que tendré que aceptar que ha muerto. Que no volverá. Aunque cuesta tanto…

No acompañará a Samantha en coche a la universidad el primer día. Ni verá a Alex marcar un tanto. Ni verá en qué se han convertido. Cosas de las que se habría enorgullecido.

Íbamos a envejecer juntos. Navegar hacia aquella ensenada del Caribe. Ahora ha desaparecido, en un abrir y cerrar de ojos.

Dieciocho años de nuestras vidas.

Dieciocho años…

Y ni siquiera le di un beso de despedida.