Marea oscura

Andrew Gross · Capítulo 3 de 106

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Marea oscura

Capítulo 3

3

Karen pasó corriendo a través de la puerta de cristal y se hizo un hueco delante de la pantalla para mirar.

Como todo el mundo.

Había un reportero transmitiendo desde la calle de Manhattan situada frente a la estación de tren, y confirmaba con voz vacilante que una explosión había tenido lugar en el interior.

—Posiblemente múltiples explosiones…

La pantalla mostró una vista aérea desde un helicóptero. Una enorme nube de humo se elevaba hacia el cielo desde la estación.

—Oh, Dios —murmuró Karen, mientras contemplaba la escena horrorizada—. ¿Qué ha pasado?

—Ha sido en las vías —dijo una mujer con leotardos que tenía al lado—. Dicen que estalló una bomba, tal vez en uno de los trenes.

—Mi hijo tomó el tren esta mañana —dijo una mujer con voz ahogada, al tiempo que se llevaba una mano a los labios.

Otra, con una toalla alrededor del cuello, intentó contener las lágrimas.

—Mi marido también.

Antes de que Karen pudiera pensar, llegaron nuevas informaciones. Una explosión, varias explosiones, en las vías, justo cuando el tren Metro-North iba a entrar en la estación. Se había originado un incendio, dijo el reportero. El humo salía a la calle. Docenas de personas continuaban atrapadas. Tal vez centenares. ¡Una tragedia!

—¿Quién? —empezó a murmurar la gente a su alrededor.

—Dicen que terroristas. —Uno de los monitores sacudió la cabeza—. No lo saben…

Todos habían padecido ya aquel terrible momento. Karen y Charlie conocían a personas fallecidas el 11-S. Al principio, ella miró con la preocupación solidaria de alguien cuya vida había que dado al margen de la tragedia que estaba sucediendo. Personas anónimas que habría visto cientos de veces: sentadas frente a ella en el tren, leyendo la página de deportes, corriendo en la calle detrás de un taxi. Con los ojos clavados en la pantalla, muchas se tomaban de la mano.

Entonces, de repente, Karen recordó.

No como un destello fugaz, sino como una sensación de opresión en el pecho, al principio. Después, poco a poco, se fue intensificando, y la sensación estuvo acompañada de un miedo inminente.

Charlie le había gritado algo acerca de tomar el tren aquella mañana. Por encima del zumbido del secador.

Algo acerca de llevar el coche al taller y de que ella pasara a recogerle por la tarde.

Oh, Dios mío…

Notó una opresión en el pecho. Sus ojos se desviaron hacia el reloj. Frenéticamente, intentó reconstruir los acontecimientos de la mañana. Charlie, a qué hora se había ido, qué hora era ahora… Empezó a asustarse. Su corazón se aceleró.

Por la tele actualizaron la información. Karen estaba tensa.

—Por lo visto, se trata de una bomba —anunció el reportero—. A bordo de un tren Metro-North, explotó justo cuando entraba en la Grand Central. Acaba de ser confirmado —dijo—. Fue en el ramal de Stamford.

Una exclamación ahogada colectiva se elevó en la recepción.

La mayoría eran de allí. Todo el mundo conocía a alguien (parientes, amigos) que tomaba el tren con asiduidad. Los rostros de todos los reunidos se demudaron debido a la conmoción. La gente se volvía hacia quien tenía al lado sin saber quién era, buscaba consuelo en sus ojos.

—Es horrible, ¿verdad?

Una mujer que había al lado de Karen sacudió la cabeza.

Karen apenas pudo contestar. Un escalofrío se había apoderado de ella y le había calado hasta los huesos.

El tren de Stamford pasaba por Greenwich.

Lo único que fue capaz de hacer fue mirar el reloj aterrorizada: las 8.54. Era tal la opresión que sentía en el pecho que apenas podía respirar.

La mujer la miró.

—Cariño, ¿te encuentras bien?

—No lo sé… —Los ojos de Karen estaban henchidos de terror—. Creo que mi marido podría haber subido a ese tren.