Marea oscura
Capítulo 90
90
—¡Despierta, Ty! ¡Mira!
Karen estaba al lado de la cama, sacudiéndole.
Hauck se incorporó. Había sido incapaz de dormir durante gran parte de la noche, preocupado por su descubrimiento acerca del Oso Negro.
—Hay un mensaje de Charlie —dijo nerviosa—. Quiere que vayamos.
Él consultó el reloj. Eran casi las ocho. Nunca dormía hasta tan tarde.
—¿Ir adónde?
Karen, con el albornoz del hotel, recién salida de la ducha, le plantó delante de las narices su BlackBerry, mientras Hauck intentaba sacudirse el sueño de los ojos.
Karen, he estado pensando en lo que dijiste. No te conté todo lo que
sabía. Neville estará en el muelle a las diez y te acompañará.
Puedes venir con quien quieras. Ch.
Asió la mano de Hauck en señal de victoria.
—Vendrá con nosotros, Ty.
Se vistieron a toda prisa y se encontraron en el comedor. Hauck informó a Karen, temeroso de coartar su entusiasmo, de que sería preciso detener a su marido. Mientras se afeitaba, había decidido que la única manera de hacer bien las cosas era conseguir que Charles volviera con ellos a Estados Unidos por voluntad propia. Le detendría al llegar. Aquí, Charles tendría que quedarse encarcelado a la espera de la extradición. Tendrían que conseguir una orden de detención, lo cual significaba confesar todo a las autoridades estadounidenses, incluida la participación de Hauck y sus actividades.
Eso podría tardar días, semanas. Podrían denegar la extradición. Charles podía echarse atrás. Y Dietz y su gente no andaban lejos.
Poco antes de las diez, Karen y él se dirigieron al muelle. Neville, al timón de Sea Angel, se acercaba en aquel momento.
Karen le saludó desde el muelle.
—Hola, señora.
El capitán le devolvió el saludo cuando la embarcación estuvo más cerca. Un empleado del hotel agarró el cabo que lanzó el patrón. Ayudó a Karen a subir a bordo, seguida de Hauck.
—¿Nos va a llevar con el señor Friedman?
—Con el señó Honson, señora. Eso me pidió —contestó Neville.
—¿Volveremos al mismo sitio?
—No, señora. Esta vez no. El barco está en alta mar. No muy lejos.
Hauck se sentó en popa con Karen, mientras el empleado del hotel arrojaba el cabo a Neville, y palmeó en el bolsillo la Beretta que había traído. Podía suceder cualquier cosa.
Se dirigieron hacia el oeste, sin separarse de la costa más de un cuarto de milla, y contornearon las orillas de islas diminutas. El cielo era azul, pero soplaba una leve brisa y la barca brincaba sobre el oleaje. Los motores gemelos dibujaban una gruesa estela.
Ninguno de los tres dijo gran cosa durante la travesía. Una nueva inquietud se había apoderado de ellos. Charles podía proporcionar a Hauck la pista del asesino de AJ Raymond, motivo por el cual había iniciado sus pesquisas. Karen también guardaba silencio, tal vez porque estaba pensando en cómo iba a explicar todo esto a sus hijos.
Unas cuatro islas al este de Saint Hubert, Neville disminuyó la velocidad de los motores. Hauck consultó el mapa. Era una franja de tierra llamada Gavin’s Cay. Había un pueblo en la parte norte de la isla, Amysville. Se encontraban en una parte apenas habitada, al sur. Neville señaló.
—¡Allí está!
Un barco blanco estaba anclado en una ensenada aislada.
Hauck se apoyó en la barandilla y caminó hacia la proa. Karen le siguió. El barco debía medir unos dieciocho metros de eslora. Con capacidad para ocho pasajeros, calculó. Una bandera panameña ondeaba en la popa.
Neville redujo la velocidad a menos de diez nudos. Rodeó un arrecife con mano experta. Era evidente que conocía la ruta. Después levantó un walkie-talkie.
—Sea Angel acercándose, señó Honson.
No hubo respuesta.
El barco de Charlie se hallaba a un cuarto de milla de distancia. Anclado. Hauck no distinguió a nadie en la cubierta. Neville levantó de nuevo el walkie-talkie. El tono era irregular.
—¿Qué pasa? —le preguntó Hauck.
El capitán consultó su reloj y se encogió de hombros.
—No hay nadie.
—¿Qué ocurre, Ty? —preguntó Karen, preocupada de repente.
Él meneó la cabeza.
—No lo sé.
Se acercaron al barco por babor, a escasa velocidad. El cable del ancla desaparecía bajo el agua. No había señales de vida en cubierta. Nada.
—¿Cuándo fue la última vez que habló con él? —preguntó Hauck a Neville.
—No hablé. —El capitán se encogió de hombros—. Me dejó un mensaje en el móvil anoche. Dijo que les recogiera a las diez y les trajera aquí.
Acercó la Sea Angel a unos quince metros.
No se veía a nadie.
Hauck se subió a la barandilla y miró.
Neville se acercó más.
—¿Señó Honson? —llamó.
Sólo silencio. Un silencio preocupante.
Karen apoyó una mano sobre el hombro de Hauck.
—Esto no me gusta, Ty.
—Ni a mí. —Sacó la Beretta del bolsillo. Sujetó la barandilla del Emberglow cuando la lancha se colocó al lado—. Quédate dónde estás —advirtió a Karen.
Saltó a bordo.
—¿Hola?
La cubierta principal del barco de Charlie estaba desierta, pero desordenada. Los almohadones de los asientos estaban volcados. Los cajones de los compartimentos, abiertos. Hauck observó una botella de ron vacía sobre la cubierta. Se agachó y tocó con el dedo una pequeña mancha que había visto en uno de los almohadones cambiados de lugar, y no le gustó lo que vio.
Rastros de sangre.
Se volvió hacia Karen, que seguía en la Sea Angel con expresión preocupada.
—Quédate a bordo.
Quitó el seguro de la pistola y bajó a la cabina. Lo primero que encontró fue una amplia cocina. Alguien había estado allí. El fregadero estaba lleno de tazones y potes. Los armaritos estaban abiertos, registrados, los condimentos esparcidos sobre el suelo. Más adelante, hacia la popa, se topó con tres camarotes. En los dos primeros, habían volcado las camas y vaciado los cajones. En el más grande, daba la impresión de que había pasado la Tormenta Perfecta. El colchón estaba torcido, las sábanas desgarradas, los cajones abiertos, ropa tirada por todas partes.
Hauck se arrodilló. Sus ojos distinguieron los mismos rastros de sangre en el suelo.
Volvió a subir a cubierta.
—No hay nadie —dijo a Karen. Neville la ayudó a subir a bordo.
—¿Qué quieres decir? ¿Dónde está Charlie, Ty? —preguntó ella nerviosa.
—La zódiac sigue en su sitio —dijo Neville, y señaló la balsa hinchable amarilla, la que Karen había visto el día anterior, lo cual significaba que Charlie no había ido en ella a la orilla.
—¿Quién sabía que él estaba aquí? —preguntó Hauck a Neville.
—Nadie. El señor Hanson no se lo comunicó a nadie. Cambiamos de posición ayer por la tarde.
El rostro de Karen se puso tirante.
—Esto no me gusta, Ty. Él quería que viniéramos a buscarle.
Hauck miró hacia la isla, que se hallaba a unos doscientos o trescientos metros de distancia. Charles podía estar en cualquier parte. Muerto. Secuestrado. En otro barco. No quiso hablar a Karen de la sangre, que complicaba la situación.
—¿Dónde está la comisaría de policía más cercana? —preguntó a Neville.
—En Amysville —contestó el capitán—. A unas seis millas. Al norte.
Hauck asintió.
—Póngase en contacto por radio.
—Oh, Charlie…
Karen sacudió la cabeza y exhaló un suspiro de preocupación.
Hauck se acercó a la proa y examinó los almohadones de los asientos volcados. Examinó las gotas de sangre. Daba la impresión de que llegaban hasta el mismo borde. Se inclinó sobre la borda. El cable del ancla desaparecía bajo el agua. Pasó la mano por el cable.
—¡Espere, Neville!
El capitán se volvió, con la radio en la mano.
—¿Sabe dónde está el interruptor del ancla? —preguntó Hauck.
—Por supuesto.
—Álcela.
Karen inhaló aire, nerviosa.
—¿Qué?
Neville le miró con aire inquisitivo, y después accionó un interruptor del timón. Al instante, el cable del ancla empezó a subir poco a poco. Hauck se inclinó lo máximo posible, aferrado a la barandilla.
—Quédate ahí —ordenó a Karen.
—¿Qué crees que está pasando, Ty? —preguntó ella en tono angustiado.
—¡Quédate ahí!
El motor del ancla zumbó. El tenso cable se iba rebobinando. Por fin, algo asomó a la superficie. Una especie de cuerda. Un sedal. Envuelto en algas.
—¿Ty?
Un escalofrío recorrió a Hauck cuando lo miró.
El sedal se enroscaba alrededor de una mano.
—¡Pare, Neville! —gritó, al tiempo que alzaba la mano. Hauck se volvió hacia Karen. Su mirada solemne lo comunicaba todo.
—Oh, Jesús, Ty, no…
Corrió hacia la borda para mirar, presa del pánico. Hauck la agarró y le apretó la cara contra su pecho para evitarle la desagradable visión.
—No…
La sujetó mientras ella se revolvía para soltarse. Indicó a Neville con un ademán que subiera el ancla un poco más.
El cable dio unos cuantos giros más. La mano que sobresalía del agua estaba cerrada con fuerza alrededor del cable. Poco a poco, empezó a emerger el resto del cuerpo.
El corazón de Hauck dio un vuelco.
Nunca había visto a Charles, salvo en las fotos de Karen. Lo que estaba mirando ahora era una versión hinchada y fantasmagórica del hombre. Mantuvo apretada la cara de Karen contra su pecho.
—¿Es él? —preguntó ella, incapaz de mirar.
El rostro blanquecino y abotargado de Charles se elevó sobre la superficie, con la vista clavada en la nada.
Hauck levantó la mano e indicó a Neville que parara.
—¿Es él, Ty? —repitió Karen, mientras reprimía las lágrimas.
—Sí, es él —asintió Hauck. Apretó la cara de ella contra su pecho y la abrazó mientras temblaba—. Es él.