Marea oscura

Andrew Gross · Capítulo 43 de 106

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Marea oscura

Capítulo 43

43

Por la mañana, el morado de la cara de Hauck había disminuido un poco. Había hecho el equipaje y se disponía a bajar para pagar la cuenta del hotel. Ya no era necesario continuar presionando al viejo. Tenía otros medios de averiguar lo que necesitaba saber. Consultó su reloj. Su avión despegaba a las diez.

Cuando abrió la puerta para marcharse, Pappy Raymond estaba apoyado en la barandilla de fuera.

El hombre tenía la cara demacrada, los ojos inyectados en sangre y ojerosos. Daba la impresión de que había pasado la noche aovillado en un callejón. O de que había tenido una pelea callejera con un hurón. ¡Y el hurón hubiera ganado!

—¿Cómo va el ojo?

Miró a Hauck. Un tono de disculpa se insinuaba en su voz.

—Funciona. —El teniente se encogió de hombros y se masajeó el lado de la cara —. Supongo que la cerveza me había afectado un poco.

—Sí. —Pappy sonrió con timidez—. Supongo que le debo una. —Sus ojos le traicionaron mirándolo con tristeza—. ¿Vuelve a casa?

—Tengo la sensación de que eso a usted le tranquiliza.

—Mmm —resopló el hombre—. ¿Cómo se le ha ocurrido semejante cosa?

Hauck esperó. Dejó las bolsas en el suelo.

—Toda mi vida he sido un idiota —dijo por fin Pappy. Se apartó de la barandilla —. Testarudo, en el mejor de los casos. El problema es que hay que llegar a la vejez para averiguarlo. Y entonces ya es demasiado tarde.

Sacó del bolsillo del mono el resguardo de la entrada de la Orange Bowl que Hauck le había metido en la mano la noche anterior. Apretó los labios.

—Viajamos en coche todo el día para ver ese partido. Para mi hijo, era como si se tratara de la Super Bowl. Los Seminóles siempre fueron su equipo. —Se rascó la cabeza, y sus ojos se nublaron de repente—. Supongo que debería darle las gracias. Recuerdo que anoche dijo…

—Mi hija tenía cuatro años. —Hauck le miró—. La arrolló nuestro coche en nuestro propio camino de entrada. Hace cinco años. Yo fui quien lo aparcó. Pensaba que lo había dejado con el freno de mano puesto. Durante mucho tiempo, después de que el dolor se calmara por fin, he vivido amargado. Mi exmujer todavía no me puede mirar a los ojos sin verlo todo de nuevo. Así que sé lo que siente… Eso era lo que quería explicar.

—Nunca se cura, ¿verdad?

Raymond trasladó su peso de un pie al otro.

Hauck negó con la cabeza.

—Nunca.

El hombre exhaló un suspiro.

—Vi llegar aquellos malditos petroleros tres, cuatro veces. Desde Venezuela, Filipinas, Trinidad. En dos ocasiones, yo mismo los guié. Hasta un idiota podía darse cuenta de que aquellos barcos flotaban demasiado alto. No llevaban ni una gota de petróleo. Una vez, me colé en la bodega para comprobarlo con mis propios ojos. — Sacudió la cabeza—. Limpio como el culo de un bebé. Lo que intentaban hacer no era legal…

—¿Acudió a su jefe? —preguntó Hauck.

—A mi jefe, al capitán de puerto, a los tíos de aduanas… El petróleo no era su problema, de modo que les daba igual. Imposible saber a quién habían untado. No paraba de escuchar: «Tú limítate a guiarlos y a atracarlos, abuelo. No montes líos». Pero yo continué dale que dale. Después recibí aquella llamada.

—¿Para qué lo dejara?

Pappy asintió.

—«No cause problemas, señor. Nunca se sabe qué pueden acarrear». Por fin, también me vinieron a ver.

—¿Recuerda de parte de quién?

—Un tipo me abordó a la entrada del bar, como usted. Mandíbula cuadrada, pelo oscuro, bigote. El típico hijo de puta que anuncia problemas. Habló de mi hijo. Comprendí qué me estaba diciendo. Aun así, seguí en mis trece. Llamé a un reportero al que conocía. Dijo que le consiguiera pruebas. Fue entonces cuando subí a bordo. Una semana después me enviaron esto.

Pappy rebuscó en sus pantalones, el tipo de pantalones de trabajo azul marino que llevaba cuando ejercía su profesión, y sacó su móvil. Lo examinó hasta localizar una llamada guardada. Se lo entregó al teniente.

Una foto. Hauck exhaló aire. AJ Raymond tendido en la calle.

Pappy señaló.

—¿Ve la nota que me enviaron?

¿YA HAS VISTO BASTANTE?

La ira atenazó el pecho de Hauck.

—¿Quién le envió esto?

El hombre sacudió la cabeza.

—Nunca lo llegué a saber.

—¿Lo enseñó a la policía?

Otra negativa.

—Ellos ganaron. No.

—Me gustaría enviar esta foto a mi móvil, si le parece bien.

—Adelante. Ya no quiero continuar al margen. Ahora es suya.

Hauck se envió la imagen. Notó la vibración de su teléfono.

—Era un buen chico. —Pappy miró a Hauck a los ojos—. Le gustaba el surf y pescar. Los coches. Nunca habría hecho daño ni a una mosca. No merecía morir así…

Hauck le devolvió el teléfono y se acercó a él.

—Fue esta gente la que hizo daño a su hijo, no usted. Recuérdelo. Usted sólo intentaba hacer lo que consideraba correcto.

Pappy le miró.

—¿Por qué hace esto, señor? No me ha enseñado ninguna placa. No puede ser sólo por AJ.

—Mi hija —dijo Hauck, y se encogió de hombros—. También era pelirroja.

—Así que estamos empatados —sonrió Pappy—. Más o menos. Me equivoqué al tratarle de esa forma, teniente. Estaba asustado por Pete y mi otro chaval, Walker, y por sus familias. Sacar a la luz todo esto de nuevo. Pero cácelos. Cace a esos hijos de puta que mataron a mi crío. No sé por qué lo hicieron. No sé qué estaban protegiendo. Pero, sea lo que sea, no valía la vida de mi hijo. Cácelos, ¿me ha oído? Sean quienes sean. Y cuando lo haga —le guiñó un ojo, que había adquirido un súbito brillo—, no se moleste en meterlos en la cárcel, ¿me ha entendido?

Hauck sonrió. Apretó el brazo del hombre.

—¿Cuál era el nombre?

Pappy le miró fijamente.

—¿El nombre?

—Del petrolero —explicó Hauck.

—Era griego —resopló el viejo—. Lo busqué en la enciclopedia. La diosa del infierno. Se llamaba Perséfone.