Marea oscura

Andrew Gross · Capítulo 40 de 106

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Marea oscura

Capítulo 40

40

Dock 39 era un bar del puerto, lóbrego y de estilo marinero, no estaba lejos del astillero. Un letrero de Miller destellaba en una ventana, y el mascarón de proa de un barco colgaba sobre la entrada en la fachada de madera. Hauck vio desde la calle un televisor. Un partido de baloncesto. Una ruidosa multitud se agolpaba alrededor de la barra.

Hauck entró.

El lugar era oscuro, invadido de humo, lleno de cuerpos recién llegados de los muelles. Una ruidosa muchedumbre estaba siguiendo el partido. Los Pistons contra los Heat. La gente aún vestía su ropa de trabajo, se estaba desfogando. Trabajadores portuarios y marineros. Aquí no había oficinistas. Ray Dubose había dicho a Hauck que era el lugar donde podría encontrarle.

El teniente consiguió atraer la atención del camarero y pidió una Bass. Divisó a Pappy, bebiendo cerveza con unos tipos al final de la barra. El viejo no parecía interesado en el partido. Tenía la vista clavada al frente, sin hacer caso de los berridos ocasionales que se oían ni de los codazos que le daba su vecino cuando alguien hacía una jugada. En un momento dado, Pappy volvió la cabeza y reparó en Hauck, entornó los ojos en señal de hostilidad y tensó la mandíbula. Cogió su cerveza y se levantó, separándose de su pandilla.

Se abrió paso entre la multitud en dirección a él.

—Me han dicho que anda por ahí haciendo preguntas sobre mí. Creo haberle dicho que volviera por donde había venido.

—Estoy intentando aclarar un asesinato —replicó Hauck.

—No necesito que aclare ningún asesinato. Necesito que me deje en paz y vuelva a casa.

—¿Qué descubrió? —preguntó Hauck—. Por eso no quiere hablar conmigo, ¿verdad? Por eso dejó su trabajo, o le presionaron para que lo hiciera. Alguien le amenazó. No puede seguir fingiendo que no pasó nada. No lo conseguirá. Su hijo ha muerto. Ése fue el motivo del «accidente» de Greenwich, ¿verdad? El motivo del asesinato de AJ.

—Lárguese de aquí.

Pappy Raymond apartó de un empujón el brazo de Hauck. Éste advirtió que estaba borracho.

—Estoy intentando resolver el asesinato de su hijo, señor Raymond. Y lo haré, tanto si usted me ayuda como si no. ¿Por qué no me lo pone fácil y me cuenta lo que descubrió?

Cuanto más hablaba Hauck, más ira parecía concentrarse en los ojos de Pappy Raymond.

—No me ha escuchado, ¿verdad, hijo? —Le golpeó el pecho con la jarra de cerveza—. No quiero su ayuda. No la necesito. Váyase de aquí. Vuelva a casa.

Hauck le agarró el brazo.

—Yo no soy su enemigo, viejo. Su único enemigo es dejar que la muerte de su hijo le corroa por no hacer nada. Los documentos de carga de esos barcos eran falsos. No transportaban nada, ¿verdad? Se estaba produciendo algún tipo de estafa. Por eso mataron a AJ. No hubo «accidente». Yo lo sé, y usted también. Y no pienso echarme atrás. Si usted no me lo dice, alguien lo hará. Montaré una tienda en su maldito jardín hasta que lo averigüe.

Un rugido se elevó de la barra.

—¡Ven, Pappy! —gritó uno de sus colegas—. Wade acaba de anotar un triple. Perdemos sólo por seis puntos.

—Es la última vez que se lo digo. —Pappy le fulminó con la mirada—. Vuelva a casa.

—No. —Hauck sacudió la cabeza—. No pienso hacerlo.

Fue entonces cuando el viejo alzó el brazo y le lanzó un furioso puñetazo. El puño rozó el hombro de un tipo que estaba cerca, era el puñetazo de un hombre acostumbrado a propinarlos, y sorprendió a Hauck cuando le alcanzó en un lado de la cara. La jarra salió disparada de sus manos, cayó al suelo y la cerveza se derramó.

La gente se giró en redondo.

—¡Caramba!

—¿Qué quiere de mí, señor? —Pappy agarró a Hauck del cuello de la chaqueta. Volvió a levantar el puño—. ¿Es que no puede volver al infierno de donde ha salido y dejar que lo ocurrido aquí caiga en el olvido? Si quiere ser un héroe, resuelva otro crimen. Deje en paz a mi familia.

—¿Por qué protege a esa gente? Sean quienes sean, asesinaron a su hijo.

La cara de Pappy estaba apenas a dos centímetros de la de Hauck, y éste percibió el olor a cerveza y rabia. Levantó el puño de nuevo.

—¿Por qué? —Hauck le miró fijamente—. ¿Por qué?

—Porque tengo más hijos —dijo Pappy, con la angustia asomando a sus ojos. Su puño vaciló—. ¿No lo entiende? Y ellos tienen hijos también.

De repente, la ira de los ojos del viejo empezó a desvanecerse, y otra cosa apareció en sus iris temblorosos. Impotencia. La desesperación de alguien acorralado.

—Usted no sabe nada. —Pappy le traspasó con la mirada, bajó el puño y le soltó el cuello—. Usted no sabe…

—Sí que lo sé. —Hauck miró al viejo a los ojos—. Lo sé muy bien. Yo también perdí a un hijo.

Hauck apretó algo en la mano de Pappy cuando un par de sus amigos se acercaron por fin y le apartaron, mientras explicaban que el viejo había bebido una de más e invitaban a Hauck a otra cerveza. Se lo llevaron a rastras hasta la barra, donde se sentó, el rostro congestionado por el alcohol y la incoherencia, entre los aullidos y el humo.

Pappy, derrotado, abrió el puño y miró. Sus ojos se abrieron de par en par. Después miró a Hauck.

Por favor, decía su expresión, esta vez con desesperación. Váyase.